Recuerdo esos vinos, fuertes, alcohólicos, y con mucho hielo, no era rico, pero tal refresco con tal compañía se empezaron a transformar en religión, más bien en una secta, un culto escondido en un bosque, muy muy cerca de un cementerio, terrorífico rincón que guardaba un pedacito de paz dentro de la caótica ciudad.
Como olvidar ese cinco de diciembre, donde la fogata era lo más frío del lugar e intentaba encandilarnos para que no escucháramos el aliento de los muertos bienaventurados que nos decían desde el cementerio que estaba por pasar algo maravilloso! Y en esa madrugada de jueves pasó… bajo desde el cielo un barbudo, y no estoy hablando de Dios, un barbudo con una túnica blanca estilo griega, olía a montaña a aire puro, a ciruelas y guindas frescas, realmente olía muy bien, nos acarició el paladar, nos llenó las copas, nos bendijo y se fue,
Desde ese día el barbudo estuvo en cada botella, no acompañándonos, sino dentro de ella, y parecía hasta mejorar el vino mesiéndolo cada vez que se inclinaba para llenar las copas, oxigenándolo cada vez que soplaba un brisa, suavizando los taninos para que la conversación siguiera agradable y metiéndole pedacitos de roble que encontraba por el bosque para agregarle un condimento extra y que no fuera un vino más, era perfecto.
Unos años después estas personas del culto, o religión, ya no se cómo llamarle, empezaron a tener diferencias nada grave, seguían con el ritual en el bosque y el barbudo les devolvía la gentileza de ir a visitarlo mejorándoles notablemente cada botella, pero las diferencias crecieron.
Un día las dos partes del culto sé separaron debido a las diferencias insostenibles de sus creencias, dejaron de visitar al barbudo y a pesar del abandono este seguía ayudándolos a reconciliarse, en veces lo lograba pero no estaba seguro si era una mejora permanente o si el embriague llevaba a ablandar los corazones y creer que las diferencias no eran insostenibles, pero al otro día, la diferencia renacía.
Así se sostuvo todo este ida y vuelta de creencias e intercambio de pareceres, de desamores y desencuentros, el barbudo se estaba esforzando más de la cuenta, hacía malabares con el poco espacio e importancia que le daban
Pasaron nueve años desde que el barbudo conoció estas personas en el bosque y las bendijo, pero ya no lo soportaba más, no soportaba que regalándoles tanta magia y tanto esmero, después de haber regado ese jardín, después de dejarles sus dientes violáceos para que su sonrisa conquistara al otro, que tenía los dientes iguales, después de haber sido un sello de garantía , un idioma sin letras ni palabras, ya no les importaba su ayuda, ya no la merecían, triste el barbudo volvió cabizbajo a su bosque sin energía sin fogata y sin vino, sintiendo que todo su esfuerzo había sido en vano, el barbudo se llamaba Dionisio
Y si… desde ese día el vino ya no sabe igual…
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