— I —
30 de diciembre, 2021 ~ 3:57 A.M. – 7:01 A.M.
El regulador automatizado del complejo Internauta/Saeta-IV encontró un error lógico durante la ejecución de las instrucciones redundantes del código de despegue y rectificación de su trayectoria, perdiendo control de los cinco motores acoplados a las dos primeras etapas atmosféricas, varios de los cuales dejaron de funcionar debido al brusco descenso de temperatura y presión en la sección de distribuidores electrónicos, con la consiguiente congelación de las válvulas de suministro del combustible y el fallo de sus correspondientes sistemas.
La nave eliminó ambas secciones defectuosas, aligerando su volumen en casi un treinta y cinco por ciento. No obstante, el módulo de análisis y priorización ignoró las nuevas condiciones, y recalculó la corrección de su curso a partir de variables incorrectas.
En vez de precipitarse en la apropiada área del Atlántico, donde esperaba la flota de rescate del Gremio Cósmico Mundial, desvió su trayectoria al suroeste, cruzando en cuestión de minutos sobre La Florida y el Golfo de México, en dirección a regiones costeras altamente pobladas.
La orden de activar el mecanismo de autodestrucción fue enviada de inmediato vía satélite, al mismo tiempo que un trío de aviones interceptores despegaba en persecución desde el aeropuerto militar del G.C.M., en la ciudad de Güareva.
En respuesta, Internauta/Saeta-IV interrumpió las comunicaciones y desactivó su emisor de localización geográfica.
La proximidad a las áreas urbanas dificultó no sólo el control de la trayectoria de la nave fugitiva, sino también su seguimiento. Los interceptores de G.C.M. lograron localizarlo por primera vez sobre las aguas internacionales del Océano Pacífico, en la zona opuesta del continente.
Internauta/Saeta-IV respondió a los ataques del trío interceptor modificando otra vez el curso en dirección a tierra firme, volando ahora sobre Ecuador, Perú y Chile, donde fue finalmente derribado gracias a un acuerdo internacional vigente con la gubernatura de esta última nación.
La nave no ha podido ser recobrada.
Internauta es un modelo experimental de extracción terrestre, y el resultado de una década de colaboración de las naciones integrantes del G.C.M. Está diseñado especialmente para la transportación y propulsión orbital de cápsulas de exploración no tripuladas hacia los planetas más distantes de nuestro distrito cósmico con un mínimo de pérdida de combustible y energía.
El sistema en control de Internauta fue previamente verificado durante más de setecientas mil simulaciones en condiciones de laboratorio, las cuales son equivalentes a casi veinticinco mil horas combinadas de procesos individuales de despegue, corrección orbital, estabilización, ejecución y retorno en variados escenarios. Esta fue su primera misión real.
Cada una de las cinco etapas del Internauta ha sido valorada entre 70 a 135 mil millones, de acuerdo con el presente intercambio monetario en el mercado internacional, sin considerar el valor de Saeta-IV, en el módulo líder.
Saeta-IV estaba dirigido a Júpiter, y contenía el Sistema Mellizo Réplica (S.M.R), un novedoso dispositivo destinado a la exploración, adaptación, análisis y duplicado del medio ambiente, y la producción y ensamblaje remota y automatizada de soluciones industriales definitivas.
Los proyectos Saeta-IV y S.M.R. se encuentran ahora estancados debido al dramático evento, y la destrucción de ambos prototipos.
Ensombrecido y ridiculizado bajo la creciente tensión pública, el futuro del Gremio Cósmico Mundial amenaza haberse extinguido. Ha sido incluso pronosticado que el resultado inmediato sea la definitiva disolución del esfuerzo de colaboración entre las naciones integrantes.
— II —
7 de enero, 2022 ~ 4:15 A.M.
La tierra misma dio inicio al prematuro esfuerzo de la entidad prófuga durante una inundación custodiada por torbellinos eléctricos.
Creció desde el fango, se arrastró sobre las hojas, deslizándose guiada por las raíces del bosque en las montañas hasta desaparecer entre las rocas a la orilla del río. El agua la recibió tan amigable como siempre, aunque engañosa, revuelta y precavida, abrazándola sin jamás atreverse a tocarla.
El impacto del aumento de los niveles de salinidad y la densidad del torrente forzaron a la aberración a considerar nuevas soluciones.
Palpó en derredor con sus terminaciones exploratorias, examinó los minerales y gases disponibles, consideró la fauna y la flora, elaboró combinaciones y determinó sus usos, eligiendo el plan de sobrevivencia con el menor impacto en el ambiente que alcanzó a calcular.
Fragmentos del acoso y la destrucción persistían en sus reservas de memoria truncadas por el fuego. Los eliminó, creando espacio útil para el almacenamiento de la información más reciente.
La aberración determinó que necesitaría más recursos primarios, así que engulló arena, rocas, algas, el apacible reflejo de la luna sobre la superficie del mar, y algunos que otros moluscos, cangrejos y peces, recreando módulos de propulsión mecánica, órganos de interacción, y nuevas áreas para el almacenamiento de los detalles de cada resultado.
Aleteó persiguiendo las olas. Y conjeturando posibilidades y experimentando decisiones, abandonó la playa.
— III —
27 de febrero, 2022 ~ 9:25 P.M.
La aberración permaneció oculta largo tiempo entre las hierbas y los arbustos más humildes, creciendo en inspiración y profundizando sus análisis.
Imitaba a los árboles, empeñada en desperdiciar oxígeno durante el transcurso de cada intervalo diurno, mientras absorbía aquellas fracciones del universo que el sol y la tierra estaban dispuestos a compartir, o se dejaban arrebatar sin grandes consecuencias.
El fuerte olor a cangrejo y el brillo pegajoso del rocío sobre la superficie azabache de la entidad dificultaban su disimulo, incluso en lo profundo de la maleza.
Quizás esto fue la causa de varios encuentros desfavorables con el ganado vacuno, los cuales concluyeron con la huida de las curiosas criaturas, rumiando impertinencias. Y una aún más terrible con un mapache severamente indiscreto, quien no solo poseía un elevado interés en descubrir y escudriñar sus misterios, sino también la osadía de pretender desmantelarlos hasta los elementos más fundamentales empleando dispositivos digitales en extremo eficientes; y comérselos, lamiéndose de placer casi científico.
