La capilla

La capilla

rasseto

06/06/2025

“El infierno está vacío y todos los demonios están aquí”

                                                                  -William Shakespeare-            


CAPITULO 01: REDITUS

Hace dos semanas comencé a sentir un malestar persistente en las rodillas. Aparecía cada vez que empezaba a caminar o correr, pero después de unos minutos se desvanecía lentamente. Por eso, nunca lo tomé como una preocupación mayor y decidí dejarlo pasar. Sin embargo, aquel dolor empezó a hacerse más presente, más constante, y fue entonces cuando decidí acudir al médico.

En el trayecto, recibí una llamada que no pude contestar, seguida de un mensaje de texto que tampoco abrí en ese momento. Mientras me acercaba al hospital, pequeños destellos de recuerdos comenzaron a asomarse: breves flashes que, para mí, no eran más que ilusiones, escenas que nunca viví… o al menos eso pensaba entonces.

Ya dentro del hospital, sentí que el tiempo se volvía más lento, casi estático. Cada cosa parecía estar en su sitio, cada persona en el lugar exacto que le correspondía. Me acerqué a la recepcionista para consultar por la cita que había reservado. Ella, con amabilidad, me dio una serie de indicaciones para llegar al consultorio.

El hospital era enorme, con pasillos angostos que parecían no tener fin. Al encontrar finalmente el consultorio, tomé asiento y hojeé una de las tantas revistas de seguros médicos. No pasó mucho tiempo antes de que el médico me llamara. Una vez dentro, le expliqué el malestar que venía sintiendo en la rodilla. Decidió realizarme un chequeo general y me recetó relajantes musculares para aliviar el dolor.

Al salir del hospital, recordé el mensaje que había recibido. Lo revisé: era de mi compañero Ugarte, desde la central de comisaría. Me pedía que me acercara a una dirección específica. Consulté el mapa; el lugar estaba a unos veinte minutos del hospital. Subí al auto y me dirigí hacia allá.

A medida que me acercaba a la ubicación, las avenidas comenzaban a resultarme familiares. Cada semáforo, cada esquina, despertaba en mí una nostalgia extraña, como si ya hubiera estado allí, como si un fragmento olvidado de mi memoria tratara de decirme algo.

Al estar ya relativamente cerca de la ubicación, doblé la esquina y me encontré con un gran bullicio: mucha gente se agolpaba en el centro del parque que rodeaba un colegio, y justo al frente, una pequeña capilla. Parte del cuerpo policial había cercado la zona. Estacioné el auto, y al bajarme, Ugarte me esperaba al cruzar la calle.

—Hola, Ugarte. Cuéntame la situación… ¿de qué se trata?

Ugarte asintió con el ceño fruncido.

—Bien. Se trata de un suicidio, o al menos eso parece. Ocurrió entre las cinco y las seis de la mañana, según las declaraciones que hemos podido recopilar.

—¿De quién se trata? ¿Hay algún antecedente que contradiga la hipótesis del suicidio? ¿Cuál fue el objeto utilizado? ¿Se encontró alguna alteración en la escena?

Ugarte respiró hondo antes de responder.

—La víctima es Javier. Tenía quince años, era huérfano. Era monaguillo en la capilla y también vivía en el lugar de los hechos. El suceso ocurrió en su habitación. Al pie de su cama estaba su ropa doblada. Según la única testigo, la hermana Rita, él se bañó, tomó desayuno y se dirigió a su habitación. Lo llamó varias veces porque la misa estaba por comenzar y él no bajaba. Al no recibir respuesta, subió a buscarlo. Al abrir la puerta… lo encontró sin vida. Utilizó una soga, la cual tenía un recorrido extraño: desde los parantes del techo hasta llegar a la manija de la puerta.

—¿La manija de la habitación? ¿Cómo mierda una manija no se rompe al aguantar el peso de un adolescente? ¿Tienes idea de cuánto pesa el cuerpo?

—Los peritos están en eso. Ahora mismo se encuentran en el levantamiento del cuerpo y recolectando los objetos de la escena.

—¿Qué? ¡Carajo, Ugarte! ¿Por qué no me dijiste eso primero?

Sin perder más tiempo, me dirigí hacia la habitación. Al encontrarme con las luces azules titilando, sentí que aquella habitación hablaba por sí sola. Había tanta miseria concentrada allí… restos de sangre, desorden, un aire espeso que no debería haber rodeado jamás a un niño de quince años.

Uno de los agentes periciales se me acercó y me entregó un informe preliminar sobre las lesiones. Ya era tarde: el levantamiento se había realizado.

Al salir, me crucé con un rostro conocido. Bajé la mirada, pero la persona se acercó de todos modos.

—Hola… ¿disculpe? ¿Me podría decir qué sucede?

Al levantar la vista, aquel hombre me reconoció de inmediato.

—¿Raffo? ¿Qué haces aquí? ¡Cuánto tiempo!

—Sergio… sí. Bueno, vengo por lo ocurrido. Al parecer, un monaguillo de la capilla se quitó la vida. Estoy de servicio para la inspección.

—¿Qué? ¿Quién? ¿De qué estás hablando?

—Sergio, debes calmarte. Ven, salgamos un momento. Necesito hablar contigo… y hacerte algunas preguntas.

Nos alejamos del tumulto, bordeando el jardín que rodeaba la capilla. El aire estaba cargado de ese silencio denso que sólo se presenta cuando la muerte deja preguntas sin responder. Sergio caminaba a mi lado, aún desconcertado.

—Sergio —empecé, midiendo las palabras—, necesito saber si conocías al chico… a Javier.

Asintió, bajando la mirada con un gesto sombrío.

—Sí… claro que lo conocía. Todos aquí lo conocíamos. Era… era un buen chico, servicial, callado, algo tímido, pero muy respetuoso. Siempre estaba ayudando en la capilla, con la hermana Rita o con los preparativos de las misas.

—¿Notaste algo extraño últimamente? —pregunté con cuidado—. ¿Algún comportamiento fuera de lugar, señales de que pudiera estar deprimido? ¿Aislamiento, llanto, conductas inusuales?

Sergio negó lentamente, frunciendo el ceño como si escarbara en su memoria.

—No… nada de eso. Javier era reservado, sí, pero no se le notaba triste. Al contrario, parecía tranquilo… incluso contento, dentro de lo que cabe. No hay antecedentes, Raffo. No que yo sepa.

Me quedé en silencio un momento, procesando sus palabras. Esa tranquilidad aparente en casos como este siempre me dejaba un sabor amargo. A veces, el dolor se escondía demasiado bien.

—Voy a necesitar hablar con los representantes de la capilla —dije al fin, con firmeza—. Quiero presentarme formalmente y recopilar más información sobre Javier, su entorno, su día a día aquí. Lo que parezca irrelevante, a veces no lo es.

Sergio asintió, todavía aturdido, pero colaborador.

—Claro. Déjame ayudarte. La hermana Rita debe estar en la parte trasera de la capilla, con el padre Elías. Ellos pueden darte toda la información que necesites… Javier vivía con ellos. Si hay algo que no encaje, ellos lo sabrán.

