Hace rato no nos veíamos. Al parecer, el tiempo intacto de tu juventud no ha cambiado y solo…
Hace muchos años dejamos de vernos. De hecho, la última vez que te vi fue en una pantalla de un teatro universitario. Admito que es extraño reencontrarnos; pensé que eras de esas personas que llegan por un corto lapso de tiempo, pero que en su momento de estadía perduran y dejan una marca imborrable.
Vivimos en un puñado de personas que caminan sin sentido alguno, esclavizadas por la ordinaria rutina y gobernadas por el olvido de la vida gracias a un ser llamado tecnología.
Los murmullos y las bocinas abarcaban todo el espacio sonoro. Mi audición no es la mejor, pero al escuchar tu “hola”, todos mis recuerdos se fragmentaron en astillas dentro de mi olvidada memoria viviente, como el paralelismo literario de este mundo. Con esto compruebo que solo escribo cuando el alma duele.
Hoy tengo 83 años. Camino con bastón y tengo una cojera, como aquellos viejos de los que me reía en nuestra juventud y por los cuales me mirabas mal cuando me burlaba. Ya no escribo. Mis arrugadas manos tiemblan demasiado y mis dedos inflexibles hacen bastante complicado el trabajo, así que hace mucho lo dejé.
Tuve mucha suerte, ya que viví como se me dio la gana. A los 22 comencé a viajar por el mundo, tuve muchos momentos indescriptibles, de esos que te hacían reír y que añoré hasta el sol de hoy poder vivir contigo. Conocí muchas personas, lugares y también tuve muchas lagunas mentales en el proceso gracias a mi vida loca.
Creo que aprendí lo que era el amor, cosa que pensaba inimaginable, pero como todo lo bueno, no perdura. Una cosa llevó a la otra y nos dividimos cual emisario mago de Belén.
Vestí la ropa más exclusiva que puedas imaginar y todo esto lo aproveché como tú misma te lo podrás imaginar. He visto tantos presidentes de mierda; sigo sin creer en la Biblia, solo en razonamientos lógicos. Sigo creyendo que el ser humano es un ser inexplicable que avanza en un bucle intangible y que es preso de su propio beneficio.
Aún recuerdo el don de tus manos con el papel, pues imprimías la realidad en él. Y si hablamos de la voz más rara, pero perfecta que escuché en mis tantos años de vida, no se le compara ni la rockola más prestigiosa que pudiera sonar.
Aún sigo yendo al teatro como lo hacíamos de jóvenes. Se lo inculqué a mis hijos, que hoy ya no pueden acompañarme, pero eso no es limitante para saciar mis deseos. Mis ataques al corazón han ido aumentando progresivamente, tanto que me prohibieron salir, pero nací terco y aún lo sigo siendo; así me dicen mis nietos. Después de la muerte de mi amada, poco me queda en la casa. Ya no puedo escribir y muy poco leer, así que esta es la única alternativa que me queda en este mundo que ha olvidado al arte. Ese día que te vi tuve mi más fuerte recaída.
Justo antes de nuestro encuentro, me perdí entre la multitud del teatro al acabar la función. Mi orientación se perdió totalmente y el respirar se me complicó aún más. El brazo izquierdo se me entumeció y mis palpitaciones se dispararon el doble. Pensé que moriría en ese instante, hasta que vi un ángel.
Una joven se me acercó y me tomó de la mano. Pensé que era mi hija, que había muerto en un accidente hacía tres meses. En ese momento sentí estar abrazando a la muerte y que me deleitara mi último instante con la imagen de una de las mujeres que más amé. Me pareció un gran favor y una gran despedida de este mundo marginal.
Pocos segundos después estaba sentado en una silla con un vaso con agua y una aspirina que me había dado aquella mujer.
Me di cuenta de que no era un ángel y que yo no había muerto gracias a ella. Pero su apariencia me era muy similar: tenía unos ojos grandes, una sonrisa preciosa y unos hoyuelos que adornaban su rostro, mirándome con una ternura absoluta.
Fue en ese momento en que te vi. No lo pude creer. Tu pelo cobrizo, tu cintura de avispa y tus medias de abeja seguían en el fondo de ese vestido de flores; ese cabello blanco y esas gafas que poco te dejaban ver.
Apenas me viste, me abrazaste tan fuerte que casi rompes mis viejos huesos. Me besaste fuertemente en el mentón y con tus peculiares farolas de ojos quedaste perpleja viendo a este joven decrépito, casi al borde de la muerte. Lo curioso del caso es que no hace mucho pensé en ti; siempre pasaba lo mismo en aquellos tiempos: te veía de algún modo a último minuto de algo.
Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro. Creo que eso lo aprendí de ti y de tus complejas conversaciones filosóficas que tanto disfrutaba.
De repente vi que aquel ángel que me acababa de salvar te tomaba del brazo y me preguntaba si estaba bien. Eran tan parecidas que no tuve que preguntar. Te señaló la salida porque debías partir. Me abrazaste más fuerte aún, me despediste de beso y tomaste mi mano. Eso dijo más de lo que podría decir cualquier oración en el momento en que te fuiste.
Todas las personas que me rodearon me pidieron que me quedara a esperar la ambulancia que ya venía. Me levanté, tomé mi abrigo y salí de aquel lugar. No pensaba estar ni un minuto más.
Todos esos momentos indelebles que me regaló el destino pasaron frente a mis ojos. Tú no lo sabes, pero soy como el gato de Schrödinger en estos momentos: vivo, pero muerto a la vez.
Saqué el pañuelo porque ya lo suponía: los ataques iban a volver. Y en efecto, la maldita enfermedad que me atormenta y es mi fiel acompañante, que me reclama y me recela, cumplirá su objetivo causando una falla instantánea en mi sistema vital.
Escribo esto porque presiento la voz de la defunción más latente que nunca. Sonrío y río a carcajadas mientras la tos me vuelve a atacar, pero ni eso me impide la felicidad de que, en mis últimos minutos, comprobé la realidad de aquella frase que tantos años no había obviado:
“No escribo hasta que el alma me duela.”
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