Es otoño otra vez. Hoy, ciertamente, puedo afirmar que vi caer las hojas.
No es que antes no las hubiera visto, es que hoy vi, hoy pude ver cómo caen en vaivén.
¡Cuántas eran, cuántas! ¡Dios mío! me dije, por decir algo – es que no supe qué decir –
Vi lo que había visto tantas veces: vi que un árbol se quedaba desnudo, vi un cielo azul celeste frío sobre una hierba verde intenso que poco a poco se vestía de un ictérico amarillo, vi que era todo aceptación, y Uno, y temí respirar por miedo a que se rompa.
Bien sé que la figura es conocida. Pero que el hecho se repita, renovado, que yo esté sobre la Tierra todavía para verlo, que lo pueda ver ¿no es un milagro?, ¿no lo es?
Más tarde las hojas se pudrirán sobre la hierba sin un quejido y nadie, ni yo, lo notará. Eso será otro milagro.
Y habrá otros más, estoy segura. Vendrán de nuevo el verde, después el amarillo – ascenso y caída, ascenso y caída – y así cuántas veces, ad libitum.
No podría hablar de fe – no sabría qué decir – lo que quizás sí yo haya vislumbrado, como a través de un pequeño agujero, hoy, es el lugar que ocupa cada cosa en el mundo, que la realidad es simple y el mundo maravilloso, además de atroz.
OPINIONES Y COMENTARIOS