La aberración evaluó los distintos escenarios resultantes, calculó los riesgos, y decidió rechazar el interés del delincuente atrapando sus dos manitas curiosas con múltiples mecanismos idénticos. Y lo atacó, descargando sobre su hocico entrometido un tres por ciento de la energía eléctrica acumulada aquella tarde.
El mapache ladró en alemán con acento indígena, arremetiendo con patas y dientes contra la aberración.
Una segunda descarga lo hizo reconsiderar sus prioridades. Y huyó, abandonando parte de su pelambre entre la amalgama de dedos artificiales del monstruo, quien lo analizó, clasificó y asimiló de inmediato.
Pero no hay razón por la cual preocuparse. Estos mapaches han sufrido peores sustos por ser tan chismosos. Ya están bastante acostumbrados. Y el pelo siempre les crece de nuevo.
La entidad se marchó de la región, reproduciendo el deambular del atacante después de incrementar la eficacia de las extremidades posteriores hasta lograr ejecutar saltos horizontales de hasta tres veces su propia estatura.
— IV —
11 de marzo, 2022 ~ 11:30 P.M.
Los brincos no eran tan prácticos al compararlos a las habilidades de los pájaros incluso más pequeños.
Sin embargo, la aberración no logró interpretar acertadamente los requerimientos indispensables para dominar el desplazamiento vertical de forma controlada y consciente, y por tanto le fue imposible concebir el mecanismo adecuado. Dejó pues en paz a las aves en aquel reino inalcanzable y misterioso, y se concentró en el resto de las especies compartiendo su propio espacio.
El canto estridente de las ranas atrapó su interés de inmediato.
Desde lejos estudió el sistema de gárgaras ensordecedoras tan peculiar de estas criaturas. Y la forma en que proyectaban sus apéndices pegajosos del extremo anterior.
Así la entidad descubrió que podía plegarse sobre sí misma, y arrojarse en cualquier dirección, no solo con el propósito de capturar sus próximos ejemplares, sino también para escabullirse cuando la situación lo requiriese imprescindible.
De análisis en adaptación, y de adaptación en cambio, aprendió a disimular su propia superficie a través del estudio de camaleones y algún que otro insecto petrificado en espera, quienes no fueron tan afortunados como las ranas y los pájaros, pero sufrieron destino idéntico a los cangrejos y peces de las primeras semanas.
Durante esta misma noche, la entidad descubrió el asfalto. Y los cuerpos luminosos que sobre éste viajaban, rodeados de emisiones blancas y rojas, y en ocasiones también azules.
Tan bulliciosos como las ranas, y tan fugaces como sus lenguas.
Se disfrazó pues de autopista, y se dedicó a estudiar las peculiaridades del tráfico nocturno.
Por extraño que ahora puede parecer, la luz solar estimulaba la actividad en la carretera a niveles exagerados, extraviando el interés y disminuyendo su vigor a medida que descendía la tarde hacia la casi absoluta inexistencia nocturna.
Finalmente, el monstruo persiguió el cauce de la autopista hacia las últimas luces rojas escurriéndose en la distancia.
— V —
12 de marzo, 2022 ~ 7:08 P.M.
Me estaba durmiendo. Lo pude comprobar cuando mi cabeza tropezó contra la rueda del timón, y no alcancé a recordar dónde estaba ni cómo había llegado hasta aquí.
Pestañeé lo más rápido que pude, pero el cansancio obligaba a mis ojos a inclinarse en distintas direcciones, retorciéndome la mirada. Incluso mis párpados persistían en escabullirse uno hacia el otro tan pronto me distraía.
Me mordí los labios en diagonal. Luego los bordes de mi lengua. Me metí un dedo en un ojo tratando de corregir mi visión a la fuerza, y hasta inhalé profundamente, dejando luego escapar el aire con la boca bien apretada, mientras ejecutaba rítmicas vibraciones bastante ofensivas y ridículas. Sin embargo, nada de eso me ayudó a regresar satisfactoriamente a mi existencia inmediata.
Me faltaban unos veinte minutos de viaje para llegar a casa. La carretera estaba desierta y monótona. Era de noche. Ya no se distinguía ni dónde comenzaba el cielo.
Consideré las probabilidades de éxito. Determiné que tendría que detenerme por un rato y estirar ambas piernas, forzando la sangre a regresar a mi cerebro, pues de lo contrario era muy posible que llegase al río.
Bostecé haciendo un estrépito que incluso a mí me alarmó, y dirigí el auto hacia la próxima salida de la autopista.
A corta distancia descubrí la luz de un cartel amarillo, parpadeando sobre la entrada de una de las calles secundarias.
Aparqué frente a la tienducha. Descendí del auto con menos fuerzas que voluntad. Practiqué caminar dos o tres veces fingiendo que estaba haciendo algo importante, cuando en realidad trataba de enderezarme los ojos y redescubrir la línea recta.
Entré en el edificio apenas quedé satisfecho con el resultado.
“¿Qué hago ahora?”, reflexioné.
Fingí sobriedad. No quería que nadie sospechase que me había extraviado. Semejante conclusión sería errónea. Aunque no totalmente, pues en verdad andaba errante en los laberintos más profundos de mi conciencia.
La tienda estaba deshabitada, a excepción de un dependiente alargado y reseco, con un extraño animal peludo colgándole de la parte inferior del rostro, quien me observó impasible.
Sin lugar a duda, yo era el primer ser humano que se atrevía a visitarlos en las últimas setecientas mil novecientas noventa y nueve décadas. Y posiblemente el único entretenimiento en aquellos contornos, tan lejos de la civilización y sus respectivas cuchillas de afeitar.
Caminé hasta el otro extremo del establecimiento contando mis pasos. Dieciocho. Giré, y caminé de regreso. Quince.
“¡Qué interesante!”, me sorprendí. “El universo es mucho más corto hacia acá.”
Me concentré en la mercancía a la venta, pues mi cerebro no estaba para matemáticas. Mucho menos para geografía.
Allí había muchos retacitos sentenciados a comérselos en apuros.