—Perfecto. Agradezco tu ayuda, Sergio. Esto recién comienza —dije, observando de reojo la cruz que coronaba la capilla. Me pregunté cuántos secretos se escondían entre esos muros sagrados.

Y entonces supe que algo, por muy pequeño que fuera, no estaba en su lugar.

Mientras esperaba dentro de la capilla, el silencio empezó a calar en mí más de lo que imaginaba. Me senté en una de las bancas de madera, mirando de reojo los vitrales que filtraban la luz de la mañana. Sin quererlo, mi mente comenzó a divagar… regresé a aquellos años en los que yo también formaba parte de esta comunidad. Recordé las tardes interminables en los pasillos de catequesis, los ensayos antes de las misas, los juegos en el patio trasero, las risas inocentes que ahora me parecían tan lejanas. Sergio era parte de todo eso… una de mis primeras amistades.

Y también recordé algo más: mi primer amor. El primer sobresalto en el pecho, torpe e inexperto, bajo estas mismas bóvedas, entre susurros y miradas furtivas, ocultos tras el aroma a incienso.

Pasaron unos minutos. El vaivén de los recuerdos se detuvo al ver que Sergio se acercaba acompañado de dos personas. Me puse de pie para recibirlos, pero al avanzar sentí un retortijón súbito que me recorrió desde la nuca hasta la espalda. Las manos me empezaron a sudar sin razón aparente. Una incomodidad visceral, primitiva, me estremeció por completo. No entendía por qué.

Delante de mí, caminaba el cura de la capilla. En cuanto lo vi, lo reconocí. No por el nombre, sino por algo más profundo, más oscuro, que dormía en lo más hondo de mi memoria. El rostro apenas había cambiado, pero su mirada… esa mirada seguía igual. Helada. Ajena. Observadora.

Sentí que mis sentidos me traicionaban. Como si mi cuerpo no fuera completamente mío. Como si fuera un espectador encerrado dentro de mí mismo, viendo cómo todo se desarrollaba sin poder intervenir.

El cura se acercó, extendiéndome la mano en gesto cordial.

En ese momento, levantar mi brazo se volvió una lucha. Cada parte de mi cuerpo se sentía pesada, como si una fuerza invisible me empujara hacia atrás. Pero finalmente, tras un instante de tensión muda, logré estrechársela. Su palma estaba tibia… demasiado tibia.

—Bienvenido, hijo —dijo con voz pausada, encubriendo una emoción que no supe identificar.

Iniciamos la conversación. Le planteé mis interrogantes sobre Javier, sobre sus últimos días, su rutina, su comportamiento. Él respondía con frases correctas, formales, como quien recita una lección aprendida. Decía que el muchacho era ejemplar, obediente, silencioso. Que jamás había causado un solo problema. Que la hermana Rita estaba devastada.

Pero algo no encajaba. Sus respuestas eran… correctas, sí, pero vacías. Algo en su tono no me convencía. Respondía como si supiera lo que debía decir, pero no como quien realmente sentía lo que decía. Como si aquella muerte no le importara más allá de lo que afectaba a la imagen de su institución.

Y mientras lo escuchaba, en silencio, una vieja inquietud comenzaba a resurgir en mi interior. No solo como oficial… sino como alguien que ya conocía demasiado bien lo que podía esconderse tras las puertas de una capilla.

—¿Raffo, verdad? —dijo el padre Elías de pronto, entrecerrando los ojos como si escarbara en el tiempo—. Ahora que lo pienso… tú estuviste aquí hace años. Fuiste parte del grupo de catequesis, si mal no recuerdo. Incluso ayudaste en Semana Santa un par de veces… ¿cierto?

Sentí un escalofrío recorrerme. Era su tono. No había calidez en ese recuerdo, ni afecto… sólo una constatación plana, como quien reconoce una marca en un objeto viejo.

—Sí, estuve aquí un tiempo —respondí con frialdad.

—Has crecido bastante. Me alegra ver que sigues por el camino del bien… sirviendo a la ley, a la justicia. —Sonrió, pero no había luz en su sonrisa—. Qué curioso cómo da vueltas la vida. Algunos se alejan de Dios, pero Él los trae de vuelta… tarde o temprano.

No respondí. Lo miré en silencio, conteniendo una marea de pensamientos que amenazaban con desbordarse. La forma en que pronunciaba “Dios” me irritaba. Como si Él fuera propiedad suya. Como si todo lo que ocurría estuviera bajo su control.

—Gracias por recibirme, padre —dije al cabo de unos segundos, cortando el aire—. Recogeré algunos informes adicionales y me comunicaré si necesito más detalles. Espero poder contar con la colaboración de todos.

El padre Elías asintió con esa expresión imperturbable que parecía más una máscara que un rostro. Me giré hacia Sergio y le agradecí por su apoyo. Me despedí también de la hermana Rita, que apenas podía hablar entre sollozos contenidos.

Salí de la capilla sintiendo que el aire se había vuelto más espeso. Caminé hasta el auto con pasos lentos, como si el suelo se abriera levemente bajo cada pisada.

Fue entonces cuando ocurrió.

Una presión helada me apretó el pecho. Sentí que el aire no entraba. Me llevé una mano al cuello, buscando inútilmente más espacio, más oxígeno. Todo empezó a girar: los árboles, la calle, las voces lejanas. Un pitido agudo me taladró los oídos.

Nunca me había pasado. En casi doce años como agente policial, jamás había perdido el control de mi cuerpo. Pero ahí estaba… frágil, desarmado.

Como pude, abrí la puerta del auto y me dejé caer en el asiento. Cerré los ojos… y los flashes comenzaron.

Un camino de tierra. Un cielo turbio. El olor a gasolina y sangre.

Un choque. Vidrios rotos. El sonido de una sirena lejana.

Y yo… tendido sobre el asfalto, adolescente, temblando, sin poder mover las piernas.

Y a lo lejos, entre la bruma y el humo, estaba él.

El padre Elías.

Inmóvil.

Mirándome.

No corría a ayudar. No gritaba. Sólo me observaba.

Y luego se dio media vuelta… y se alejó.

Las imágenes estallaron en mi mente como relámpagos. No supe si era un recuerdo o una alucinación… pero sentí el vértigo del abismo, la piel húmeda por el sudor, el corazón desbocado.

Después… oscuridad.

Desperté de golpe, jadeando como si acabara de emerger de un mar oscuro. La cabeza me latía con fuerza y un sudor frío me cubría la espalda. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Solo el timbre de una música lejana me anclaba a la realidad. Una voz ronca, ochentera, salía de la radio del auto:

“Escúchame cómo voy a explicarte que algo dirá de mí… Que algo dirá de mí… ”

—¿Qué mierda…? —musité, llevando una mano temblorosa a la frente.

La radio seguía sonando como si fuera la banda sonora de un sueño al que no quería volver. Con esfuerzo, me incliné hacia el tablero para apagarla. En lugar de hacerlo, pulsé el botón equivocado y el volumen subió de golpe.

“Sin tomar aliento estoy… Rodeado de calor, escucha…Tengo que respirar y respirar…” 

—¡Maldita sea! —espeté, hasta que logré atinarle al botón correcto.

