El invierno del alma
Llueve.
¿Por qué llueve en la ciudad, si aquí la lluvia no sirve para nada?
¡Qué desperdicio!
Sería mejor que lloviera en los campos sembrados, donde hace tanta falta.
El sol también se equivoca. Se vuelve cruel en los veranos, como si castigara a los que no tienen sombra.
Dicen que uno más uno son dos. Pero la gota del tejado se une a otra y caen convertidas en una.
Dicen: «ahora verás lo que es bueno», y luego nos golpean.
¿Qué tienen de bueno los moretones?
No lloramos por eso.
Pero sí lloramos viendo una película de amor, lo que indica que la ausencia de quien una vez nos amó, es una herida que no cierra.
Es un fastidio tener que sentir: por una alegría, mil tristezas. Por una esperanza, mil desilusiones.
Quisiera salir, recorrer las plazas vacías para consolar a los bancos abandonados.
Con la lluvia, el edificio de enfrente se tiñe de amarillo.
Dicen que el tiempo siempre ha corrido igual.
Pero no es así. En mi niñez: ¡un día duraba muchísimo!
Pero ahora, las horas vuelan. El día se convierte en tarde, la tarde se tiñe de rojo y, cuando me quiero acordar, ya es hora de volver a la cama.
Tal vez ocurra que nuestros muchos años, acorten los días.
Como el frío del invierno, que acorta los días.
Y con los años, nuestras almas se irán enfriando también, como las brisas cálidas del atardecer.
Y en el invierno final de nuestras almas, los días se acortarán para siempre.
Mientras, la lluvia seguirá cayendo, inútil, en una ciudad de un amarillo sin tiempo.
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