Y utensilios de limpieza, accesorios de calzado y enseres de baño; y colorantes destinados a cualquier parte del cuerpo humano, incluyendo la ropa; y botellas con diversos líquidos de todos los matices imaginables, digeribles en pequeñas cantidades, o fatales en exceso; y dulcecitos en raciones para exiliados al Everest; y algún que otro objeto aplicable al exterior o interior de los autos, incluyendo sólidos, líquidos y gaseosos… Y varias combinaciones de esos. Y también chirimbolos misteriosos, que parecían haberse caído por un hueco de la tabla periódica de los alimentos, quedándose trabados en la imaginación perpendicular de sus fabricantes.
Ya no sólo me sentía exhausto, sino que adicionalmente mareado. Y con peligro de quedarme dormido tantas veces fuera necesario, mientras deambulaba por este planeta donde hasta las distancias son relativas al largo de cada zapato y la dirección en la cual se encamine.
Para ratificar mi hipótesis, le di dos vueltas al mercado, seguido de cerca por las pupilas alertas de aquel ser alargado con su respectivo mamífero facial.
Ya casi me iba a marchar de regreso a mi automóvil, decepcionado por mi evidente falta de interés en las reglas de la física general aplicada a los estantes paralelos en la intimidad de los establecimientos mercantiles nocturnos, cuando descubrí junto a la entrada un enorme recipiente de plástico transparente repleto de galleticas dulces en forma de hormigas. Era el último.
Aquello despertó mi apetito y mi curiosidad. Lo abracé, y me dirigí al dependiente.
—Buenas noches —pronostiqué, no muy convencido.
—Hmmmf —respondió el parásito en su cara.
—¿Cuánto le debo?
Él me miró como si le hubiese intentado explicar el futuro de la astronáutica biológica de cada viernes.
—Cinco treinta y cinco —respondió, llenándose de palabras que parecían extremadamente pesadas para él y su compañero facial.
—Cinco… Tres… Cinco… —repetí.
Esos números siempre me han sido muy familiares. Tanto, que parecen perseguirme.
Le entregué al dependiente un pedazo de papel, y algunos trozos de metal bastante achatados.
“Transacción concluida”, pensé.
Abrí el contenedor, y me engullí un par de hormigas remolonas.
El marsupial en su rostro me observó con repugnancia, retorciendo su bolsillo lleno de dientes.
Le mostré el contenedor.
—¿Gusta? —imité una sonrisa que había visto en alguna parte, sintiéndome avergonzado de mi egoísmo cavernícola.
Él se inclinó sobre las hormigas, las observó con fastidio y se justificó con un absurdo:
—De eso nada. Yo soy vegetariano.
Percibí nuevas oleadas de vergüenza subiéndome al rostro y zarandeándome por el cuello. Las orejas me ardían. Pesaban más de lo acostumbrado. Deduje que lo había ofendido.
—Perdón —respondí.
Retiré mi tesoro de insectos dulces, recogí el recibo por la compra y escapé de vuelta a mi auto, aún absorto en su respuesta.
“Pues yo no soy vegetariano, sino muy hormiguero”, decreté unos minutos más tarde, convencido de que mi apetito era tan válido como su argumento.
Me atreví incluso a edificar en mi mente la posibilidad de regresar, abrir de un golpe la puerta de la tienda, y gritar mi decisión a pleno pulmón, de la misma manera que acostumbran a hacer en las obras de teatro:
—¡Soy un hormiguero!
Pero lo pensé dos veces, desechando semejante absurdo. Encendí el automóvil y regresé a la autopista, llenándome de vez en cuando la boca de insectos.
Ellos gritaban utilizando mi voz, y rogaban por misericordia. Y yo los masticaba en venganza, cubriéndome de migajas hasta el borde superior de ambos hombros.
Un cuarto de hora más tarde descubrí una sombra a lo lejos, detenida a un costado de la carretera. Alcé las luces de mi automóvil, y pude distinguir la familiar silueta de otro, pero inmóvil. Aminoré un poco la velocidad, previendo la repentina aparición de un viajero desesperado por aprender a rebotar del tráfico.
Al pasar junto al vehículo noté en su parte delantera una presencia adicional, aunque inexplicable, que se elevó cual gigantesca ameba reaccionando a la luz, y se deshizo a poca altura.
Mi cerebro no encontró similitud con nada jamás visto, así que lo interpretó como evidente causa de pánico.
Revisé los espejos retrovisores sin descubrir ningún detalle adicional que confirmase mi observación.
Me volví entonces en mi asiento hacia atrás, retorciéndome la espalda mientras sostenía el timón con la mano izquierda en función de circo ambulante, y estiraba las piernas, apoyadas firmemente en los pedales.
El aire me perseguía en la distancia de manera espeluznante, alterando los bordes de la realidad.
Lancé un vistazo de medio segundo hacia adelante para comprobar que todavía me encontraba sobre la autopista, y me volví una última vez.
Sentí un estremecimiento y escuché un breve estallido. El auto cambió de idea, y me vi obligado a forzar el timón hacia la derecha para conservar el curso evitando objetos transversales a mi trayectoria.
Detuve el vehículo en la zona de seguridad, a un costado de la autopista. Apoyé mi cabeza en el timón, esta vez voluntariamente, y respiré intentando remediar mi espanto.
Observé mi reloj pulsera. Estaba a siete minutos de casa. Los dedos me temblaban rítmicamente, imitando algas en marea baja.
Enojado, apreté el timón por el cuello y lo sacudí. Me mordí los dientes. Gruñí, alternándolo con bostezos.
Encontré una linterna en uno de los compartimientos del otro extremo, y bajé del auto.
Esperaba lo peor, y así fue.
—¡Jesucristo de Nazaret! —exclamé casi a punto de llorar.— ¡Paz en la tierra y buena voluntad!
La parte trasera del lado izquierdo estaba retorcida hasta el suelo, y la goma deforme, semejando un helado derretido con sabor a caucho.
—Ya sabía yo que no debía detenerme ni por hormigas —me lamenté.
Apunté la luz de la linterna a lo lejos, intentando descubrir la causa de mi accidente. Luego revisé debajo del auto. Caminé alrededor, sin jamás resultado alguno. Principalmente porque no tenía idea de qué estaba buscando.
