Las dos niñas crecían sin crearles muchos problemas a sus padres, y a
estos les gustaba cuidarlas. Valentín no podía dejar de observar lo
guapas que eran, y Estrella siempre decía que, una vez crecieran,
tendrían una vida como nadie.
Aún no habían pasado tres años desde el día en el que nacieron las dos
gemelas, y Estrella ya estaba esperando una nueva cría. Ahora ya se había
acostumbrado a estar embarazada, sin embargo, sentía sintiéndose
incómoda. Su marido le dijo:
«¿Qué tal si esta vez tenemos un niño? Creo que sería una cosa muy
buena».
«Sabes, Valentín, a mí me da igual si va a ser un niño o una niña, lo
importante es que todo eso acabe tan pronto como sea posible».
«¿No estás contenta de que nuestras gemelas van a tener un hermanito?»
«Claro que estoy contenta, es solamente que me estoy preocupando».
Lo dijo porque le daba mucho miedo decirle a su marido todo lo que sentía
mientras estaba embarazada, aunque no tanto miedo como la primera vez.
«Pero verás que eso acabará pronto, y tú ni siquiera te darás cuenta».
«Me pregunto si el médico al que fuimos la vez pasada sigue vivo».
«Claro que sigue vivo, pasaron solamente dos años, ¿ya te olvidaste?»
«No me olvidé. Discúlpame, Valentín, es que creo que me estoy volviendo
loca».
«No digas eso, no te estás volviendo loca. Y aunque sea cierto, no pasa
nada».
«¿Estás segura?»
«Sí. Yo siempre te protegeré».
«¿Qué harás cuando nazca el nuevo niño?»
«¿Qué haré? No sé, ¿lo que hacen todos tal vez?»
«Quién sabe qué pensarán nuestros amigos. ¿No es que tuvimos mucha
prisa?»
«No, ¿por qué lo dices? Ya sabemos bastante, y lo que no sabemos, lo
aprenderemos. ¿No estás de acuerdo?»
«Estoy de acuerdo, pero aun así, temo que nuestro nuevo hijo, o hija, sea
quien sea, nos va a entender una cosa en vez de otra».
«Pues tenemos que hacer que entiendan lo que realmente les queremos
decir».
«Ya sé, pero eso va a ser difícil».
«Parecerá difícil, pero no hay que preocuparse. Tú siempre te preocupas
demasiado».
Eso era cierto, Estrella se preocupaba demasiado como para una joven de
su edad. Pero si no le hubiera tocado Valentín sino otro marido, ¿las
cosas habrían cambiado mucho? ¿Todo habría ido por otro camino? Quién
sabe. Lo que es cierto es que la vida que vivía ahora en algo se parecía
a la que había tenido antes de conocer a Valentín, pero en algo era
diferente, claro.
Y ella sabía que a veces exageraba, pero no lograba controlarse. Para
ella, era muy difícil controlarse. ¿Por qué, va a preguntar alguien? Dar
una respuesta a esta pregunta es mucho más difícil. Era muy probable que
ella ya se sintiera crecida, demasiado crecida para su edad.
Y claro, ya no era una niña, eso es cierto. Sin embargo, todavía no había
alcanzado la edad en la que es normal que la sal tome el control sobre la
vida, borrando o matando al azúcar.
¿Fue su primera experiencia de estar embarazada o algo anterior a esa
experiencia lo que la cambio así? Ahora ya ni siquiera ella lo sabía
decir, y por eso se preocupaba aún más. Por lo tanto, no le enojaba si
alguien se lo decía, pero tampoco le prometía nada a nadie, porque no
estaba acostumbrada a prometer lo que no sabía si podía cumplir.
Por fin, el nuevo niño llegó a la luz. Sí, Estrella había sufrido mucho
llevándolo, pero ese sufrimiento hizo que ella entendiera lo que
realmente es la vida.
Esta preocupación se le desvaneció tan pronto como surgió otra, que era,
claramente, la del nombre. ¿Qué nombre le podían poner Valentín y
Estrella a su nuevo hijo? No tenían ninguna idea.
Querían un hombre que fuera simple y hermoso a la vez. Pero entre todos
los nombres que les venían a la mente, los nombres simples no eran
hermosos mientras que los nombres hermosos no eran simples. Y no querían
pedir ayuda a nadie, querían hacerlo por su cuenta, solitos.
Al final, Estrella se sintió harta de todo eso, e intentando controlarse
para no gritar, le dijo a su esposo:
«¿Sabes qué? Pongámosle Óscar. Sí, lo sé que no es un nombre que se nos
ocurre a todos, y probablemente se les ocurra a pocos, pero a mí me suena
hermoso, no sé a ti».
«Bueno, pongámosle Óscar, pero ¿por qué?»
«No sé, simplemente me gusta».
Se quedaron en eso. Óscar se encontró bien en el mundo al que vino, y
mientras más tiempo pasaba, más le gustaba pasar el tiempo con los padres
y las dos hermanas mayores.
«Te dije que iba a ser un varón», le decía muchas veces Valentín a su
esposa, y ella, no logrando decir ni una palabra, asentía para
demostrarle lo feliz que se sentía.
Casi no hubo accidentes, salvo un día que ahora les voy a contar, pero
trataré de ser lo más rápido y breve posible de manera que nadie se
canse.
Valentín y Estrella se estaban preparando para irse de viaje unos días y
les pidieron a Nazarena y Ana, quienes ya habían crecido bastante para
entender lo que hacían (estaban a punto de comenzar la escuela primaria),
que cuidaran a su pequeño hermano.
Los primeros tres días, todo fue bien, pero luego las dos chicas le
dieron de comer a Óscar un poco de papilla que ya estaba caducada
(Estrella se había olvidado de avisárselo y ahora se estaba preocupando).
Óscar tomó un poco de esa papilla y se sintió inmediatamente mal, por lo
que tuvo que vomitar.
La alfombra quedó ensuciada. Las dos niñas no sabían qué hacer y temían a
que su mamá las podía reprochar viendo lo que habían hecho.
Por una razón difícil de explicar, sus padres tuvieron que regresar
antes. ¿Fue buena o mala suerte esa? Ninguno de ellos sabía decirlo.
Estrella vio el vómito en la alfombra y dijo:
«No se preocupen, que ahora lo vamos a limpiar».
Fue a una tienda cerca de allí y compró un trapo húmedo que absorbía todo
lo que era sucio. En pocos minutos, todo volvió como antes.
«Oh, lástima que nosotros no hemos pensado en hacer lo mismo», le dijo
Ana a su hermana gemela.
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