Humea el té. Despacio, en silencio, el hervor del agua macera las hebras. Las desintegra hasta hacerles parir un color y un sabor justos. Una vez que alumbró, la hierba es separada de lo que nace. Es el día del Señor. Como de costumbre, desde lejos llega la voz de Pedro, el enterrador, que, tiritando y en sandalias, le predica a una plaza vacía.
El recuerdo de una conversación, de un malentendido olvidado y de una nota aliterada en la cocina acompañan de una forma distraída, lateral, a un hombre que bebe su té en soledad. Hasta que un dolor incierto en el pecho y un mareo lo derrumban. Se viene abajo como un árbol, o como un pájaro. Ahora yace, retorcido y atroz, sobre un damero marrón. Así muere el animal, de un momento para otro. La voz de Pedro se oye nítida: no pretendan conocer sobre qué pilares se asientan las paredes de una casa, no pregunten qué es un si, no intenten explicarse el rojo…
Afuera un pájaro parece haberse vuelto loco, embiste el ventanal una y otra vez. No hay quien le advierta que adentro ya no habita nadie. Ni que la transparencia del cristal es asesina: cae el pájaro por fin, atontado por los golpes, se derrumba como un hombre, o como un árbol. Y a lo lejos la voz de Pedro: no esperen, nada esperen, solo repitan un sonido con fines expresivos…
Ahora un líquido negro, caliginoso y frío yace inmóvil en su taza. Igual que un pájaro, o un hombre. Mientras tanto, afuera todo es vida, celebración y sol de otoño. El viento lleva y trae la voz de Pedro que se empeña en repetir su sonsonete a la plaza vacía:
Yo les digo (a todos les digo): no pretendan conocer sobre qué pilares se asientan las paredes de una casa. No pregunten qué es un si; no intenten explicarse el rojo. Ni las morfologías de primera, tercera y quinta del acorde ni la física de la luz podrán reproducirlos cabalmente. El si menor, el rojo, se explican en sí mismos. No esperen, nada esperen, menos con ilusión, solo repitan un sonido con fines expresivos. Podrá surgir una soberbia rima, puede que surja una tontería; qué importancia tendrá, después de todo, para el olvido del final, la diferencia…
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