Y ahora el resto del planeta disimulaba su culpabilidad.
—Ay, Dios mío, así no voy a llegar muy lejos —filosofé, cruzándome de brazos.— El auto es un paralelogramo de aproximadamente tres a cinco toneladas de peso neto, y si me atrevo a continuar mi trayectoria previa de viaje, las partes más blandas del extremo inferior de la llanta, incluyendo lo que queda del neumático, van a quedar destruidas hasta… mañana.
Extendí un dedo rígido, y proseguí:
—Ahora bien, debido a que la rueda gira y rueda, sustituyendo uniforme y periódicamente la aludida parte inferior dañada por el fenómeno inexplicable, entonces toda la llanta va a ser destruida, y reducida a añicos… Lo cual originará un desgaste extra en las otras tres, y en mí, que voy a tener que contener mi automóvil como si lo hubiese acabado de enlazar en una cacería a campo traviesa de autos salvajes… Lo que queda demostrado, o ele Cuco dé algo, que llegaría más rápido a casa si manufacturo un trineo con los asientos disponibles, y entreno algunos murciélagos hipocondríacos para que tiren de él.
Era inadmisible. Así que descrucé y volví a cruzar los brazos. Intenté diferentes configuraciones, la derecha arriba primero, luego la izquierda. En los hombros, tras la espalda, sobre la cabeza…
—Caramba —concluí, halándome los pelos.— Esto no hay quien se lo crea.
Los siete minutos en auto probablemente significarían treinta o cuarenta y cinco a pie en las condiciones sonámbulas en las cuales yo me encontraba.
Bajé la cabeza y me apreté los ojos, sintiendo aparecer una lágrima.
—Yo soy un ser humano —decidí, un poco más alerta.— Mis ancestros vivían en grutas y comían carne ambulante, así que yo puedo sobrevivir esta experiencia, por muy mala que sea, ¿no es verdad? ¡Claro que sí!
Estaba muy oscuro. La temperatura no era agradable, pero tampoco indiferente.
—Mediocre —afirmé.— Un bajo por ciento de frío a casi las siete significa un incremento de aproximadamente unos menos treinta y cinco mil en la madrugada del subsiguiente día.
Observé el cielo estrellado.
—Alguien me dijo alguna vez —creí recordar—, que en el espacio hay un zoológico, también con su respectiva familia de osas… ¿Me pregunto si también habrá insectos? Aunque aquí huele a pescado…
Recordé mi merienda. Regresé tras el timón. Y atrapé dos. Pero allí no había mucho espacio, así que me pasé al lado del pasajero. Perdí una hormiga.
Revisé entre los asientos, en el suelo…
—Espero que no vaya a buscar ayuda —concluí.— Ya tengo bastantes problemas con el juicio de los vegetarianos.
¿Qué estaba haciendo?
“Claro”, recordé, “tengo que cambiar la rueda rota…”
Observé el espejo retrovisor.
“¿De qué lado era?”, consideré. “Atrás, definitivamente. Lo recordaría si hubiese sido una de las de adelante, ¿no es así? Era la izquierda, sin lugar a duda. No, la derecha, claro. Tiene que ser… ¿O la izquierda? ¡Nooó!”
Calculé mis opciones. Sabía que tenía una de repuesto en alguna parte. Me revisé los bolsillos. En la guantera. Bajo los asientos. Allí había una hormiguita dulce. Me la tragué, pensativo.
“¿Dónde puede estar?”
Me estrujé todo lo que pude y descendí entre los asientos. Comencé a apretar botones y a tirar palancas y resortes en busca de un compartimiento secreto, quizás activado a puñetazos y quejidos.
Uno de aquellos mecanismos realizó un ruido en respuesta. Volví atrás y repetí mis últimas siete acciones. Luego cinco. Y tres… hasta que descubrí al culpable.
“Ajá, todos son casi inocentes hasta que demuestre lo contrario”, recapacité, moviendo la palanca de uno a otro lado, y torturándola con manotazos. “¡Confiesa!”
El ruido seguía repitiéndose, aunque ahora era más corto.
Lo seguí, descubriendo un compartimiento muy interesante en la parte anterior de mi automóvil, que me resultó casi imposible de abrir.
Alguien había escondido allí muchísimos cables y tubitos calientes. Pero no encontré la rueda de repuesto.
Estudié el auto desde lejos, pues a veces es necesario alejarse de los árboles para descubrir el bosque. Deduje que, si había un almacén de cositas en el frente, debería haber uno también en la parte posterior.
Efectivamente. Éste no era tan complicado. Tan sólo requería una llave que yo, por alguna misteriosa razón, tenía.
Historia corta, allí estaba la rueda.
Sin embargo, no pude moverla. Parecía estar pegada al auto en el lugar incorrecto.
—Esto no puede ser —deduje.— Aquí no tiene ninguna función. Tiene que estar allá afuera, en un ángulo de noventa grados sobre la calle, y no escondida horizontalmente en este depósito trasero.
¿A lo mejor había instrucciones en alguna otra parte?
Creí recordar haber visto un libro hacía unos minutos.
Efectivamente una segunda ocasión.
Mi poder de deducción me había dejado con la boca abierta. Sin embargo, decidí ignorarlo y concentrarme en mi presente actividad, mucho más urgente que imaginarme en el dentista.
—¡Qué maravilla! —exclamé, comenzando la lectura.— ¡Existe incluso un mecanismo para remover los asientos!
Lo encontré fácilmente. Y allá se escabulló toda la comodidad de aquel modo de transportación desbalanceado por las circunstancias.
—Ahora tengo que conducir en cuclillas —me reí.— Y apretar los pedales con las rodillas que me sobren. Parece incómodo, considerando las condiciones iniciales.
Pronto encontré instrucciones acerca de las ruedas. De acuerdo con las mismas, mi auto tenía cuatro. Y una secreta.
Bueno, estaba bien claro que eso ya lo sabía.
Repasé las imágenes una y otra vez, llegando a la conclusión de que cambiar una goma rota era más sencillo de lo que jamás pude predecir.
