El mago, envuelto en las llamas que no quemaban, dejó de sentir el peso de su cuerpo. La idea de ser también un sueño lo había devastado, pero ahora, al percibir la irrealidad de su propia existencia, surgió en su interior una extraña calma, un alivio profundo que desbordaba cualquier comprensión humana. No era él quien caminaba hacia la nada, sino una sombra, una proyección frágil. ¿Acaso el otro, el soñador original, sabía que también él era un simulacro?
Mientras los jirones de fuego seguían rozando su carne inexistente, los recuerdos del tiempo antes de llegar al templo comenzaron a desvanecerse. Las escenas de su infancia, de su juventud, de su vida antes del sueño, se desmoronaban como ceniza al viento. Apenas conservaba una imagen vaga de sí mismo, como si fuera un hombre hecho de humo. Sin embargo, algo nuevo surgía en su mente: un eco, lejano pero persistente, de otro sueño, de otra realidad.
De repente, sintió que la llama que lo envolvía se disipaba, y él despertó. Abrió los ojos y se encontró, no en el templo destruido, sino en un paraje que le resultaba inquietante mente familiar. Era un círculo de ruinas, similares a las que había habitado antes, pero más antiguas, cubiertas por una vegetación exuberante que parecía devorar el pasado. En el centro, una figura de piedra que podía ser un tigre, un caballo o ambos a la vez lo observaba, imperturbable, como esperando su siguiente movimiento.
El mago supo de inmediato que este nuevo lugar era el templo del soñador original. Aquí, en este espacio que parecía desbordar los límites de la razón, el creador de sueños aguardaba, aunque el mago no lograba divisarlo. Comenzó a caminar en círculos, tratando de distinguir el principio del final de aquel enigma. ¿Quién lo había soñado a él? ¿Quién había sido el arquitecto de su propia vida irreal?
A medida que recorría las ruinas, una revelación oscura comenzó a emerger. Entendió que él mismo no había sido el único soñador. Quizá, como en un infinito reflejo, todos estaban conectados por una red interminable de sueños y soñadores, cada uno proyectando y siendo proyectado. ¿Era posible que aquel hijo que había creado, aquel hombre que había enviado al otro templo, también estuviera soñando a alguien más?
La sensación de vértigo lo sacudió. Se detuvo ante la estatua, cerró los ojos y se abandonó al único refugio que conocía: el sueño. Esta vez, el sueño no fue controlado. No moldeó cuerpos ni corazones; simplemente se dejó caer en el vacío de la nada. El círculo de los sueños se había cerrado. Y, sin embargo, algo profundo en su ser le susurraba que todavía quedaba una última verdad por descubrir.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba solo. Frente a él, una figura borrosa, apenas distinguible en la penumbra del crepúsculo, lo miraba. Los ojos del extraño parecían contener todos los secretos del universo, y en ellos, el mago creyó ver su propio reflejo. O tal vez no era él. Tal vez era el soñador de su propio sueño, alguien que, como él, había dedicado siglos a intentar escapar de la prisión de las apariencias.
Ambos se quedaron mirándose en silencio, sin palabras ni gestos, sabiendo que eran, al fin y al cabo, una misma cosa. No un hombre, no un mago, no un hijo, sino simplemente un sueño más en una cadena interminable de sueños.
Y, en ese momento, comprendió que la verdadera realidad no era ni la carne ni el fuego, sino el sueño en sí, eterno e inmutable, una fantasía tejida por fuerzas más allá de su entendimiento. Y con esa revelación, el mago finalmente desapareció, disolviéndose en la bruma del tiempo y del sueño, tal como lo había hecho el fuego que un día lo había consumido sin devorarlo.
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