Es de noche y apenas ingresan por la ventana algunos reflejos de las luces del exterior. En las calles el mundo está vacío, nada ocurre afuera, todo se condensa en una habitación. El hombre descansa sobre la cama boca arriba y la mujer a su lado encuentra reposo sobre su pecho con los ojos cerrados.
En medio de la oscuridad el caballero sostiene con su pulgar e índice de la mano derecha un cigarrillo que se ha consumido por la mitad. Lo lleva a la boca y, tras una pitada profunda, hace destellar un color rojizo anaranjado en la penumbra, el humo revolotea buscando salida hacia exterior por la ventana que permanece abierta.
Mientras él le acaricia el cabello en silencio, cubren sus partes con la piel del otro. El contacto les permite sentir una proyección extraña, como si el cuerpo de uno continuara por sobre el del otro. El hombre susurra unas palabras, su semblante aparenta sombrío y distante. Le da un beso a la mujer en la frente y espera por algo, aunque no sabe por qué. Ella responde con una mirada que irradia dolor y luego se aferra contra su pecho. También espera a que suceda algo, pero tampoco sabe qué.
Con una segunda pitada, el color rojizo se intensifica en la oscuridad otra vez. El silencio habla y dice todo lo que no se puede oír. El único movimiento en la habitación pertenece al humo, que sigue revoloteando en el aire, encaminando una dirección lenta hacia la ventana. Pero las palabras corren con otra suerte, abatidas y sumisas, no tienen movimiento, no pueden salir; quedan encerradas en el interior de cada uno como si fuera la última noche, una triste, que pareciera no tener su amanecer.
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