Me acuerdo de que estaba perdido en el bosque. No podía encontrar el camino y la oscuridad comenzaba a impedirme andar. La vereda por la que iba no llevaba a ningún sitio. Hacía frío, mi chaqueta no era muy caliente. Tenía que encontrar un sitio para resguardarme. Pronto se me helaron las manos.
Me acuerdo, o creo recordarlo así, de que estaba cerca de una cabaña. Salía humo de la chimenea y había una luz pálida, muy tenue. Era mi salvación. Me temblaba el cuerpo. Con mucho trabajo, llegué hasta el porche y traté de abrir la puerta, la habían atrancado. Había alguien dentro.
Me acuerdo, de eso si estoy seguro, de que se oyeron unos gritos que se apagaron para dar paso a un sonido seco. Se hizo el silencio y no comprendí el porqué. Quería ir a mirar por la ventana. Había visto que la cortina dejaba ver el interior, solo pude distinguir la figura de una persona, antes de desmayarme.
Me acuerdo de que antes de que me golpeara, no le había visto el rostro. Me desperté al sentir su respiración agitada, tenía la boca hinchada. Le temblaba el cuerpo. Estaba manchada de barro y sangre. Uno de sus ojos estaba cerrado por la inflamación. Le pedí clemencia, no dio resultado.
Me acuerdo, lo puedo asegurar, de que me culpó. Me dijo que le había hecho daño, que la había torturado y maltratado hasta hartarme. Que esos días habían sido los peores de su vida y que se iba a vengar. Todavía estaba mal. Caminaba con dificultad, pero se las había ingeniado para derribarme e inmovilizarme.
Me acuerdo de que puso música clásica. La melodía era conmovedora. Casi me hizo llorar, a pesar de que había nacido insensible. Jamás había sentido compasión por nadie y me había ensañado con mis víctimas, pero ahora estaba del otro lado. No quise pensar en lo que me ocurriría.
Me acuerdo de que estaba consciente cuando adiviné sus intenciones. Eran cosas de las que me había apropiado y de las que sí disfrutaba de verdad, solo que ahora me tocaba comerme una sopa de mi propio chocolate.
Me acuerdo de los libros ridículos que había leído y de los que me había reído de lo lindo. Esos tratados de loqueros no decían mucho de las personas como yo. Es verdad que había mucha razón en compararnos con los reptiles, pero eso era solo un aspecto. Tenía que demostrar que podía superar cualquier cosa y que seguiría sin experimentar ningún temor.
Me acuerdo vagamente de cómo empezó todo aquello. Ella me ató a la mesa. Puso una bandeja con algunos trapos y objetos para juegos sexuales. Se acercó a mí, me miró con una sonrisa macabra y solo dijo: Te toca, cariño.
Me acuerdo de que era verdad, habíamos apostado a que, si ella sobrevivía a esas vejaciones, podría hacer lo mismo conmigo, pero yo lo había dicho en broma. Me preparé apretando los dientes. Ella cogió un tubo de plástico…
Me acuerdo de que se me olvidó todo. Me mantuve en una dimensión desconocida hasta entonces. El dolor era realmente duro. Lloré, se me desgarraron las entrañas, veía su cara lujuriosa y la repetición de sus palabras eran clavos ardientes. Perdí el conocimiento.
Me acuerdo de que no amanecí en un hospital como lo había soñado. Estaba en una celda de la comisaría. Había un guardia con cara de gorila. Te encontramos casi muerto—dijo secándose con el dorso de la mano un sudor inexistente—. Unos minutos más y no podríamos haberte arrestado.
Me acuerdo de que el fiscal era un hombre débil, hablaba como niña y estaba un poco calvo, pero era el mismo Jeremy Bentham con sus conceptos de utilidad del castigo. Eligió para mí un tratamiento correccional. Era una castración mental. Según él, con la terapia me convertiría en un ser indefenso.
Me acuerdo de que mi abogado no hizo nada para defenderme. Aceptó, e incluso, colaboró aportando ideas para que me llevaran al tratamiento.
Me acuerdo de que fue muy duro. Ahora soy como un niño tímido que le tiene miedo a todo. Lloró por las noches, no puedo conciliar el sueño y orino sentado.
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