La música se esfumó de golpe. Quedó solo el silencio… y mi respiración, que aún sonaba como si viniera de otra persona.

Tomé el teléfono del asiento del copiloto. Eran casi las doce de la noche. Había pasado horas inconsciente, encerrado en el auto como un muerto olvidado. Sentía la boca seca, pastosa. Como si hubiera tragado arena.

Tenía sed.

Abrí la puerta con torpeza y bajé. La brisa nocturna me golpeó la cara como una bofetada benigna. Caminé por unas calles desconocidas. No había muchas luces, pero al final de una esquina, un pequeño cartel de neón anunciaba una bodega abierta.

Mientras avanzaba, revisaba el teléfono. La batería estaba al límite. Un 1% parpadeaba en la esquina superior. Pero yo esperaba una llamada. Una que sabía que no iba a llegar… pero me aferraba a esa mínima posibilidad como quien se cuelga de una cuerda rota.

Entré en la bodega. Un timbre sonó al cruzar la puerta.

El lugar era estrecho, con estanterías altas repletas de productos acumulados con descuido. Al fondo, junto a un viejo ventilador, una joven sentada en una silla detrás del mostrador me miró.

Me recosté unos segundos en una de las sillas junto al refrigerador. Sentía las piernas acalambradas, como si acabara de correr kilómetros con los ojos cerrados.

Revisé el teléfono. La pantalla titiló.

1%.

Me levanté y me acerqué a la encargada.

—Disculpa —le dije con la voz ronca—, ¿hay alguna forma de que pueda cargar mi celular… aunque sea unos minutos?

Ella me observó en silencio. Tenía unos ojos oscuros, intensos… demasiado atentos. Su mirada era como un bisturí: iba más allá de la piel, escarbaba.

—Claro —dijo finalmente, y señaló un enchufe junto al mostrador—. Puedes usarlo. Solo déjalo ahí.

Mientras conectaba el cable, sentí que sus ojos no se movían. Como si estudiara cada uno de mis gestos, cada respiro, cada sombra en mi cara.

—¿Estás bien? —preguntó, sin que su tono sonara exactamente a preocupación.

—No lo sé —respondí sin pensar. Y eso me sorprendió más que su pregunta.

Apenas conecté el celular, este vibró. Una llamada entrante.

Número desconocido.

Respondí de inmediato.

—¿Aló?

—…

Una respiración al otro lado. Como viento en una línea rota.

—¿Quién es?

Un crujido. Y justo cuando una voz parecía empezar a formarse, la pantalla se apagó. La batería se había consumido.

—¡No, no, no! —intenté reconectarlo al enchufe, presionando el botón de encendido con desesperación. Pero era inútil. El teléfono no reaccionaba.

Me giré hacia la encargada, todavía con la frustración prendida al rostro.

—¿Me das una botella de agua? —pregunté, tratando de recuperar la compostura.

Ella no respondió de inmediato. Sacó una botella fría del refrigerador, la puso sobre el mostrador sin dejar de observarme.

—A veces, cuando uno está muy sediento… —dijo, casi en un susurro— no es solo agua lo que busca.

La frase me golpeó como un eco extraño. No supe si era una advertencia, una observación inocente, o algo más.

Tomé la botella. Bebí con ansiedad. El líquido frío bajó por mi garganta como una caricia. Pero no calmó la sed. No del todo.

Regresé a mi asiento sintiendo cómo el cuerpo me pedía tregua. Me recosté por unos minutos, tratando de recuperar el aliento. La bodega seguía tranquila, aunque el silencio parecía pesar más que el aire mismo. Respiré hondo. Tenía sed, pero lo que más necesitaba era un poco de calma.

Fue entonces cuando la puerta se agitó con un leve chirrido. Un hombre encapuchado entró con paso firme, como si conociera bien el lugar. Caminó directo hacia la encargada. Ella lo miró sin sorpresa. Empezaron a hablar en voz baja, pero no tardaron en alzar el tono. Yo no podía ver bien sus rostros desde donde estaba, pero algo en esa conversación me puso en alerta.

Las voces, aunque aún murmuradas, comenzaron a subir de volumen. Me levanté, caminé hacia el mostrador tratando de no parecer intrusivo, y entonces vi el pin que colgaba del delantal de la chica. Lo leí con naturalidad.

—Lucía… —dije, como si la conociera de toda la vida, solo para hacerle notar que no estaba sola.

Ambos voltearon a mirarme. Al decir su nombre, sentí una extraña punzada en el pecho. Ese nombre… algo dentro de mí lo reconocía.

—Lucía —repetí, apenas en un susurro.

Entonces el hombre se quitó la capucha. Su rostro estaba desgastado, demacrado, con la piel sucia y la mirada ausente. Pero esos ojos…

—¿Raffo? ¿Eres tú? ¡Mierda, hermano! Soy Alex… ¿no te acuerdas? ¡La catequesis! ¡La bendita y castrante catequesis de la capilla!

Lo miré con atención. Claro que me acordaba. Alex venía de una familia con plata, de las que no faltaba nada en casa. Ahora estaba frente a mí, como un espectro de lo que fue.

—Sí… Alex —respondí, manteniendo la distancia con el tono—. Qué vueltas da la vida, ¿eh?

Hablaba sin parar. Pero yo apenas lo escuchaba. Mi atención se deslizaba hacia Lucía. Su mirada se había apagado. Ya no estaba alerta, sino lejana, como si su alma estuviera en otra parte.

—¿Qué haces por acá? —preguntó Alex, sentándose sin invitación.

—Estoy trabajando. Un caso… un adolescente apareció muerto en la capilla.

Por un instante, pareció detenerse. Bajó la cabeza, pero enseguida cambió de tema.

—¿Y tú qué tal? ¿Te fue bien? ¿Tienes familia?

Respondí con lo mínimo. No estaba para socializar.

—¿Y tú? —le pregunté.

Suspiró.

—Me peleé con un catequista. Fuerte. Nunca más volví. Después mi viejo enfermó. Murió a los cuatro meses. La plata la tiré en idioteces. Ahora… ya ves.

Lo miré de arriba abajo. Conocía bien ese aspecto. Demasiado bien.

—¿Estás consumiendo?

—Nada que no mate lento —dijo riéndose solo.

—¿Has buscado ayuda?

—¿Para qué? No podría volver a esa vida. No después de todo.

Guardamos silencio unos segundos.

—Bueno, me voy —dijo, poniéndose de pie—. El hambre y la vergüenza no esperan.

Lo acompañé a la puerta. Tenía que preguntárselo.

—¿Sabes algo de lo que pasó en la capilla?

Su cara cambió por completo. Se tensó, los ojos brillaron con rabia.

—¿Qué si sé algo? ¡Debí prenderle fuego a esa maldita iglesia cuando me largué!

Lo vi alejarse con paso irregular, desapareciendo entre sombras.

Y entonces recordé. Un episodio. Cuando yo era un adolescente, Alex tuvo un brote durante una misa. Después supe que estaba bajo tratamiento psiquiátrico. Desde pequeño, había estado muy ligado a la iglesia… demasiado.

—Toma, este es mi número —le dije al aire. Dudaba que me llamara, pero tenía que intentarlo.