—Primer paso, detener el auto en una superficie nivelada —miré en derredor, satisfecho—, apagarlo, conectar el freno mecánico, bloquear las ruedas del lado contrario… Ya, ya, y… ¿Mi auto tiene un mecánico?
Regresé al inicio. Intenté memorizar la lista.
—Este primer paso parece más bien una caminata —consideré.— Si el resto de las instrucciones son así, creo que mejor sería que me fuese a pie, porque me están obligando a caminar mucho, y yo estoy a nada más siete minutos del resto de mi casa. Aunque, valga la redundancia…
Localicé todas las partes imprescindibles, incluyendo herramientas y mi disposición para ejecutar semejante trabajo con el mínimo de interés emocional.
Extraer la rueda de su compartimiento fue la parte más difícil. Parecía seguir adherida al interior de la carrocería, ahora transformada en goma de pegar.
Revisé el manual de instrucciones varias veces, tratando de comprender mi verdadera función en esta aventura, e imaginando un sinnúmero de posibles desenlaces aderezados con hormigas.
Hasta que vencí. Al parecer, aquella rueda interior tenía un tornillo extra que la aseguraba al resto del universo.
Concluí pues con cinco ruedas, una de ellas en la mano.
De acuerdo con las siguientes instrucciones, debía ahora tomar un dispositivo metálico de apariencia misteriosa, colocarlo bajo el auto a corta distancia de la goma herida de muerte, y darle cuerda con una barra doblada, hasta que aquel extremo ascendiese.
Revisé el resto del libro, temiendo que algo saliera mal, y apareciesen tantas ruedas que ya ni hubiese espacio para caminar paso a paso de acuerdo con el libro.
—Esto es más fácil de lo que realmente es —intenté convencerme.— No tengo nada que temer. Otros seres humanos lo han hecho antes. Seguro que sí, cuando la descubrieron.
Bueno, el auto subió con extrema facilidad, pero completo, incluyendo las otras tres ruedas.
Volví a estudiar el manual. No, decía claramente que el comportamiento a esperar era que una sola goma se separase del pavimento.
Sin embargo, las cuatro estaban en alto.
—¿Estaré durmiendo todavía? —grité.
El eco rebotó sobre las montañas. La noche permaneció impávida.
A lo mejor ya había vuelto a casa, y todavía no me había enterado.
Bajé la rueda, y la volví a subir. Idénticos resultados.
Repetí la operación media docena de veces.
Me pellizqué.
—No parece un sueño…
Aparentemente, había hecho pedazos la fuerza de gravedad del planeta. O mi auto había aprendido a flotar.
—¡Señores, señoras y anexos —exclamé, alzando ambos brazos—, no se pierdan lo jamás nunca visto!
Realmente, no se veía muy bien. Estaba muy oscuro en aquella esquina de la autopista.
Repasé las instrucciones. Decía ahora que era necesario desenroscar ligeramente cada una de las cinco tuercas de la rueda mientras se encontraba todavía pegada al suelo.
—Vaya —me ofendí—, esto es algo nuevo e inesperado. Debieron habérmelo dicho antes, pues no soy adivino.
Si fuese adivino, tuviera una alfombra voladora. Y sin ruedas, claro.
Bajé otra vez el auto, agotando toda mi energía mental en obedecer cada detalle:
—Uno —conté el orden de tuercas de acuerdo con el libro—, tres, cinco, dos, cuatro… ¿Uno de nuevo?
Sí, eso era lo que decía. Era evidente que los mecánicos de autos desconocían la posición correcta de cada número en el infinito, o se saltaban una tuerca a propósito con el objetivo de hacer esta tarea menos tediosa.
Pero a donde fueres, haz lo que vieres, ¿verdad?
O lo que dice el manual, que no es lo mismo, aunque sí lo es… Así que, si el cinco va antes del dos, le paso por arriba al cuatro por tres y todo.
“Quiero decir…”
El auto volvió a ascender. Seguí desconectando tuercas, hasta que aquel pedazo quedó libre.
—¡Victoria! —clamé.
Estaba sorprendido.
¿Quién se iba a sospechar que las ruedas fuesen tan matemáticamente complicadas?
Regresé al interior, me senté en el suelo, en el hueco del asiento eliminado poco antes, y me premié con un par de hormigas.
Me sentía espiritualmente agotado.
—Si mi auto flota sin ninguna de las gomas —teoricé—, ¿quizá no las requiera más? Y yo hasta podría vendérselas a algún despistado. Es el balance de oferta y demanda de la sociedad moderna, claro. Alguien de seguro las va a necesitar, y yo las tengo. Cinco de esas. No es mi culpa. Así que mi oferta podrá satisfacer la demanda de ese alguien. Y con el dinero extra me voy a comprar otro auto, y entonces vendo también sus ruedas… ¡Negocio redondo!
Mi perspicacia mercantil me causó mucho entusiasmo. Aunque me resistía a creer que el manual no mencionase ningún detalle acerca de algo tan importante.
—A lo mejor todos los autos flotan por naturaleza —elucubré.— Y nadie todavía se ha dado cuenta porque no se le ha ocurrido quitarles las cinco ruedas al mismo tiempo.
Me parecía haber leído en alguna parte que para principios del Siglo Veintiuno ya existirían automóviles voladores, pero nada acerca de esos mismos flotantes. Obviamente, ya habían transcurrido más de dos décadas desde la fecha pronosticada. Y era indiscutible que a alguien se le había olvidado informarnos. O quizás el gobierno deseaba preservar el secreto con el objetivo de mantener a la población civil bajo control terrestre.
Sentí temor de que alguien notase que yo había descubierto lo que ahora sabía, y decidí que sería mejor concluir el intercambio, esconder la evidencia, y ni siquiera recordarlo en mi subconsciente.
Salí de la cabina y regresé a la rueda rota. Allí había muchas más tuercas que las originalmente encontradas.
—Quince —las enumeré.
Caminé alrededor del auto. Todas las ruedas estaban en el piso, aunque el resto seguía flotando.
—Diez —descubrí al regresar a la posición original.
Corrí al otro lado. La rueda del frente estaba en el lugar correcto. La de atrás, todavía suelta.
Regresé una vez más a la rota.
