Una muerte que arranque las lágrimas de raíz.

Una muerte que arranque las lágrimas de raíz.

Aquella madrugada despertó renovada. Contaban 7 días desde que su cuerpo -cuya edad rebasaba los 102 años- había caído postrado en cama, atormentado por las miserias de la senectud, sufriendo, incapaz de encontrar el deshago de una lágrima.

Ansiosa, más hastiada que resignada, esperaba la anhelada visita de la muerte, que se mostraba renuente a permitirle descansar.

Todo empezó con un agradable frio, que, en la penumbra, suevamente envolvió su rostro; deleitada por aquel estímulo, María abrió los ojos, e inmediatamente tuvo la precepción de sentir la ausencia del dolor de existir, aun sabiéndose viva.

Dejando escapar un largo bostezo, se estiró enérgicamente, escuchando con asombro el sonido de cada vertebra reacomodándose en su espinazo mientras percibía el calor de la sangre vigorosa recorriendo su cuerpo decrépito. En un audaz movimiento, se impulsó con fuerza, rotándose para quedar sentada en el borde de la cama, desde donde visualizó fugazmente el mundo a su alrededor.

Todo parecía estar igual…

¡Pero ella, era diferente!

Llena de escepticismo, alcanzó su bastón y empuñándolo con determinación se puso en pie, dos pasos fueron suficientes para advertir que sus caderas, otra vez eran capaces de sostener el peso de su otrora corpulento cuerpo, entonces, abrió los brazos y dejando caer el bastón al vacío, ¡avanzó sin rumbo!

Descalza, atravesó el cuarto, la casa, el pueblo, el país… caminó playas, estepas, páramos, nevados… caminó entre la luz y la oscuridad, caminó bajo el sol y bajo lluvia, caminó en soledad y entre las gentes.

Empapándose a su paso, de todos los colores, todos olores, todas texturas y todos sabores; absorbió el planeta entero dentro de ella, hasta lograr a una indescriptible sensación de plenitud que jamás había experimentado…

Sin dudarlo, habría continuado así por toda la eternidad … -o hasta que sus renovadas energías volviesen a agotarse-, pero repentinamente, un tirón desgarrador proveniente de sus entrañas limitó el siguiente paso. El universo se tornó gris, despertando a María de la ilusión en la que permanecía inmersa. Aquel dolor, provenía al parecer, de una larga raíz anclada entre sus piernas que se prolongaba hasta el infinito.

Horrorizada, intentó angustiosamente liberarse , tirando con todas sus fuerzas de la raíz en dirección opuesta a su cuerpo. Fue en vano… a cada intento, la raíz la penetraba más y más hondo, rompiéndole las carnes sin piedad. Luchó, hasta que finalmente el dolor y el cansancio le doblegaron, y desplomándose sobre el suelo, se quedó dormida…

Volver en sí, fue aterrador, al reconocer que su realidad persistía. Verse atrapada en un solitario mundo gris, empalada por una raíz que ahora hacia parte de sí misma, la llenó de desconsuelo. Se sintió culpable, culpable, de haber sucumbido al impulso de levantarse de su cama aquella madrugada, de no haber esperado abnegada a la muerte -como seguramente debía ser su deber-, culpable de pretender evadir su destino y desbocarse a caminar por el mundo disfrutándolo a plenitud.

Desde lo mas sincero de su ser, deseaba volver a casa, aunque pensaba, que probablemente lo justo era pagar el precio de su osadía.

Pequeñas raíces brotaban bajo sus uñas, dejándole entrever que luchar por liberarse fue un acto de absoluta torpeza. Llanto de frustración estalló de sus ojos, pero María, habiendo vivido más de un siglo en este mundo, no recordaba momentos tan felices como aquellos que siguieron a la huida de su lecho de muerte, quizá, por eso, no estaba dispuesta revolcarse en culpas y ni a entregarse al infortunio, renunciando al milagro que se le había concedido. Así, que se puso en pie, y secó el rostro, ¡presta a dar la pelea!.

Inesperadamente, ocurrió algo sorprendente: Cada trozo de piel humedecido por sus lágrimas, se coloreaba con colores intensos, vibrantes, llenos de luz y matices; que contrastaban, con el gris de aquel mundo sombrío. Este nuevo regalo no llegó solo, ni pudo ser más oportuno, pues la raíz malvada parecía temerle al color. Lo supo, porque huía retrocediendo ante cada gota de este.

María, mujer humilde pero sagaz, inmediatamente entendió lo que estaba ocurriendo, y decidió cambiar su estrategia…

Evidentemente, resistirse empeoraba su posición, pero independientemente de lo sometida que se encontrara en aquella situación, acababa de identificar una debilidad en su adversario: La “Mala hierba” en alguna parte debía estar enterrada… solo era cuestión de hacerla retroceder hasta encontrar ese sitio ¡y desenterrarla! Con certeza, instantáneamente moriría, permitiéndole a María recobrar su milagro.

Ahora, tenía un plan: ¡Lloraría hasta debilitar la mala hierba que la apartaba de su libertad!.

Buscó en su memoria, escarbando momentos de su vida y efectivamente consiguió llorar, lloró lágrimas de tristeza y de alegría, lloró triunfos y fracasos, adquisiciones y pérdidas, despedidas y bienvenidas, lloró y lloró hasta el cansancio, y después de mucho llorar, siguió llorando…

A medida que lloraba, la raíz se acortaba, arrastrándola con sigo, y el mundo gris que la rodeaba, se llenaba de parches de miles de colores que confluían poco a poco armando un gran cuadro en el horizonte, en el que María, divisó su país, su pueblo, su casa, su cuarto…

¡Había regresado sin darse cuenta!

Agradecida, se hincó, descargando los hombros y la cabeza en señal de alivio. Al intentar incorporarse, descubrió frente a ella el sitio exacto donde la raíz de sus tormentos yacía sobre el suelo: Puesta, no fijada, ni enterrada, solo puesta.

Desconcertada, cargó la raíz entre sus manos, viendo cómo se convertía en polvo sin el menor esfuerzo.

De pronto, las lágrimas espontáneamente cesaron, y su cuerpo, apaciblemente se liberó de aquel mal.

Todo parecía estar igual…

¡Pero ella, era diferente!

Sonrió satisfecha… orgullosa, contempló detalladamente el mundo a color que sus lágrimas habían creado, luego, se sentó en el borde de la cama, y dándose vuelta se acurrucó tranquila, ya no anhelaba morir, solo quería descansar, descansar un poco de tanto vivir. Pero esta vez mientras dormía, la muerte finalmente, vino por ella.

COdeP

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