Cuando regresé a la bodega, Lucía ya no estaba. Había terminado su turno. Otro joven atendía ahora. Terminé mi bebida, dejé el vaso en el mostrador y salí.

Ya en el auto, algo en el parabrisas me llamó la atención. Una servilleta doblada. La abrí. Con tinta negra y temblorosa decía:

“Aquel árbol viejo, sus semillas lo dejaron y sus ramas ya marchitaron.”

Me quedé helado. El papel era una servilleta como las de la bodega.

¿Lucía? ¿Me conocía? ¿O había sido Alex? Pero no… si quería decirme algo, lo habría hecho. Lo conocía. Su rabia no tenía filtro.

Encendí el celular. Varias llamadas perdidas. Todas de Ugarte.

Lo llamé de inmediato.

—¿Aló, Ugarte? ¿Qué pasa?

—Señor, tiene que venir a la comisaría. Los representantes de la iglesia están aquí. Quieren el cuerpo para el velorio. Pero… los forenses encontraron lesiones previas. Aún faltan análisis importantes.

Cerré los ojos. Inspiré profundo.

—Voy para allá. Mantén todo en orden. Ya llego.

Colgué. Encendí el motor. Otra noche más. Pero esta vez, lo sentía: el pasado no solo me rondaba… me estaba respirando en la nuca.

Conduje en silencio, sin radio, sin distracciones. Solo el murmullo del motor y el eco de mis pensamientos me acompañaban. La nota seguía revoloteando en mi cabeza. Esa frase extraña escrita en una servilleta, tan cargada de símbolos, tan dirigida… ¿Por qué sentía que tenía tanto que ver conmigo?

Y mientras avanzaba por la carretera oscura, algo más se coló en mi memoria, como un hilo que se tensa hasta romper.

Recordé la primera vez que pisé la capilla. Tenía once años. Fue una tarde seca, llena de polvo y olor a incienso viejo. No fui por fe, ni por voluntad propia. Fui porque mis padres me lo exigieron.

—Si no haces la comunión y la confirmación, olvídate de estudiar en provincia —me dijo mi padre, en su tono seco, sin matices. Para él, la fe no era una elección. Era una obligación moral, una marca que me debía grabar para no “perderme en el mundo”, como decía él.

—Sin eso estarás incompleto, Raffo. —solía repetir mi madre con voz temblorosa, casi como si hablara de una enfermedad incurable—. Dios te dio la vida, fue un milagro que nacieras. Nunca lo olvides. Hay que agradecerle cada día.

Para ellos, yo era un regalo divino. Mi madre había perdido varios embarazos antes de mí. Mi existencia era una deuda con el cielo. Y por eso debía cumplir con el rito, con la entrega, con la sumisión. Porque si no, me alejaría, me volvería… otro. Uno más de esos que se pierden en lo mundano.

Pensé en todo eso mientras aparcaba frente a la comisaría. No sabía por qué estos recuerdos venían ahora. Tal vez porque el caso, el chico muerto… todo me estaba tocando más de lo que debería. Más de lo profesional.

Al bajar del auto, me encontré con una escena que parecía salida de un drama religioso. En la puerta, un grupo de fieles —mujeres mayores, jóvenes con pañuelos en la cabeza, hombres con biblias en la mano— oraban en voz alta, algunos lloraban, otros cantaban himnos. Todos aferrados a la idea de una tragedia divina.

Pasé entre ellos sin decir palabra. No me gustaban las multitudes, menos si estaban cargadas de fervor.

Ya dentro, Ugarte me recibió con el ceño fruncido y una carpeta en la mano.

—Raffo, qué bueno que llegó. Aquí están los informes preliminares para que firme. Y… algo más. Parece que Javier tenía una hermana. Vive en un centro de rehabilitación a las afueras. Por consumo. Está internada desde hace unos meses. Habrá que notificarle oficialmente. Más papeleo. Más dolor.

Tomé la carpeta. Mi cabeza ya iba por delante.

—¿Ella sabe lo que pasó?

—No. Aún no. Esperan que sea usted quien lo maneje.

Suspiré. Otra conversación difícil. Otro rostro que tendría que romperse frente a mí.

—¿Y los informes forenses?

—Ya está la doctora Herrera. Lo está esperando en su oficina.

Me dirigí al fondo, cruzando pasillos abarrotados y el murmullo constante de los creyentes afuera.

La doctora Herrera, como siempre, estaba impecable. Su rostro serio, sus ojos precisos. Me extendió los papeles sin rodeos.

—El cuerpo de Javier presenta lesiones previas. Algunas con semanas de antigüedad. Cortes profundos en antebrazos, dos de ellos casi quirúrgicos. Además, encontramos registros médicos: un lavado de estómago a inicios del año pasado. Intento de ingesta. Y, lo que es peor, tuvo derivación psicológica. Tres sesiones. Luego abandonó.

—¿Y nadie hizo seguimiento?

—Nada en el sistema. Ni notas, ni alertas. Es como si simplemente lo soltaran.

Un silencio denso nos cubrió.

—¿Había indicios de abuso? —pregunté con cautela.

—No puedo confirmarlo aún, pero hay marcas. Físicas y emocionales. Este niño pedía ayuda a gritos.

Apenas procesaba la información cuando la puerta se abrió de golpe. La hermana Rita entró, envuelta en su hábito y su ansiedad. Su rostro era una máscara de urgencia piadosa.

—¡Inspector! Ya es suficiente. El niño debe regresar. Debemos preparar el velorio. El cuerpo no puede seguir aquí como un objeto de estudio.

Me puse de pie.

—Hermana, necesitamos más tiempo. Hay señales… cosas que debemos aclarar.

—¡Señales! —repitió con desprecio—. ¡Era un muchacho sensible! ¡Espiritual! Esta desgracia lo tomó por sorpresa, como a todos nosotros. Pero su alma merece paz, y eso solo lo tendrá si vuelve a la casa de Dios.

—¿Y los cortes? ¿El lavado? ¿Las sesiones psicológicas? ¿Eso también fue sorpresa?

Se detuvo. Por un instante, su expresión se quebró. Pero fue apenas un parpadeo. Luego volvió a su rigidez.

—Javier estaba… confundido. Pero eso no le da derecho a usted ni a nadie a profanarlo con dudas. Nosotros nos encargaremos.

—Hermana, no puedo permitir que se lleven el cuerpo sin la autorización forense completa.

—Entonces sepa usted que Dios será testigo de esta injusticia.

Y sin más, salió, dejando tras de sí un aroma penetrante a incienso y un silencio tenso.

Yo solo me quedé allí, mirando el informe, el cuerpo invisible de Javier pesando sobre todos los papeles.

Lo sabía.

Algo no encajaba.

Y no podía dejar que lo enterraran sin entender por qué tanto silencio.

Aún revisaba los informes médicos cuando Ugarte se asomó por la puerta, con ese gesto suyo entre apurado y nervioso.

—Raffo, encontré algo más —dijo, entrando con unos papeles arrugados y una nota adhesiva pegada al dorso—. El chico… Javier, tuvo una atención psicológica en una parroquia aliada. No está en el sistema regular, pero logramos rastrear el nombre de la psicóloga. Se llama Clara Rivas. Aquí está su número.

