Nuestra Señora del Carmen
Emprender un viaje siempre me ha producido la sensación de que será un viaje largo, y que dejo atrás algo de mi o que me dirijo al encuentro de algo desconocido.
Este viaje es cómo viajar en el tiempo. Paty y yo vamos a bordo del autobús con destino a Tepic, el terruño de nuestra infancia, y no puedo evitar traer a mi mente los amigos de aquellos años y evoco algunas imágenes que de ellos guardo, son caras risueñas y quiero pensar que qué el tiempo no se encargó de modificar ese gesto. Siento curiosidad por saber lo que ha sido de sus vidas, ahora solo los conservo en mis viejas fotografías y nuestras vivencias permanecen estáticas en el tiempo y en mi memoria…
Existen muchas vivencias, pero en este momento recuerdo que frente a mi casa pasaban los camiones cargados de cañas de azúcar con destino al molino de Menchaca, estaban tiznadas por el fuego que usaban para eliminar el rastrojo, el reto era tomar la punta de una de esas cañas y tratar de sacarla del camión en plena marcha, a veces el intento era fallido y había que esperar el siguiente camión, otras veces se recorría la calle entera hasta lograrlo, nunca lo intenté, mi madre lo había prohibido quesque por peligroso y mi participación se limitaba a observar aquella faena, además con la mala dentadura que me caracterizó toda la vida ni en sueños hubiera podido meter el diente como lo hacían Florentino o Jorge, que pelaban con destreza aquellas cañas con sus dientes, y masticaban la pulpa hasta escurrírseles el jugo y la miel por la boca, que limpiaban con la manga de la camisa o sus manos ennegrecidas y en consecuencia terminaban con los cachetes tiznados.
En fin, reclino el respaldo del asiento y con un suspiro caí en un delicioso y profundo sueño que duró todo el viaje, las cinco horas de camino pasaron sin sentir, Paty prefirió matar el tiempo entre dormitar y ver películas.
En la central camionera ya nos esperaba mi comadre Gloria, tras el cristal de la sala de espera veo su figura con la sonrisa de bienvenida, y con los más de diez años sin vernos se da una escena de efusivos abrazos y besos, su cabello luce blanco, pero la esencia de mi Gloria de toda la vida, está intacta, “franca y cariñosa”. Apenas toma el volante de su camioneta se queja de la dureza de la dirección. —¡Canijo volante cómo me hace batallar! —dice mientras aplica todas sus fuerzas para salir del estacionamiento.
Logra dominar el vehículo y nos encaminamos a su casa; el jardín rodea la construcción y el aroma de provincia flota en el ambiente e invade nuestros sentidos, nos recibió su mascota con efusivos ladridos, siento que nunca partí de este sitio o que parte de mí se quedó aquí. En mi anterior viaje a la finca, aunque a pie de carretera estaba en medio de la nada, sólo campo y parcelas de caña de azúcar; cuando Pedro partió, ni la viudez ni la soledad la apartaron de este sitio, ahora la ciudad ha crecido tanto que ya no hay parcelas ni campo, sólo casas y más casas.
Ya nos tenía preparadas dos recamaras; el cariño que le guardaba a mis padres lo trasladó a nosotros y nosotros a ella. Disfrutamos de un rico desayuno: frijolitos aguados con queso ranchero bien madurado y salsa huichol, acompañado de exquisitas tortillas un plato sencillo de pueblo, pero estoy seguro de que ningún gourmet podría objetar esta delicia. Aprovechamos para ponernos al corriente de lo que ha sido de nuestras vidas y de los que ya han partido. Paty y gloria continuaron en gran plática y yo decidí salir a recorrer las calles de mi niñez.
Los empedrados se habían vestido de asfalto y el olor a tierra mojada se quedó en aquellos lluviosos veranos cuando de brinca charcos disfrutaba la frescura del rocío sobre mi cara. A dónde están los pregoneros anunciando su mercancía, los niños que jugaban en la calle, los desconocidos dando los buenos días.
Las fachadas de las casas de un piso con techos altos se habían transformado en construcciones de dos o tres niveles y me sentí incómodo al no encontrar coincidencias en esta realidad con las imágenes de mi memoria. Por fin me topé con algo familiar, el templo de Nuestra Señora del Carmen, ahora de estilo moderno y que en mi niñez inició su construcción para sustituir al viejo templo al que yo veía hermoso con su fachada simple y con la campana en lo alto dentro de un medio arco. Sin titubear entré y contemplé la misma antigua imagen de la virgen con el Niño Dios en brazos.
