Desde el techo, observo a mi hijo que irrumpe en el salón y deja su mochila tirada en el suelo. Su madre, desde la cocina, le ordena con voz firme que recoja sus cosas, se lave las manos y ponga la mesa. —!Mamá, la abuela no está en su habitación! —grita mi hija desde el pasillo. A lo lejos, una enorme araña viene hacia mí deslizándose ,lentamente, por la húmeda y pegajosa maraña de finos hilos en la que me veo envuelto. Intento despegarme pero no puedo moverme y grito desesperado. No se inmutan. Mi mujer sigue en la cocina, la oigo cantar y mi hijo está ahí abajo, colocando los platos y los cubiertos sobre la mesa. Vuelvo a gritar, pero esta vez lo hago con tanta fuerza que siento como me retumban los oídos. Es inútil, nadie me oye. Tengo la sensación de ser totalmente invisible. De hecho, hace tiempo que mi mujer me ignora y que mis hijos me ningunean. Y para colmo ,mi suegra, que se vino a vivir con nosotros hace más de dos años, me odia. La enorme araña está muy cerca, puedo sentir su fétido aliento en mi cara. Abajo, mi familia continua con su rutina. Mi mujer entra en el salón, se sirve un vaso de agua y se acomoda en el sofá. Mi hijo, coge el mando y enciende la TV y mi hija , sin levantar la mirada del móvil, se desploma en el sillón. La enorme araña ya está aquí y me observa con sus abismales ojos negros. Creo que me voy a desmayar. Cierro los ojos y siento un fuerte pinchazo en mi brazo izquierdo que paraliza todo mi cuerpo. Intento gritar, pero me he quedado sin voz y , entonces, me concentro y pienso con todas mis fuerzas «Por favor, que alguien me mire. Estoy aquí, aquí arriba». Pero es inútil. La araña ha comenzado a envolverme en su pegajosa y mal oliente tela, un el débil y agónico sonido gutural escapa de mi garganta y se convierte en un triste lamento. De repente, mi mujer levanta la mirada , me ve y grita: — ¡A comer! ¡Todo el mundo a la mesa! . —¡Abuela! —vocifera mi hija . —¡Voy¡ —Responde la araña.

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