Al final del día empezó todo. Al menos así se lo contaron. Había luna llena pero era como si fuera un rumor, pues las nubes que acompañaban a la tormenta atrapaban cualquier atisbo de luz. Los despistados del calendario simplemente dirían que la noche no aconsejaba nada más que a quedarse en casa, sin salir siquiera a tirar la basura. Esa fue la noche que decidió nacer, si es que esas cosas se deciden de algún modo entre madre e hijo. El resto le vino dado, un hospital público de una ciudad lo suficientemente poco interesante para no salir en ninguna guía turística, una familia anodina que no destacaba por nada, ni por tener mucho ni poco dinero, ni por ser especialmente especiales por nada especial, todo era matemáticamente estándar en sus progenitores: edad, color de piel, ojos y pelo, nivel económico, estudios… eran el centroide de cualquier gráfica estadística sobre la sociedad en la que le iba a tocar vivir. Quizá, por todo ello, solo podía ser un cosa: diferente.
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