Todas las mañanas caminaba por la misma ruta, a veces pensaba que si mis zapatos pudieran pintar el asfalto, me daría cuenta que la rutina de mis pies estaba perfectamente marcada.

Caminar hasta el tope, levantar la cara y ver el paisaje, nubes bien formadas, llenas de sombras que me muestran lo imponentes que son, un cielo libre, despejado, a veces acompañado de rayos nítidos de luz, un edificio gigante de cristal que refleja el sol y hace que mi mañana sea mejor.

Detenerse en la avenida para ver que no venga ningún coche, mirar a ambos lados, caminar lento o rápido según merezca la ocasión, esperar y seguir caminando, saludar al perro que me ladra porque me odia o porque quiere mi atención.

Doblar a la vuelta de la esquina y seguir, mirar el piso y llegar al trabajo.

Salir de casa, caminar unos metros y llegar al tope, levantar la mirada, asombrarme de la mañana, del sol, de las nubes, del paisaje. Llegar al cruce, cuidarme de los autos, saludar al perro, escuchar el ladrido, llegar a la esquina, entrar al trabajo.

La rutina de la mañana tenía años sucediendo de la misma manera.

La calle, la vista, la espera, el perro, la vuelta, el trabajo.

Muchos días, muchos años, muchas veces.

Pero la vida es así, cambia de la noche a la mañana, un día vas camino al trabajo y al otro dejas de hacerlo, todo cambia en unos segundos.

No más asfalto, no más nubes, no más sol, no más paisajes. No coches, no ladridos y no más trabajo.

La vida es así, súbita, pasajera, inexplicable.

Ahora no hay camino, no hay sol, no hay ladrido pero tampoco hay paisaje.

Nadie extraña nada hasta que se entra en otra rutina.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS