Era muy temprano, incluso para desayunar, pero me encantaba admirar el paisaje de las montañas al fondo y el pequeño bosque que rodeaba la casa a esa horas del amanecer, con una taza de buen café en la mano.
Repentinamente se había posado un gran cuervo en una rama, y se me quedó mirando fijamente moviendo un poco la cabeza, supongo que para verme bien, me hizo gracia, y le solté un silbido.. fue tan horrible y tan feo, que seguro dio por entendido en su idioma un saludo en toda regla, me contestó al instante, entonces fui a la cocina y corté un poquito de fruta para darle de comer cerca del árbol, allí, en el suelo. No tuve que esperar mucho para que se la zampara, y eso que bajó volando, suave, tipo ralentí, como quien no quiere la cosa.
Comenzó a venir todos los días, y la costumbre se convirtió en un ritual. Un buen día le hablo y le pido «como favor especial» que me buscara un anillo que había perdido el año pasado por el campo, y por mas que indagué nunca lo había encontrado, el córvido, que pasado el tiempo y dado el colegueo le acabé llamando Lucas, sin mas preámbulo oteó volando bajo por la finca emitiendo de vez en cuando un ruido tipo «reclamo de bebé», como diciendo.. nada, aquí no hay nada.. volvió a la rama y yo con cara de pocos amigos, pues el esfuerzo había sido muy fútil y de medio pelo, le dejé el alpiste de mala gana al muy zascandil.. porque realmente la comida era lo único que le importaba. Cría cuervos y te sacarán los ojos, dice el refranero español, aunque en este caso no era cierto, porque habíamos entablado lo mas parecido a una amistad, y no puedo negar que Lucas había intentado ayudarme, no con mucho afán, pero lo había intentado..
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