—Aquí estoy, ¡regresé!, en silencio me dirigí a ella.
Estuve en aquella contemplación un par de minutos y sin más me persigné con devoción y me encaminé a la salida, al toparme con la pileta del agua bendita, me dispuse a mojar mis dedos cómo mi padre cuando con esa agua dibujaba la cruz sobre mi frente.

Al salir me detuve al pie de las escaleras de la entrada, recordé esos escalones rústicos que de niño brincaba de dos en dos o tres en tres, y que ahora estaban muy elegantes revestidos con placas de mármol. Dejé que el tiempo regresara algunos años, por los cincuentas para ser más preciso.

El padre Felipe siempre con su hábito negro de los agustinos, era el párroco y muy respetado por la comunidad, su forma de hablar era amable y dulce. muy gordito y con cara de niño, los cachetes colgados, el cabello rizado y tenía tonsura en la coronilla.
Al término de la misa en el pequeño atrio del templo se convivía por unos minutos con las otras familias asistentes, el padre Felipe también participaba de aquella improvisada verbena, se acercó a nosotros con esa sonrisa que parecía tener tatuada y dirigiéndose a mis papás, puso su mano sobre mí hombro y sugirió que sería bueno que mi hermano y yo nos integrarnos como monaguillos del templo; ni idea de lo que aquello significaba, pero mis padres accedieron sin chistar, parecía importante que el cura hubiera puesto los ojos en nosotros para esos menesteres.
Al día siguiente después de clases acompañé a mi madre a los almacenes Peniche para comprar la tela y confeccionar nuestros hábitos, la sotana era negra como la del padre, con capucha y cuerda de algodón a manera de cinturón.
Así iniciamos nuestros servicios cómo monaguillos y al final de la primera semana el padre nos premió con cinco pesos a cada uno, a nuestra edad aquello era una fortuna y así fue cada domingo. Aunque no nos movía el interés, esa motivación nos hizo ver con mejores ojos portar la vestimenta.
“Per sécula seculorummmm”, la solemnidad de aquella frase con la acústica propia de los templos siempre me pareció impresionante, la misa se oficiaba en latín y no entendía ni media palabra de lo que el padre decía, pero esa lengua con su peculiar acento y entonación me gustaba y logré aprender la oración del “Padre Nuestro y el Credo” en latín, que además era obligatorio, y por lo menos logré entender algunas palabras. para mis padres era mucha gracia escucharme e insistían en que lo recitara a cuanta visita llegaba a mi casa, y ahí estaba yo repitiendo lo que a medias sabía.
Nuestras actividades dentro de la celebración litúrgica, eran muy sencillas, pero para mí resultaba un conflicto por el miedo a equivocarme, creo que ese temor al ridículo me acompañó muchos años; pero volviendo a la misa, estoy a punto de hacer tintinear la campanilla que anuncia los eventos relevantes de la ceremonia, y por cierto también sirve para despabilar o despertar a los concurrentes que somnolientos cabecean o bostezan en plena misa, deben de creer que lo hacen con discreción, me divierte verlos con sus expresiones de aburrimiento o cansancio; cuando el padre Felipe se da cuenta de mi distracción, con una ligera seña o una simple mirada basta para dejar de estar de fisgón y atender a mis tareas.
En la colecta de las limosnas, cuando mi charola se llenaba de monedas me adjudicaba aquel logro, y poco antes del final de la misa me paraba al centro de la salida para pescar a los despistados que no habían aportado en su momento, con la esperanza de que se les ablandara el codo y apoquinaran.
Entre misa y misa, con los otros monaguillos convertíamos el sótano del templo en cancha de futbol o salón de juegos, con la única advertencia del padre de abstenernos de gritos eufóricos que pudieran importunar a los devotos en oración, aunque más bien debería decir devotas, pues siempre eran ancianas que se pasaban las horas hincadas con el rosario en mano y con sus caras largas, parecían estatuas y no quitaban la vista en el Cristo crucificado o la imagen de Nuestra Señora del Carmen, apenas se podía percibir el movimiento de sus labios con sus rezos; vestían de negro y la cabeza cubierta con algún chal o pañoleta y me preguntaba: —¿Qué pecados habrán cometido?, rezar y rezar todos los días; —pensaba y comparaba con mis penitencias cuando mi confesor sólo me imponía un Padre Nuestro y tres Aves Marías por alguna travesura o quizá algún mal pensamiento confesado.