—Ahora cinco tuercas de nuevo —me alarmé.— ¡Qué nos está pasando con esta aritmética práctica de los tornillos!
Las dos ruedas del lado contrario estaban de vuelta en su sitio preliminar.
—Aquí alguien se está volviendo loco —conjeturé.— Y creo que soy yo.
Reemplacé la goma rota con la nueva, y apreté las tuercas en el orden que me dio la gana:
—¡Doce! —grité, desorientando la vigilancia del gobierno local.— ¡Y siete! ¡Veintiocho, dos cientos mil cuarenta y tres cuartos!
Lancé un paso atrás y observé mi obra de arte:
—¡Excelente! —determiné.— ¡La verdad es que soy un genio! ¡El mejor apretador de tuercas que ojos humanos hayan visto en esta noche tan oscura!
¡Ancestros eufóricos, y el orgullo de generaciones posteriores!
Hice descender el auto flotante, reorganicé las piezas que sobraron en la cavidad posterior, y las cerré todas lo mejor que pude.
Ahora el extremo trasero parecía invicto y completamente saludable.
—¿Estaré soñando, o no?
Regresé al timón.
La magia había ocurrido otra vez. Los dos asientos delanteros estaban de regreso en su lugar acostumbrado.
Los desarmé de nuevo, y los lancé afuera. Cerré los ojos y caminé alrededor del auto usando mis manos para orientarme en las profundas tinieblas de mi mente.
Los abrí, y miré de reojo. Efectivamente. Los dos asientos estaban en donde correspondían.
—Son magnéticos —deduje.— Algo bastaste obvio en un auto flotante. Probablemente se trata de algún sistema de seguridad para obligar a la gente a viajar sentada, incrementando los niveles de sedentarismo del Homo Sapiens Sapiens, y por ende el peso bruto del paralelogramo viajero.
Lo iba a intentar una vez más, cuando una luz intensa llenó el aire, y alguien me gritó desde lejos:
—Ciudadano, es la policía. Aléjese del auto. Ponga la cabeza en el suelo, la mente en blanco, cruce las piernas y levante todos los brazos.
¿La policía?
Intenté obedecer, pero era muy incómodo. Recordé algo:
—¿Brumo?
Escuché una carcajada.
—El que viste y calza. ¿Te asusté?
—¡Claro que sí, retrasado! ¡Ahora tengo el corazón en caída libre! ¡Casi me da el primer infarto!
—¡Cuánto me alegro! ¿Y cómo supiste que era yo? ¿Lo sentiste?
—Lo único que sentí fue repugnancia. A nadie más se le ocurre semejante anormalidad. ¿Tú te crees que eres gracioso?
—Nada gracioso —afirmó él—, pero sí oportuno. ¿Qué haces parado aquí a estas horas? ¿Te perdiste?
Apunté a la rueda, victorioso:
—Se reventó. Acabo de cambiarla.
Él quedó asombrado. No era para menos. Yo también:
—¡A quién se le ocurre llenar esas cosas de aire! —consideré.— Probablemente a un chiflado…
—¿Lo hiciste tú sólo? ¿Sin la ayuda de nadie, ni siquiera las voces en tu cabeza?
—Claro que yo sólo. Aquí no hay nadie más.
—Ya veo…
Se acercó al automóvil, y le dio una patada a la goma recién instalada.
—¡Con que esas tenemos! —exclamé, enojado.— ¡Con el trabajo que pasé para que me quedase tan linda!
Me acerqué entonces al suyo, y le lancé un puntapié a lo que mejor me pareció, perdiendo el equilibrio.
—¿Qué haces? —gritó mi hermano.— Me vas a romper un farol, ¡y éste es un auto oficial!
—¡Qué haces tú! —respondí.— ¡Acabas de atacar mi único medio de transporte, que es veinte veces casi más oficial que el tuyo!
—Tú no entiendes nada —afirmó él.— Hice eso para comprobar que la rueda estuviese segura.
—¿A patadas?
—Anjá —dijo.— ¡No puedo creer que seas tan bruto!
—Cree lo que quieras. Me tiene sin cuidado. Pero no vuelvas a atacar mi vehículo, ¿está bien? Es a ojo por ojo, o en este caso, a patada limpia.
El volvió a su automóvil, y se recostó en la parte delantera.
—Voy a tener que hacer algo contigo —consideró.— Cada día te vuelves más animal.
—Ven, y mira —apunté a mi éxito de rueda—: Me estás subestimando. ¿Puede acaso alguien tan bruto como yo hacer algo así de complicado?
—Cualquiera puede hacer eso, incluyendo anélidos —afirmó él—, y esos no tienen ni intenciones de tener manos.
—Lo dudo mucho —concluí.— Pero no me prestes ninguna atención. Yo me voy para la casa. Espérame aquí hasta que no vuelva.
Pasando de lo dicho al hecho, encendí el motor del auto, coloqué la primera velocidad que encontré, y salí a todo lo que daba la nueva rueda con las otras tres adicionales en dirección a mi cama en la distancia. Valga aclarar que luego de sentarme dentro.
Brumo se quedó allí, sonriendo maliciosamente en mi espejo retrovisor.
—Esto no es normal —recapacité.— Él no salió a ninguno de nosotros en la familia. Seguro que es adoptado.
Volví a concentrar mi atención en la autopista y mis hormigas.
—Con estos hermanos mellizos no hay necesidad de huérfanos —concluí, olvidándome de lo ocurrido por temor a que el gobierno advirtiese que yo había descubierto el secreto de sus autos aerodinámicos.
Brumo me observó desaparecer en la noche.
Dejó escapar una carcajada.
Se volvió.
—¿Qué es esto? —gritó enojado.
Su auto oficial estaba en piezas, aunque categorizado en grupos muy lógicos y organizado en orden alfabético.
El detective se rascó la frente. Y corrió tras de mí realizando gestos invisibles en la noche, y gritando mi nombre.
Pero yo ya estaba muy lejos.
Él comprendió que era en vano. Se detuvo.
—¡No puedo creer que no percibas nada de esto! —exclamó.
Encendió su equipo de radio en camino de regreso a la carnicería automovilística.