Tomé el papel. El nombre no me sonaba, pero algo me decía que iba a ser clave.

—Intentaré comunicarme luego —dije, guardando la nota en mi libreta.

—Y otra cosa… —añadió Ugarte mientras se rascaba la nuca—. Revisando la línea de la oficina… tengo varias llamadas perdidas de un número no registrado. Cinco en total. Todas entre las tres y las cinco de la madrugada. No dejaron mensaje, pero creo que deberías escucharlas.

Me levanté de inmediato y lo seguí. En la vieja oficina que me asignaron temporalmente, el teléfono estaba como siempre: frío, metálico, innecesariamente antiguo. Reproduje los buzones de voz uno por uno. Vacíos. Sin mensajes. Sin palabras. Nada.

Solo un vacío que parecía tener forma.

Anoté el número igual. No sabía por qué, pero algo me pedía que lo hiciera. Tal vez por instinto. Tal vez por paranoia. O por ese presentimiento que te rasguña el estómago antes de que pase algo.

Guardé la libreta y me puse de pie.

Pero apenas me incorporé, un dolor agudo, como un rayo de fuego, me atravesó la rodilla. El mismo de hace días, pero ahora multiplicado por diez. El cuerpo se me dobló sin aviso y caí de espaldas sobre la silla.

—¡Raffo! —gritó Ugarte, alcanzándome justo a tiempo para evitar que golpeara el suelo.

A duras penas, con un brazo tembloroso, busqué en el bolsillo interior de mi chaqueta. Saqué el frasco de calmantes, lo abrí con torpeza y tomé una pastilla seca, casi a la fuerza. Sentía que me explotaba la pierna.

—Estoy bien —logré decir, empapado en sudor—. Solo… el cuerpo me está cobrando factura.

—¿Quieres que maneje yo?

—No. Estoy bien. Esto no me va a detener. Tenemos que llegar al centro de rehabilitación.

El viaje fue lento. El sol ya se escondía entre edificios oxidados y terrenos baldíos. El centro estaba en la periferia de la ciudad, donde todo parece más lejano y más olvidado.

El portón era grande y oxidado. Una placa apenas visible decía: “Hogar Esperanza – Centro de recuperación integral”. Había un leve olor a desinfectante y a campo cerrado.

Un enfermero nos recibió. Al mostrarle la credencial, nos dejó pasar. Nos llevó por un pasillo largo hasta una pequeña sala común. Ahí, en una banca de madera, estaba ella. Delgado rostro, cabello recogido, mirada hundida. Parecía más una niña que una mujer.

—Ella es Natalia. Natalia del Solar. Hermana de Javier.

Me acerqué con cautela.

—¿Natalia? Mi nombre es Raffo. Soy el agente a cargo de la investigación… sobre tu hermano.

Sus ojos, ya apagados, se cerraron por un momento como si quisieran evitar todo.

—¿Murió, verdad? —susurró—. Lo supe esta mañana. Alguien en la cocina… murmuraban. Pero no me han dicho nada oficialmente. Solo que «Dios lo llamó».

Tragué saliva. Ese tipo de frases solía ser un refugio. Pero también una prisión.

—Sí. Lamento mucho tener que darte la noticia así. Estamos tratando de entender bien lo que pasó.

—No fue un suicidio —dijo de pronto, con una firmeza que me descolocó—. Javier no era así. Él no… no se hubiera rendido tan fácil.

—Natalia, tenemos algunos registros médicos. Cortes, intentos de autoagresión… ¿tenías contacto con él recientemente?

Negó con la cabeza, mirando al piso.

—No. Hace meses que no hablo con nadie. Perdí mi teléfono. Mi madre murió hace años. Mi papá… bueno, él nunca estuvo. Y Javier… él me escribía a veces. Me contaba lo que hacía en la capilla, los rezos, los ensayos. Pero no parecía triste. Parecía… atrapado, sí. Pero no desesperado.

—¿Atrapado cómo?

—Como si no pudiera salir. Como si alguien siempre estuviera encima de él. Vigilándolo.

—¿Alguien específico?

Se encogió de hombros. No me miraba.

—Él nunca dijo nombres. Pero yo lo notaba. Hablaba menos. Tenía miedo de equivocarse.

La sala olía a encierro, a tabaco filtrado, a secretos. Me tomé un segundo. Había tanto que quería preguntarle, pero no sabía si debía.

—¿Alguna vez Javier te habló de Alex?

Natalia levantó la vista, confundida.

—¿Alex? ¿El chico de catequesis? Sí… algo dijo. Lo recordaba como alguien brillante… pero luego desapareció. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque anoche me encontré con él. Está… muy mal. Y tenía cosas que decir sobre la capilla. Cosas oscuras.

Natalia tragó saliva.

—Entonces sí… estás más cerca. Más cerca de entender lo que nos pasó a todos.

Nos. Esa palabra me hizo estremecer. Porque por primera vez en todo el caso… sentí que la tragedia de Javier no era solo suya.

Era parte de algo más grande.

Algo que me incluía a mí.

—¡Todo esto es culpa de Alex! —gritó de pronto, levantándose con fuerza—. ¡El que yo esté aquí, y mi hermano muerto… es por él! ¡Nos dejó! ¡Nos abandonó a todos!

Y de pronto, empezó a gritar, llorar, rasgarse los brazos. Corrí a calmarla, a sujetarla, pero fue inútil. El personal intervino de inmediato. Ugarte y yo nos retiramos en silencio.

Ya en el auto, encendí el motor sin hablar. Ugarte miraba por la ventana.

—Los hermanos Del Solar han pasado por mucho —dijo con un suspiro—. Padres violentos, drogadictos. Hay registros de violencia doméstica. Fotos… duras. Le apagaban cigarrillos en el cuerpo a Javier. Con Natalia, igual: cortes, denuncias por robo, allanamientos. Nunca tuvieron una infancia. Solo sobrevivieron.

Me quedé pensando. En voz baja, solté:

—Pero nada encaja. Hay registros, hay consecuencias. Pero… ¿Porqué me encontré con Alex en la bodega? Eso no puede ser coincidencia. 

—¿Alex qué? —preguntó Ugarte.

Le di el apellido. Me anotó el dato y me dijo que haría una búsqueda. Lo dejé en la comisaría y seguí solo.

Me dirigí a la dirección que aparecía en el informe: el consultorio de Clara Rivas, la psicóloga que atendió a Javier. Esperaba encontrar a una señora beata, aferrada a sus rosarios. Pero me equivoqué.

Clara era joven, de mirada aguda y voz serena. Me invitó a pasar.

—Javier… —dijo al escuchar su nombre—. Lo recuerdo bien. Era reservado, extremadamente disciplinado. Pero detrás de esa corrección había miedo. Era como si viviera en deuda constante. Nunca hablaba de su familia, pero sus silencios lo decían todo.

—¿Por qué dejó el tratamiento?

—Después de la tercera sesión, no volvió. La excusa fue falta de tiempo por las misas y las tareas de la capilla. Pero sé que hubo algo más. Alguna orden o presión. Y él… obedecía sin cuestionar.

