Era una tarde muy linda, de color amarillo y extrañamente vacía. Yo solía ir a caminar para fumar un poco; era mucho mejor hacerlo al aire libre sabiendo que no tendrás que tragarte el mismo humo que exhalaste.
Yo tenía un lugar favorito: este era un puente, más específicamente la parte de abajo, donde un río lo atravesaba y la tierra sucia predominaba, pero no importaba.
Puse una piedra grande para sentarme y recosté mi espalda contra el puente, mientras a mi derecha estaba la luz del sol a medio camino de desaparecer y al otro lado su contraparte ya muerta, en la cual solo quedaban pequeños restos de que este había estado allí.
Mientras acomodaba la piedra, me encendí el cigarro verde, así que una vez sentado solo me concentré en disfrutar. Cerré los ojos un momento para que luego un frío viento recorriera mi cuerpo y, en pocos segundos, un escalofrío no muy interno me hizo cosquillas; fue como si el viento se pausase y dejara de pasar con su normal intensidad para que empezara a ser nada.
Dejé de sentir el viento cuando de reojo pude distinguir una alteración en mi paisaje. Puse mi cabeza al frente, cruzando el agua, y pude ver a una joven chica, sentada en una piedra como yo, fumándose uno como yo.
No nos parecíamos mucho físicamente, pero me daba unas vibras a mí mismo, aunque supongo que era por todos estos puntos remarcados anteriormente.
Crucé con sus ojos un segundo y pude verme a mí en ellos; realmente me vi.
Mantuve la mirada con ella hasta que decidí lanzar las primeras palabras y esperar que el río que nos separaba no se las llevara.
—¿Qué eres, un espejo?
—¿A qué te refieres con eso?
—A que estás realizando la misma acción que yo, en el mismo lugar, en el mismo tiempo, en el mismo mundo.
—¿Quieres que vaya a otro mundo?
—Ya pareces de otro, mi yo de otro mundo.
No dijo nada por unos segundos; dio una piteada, respiró profundo y luego ella tomó las riendas de la conversación.
—Puede ser que tú seas de otro mundo.
—Imposible.
Ella se rio por mi seriedad al decirle que eso sería imposible; lo sentí como una burla, así que continué hablando instintivamente para ahogar mi ligera vergüenza.
—¿Cómo es tu mundo? —le pregunté con una sonrisa, casi risa.
—Es divertido, hay esto —dijo mientras miraba y abrazaba a la nada, pero creo que se refería al todo—, y además hay gente amable que pregunta cómo es tu mundo. El mío está repleto, lleno de gente; gente de la que no logro memorizar el rostro por más veces que la vea porque no logro darle la suficiente importancia. Pero no hay carencias en mi mundo, solo excesos; aunque, ahora que lo pienso, esos excesos me llevan a tener varias carencias abstractas, así que me corrijo: mi mundo tiene carencias, quizá más que excesos.
—Los hijos dominaron al padre.
—¿Qué?
—Nada, prosigue.
—No, ahora cuéntame tú cómo es tu mundo.
—No sé si pueda hablarlo con la misma pasión que tú; me di cuenta de tu mirada cuando hablabas de él. Es una mirada de amor y odio, entonces es una mirada fuerte para expresar un sentimiento quizás aún más fuerte, que se derrumba porque mientras más lo expresa en voz alta, más huecos le encuentra. Pero los huecos no tienen nada de malo; todo puede ser algo entero o todo puede ser un hueco, y los huecos servirían para llenar ese hueco, quizá es ambas.
—Me estás mareando.
—¿No lo estás ya lo suficiente? —le dije señalando mis propios ojos para que cayera en cuenta de que los suyos estaban totalmente derretidos.
—Sí, lo estás haciendo más.
—Ok, entonces paro.
Y pasaron unos minutos en silencio, no muchos, quizá tres; fueron minutos reflexivos que nos ayudaron a procesar nuestra intensa y corta charla. Luego, por instinto, mi lengua retrocedió a la parte baja de mi boca para soltar una pregunta.
—¿Qué le falta a tu mundo?
—Que sea mío —dijo ella.
—¿Qué, no lo es?
—No, yo soy parte de él, no él parte de mí.
—Entiendo.
Pasaron unos segundos y formulé otra pregunta.
—¿Y por qué no lo haces tuyo?
—No puedo, ni yo misma puedo ser mía. No tengo dónde expulsar todo lo que soy, salvo en muy contadas situaciones como esta charla; liberadora, por cierto.
—Bueno, esto podría ser un hábito; puedo ser un liberador.
—Técnicamente ya lo eres, pero si quieres serlo de profesión está bien, acepto la propuesta.
Ambos nos reímos y creo que sentíamos la misma sensación de conexión; cuando sonaba su voz y luego la mía por encima de la suya, sentía que éramos unísonos, aunque mi voz fuera mucho más grave que la de ella. Ella era yo y yo era ella.