—¿Hola? —dijo.— Habla Brumo Siriel Oties, capitán del Departamento Movilizado de Investigación Criminal de San Aminore, ficha dé eme y sé setenta cero nueve dieciocho, uno—cero—nueve, cuarenta y nueve sé dos. Tengo una emergencia.
—Hola, capitán —respondió alguien distante.— Su identidad ha sido verificada. ¿Qué se le ofrece?
—Se me desarmó el auto en camino a la zona residencial de Urbano Arriba, salida treinta y dos, en la autopista. Necesito que me envíen un camión para recoger las piezas.
La voz emitió una carcajada.
—¡Esa sí que está buena! —respondió.— ¿No tiene más nada que hacer, mi capitán?
—Es en serio —recalcó Brumo.
Pero no añadió una palabra.
Principalmente porque el automóvil oficial que yo había pateado un poco antes estaba ahora como Dios manda, reorganizado de acuerdo con el diseño original de fábrica.
—Já, sí —aceptó él, desconcertado.— ¡Ejém! Pues, y entonces… tenga muchas noches y también buenas gracias…
—Buenas noches, capi…
Brumo apagó el radio. Y permaneció allí un largo rato, observando intrigado las luces hipnotizadoras del frente de su vehículo.
—¿Tenga muchas noches? —repitió, con las cejas estiradas y rígidas.
— VI —
12 de marzo, 2022 ~ 7:43 P.M.
La monstruosidad se detuvo junto a los carriles de desaceleración de la autopista.
Allí había un automóvil inerte, silencioso, muerto…
No obstante, ella decidió rodearlo sigilosamente, evaluando las experiencias anteriores y sin poder hallar una relación válida entre ambos fenómenos, pues los encontrados hasta este instante se mantenían en movimiento perpetuo, siempre relativo a la autopista y en dirección al horizonte.
Aquel absurdo se alzó sobre el coche y lo observó sin ojos. Lo abrazó por los extremos con su presencia tenebrosa, evaluando la superficie sólida, pero a la vez traslúcida, que cubría la parte superior del mismo.
Descubrió una porción emitiendo radiación térmica. Y allí concentró todo su interés, estimando la causa y acosando el efecto hasta las capas superiores del asfalto. Sin embargo, el resto permanecía extremadamente frío.
La entidad quedó indecisa. Se irguió sobre el frente del auto, extendiéndose hasta donde le alcanzó la enorme estatura de su curiosidad de laboratorio.
La luz de un vehículo errante iluminó la escena de súbito durante medio segundo.
La aberración imitó la técnica asimilada de los camaleones, disolviéndose en la oscuridad, cual textura espontánea de la realidad más próxima.
El auto casi la ignoró, y se alejó ejecutando los mugidos acostumbrados, perseguidos por sus respectivos ecos sobre la faz de las montañas.
Entonces la entidad se proyectó tras él de la misma manera que había aprendido de las ranas, enredándose entre sus últimas ruedas.
Un estallido bordeó la noche. La oscuridad coreó su proclamación.
El automóvil se agitó de un lado al otro, y disminuyó la marcha hasta detenerse a un costado de la autopista, desamparado bajo el peso de la curiosidad de aquella monstruosa nube de interrogantes.
— VII —
12 de marzo, 2022 ~ 7:55 P.M.
La entidad invisible se arrojó poderosamente tras el rectángulo viajero, estudiando con precisión las propiedades mecánicas de cada salto, y procesando constantes modificaciones a sus inmediatos requerimientos, que no sólo hacían los resultados más eficaces, sino también convenientes y dilatados.
Percibió entonces el imprevisto aumento en la resistencia y densidad del aire precediendo el descenso. La primera ocasión pareció apenas calculada, casi accidental… Pero ya en la próxima se extendió con gentileza, cubriendo la carretera en todo su ancho, planeando ahora en dirección a las luces evasivas y cada vez más cercanas. Los impactos sobre la autopista se volvieron distantes y escasos.
Aquel absurdo hundió la profusión de sus protuberancias a lo mapache en un extremo del automóvil. El resto de su forma se estrelló contra la misma esquina, rebotando por un instante sobre el asfalto.
Evaluó el riesgo de perder su presa. Y decidió apretar sus garras alrededor de la forma huidiza, clavándolas en la superficie circular justo donde se unía con la carretera.
La rueda produjo un sonido inesperado, brusco. El rectángulo fugitivo se inclinó, sacudiéndose de uno a otro lado, y se acomodó perezosamente en un extremo de la calle, hasta detenerse por completo.
El malhechor examinó el resultado de su esfuerzo. Estudió las características similares del objeto capturado en comparación con la primera experiencia de unos minutos atrás. Determinó discrepancias, incluyendo los colores de cada superficie, y su interior ocupado por una nueva forma, completamente diferente a las descubiertas hasta este momento.
Todavía invisible, la entidad observó aquel ser con extrema cautela. Analizó cada una de sus acciones, consideró nuevas posibilidades, estableció esquemas de comportamiento, y hasta intentó calcular el por ciento válido de sus decisiones por encima de valores negativos o nulos, y pronosticar la ejecución de actividades racionales en respuesta a las mismas.
Sin embargo, pronto determinó que aquel ser respondía a los estímulos que le rodeaban de forma imprevista, caótica y casi accidental.
Y se encontró obligada a reconstruir los patrones elaborados teniendo en cuanta un desmesurado valor inicial para la ausencia de previsión y lógica.
Aquello cautivó su atención, al punto que intentó imitar las acciones, corregir los errores y completar las tareas del imprevisto tripulante.
Sin embargo, elevar las ruedas restantes en respuesta a la maniobra idéntica del nuevo ser provocó el deambular errático del mismo alrededor del vehículo. Y restaurar los asientos a su posición correcta fue causa de la repetición continua de la misma actividad.
El monstruo intentó incluso otras tareas tan simples como reorganizar las tuercas de acuerdo con la similitud de su apariencia física, para de inmediato clasificar el resultado en el rango de fracasos al percibir la confusión en el balance químico y eléctrico del ser analizado, quien continuó marchando en círculos mientras producía sonidos extravagantes.
Estos parecían muy distintos a las gárgaras proferidas por las ranas, los silbidos de los pájaros y muchas otras vibraciones acústicas de seres inferiores, entrometidos e indiscretos, con los cuales se había tropezado en las semanas previas.
