La mascota del cadáver

La mascota del cadáver

Ema UB

18/04/2024

Después de todo ese perro estaba bastante gordo, reflejo fiel de costumbres glotonas y sedentarias, pero no se le puede criticar el goce de los placeres sociales, a fin de cuentas, ese perro no era tan perro. De perro tenía lo que yo tengo de gato, es decir; solo la actitud huraña. 

En fin, hay que dejar el tema del perro, para concretar temas más complejos, por ejemplo, el hecho de que la araña que vive en la esquina de la habitación se haya declarado en dieta. Ese día en el que dejó pasear a una mosca entre sus redes sin inmutarse, ese día supe que algo andaba mal. Recuerdo haberle escrito un pequeño tanka, en honor a sus ocho patas, su destreza con sus tejidos y su hermosura obscura, en respuesta recibí total indiferencia. Supuse que quería espacio, disfrutar de su momento de soledad, una araña de esa clase requiere tiempo de calidad.

Con los días fue menguando su vivacidad, las moscas se burlaban y empezaron a pulular en el estudio. En ese momento supe que tenía que decirle que nuestro convenio se estaba desmoronando, ya no había motivos para que ella fuera mi inquilina, sin embargo debía hacerle honor a nuestra mutua compañía y dejarle ser.

Fue así que le dediqué más tiempo. Conversaba de temas importantes, de esos asuntos triviales, pero que a uno le arman el día. Le conté de aquel individuo que murió en la esquina del hotel Bohemia, ese que se declaró en bancarrota y que después vendió el riñón de la prometida para saldar una parte de la deuda con gente del bajo mundo. Entonces ví cierto interés en sus ojos, se conmovió aún más cuando le mencioné que la incauta sobrevivió a la donación forzosa del riñón y que declaró con la voz del enamoramiento: «solo quiero que él esté bien» eso dijo.

La araña poco a poco se fue motivando. Atrapaba  pequeñas polillas y uno que otro mosquito, pero todavía no se decidía por las moscas, Esas gordas y azuladas, que causan un ruido tenaz, como una especie de letanías mortuorias, a esas no las tocaba, incluso llegué a creer que les profesaba respeto.

Los días van pasando, la araña está reposando en su telaraña. Le sigo contando historias, cada día es más notoria su perdida de peso, su desengaño y yo estoy preocupado, pues no quisiera tener que usar el insecticida. Siendo yo un cadáver veo irónico tener que recurrir a la mantanza, pero requiero con urgencia que alguien se encargue de las moscas.

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