Por algún motivo, la noche era mi lugar de paz; las luces psicodélicas y ver colores en las caras de las personas me resultaba realmente divertido, así que lo había convertido en una rutina, más aún después de tu partida, Jennifer.
En realidad, fue mi partida. Yo ya no podía soportarte; cada día me sorprendías con una nueva actitud irritante o alguna queja sin base ni fundamentos en este universo, pero que en el tuyo tenía todo el sentido del mundo. Mientras yo te agasajaba con regalos bien pensados, tú lo hacías con reproches, igualmente bien pensados. Así que, un día decidí romper el lazo que nos unía de manera profunda. ¡Y te dolió tanto, Jennifer! Lloraste, rogaste, insultaste, juraste, usaste todas las cartas que tenías, pero lastimosamente no poseías muchas, o al menos no las indicadas para reconstruir mis sentimientos.
Me llamaste perro, infeliz, imbécil, poco hombre, cobarde, mi amor, mi vida, corazón, cariño… Pero en ese momento yo ya no sentía nada por ti; tal vez si te hubiera odiado hubiese sido más fácil que cediera.
Pero te vi. En una de esas noches coloridas ya mencionadas, mientras mi oído sufría por la inconmensurable cantidad de ruido y yo tomaba pequeños tragos de un whisky más bien barato, mis ojos pudieron distinguirte en una esquina, con una camisa verde que en algún momento me perteneció, pero que ahora la usabas como tuya. Apenas podía verte y en realidad no me inmuté en lo absoluto, hasta que pude ver con quién habías llegado.
Era un hombre alto, probablemente más que yo; modelaba unos zapatos blancos, pero realmente blancos. ¿Cómo podía tenerlos tan blancos en un ambiente como este? Los míos estaban rotos.
Tenía el cabello no muy largo y no muy corto, pero lo tenía bien cuidado; tenía ojos de cazador y una nariz imponente. Al igual que el resto de él.
«¿Quién era ese ser extraño?», te pregunté telepáticamente, y no sé por qué esperaba una pronta respuesta.
Vi cómo hablaban, cómo le sonreías, cómo rompías la barrera del espacio personal, y no entendía por qué tenías que hacerlo. ¿Era por amabilidad? ¿Porque te habían gustado sus zapatos? ¿O quizá su cabello? Sea por lo que sea, no quería que lo hicieras, y menos aún con mi camisa puesta. ¿Qué tramabas? ¿Lo ibas a seducir con ella? ¡ES MI MALDITA CAMISA, JENNIFER!
Probablemente, luego de esta fiesta te lo llevarías a la cama aprovechando que todos duermen a estas horas; caminarían en cuclillas y cogerían tan agresivamente en un tan profundo silencio… Y nadie los descubriría. Lo mismo hacías conmigo todas las noches, ninfómana desgraciada. Te desnudarías para él de alma y cuerpo, excepto por mi camisa. No te la quitarías; coger con ella puesta tal vez sería tu manera de vengarte de mí, como si yo pudiera ver a través de ella… Hija de puta, no puedo ver, ¡PERO PUEDO SENTIR! Y lo sabías tan bien.
Sé que él te tocará, te faltará el respeto y a ti eso te va a encantar, y también sé las cosas que le pedirás y que prefiero no imaginar. ¡ME LAS PEDÍAS A MÍ! Y yo siempre decía que no, no era mi estilo, pero juro por Dios que ahora sí lo es… Debería ir y ser yo quien te quite esa estúpida camisa; creo saber que dirás que sí y que lo dejarás a él y a todo por mí… Sí, eso es exactamente lo que haré.
Salí de mis pensamientos, y cuando los busqué con la mirada y las piernas, pude capturarlos en la puerta, en la salida. Vi cómo él te llevaba de la cintura y tú reías de manera coqueta mientras subían al taxi.
Apenas el taxi se fue, salí. Aún podía verlo; entonces abrí mi boca, pero no pude maldecir.
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