Esperaba la última pasajera del viaje compartido del día. Los otros dos, una pareja de mediana edad muy conversadora, habían quedado en Salinas.
Pronto estaría en casa. Anabel y los chicos me aguardaban.
Llegaría a tiempo para revisar la tarea de Matemática de Javier y cenar con ellos. Me iría a dormir temprano. Llovía mucho y ni ganas tenía de ver televisión.
A diez minutos de casa, en plena ruta, subió. Era una mujer bonita, con algunos años sí, pero muy bonita. Su cara me resultó conocida y mientras cerraba su paraguas y se acomodaba en el asiento trasero, sin dudarlo mucho le pregunté:
– ¿Te conozco?
Ella me sonrió y amablemente me dijo:
– Sí, eres el padre de uno de mis niños.
Sentí que mi corazón comenzaba a latir con fuerza. Olvidé apagar el tango de Julio Sosa que seguía sonando…
– «Uno busca lleno de esperanzas»… 🎶
…Mi cara se puso roja como un tomate y sin sacarle los ojos de encima le dije:
– ¡Te juro que no lo hice a propósito! Fue unos días antes de mi boda. Mi amigo el Tola tuvo la feliz idea de invitar chicas a mi despedida de soltero y tú me dejaste loco. Quizá había tomado mucho alcohol… no sé… pero enloquecí contigo. Eras realmente muy bella, muy bella.
Ella sonreía sin decir nada mientras yo seguía:
– No me imaginé que pasaría esto, no lo supe nunca, no te vi más. Y el Tola tampoco me dijo nada. Uf!!!! Si lo hubiera sabido, cuántas cosas habrían cambiado, cuántas cosas hoy serían diferentes…
Ella no salía de su asombro. Y yo, aturdido, no paraba de hablar. De a ratos miraba para afuera: la lluvia, el viento, la gente que corría, el temporal que habían anunciado y que ya había llegado.
Al momento de bajar, le dije:
– Hasta pronto. ¿Nos volveremos a ver?
– ¡Seguramente señor Estévez! –me dijo– Soy la maestra de tu hijo Tomás.
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