Hay cosas que no deben encontrarse jamás. Ciertos caminos, por muy cercanos que estén, están destinados a no cruzarse. El amor y la muerte son de esos caminos: paralelos, distantes, cada uno reinando en su propio reino. Pero hubo un tiempo en el que se encontraron.
El Amor era ligero, no en el sentido banal de la palabra, sino como una llama que nunca se apaga. Tenía ojos que reflejaban el primer latido de un niño y el último beso robado bajo la lluvia.
La Muerte, en cambio, era un silencio que no pesaba, pero se sentía en los huesos. No era cruel, ni fría. Era inevitable. Sus manos no temblaban y su voz nunca subía el tono. No discutía con nadie. Simplemente era.
Se encontraron en un crepúsculo, cuando el sol y la luna compartían el cielo. El Amor, curioso como siempre, se acercó primero. No por valentía, sino porque nunca había conocido el miedo.
—¿Tú eres la Muerte? —preguntó, con esa voz que hacía florecer hasta a las piedras.
La Muerte asintió. No había necesidad de palabras cuando la eternidad te acompaña en el aliento.
—Siempre escuché hablar de ti —continuó el Amor—. Dicen que eres el final de todo lo que yo empiezo.
La Muerte lo miró, y en sus ojos no había oscuridad, sino una tristeza serena.
—Y yo he oído que eres la razón por la que muchos me temen —respondió.
Hubo un gran silencio entre ellos. Entonces, sin más, el Amor extendió los brazos y la Muerte, por primera vez, dudó. No porque temiera el contacto, sino porque nunca había sentido la necesidad de ser abrazada.
Pero lo hizo.
Y en ese instante, el mundo tembló.
No fue un temblor de tierra ni de cielos, sino un estremecimiento en los corazones de todos los seres. Porque cuando el Amor abrazó a la Muerte, algo cambió en ambos. La Muerte sintió el calor por primera vez; no el calor del cuerpo, sino ese otro que vive en las grietas del alma. Y el Amor, al rozar la piel de la Muerte, entendió la fragilidad de su existencia, la belleza efímera que nace de saber que nada dura para siempre.
Se miraron. No como enemigos, sino como reflejos de una misma verdad.
—¿Qué somos ahora? —preguntó el Amor, con la voz temblando.
La Muerte no respondió de inmediato. Pero cuando lo hizo, su voz era tan suave, tan humana.
—Somos el latido y el último suspiro. La promesa y el adiós. Sin ti, yo sería solo vacío. Sin mí, tú no tendrías sentido.
El Amor comprendió. No moriría, no del todo. Pero desde aquel día, cada amor llevaría en su sombra el eco de la Muerte. Y la Muerte, por su parte, ya no sería solo el final; sería el recordatorio de que el Amor existió, brilló y valió cada instante.
Dicen que desde entonces, cada vez que amas, un poco de ti muere. Y cada vez que mueres, llevas contigo todo lo que amaste.
Pero no es algo malo. Es simplemente la prueba de que, alguna vez, el Amor y la Muerte se abrazaron. Y en ese abrazo, ambos se encontraron completos.
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