Persigueme: Perseide

Me acosté en la cama para descansar, pensando que al día siguiente sería el día 150 (12 de agosto) del estado de emergencia por la Covid-19. Probablemente te extrañaba mucho en ese 2020. No quería acordarme de ti, pero te pensé toda la tarde y parte de la noche debido a que escuché una de nuestras canciones favoritas, la que era el himno de la Tierra y la cual cantamos ese mismo día en 2019.

Estaba cansada y dormí después de orar. Me encontraba en medio de mi sueño, y ahí te encontré otra vez. Con las respiraciones tan lentas, sintiendo el latido de mi corazón que bañaba cada parte de mí, escuché tu voz de cerca.

El escenario era afuera de tu casa, frente al parque donde corríamos juntos por la madrugada. Estaba oscurecido; eran apenas las 4:30 a.m. y nos acompañaba la luna llena. Yo caminaba por ahí, nuevamente en ese lugar para apreciar la escena astronómica de aquel día. Tú estabas hablando por teléfono; obviamente, las ganas de verte me ganaban, pero imaginé que hablabas con ella y poca atención me darías, así que esperé.

Cortaste la llamada y, a medida que yo me iba acercando, giraste. Nuestras miradas se abrazaron cuando pronunciaste mi palabra favorita: mi nombre con tu acento extranjero.

Viendo tu disponibilidad, te abracé fuertemente, dándote un beso en la mejilla. Antes de que me preguntaras “¿cómo va la vida?”, me adelanté y te pregunté yo:
—¿Cómo vas?
Ya soltándote un poco físicamente de mí.

Me respondiste muy sonriente:
—Me alegra mucho verte y saber que estás bien. Yo, como siempre, salí a correr.

Sin esperar otro segundo más, me preguntaste:
—¿Te unes conmigo antes de que empiece el espectáculo?

Sonreí y no podía rechazar tu invitación. Al final, no importaba si corríamos o no; importaba compartir ese momento contigo.

Entonces te agachaste y, cogiéndote los hombros y señalando tu espalda, me dijiste:
—Sube, que yo te llevo.

Conociéndome un poco, sabías que me canso rápido al correr y que era mejor cargarme en tu espalda. Así que no supe decirte que no y subí contigo. Pasamos juntos sin contar las cuadras, sin hablar nada, sintiendo el viento de la madrugada fría y deseando extender aquello por toda la eternidad.

Eras humano y, después de treinta minutos, cuando ya eran las 5:00 a.m., te habías cansado. Así que bajé. Luego echaste a correr rápido y me decías cantando:
—Y hoy me sigues tan perfecta, perseide. Persígueme, perseide.

Yo, riendo, te perseguía sin poder alcanzarte.

Ya había comenzado el espectáculo de la lluvia de San Lorenzo y, en sueños, la vimos juntos, sentados en el parque contemplando la maravilla de la astronomía.

 Ya había comenzado el espectáculo de la lluvia de San Lorenzo, y en sueños la vimos juntos, sentados en el parque contemplando la maravilla de la astronomía

Empezaba a salir el sol, diciéndonos que debíamos cortar esa escena. Con el primer rayo de luz que apareció, te di un beso y te dejé terminar tu rutina.

Yo había despertado.

NOTA: Perseide: estrella fugaz radiante visible entre los días 11, 12 y 13 de agosto de cada año. Es un fenómeno astronómico que se produce porque la Tierra atraviesa el cometa 109P/Swift-Tuttle.

PDT: Escuchar la canción Perseide de Carlos Sadness.


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