Tomé aire.

—Clara, Javier está muerto.

Su rostro se congeló. No dijo nada en un inicio. Luego cerró los ojos y bajó la cabeza.

—Sabía que algo podía pasar. No imaginé que tan pronto.

Se quedó en silencio, como buscando palabras exactas.

—¿Sabes, inspector? Hay personas que nacen ya marcadas por el dolor. No el que sienten, sino el que cargan desde antes de entenderlo. Javier era así. Un niño frágil, que pedía permiso hasta para sufrir.

—¿Cree que alguien lo influenciaba?

—Estoy segura. Pero no pude llegar a saber quién. No confiaba plenamente. Y con razón, al parecer.

Me miró con intensidad.

—Si necesita más información, o quiere revisar las notas que tomé, puede contar conmigo. A veces, las respuestas están en lo que no nos atrevimos a preguntar a tiempo.

Le agradecí y salí del consultorio con una nueva certeza. Javier no solo murió. Lo fueron apagando. Poco a poco. Y yo estaba decidido a encontrar a todos los que soplaron esa llama hasta extinguirla.


CAPÍTULO 02: UN NIÑO FRÁGIL

Clara tenía el frasco entre las manos desde hacía varios minutos.

No lloraba. No temblaba. Solo observaba las pastillas como si no le pertenecieran, como si fueran parte de otro cuerpo, de otra vida. El baño estaba en silencio, apenas interrumpido por el goteo irregular de la ducha mal cerrada. La luz blanca del foco hacía que todo pareciera más real de lo que estaba dispuesta a soportar.

Las palabras regresaron sin pedir permiso.

“En este mundo solo somos tú y yo… por favor, nunca olvides mi nombre.”

La voz de Javier. Clara cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera expulsarla de su cabeza. Pero no funcionó. Nunca funcionaba. El recuerdo se le incrustaba en el pecho, preciso, limpio, devastador.

Abrió el frasco.

Contó las pastillas una por una sobre el lavamanos. El sonido seco del plástico contra la cerámica le resultó insoportablemente fuerte. Pensó en la última sesión, en cómo él había bajado la mirada al decirlo, en la forma casi suplicante con la que había pronunciado su nombre, como si temiera desaparecer en el instante mismo en que alguien dejara de recordarlo.

Se inclinó hacia el espejo.

Y entonces se vio.

No como psicóloga. No como adulta. Se vio vacía. Con la mirada perdida, los ojos apagados, el rostro atravesado por una grieta invisible. No se reconoció. Y ese desconocimiento fue más aterrador que cualquier pensamiento previo.

Un impulso seco, violento, atravesó su cuerpo.

El puño salió antes que la razón.

El espejo estalló.

El sonido del vidrio rompiéndose llenó el baño como un grito contenido durante años. Fragmentos brillantes cayeron al suelo, al lavamanos, a sus pies descalzos. Clara respiraba agitada, mirando su reflejo multiplicado en pedazos: ojos fragmentados, boca partida, una mujer rota en decenas de versiones.

Se dejó caer lentamente al suelo.

Al apoyar la mano, sintió algo duro. Una esquina. Una caja de cartón vieja, olvidada detrás del mueble. La sacó sin pensar. Al abrirla, el aire pareció volverse más pesado.

Fotografías.

Recortes.

Un reloj viejo.

Una pulsera infantil.

Y, en el fondo, una imagen que conocía demasiado bien: ella y su hermano, sentados en el suelo de un patio que ya no existía, abrazados, con las rodillas raspadas y las manos sucias de tierra.

Clara tomó la foto con cuidado, como si pudiera romperse con solo mirarla.

—Sí… —susurró, con la voz quebrada—. Solos tú y yo.

Las pastillas quedaron olvidadas sobre el lavamanos. El frasco, abierto. El espejo, roto.

Pero ella seguía allí.

Raffo conducía en silencio.

Las calles empezaban a estrecharse, a perder iluminación, a volverse demasiado conocidas. No necesitaba mirar el GPS. Sabía exactamente dónde estaba. Cada bache, cada poste de luz, cada fachada descascarada le hablaba de una versión suya que había intentado enterrar.

Ese barrio no figuraba en ningún informe.

Pero seguía existiendo en él.

Ajustó el volante cuando el auto tomó la curva. La misma curva. Y entonces ocurrió.

Un destello.

Se vio a sí mismo pedaleando, más liviano, más joven. El aire le golpeaba la cara, las piernas respondían con fuerza. La bicicleta avanzaba por esa misma calle, pero el asfalto estaba intacto, las casas recién pintadas, los árboles más altos.

Parpadeó.

El presente volvió de golpe.

Un grupo de jóvenes pasó corriendo junto al auto, riendo, empujándose. El sonido fue suficiente. El pecho se le cerró. El aire dejó de entrar como debía. Raffo bajó la velocidad instintivamente, una mano aferrada al volante, la otra buscando algo que no sabía qué era.

Otro flash.

La noche.

Un hombre tendido sobre el asfalto.

La sangre extendiéndose lentamente, oscura, espesa. El cuerpo apenas se movía. Un quejido bajo, animal. Y al costado, un auto detenido. Motor apagado. Luces apagadas.

Raffo —adolescente— entendió antes de pensarlo: eso no era un accidente cualquiera.

Desde el interior del auto, una ventana bajó.

Una mano apareció.

Una colilla de cigarro cayó al suelo, encendida todavía. El hombre dentro del vehículo no dijo nada. No gritó. No pidió ayuda.

Encendió el motor.

Las luces se prendieron de golpe, iluminando el cuerpo agonizante en la pista. Y luego, sin apuro, arrancó.

El corazón de Raffo empezó a golpearle el pecho con violencia.

Pedaleó.

Sin rumbo. Sin dirección. Solo lejos.

Las piernas comenzaron a fallarle. El aire no alcanzaba. Cada respiración era un esfuerzo inútil. El miedo ya no era una emoción: era una sustancia espesa que le corría por las venas.

El cuerpo dejó de obedecer.

Cayó.

La acera le golpeó el costado, la cabeza, el hombro. El mundo se volvió borroso. Desde el suelo, con la vista nublada, vio cómo el auto regresaba. Se estacionaba a unos metros.

La puerta se abrió.

La figura descendió lentamente.

Raffo intentó moverse. Gritar. Pedir ayuda. Nada funcionó. Estaba atrapado dentro de su propio cuerpo, consciente de todo, incapaz de reaccionar. El miedo le quemaba la garganta. Las lágrimas salieron solas, silenciosas.

Pero el hombre no se acercó.

Se quedó allí.

Mirándolo.

Como si disfrutara el espectáculo.

Como si observar fuera suficiente.

Y cuando la oscuridad terminó de tragárselo, cuando el cuerpo de Raffo se rindió por completo, la figura se dio media vuelta, subió al auto y se fue.

Raffo frenó de golpe.

El claxon de un auto detrás lo sacó del recuerdo. Respiraba con dificultad, la frente empapada, las manos temblándole sobre el volante. Tardó varios segundos en entender que estaba de vuelta.

Adulto.

Policía.