A la fecha aún podemos ver una que otra de esas fieles creyentes de los rezos, que al parecer resguardan y defienden su fe, qué para muchos es cada día más endeble.
El templo nuevo estaba en construcción y las limosnas no bastaban para tal enmienda, así que el padre con el apoyo de los parroquianos organizaba kermeses para recabar fondos, siempre eran las mismas voluntarias, viejecitas encorvadas con surcos en sus caras, y lo que más me impresionaba de ellas, eran sus manos delgadas, huesudas y arrugadas, pero preparaban para la vendimia: exquisitos tacos dorados, tamales, tostadas, etc., en esas ocasiones aparte de probar los guisos, hacíamos los mandados a la tienda de la esquina. Para mí era como tener un empleo con uniforme de sotana, y lo disfrutaba.
Hasta que hubo una breve, pero inquietante charla con el padre Felipe:
—¿Que te gustaría estudiar cuando seas mayor? —Preguntó con voz amable.
—Doctor. —Dije sin chistar.
—Así como hay doctores que curan el cuerpo, hay doctores para el alma. —dijo pausadamente y enseguida vino de sopetón su pregunta.
—¿Te gustaría asistir al seminario y convertirte en sacerdote?
Me quedé mudo, tal insinuación la sentí como balde de agua helada, aun a esa edad mis planes futuros no comulgaban para nada con esa profesión. Ese mismo día pedí a mi madre ya no asistir y al estar de acuerdo, terminó mi carrera de monaguillo.
Pero hay un evento que no puedo pasar por alto.
Nuestra casa estaba a tan solo cuatro calles de la parroquia, y en pleno invierno debíamos auxiliar en la misa de gallo a las seis de la mañana. Javier y yo, recorríamos aquellas calles desiertas en total oscuridad. Al pie de estas mismas escaleras donde ahora me encuentro ya nos esperaba el padre Felipe con su eterna sonrisa; después de darle los buenos días y besar su mano, con una caricia en nuestra cabeza nos hacía la seña para que nos apresuráramos a ponernos nuestros hábitos; recorrimos como otras veces aquel pasillo sin techo y tan largo como el templo, la falta de alumbrado no nos preocupaba, sabíamos de memoria que al lado izquierdo estaba la barda de adobe del vecino y del lado derecho estaba el templo con los vanos de las ventanas del semisótano que estaba destinado a criptas, y que ya tenía los espacios para las urnas de quién pudiera pagar tan suntuoso sitio para su última morada, aún no fungía para tal fin, pero causaba cierta inquietud pasar a oscuras y tan cerca de tan fúnebre sitio.
Llegamos a la habitación donde guardaban nuestros hábitos, era un tejabán de pueblo; un cuarto amplio sin más muebles que una cómoda enorme y sobre ella una gran pila de utensilios y adornos que se usaban para fechas especiales, al fondo los percheros; vestirnos era muy sencillo pues el hábito nos lo enjaretábamos sobre la ropa de calle.
El silencio era absoluto: apenas nos pusimos los hábitos se escuchó dentro de la habitación un estruendo cómo si hubieran aventado un gran puñado de monedas o llaves de cerraduras al piso de mosaico y se deslizaban en todas direcciones. Javier salió corriendo despavorido, yo me quedé estático y paralizado con la piel chinita y los pelos de punta, casi al instante escuché como la gran pila de cosas que tenía la cómoda se me venía encima como si se fuera a voltear, me hice a un lado y enseguida, el ruido provocado por la caída de aquellas cosas, y al mismo tiempo se escuchaba el llanto de un niño. Todo fue en cuestión de segundos. Sin más, salí aterrorizado a todo lo que mis piernas daban, Javier con la cara de espantado me esperaba afuera, caminamos apresuradamente hacia el templo mientras le narraba el terrible suceso después de su salida.
No nos atrevimos a contar a nadie aquel episodio. Al final de la misa, el sol ya iluminaba y nos atrevimos a regresar al tejabán para dejar nuestros hábitos, para nuestra sorpresa en la habitación no había rastro de ningún desperfecto, todo estaba en absoluto orden y en silencio.
¿Sería este evento? O mi plática con el padre lo que determinó mi huida del templo de Nuestra Señora del Carmen.
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