El cuchillo jamonero

El cuchillo jamonero

María Garrido

22/09/2022

Diez de la mañana, Juanita limpia el salón mientras Paloma se despide en la puerta de su marido. Juanita sin verla sabe que está detrás de la puerta, asegurándose por la mirilla de que él ha entrado en el ascensor. Oye sus pasos que se encaminan a la cocina y sabe que terminará alrededor de ella despotricando: ojalá un camión de la basura te atropelle y se lleve tus restos para no tener que ir ni a tu funeral. Juanita piensa interrumpiendo sus pensamientos, que siempre dice lo mismo, pero sus deseos no se cumplen y tendrá seguir con el ritual de mirilla, ascensor, maldición gitana y camión de la basura, a no ser que un día le dé un infarto o algo y el buen Dios se lo lleve. 

A los pocos minutos Juanita se sobresalta al darse la vuelta para contestar a su jefa de los viernes. Paloma porta un gran cuchillo jamonero, aunque allí no hay jamón que cortar. Un día, esta mujer acabará con sus nervios. Paloma se da cuenta de la cara descompuesta de Juanita. La tranquiliza diciendo que lo tiene siempre a mano para callar a su marido cuando le grita. Pero que también podría servir para los canallas que matan niños o violadores de jovencitas púberes, hablando de todo un poco como cada viernes, algo de política, la crisis y su crisis personal.

Juanita presagia que al llegar a casa tendrá que doblar la dosis del Diazepan, habitual de esas mañanas agotadoras, tanto por el calor de septiembre como por aquella excéntrica mujer. La buena Juana, aunque a ratos ríe con ella, otros ratos siente una gran pena. Todo eso, la sobrepasa, la éstresa. Desea que las cuatro horas pasen volando. Es un cóctel de emociones muy fuerte para ella.

Paloma ha guardado el cuchillo jamonero y paño de cocina en ristre, sigue a Juanita a cada paso levantando figuras, fotos y objetos de plata, repasando y dejando en el lugar exacto, donde sabe que su marido desea que estén. 

La madre de Juanita hace treinta años que empezó a trabajar para Paloma. A través de ella sabe que no es una maniática del orden y la limpieza, sino que lo es su marido. Juanita se quedó sin trabajo y lo heredó de su madre al jubilarse. 

Los miércoles acostumbra a comer con ella y a veces sale a la conversación  Paloma. Juanita le pregunta a su madre la razón de la aparente locura de esta mujer. La madre le dice que no le haga caso y no le dé tanta importancia. Ella la entendía y le sorprende que  ella le afecte lo que hace o dice Paloma. Juanita se queda perpleja con la respuesta  de su madre y aún entiende menos.

Cuando yo comencé en su casa, le contaba la madre, se ponía un peluca, una gabardina y unas oscuras gafas de sol para salir en busca de la amante de turno de su marido. Los niños eran pequeños y mientras estaban en el colegio, Paloma que estaba locamente enamorada se moria en vida vagando con la peluca unas veces rubia y otras morena, por las calles haciendo guardias en el coche. Leía novelas con galanes guapos que solo existen en esos libros con finales de los de «comer perdices». Ahora también sigue leyendolas, le dice Juanita. Y la recuerda en los momentos en los que ella pasa el aspirador por las alfombras Paloma le cita una frase del último libro que está leyendo y lo aprieta contra su pecho, como si de un amante, que se puede escapar, se tratara. Esta mujer ha leído demasiadas novelas y perdido demasiado tiempo con ese hombre, que nunca la trató bien, contesta Juanita y se marcha co  el último sorbo de café, hasta el  siguiente miércoles.  

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