Hablamos de cosas sin importancia, pero hasta la más mínima cosa me hacía sentir un déjà vu tremendo y un sentimiento de pertenencia que solamente el bajo de este puente, junto a esta chica rara, podría provocarme.
Luego de hablar de cosas banales, como su falta de amor maternal que bailaba junto a mi falta de amor en general, retomamos la charla de los mundos, dando el primer paso yo.
—¿Qué es lo más importante de tu mundo? —pregunté, tal vez no con la delicadeza necesaria.
—Mmm… Mi rata —respondió.
—¿Tienes una rata de mascota?
—Sí, ¿te parece raro?
—Es fascinante.
—Sí, son más inteligentes de lo que la gente cree y créeme que quieren y aman más que muchas personas en el mundo, o al menos en el mío.
—Tranquila, nuestros mundos coinciden al menos en eso: la gente no ama y no quiere.
—No dije que la gente no ame ni quiera; dije que muy pocas personas lo hacen.
—A eso me refería.
—¿Estás seguro? —dijo sonriéndome.
Me reí y obtuve la última piteada de mi cigarrillo que, en medio de la charla, había durado más de lo que solía hacerlo.
El de ella estaba a la mitad de culminar su existencia; fumaba mucho más lento que yo, aunque eso no quiere decir que ella lo haya disfrutado más.
—¿A qué te llevó tu mundo? —me preguntó.
—A esto —respondí mientras señalaba el ya extinto fuego que apagué con mi pie.
—No tiene nada de malo —dijo falsamente enojada.
—Seguro que no.
—Lo digo en serio, ¿qué, acaso esto es lo peor que has hecho? ¿Tu peor pecado? ¿Acaso esto es algo que no puedes perdonarte ni a ti mismo por cometer habitualmente?
—Si un pecado es habitual, deja de serlo.
—Si yo matara habitualmente, ¿ya no estaría mal?
—Deja de ser un pecado; entonces se convierte en una parte de ti.
—Una mala parte de mí.
—Claro.
—Entiendo tu punto —dijo mientras obtenía otra piteada—. Odio a los pecadores habituales.
—Pero todos lo somos.
—Sí, pero hay grados; para todo lo hay. No sé en qué grado estamos nosotros, pero sé que mucha gente nos superaría con creces; estamos cortos en esta carrera.
—¿Tienes hermanos?
—Sí.
—¿Perdonarías todos sus pecados?
—Son muy aburridos para pecar, pero sí.
—Qué encantador. Yo no.
—¿A mis hermanos o a los tuyos?
—A los míos; los tuyos no son de mi mundo. No puedo perdonar algo que no es parte de lo que soy parte. ¿Puedes perdonar?
—No.
Entonces, comenzó a llorar. Yo no sabía cómo reaccionar, no sabía si acercarme o no; antes de que pudiera decidir algo, ella habló y simplemente no paró. Me contó de su odio, de su odio a la gente más linda que ella, más inteligente, más talentosa; me describió la envidia y también el rencor. Me contó de su poco espíritu de superación y cómo podía llorar por gente que ya no era parte de su mundo; me ponía la piel de gallina cuando me decía las numerosas veces que había perdonado o que había amado. Era una persona completa en todos los puntos; me hizo ponerme en su papel, actuar en su obra, vivir en su mundo. Probablemente no habló más de cinco minutos y sentí mi vida junto a la de ella; tenía el don de la palabra y del misticismo.
En un momento paró de hablar, tal vez se dio cuenta de que se había excedido un poco con la lengua, aunque a mí no me importaba.
—Continúa —le dije.
—Qué vergüenza.
—¿Te da vergüenza lo que sientes?
—Lo que soy.
—Mira, no estoy en tu mundo, no soy parte de él, pero esta charla está siendo mi tren hacia tu mundo y no me gustaría dejarlo pasar. Seré tu liberador a partir de hoy, y tus lágrimas tendrán un destino.
—Qué encantador —dijo mientras se ponía de pie—. ¿Quieres acabártelo? —me preguntó alzando el cigarro verde.
—Claro, luego me dirás tu nombre.
—Estoy de acuerdo —dijo sonriente mientras mis piernas cruzaban el río.
Entonces, al cruzarlo, sentí una extraña sensación que me hizo tropezar torpemente, pero había cruzado el estrecho espacio de agua que nos separaba.
Me levanté rápidamente, avergonzado, con la cabeza abajo, sacudiendo mi ropa y riendo mientras hacía un chiste que no recuerdo bien ahora; pero cuando levanté la mirada ella ya no estaba y sentí la misma sensación de escalofrío que sentí cuando apareció. También el viento reanudó su paso y mi di cuenta del frío que hacía.
Me di media vuelta y me fui caminando, lentamente, mientras no paraba de mirar hacia atrás como esperando que ella de algún modo apareciera… Pero no fue así, y entonces nunca volví a estar en su mundo.
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