Vivo.

—Un niño frágil… —murmuró sin darse cuenta.

Arrancó de nuevo, más despacio.

Sabía algo con absoluta certeza, aunque aún no pudiera nombrarlo del todo: ese hombre no había desaparecido.

Y la capilla… nunca había sido solo un lugar.

Era el punto de regreso.

Raffo se quedó detenido unos segundos, con las manos aferradas al volante.
El aire regresó de golpe, áspero, como si el cuerpo recordara de pronto que aún tenía una función que cumplir. Inspiró hondo, una, dos veces. El mareo cedió, pero la imagen no.

El rostro del hombre agonizando seguía ahí, flotando frente a él. No era un recuerdo completo, era peor: un fragmento. Una boca abierta buscando algo que no llegaba. Un sonido que nunca escuchó, pero que ahora le zumbaba en los oídos.

Encendió el motor otra vez.

No salió del barrio.

Giró en la esquina contraria a la avenida principal y tomó las calles estrechas que conocía de memoria, esas que no necesitaban señalización porque el cuerpo sabía por dónde ir. Avanzó apenas unas cuadras hasta la comisaría del barrio, la misma de su infancia, a pocas calles de la capilla.

El edificio seguía igual.
Más pequeño de lo que recordaba.

Entró.

El policía de recepción levantó la vista con una sonrisa automática, casi fuera de lugar en un sitio así. Raffo se presentó con su nombre completo, mostró su credencial. Dijo que investigaba un caso antiguo, un accidente. No dio más detalles.

—Puede revisar los registros —respondió el agente, con una amabilidad que sorprendía—. Están al fondo. Solo tenga cuidado con las cajas.

Raffo asintió. No preguntó por qué tanta facilidad. Tal vez porque nadie creía que allí quedara algo importante.

La oficina de archivos era un cuarto largo, sin ventanas, con olor a papel viejo y polvo. Cajas apiladas unas sobre otras, rotuladas a mano con años y décadas. Fechas que no eran solo números, sino capas de olvido.

Se quedó de pie unos segundos, calculando.

Entonces el recuerdo apareció sin avisar.

La bicicleta.

La tarde en que sus padres se la regalaron. El brillo nuevo, el color original. Eso había sido en 1972, lo sabía porque aún vivían los tres juntos. Recordó también cuánto le duró la pintura: dos años exactos. Caídas, raspaduras, golpes contra el suelo. Hasta que él mismo la pintó de verde, una tarde cualquiera, con brocha prestada.

Y en el recuerdo del atropello, la bicicleta era verde.

—1974… —murmuró.

Se dirigió a las cajas rotuladas entre 1970 y 1980. Las fue sacando con cuidado, una por una, hasta encontrar la correcta. Dentro, los casos estaban organizados por gravedad. Los más importantes resaltaban de inmediato: folders de color rojo.

Solo había uno.

Lo abrió.

El recorte de periódico estaba amarillento, doblado en los bordes:

“Padre de la comunidad de la capilla Santa Beatriz es encontrado muerto cerca a su comunidad. Se sospecha de un atropello.”

Debajo, una fotografía.

El sacerdote rodeado de miembros de la comunidad. Hombres, mujeres, niños. Rostros que sonreían sin saber que el tiempo los iba a delatar.

Raffo los fue recorriendo uno por uno… hasta que se detuvo.

Ahí estaba el padre de Alex.

Y, a su lado, apenas unos pasos más atrás, un joven sacerdote: el padre Elías.

El nombre del fallecido figuraba en la ficha: Renato Giordano.

Había más fotografías. El lugar donde fue encontrado el cuerpo. Un descampado, tierra húmeda, árboles cortados. Reconoció el sitio al instante: las afueras de la ciudad, cerca del aserradero que funcionaba en esos años.

Entonces lo entendió.

El hombre del auto no huyó.
Regresó.

Volvió por el cuerpo.
Lo cargó.
Y lo dejó lejos, donde nadie miraba demasiado.

Raffo cerró el folder con cuidado, como si pudiera despertar algo si lo hacía bruscamente.

Recordó entonces una fecha.

Cada 14 de febrero, en la capilla, no solo se celebraba el día del amor y la amistad. También se conmemoraba al padre Giordano. No como mártir, sino como ausencia. Además, era su cumpleaños.

El mismo día.

Y años después, también un 14 de febrero, Raffo había visto por primera vez a Lucía.

Ella acababa de mudarse al barrio. Sus padres se habían separado y llegó con su madre, cargando cajas y silencios. La bodega aún no tenía letrero cuando él empezó a ayudarla. Al principio fue solo eso: cargar, ordenar, quedarse un rato más.

Después vino la amistad.
Las conversaciones sin nombre.
La costumbre.

Y luego, sin explicación clara, dejaron de verse.

Como si el barrio, la capilla y esa fecha se encargaran siempre de unir y separar a las personas con la misma crueldad.

Raffo se apoyó en la mesa.
El pasado ya no era un recuerdo suelto.
Tenía nombre.
Tenía fecha.
Y tenía testigos.

Y todos, de una forma u otra, seguían allí.

Raffo dejó el folder exactamente donde lo había encontrado.
Cerró la caja.
El cartón crujió levemente, como si protestara por volver al silencio.

Salió de la oficina con pasos lentos. El pasillo de la comisaría era estrecho, mal iluminado, con paredes que parecían haber absorbido todas las confesiones dichas allí. Cada paso resonaba más de lo necesario.

Entonces la vio.

Lucía venía en sentido contrario, con una carpeta apretada contra el pecho. No levantó la vista de inmediato. Fue el cruce inevitable, el espacio reducido, lo que la obligó a mirarlo.

Se detuvo.

—Raffo… —dijo, casi en un susurro.

Él sintió cómo el nombre lo alcanzaba antes que el sonido.
Asintió.

—Lucía.

No se abrazaron. No sonrieron. Había demasiados años entre ellos para fingir normalidad.

—No sabía que venías por aquí —dijo ella, rompiendo el silencio.

—Yo tampoco —respondió—. Hasta hoy.

Lucía lo observó con atención. No buscaba explicaciones, solo señales.

—¿Sigues investigando cosas que nadie quiere recordar? —preguntó.

Raffo exhaló lentamente.

—Alguien tiene que hacerlo.

Ella bajó la mirada unos segundos.

—Algunas cosas… cuando se miran demasiado de cerca, terminan mirándote de vuelta.

Raffo sostuvo su mirada.

—Eso es lo que más miedo da.

Lucía asintió, como si ya supiera la respuesta antes de hacer la pregunta que no se atrevió a decir. Dio un paso atrás, dejando espacio.

—Cuídate, Raffo.

—Tú también —respondió él—. Este barrio nunca olvidó.

Lucía se giró y continuó por el pasillo sin mirar atrás.
Raffo hizo lo mismo.

Al salir de la comisaría, la luz del exterior le golpeó los ojos. El aire era distinto, pero no más liviano. Miró en dirección a la capilla, apenas visible entre los edificios.

Había regresado buscando respuestas.
Había encontrado nombres.
Y había confirmado que nadie sale intacto de su infancia.

Raffo caminó unos pasos más.

El niño frágil seguía ahí.
Solo que ahora sabía dónde estaba enterrado el miedo.


CAPÍTULO 03: Con sus rizos brillando en el sol.

El día del deceso de Javier amaneció distinto para Lucía, aunque nada, en apariencia, lo anunciaba.

Mientras preparaba el desayuno para sus hijas, observó cómo la luz entraba por la ventana y se detenía en sus rizos reflejados en el vidrio. Pensó, sin saber por qué, en todo lo que había vivido para llegar hasta ahí. Su infancia en el barrio, su juventud marcada por la capilla, los afectos que se fueron quedando en el camino. Ahora estaba casada con un policía de la comunidad y tenía dos hijas hermosas que le daban sentido a los días. Durante mucho tiempo creyó que la vida, después de tanto golpe, le había ofrecido finalmente una tregua.

Pero esa tregua empezaba a resquebrajarse.

La infidelidad de su esposo, ocurrida meses atrás, había dejado una herida silenciosa. No era solo el hecho en sí, sino la pregunta que no la dejaba dormir: ¿por qué no le dolía como esperaba? ¿Por qué no sentía rabia, ni odio, ni siquiera el impulso de reclamar? A veces se preguntaba si aquello significaba que ya no lo amaba, o si simplemente estaba cansada de luchar.

En ese intento de entenderse, decidió reinventarse.

Aceptó trabajar en el turno de noche en la cafetería de una amiga. Al principio fue solo una forma de escapar de la casa cuando todo dormía, pero con el tiempo aquel lugar y ella se volvieron testigos de muchas historias. Secretos susurrados, miradas esquivas, confesiones que nunca llegaron a completarse. Lucía aprendió a no involucrarse, a no sostener la mirada más de lo necesario, a concentrarse únicamente en su trabajo.

Hasta que apareció él.

Era un joven delgado, algo desalineado, como si siempre llegara desde otro lugar. Ordinario no era. Cada noche, sin falta, a las once en punto, entraba a la cafetería y pedía un chocolate caliente. No importaba si hacía frío o no: siempre chocolate. Luego se sentaba junto a la ventana y miraba hacia afuera, como si esperara a alguien que nunca llegó durante los cuatro meses que repitió la misma rutina.

En las últimas dos semanas, el joven empezó a acercarse más. Conversaba con Lucía mientras ella limpiaba o preparaba pedidos. Le sorprendía su forma de hablar: para ser apenas un adolescente, tenía las ideas claras, hablaba de sus errores con la misma naturalidad con la que reconocía sus aciertos. Era maduro, demasiado para su edad. Sin darse cuenta, se hicieron buena compañía. Se escuchaban sin invadirse.

Un lunes, como cualquier otro, a las once de la noche, el joven volvió a entrar. Esta vez su aspecto era distinto: estaba más arreglado, más presente. Sin embargo, algo no estaba bien. Su mirada era fría, distante, aunque se esforzaba por mantener la conversación. Lucía sintió que quería decirle algo importante.

Insistió.

Él negó con una leve sonrisa cansada.

—Por favor —le dijo—, solo hazme buena compañía esta noche. Que no sea distinta a las otras.

Lucía aceptó.

Las horas pasaron entre cafés, chocolates y tazas que se vaciaban una tras otra. Sin darse cuenta, la luz del amanecer comenzó a filtrarse por la ventana.

Entonces él habló.

—Oye, ¿me tomas una foto? Está amaneciendo… hace mucho que no veo un amanecer.

Salieron corriendo, riendo, como si fueran madre e hijo. Lucía levantó el celular y capturó el instante. Los rizos del joven brillaban bajo el sol naciente.

—Adiós, Lucía —dijo él—. Y recuerda guardarme chocolate para mí.

—Lo sé —respondió ella—. No te preocupes. Te espero. Que tengas un bonito día.

Cuando regresó al interior de la cafetería, Lucía sintió una nostalgia inexplicable. Aquel joven le recordaba a un amor del pasado, a algo que había sido puro y breve.

Esa noche siguiente, el tiempo pasó demasiado rápido. Las once, las doce, la una. El joven no llegó.

De pronto, la puerta se abrió.

Lucía levantó la vista y se encontró con Raffo.

Pensó que era imposible. Que no podía ser real. Cuando se acercó a atenderlo, él no la reconoció. Después del tercer café, Raffo alzó la mirada. Sus gestos lo delataron: la conocía. Y ella también.

En ese momento, Lucía vio a Raffo atender una llamada. Minutos después, su esposo entró por la puerta trasera, sonriente, con buenas noticias: había sido ascendido como jefe de policía de la comunidad.

Propuso celebrar. Lucía se negó, dijo que no podía dejar la cafetería. Él habló con la dueña, quien aceptó cubrirla.

Esa noche compartieron una velada tranquila, pero Lucía no dejaba de pensar en Raffo. Se preguntaba si era cosa del destino que apareciera justo cuando lo pensaba, y si así era… por qué no lo había hecho antes.

Al llegar a casa, su esposo encendió el televisor.

La noticia cayó como un golpe seco: un monaguillo se había quitado la vida.

Lucía se acercó a la pantalla. No lo podía creer. Era él.

Javier.

Para ella era imposible que hubiera tomado esa decisión. Sintió un balde de agua fría caerle encima. Su esposo apagó el televisor sin darle importancia y se quedó dormido. Lucía salió de la habitación. Las lágrimas comenzaron a caer sin control. La culpa la invadió. Pensó que debió insistir aquella noche, que debió preguntarle qué le pasaba.

Días después, un sábado libre, acompañó a su esposo a la comisaría. Decidió investigar qué había ocurrido con Javier. Su esposo le dijo que era inútil: el caso ya estaba en manos de la policía de la ciudad. Él solo había cercado el lugar y tomado algunos reportes con miembros de la iglesia.

Pero Lucía no podía aceptar eso.

Revisó informes. En uno de ellos se mencionaba la presencia de la hermana Rita y del padre Elías. Ninguno había querido declarar ante la policía local; solo lo hicieron cuando llegó la policía de la ciudad. El reporte incluía fotografías tomadas por el periodista de la comisaría. En medio de la escena atroz, el rostro del padre Elías transmitía una paz inquietante. El de la hermana Rita, un silencio rígido.

Al salir de la oficina, Lucía se encontró con Raffo. Hablaron poco. Demasiado poco para todo lo que flotaba entre ellos.

Cuando se despidieron, Lucía sintió una mezcla de nostalgia e inquietud. Sabía que Raffo llevaba el caso de Javier. Sintió que debía hablar con él. Pero no lo hizo.

Esa noche, en su casa, volvió a mirar la última foto que había tomado Javier. Buscó señales, respuestas. No encontró nada. Sin embargo, la imagen le provocaba un déjà vu doloroso.

Entonces abrió sus viejos álbumes.

Y allí estaba.

Una fotografía tomada en uno de los tantos retiros de la capilla. Raffo aparecía en primer plano, joven, con la luz cayendo sobre su rostro.

Con sus rizos brillando en el sol.

Lucía cerró el álbum con las manos temblorosas.

El pasado no había vuelto.
Nunca se había ido.

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