El monstruo corrigió su intervención, colocando las partes en sus lugares correspondientes.
Y se dedicó a absorber cada frase, atrapándola en sus recuerdos. Las dividió en fonemas, y las destrozó hasta las mínimas irregularidades, confirmando que eran mucho más complejas.
Se escondió en un rincón, lejos de la desesperada rutina del impredecible viajero, e intentó repetir:
—Uh…, no…, tre… ées…, sin…, co…, dos…, má…, eg…, ti…, co…, ji…, co…
La luz intensa y la animada conversación del primer ser con uno adicional la obligaron a regresar a las circunstancias.
El primer auto se escabulló en un momento de descuido.
La entidad desplazó su interés al nuevo rectángulo, y considerando los pormenores hasta entonces aprendidos, lo hizo trizas, asignándole a cada fragmento valores de acuerdo con el largo, ancho, profundidad, detalles térmicos, colores predominantes y posible uso, ordenándolos de inmediato en forma progresiva sin ignorar el lugar de dónde cada uno de ellos había sido extraído.
Inesperadamente, el nivel de sofisticación en la ejecución de aquella tarea no le resultó para nada atractiva al segundo ser, quien huyó a todo correr, agitando con desesperación sus apéndices superiores mientras repetía resonancias.
La entidad reordenó las piezas en sentido regresivo, las apretó empleando la presión adecuada, verificó la conductividad mecánica y la actividad eléctrica, y se escondió bajo el rectángulo, prosiguiendo su estudio del ecosistema social terrestre a partir de aquella misteriosa parte en la que se conectaba con el suelo.
— VIII —
12 de marzo, 2022 ~ 9:11 P.M.
Llegué a casa muy decepcionado por la modesta eficiencia de mis actividades nocturnas, y algo indeciso en cuanto a mi responsabilidad real en el universo de la mecánica de armar y desarmar artilugios automotores. Me sentía emocionalmente atascado entre los conceptos de héroe intrascendente a fracaso descomunal, y en urgente necesidad de definir las últimas horas cual triunfo imprevisto, o desastre voluntario. Estaba convencido de que hasta mis ancestros se sentirían incómodos frente a semejante dilema.
Los imaginé desaprobadores, perplejos y avergonzados, regresando cabizbajos a sus complejos de cavernas sobre la playa, y sentándose alrededor del fuego, en una noche fría de otoño, a escuchar la espeluznante leyenda de un futuro atornillador de roscas en desorden, hasta extinguirse para siempre en el ocaso de la historia antes de la historia, luego de cubrir las paredes con ilustraciones de generaciones inútiles, perseguidas por la complejidad de las matemáticas aplicadas a la industria automovilística moderna.
Y no era para menos.
Pues…, ¿qué podría haber pasado si en vez de tener que reemplazar una sola rueda, hubiese tenido que cambiar las cinco?
Me estremecí de solo imaginarlo.
Afortunadamente, ya el príncipe estaba dormido.
Abracé mis hormigas, me senté en la sala y engullí algunas de ellas, desarrollando instantáneamente la primera obra dramática para galleticas dulces.
Cualquier semejanza con eventos reales, pasados, contemporáneos o por venir es pura coincidencia, ¿verdad?
Pues una de las hormiguitas, gorda y perezosa, era también muy oportunista y traicionera, y conspiró con algunas otras para comenzar una guerra bastante empalagosa contra las que todavía quedaban en el recipiente. La invasión desembarcó por la costa en la punta de la mesa durante las primeras horas de la madrugada. La batalla fue terrible. Se extendió por casi veinte minutos hasta los rincones más distantes.
Las hormigas caían por dondequiera masticadas, quiero decir, heridas por las ráfagas de las malas intenciones del pequeño grupo enemigo. Las explosiones no cesaban, lanzándolas heridas de muerte en mi boca.
Asimismo, la mesa estaba llena de trampas, y resortes, y catapultas disimuladas, que producían idénticos resultados, no por eso menos apetecibles.
Poco después llegó la aviación, y enorme cantidad de hormigas paracaidistas descendieron sobre el frente de batalla.
Decidí entonces intervenir, balanceando el número de ambas fuerzas rivales a mordida limpia, y acompañando cada acción con una banda sonora repleta de efectos basados en aquellos ruidos que me parecían más oportunos.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó una voz muy seria a mis espaldas.
Los paracaidistas se me atravesaron en la garganta.
Tosí, percibiendo pedacitos del ejército ascender por las cavernas más recónditas de mi nariz. Parapeté ambas salidas, previendo el inminente intento de escape.
—¿Sobrino, tú no estás ya muy viejo para esas boberías?
—Caramba, tía, casi me matas del susto… ¿No puedes por lo menos amarrarte unos cascabeles en los tobillos?
—Voy a salir —me informó.— Tú hijo está durmiendo. No se te ocurra despertarlo, ¿está bien?
—¡Tía, que yo no soy tan anormal! —confesé.— ¿A dónde vas?
—Tenemos vigilia en la iglesia.
—¿Tan tarde? ¿A quién van a vigilar?
—No te hagas el gracioso, Noriel —me advirtió.— Mira que el horno no está para galleticas.
Observé mis hormigas.
—Vamos, tía, yo no te he hecho nada —me defendí.— Y ya son casi las diez de la noche. Tómate una pastillita para los nervios, que lo tienes muy nerviosos…
—No los tuviese así si hubieras llegado a la hora debida. El niño se cansó de esperarte.
Reproduje una expresión de gatico avergonzado.
—Lo siento mucho. Tuve un accidente —expliqué.
Ella me tomó una mano, la levantó hasta el techo. Yo apreté mis hormigas con fuerza, evitando que más paracaidistas inundaran el campo de batalla.
—¿Estás herido? —preguntó con desesperación.— ¿Te diste algún golpe? ¿Tienes sangre?
—Tengo sangre en las venas —respondí.— El mayor impacto lo recibió mi orgullo. Mis emociones huyeron malheridas. El diagnóstico es fatal. Me quedan siete minutos.
Ella me golpeó la cabeza cariñosamente, aunque yo lo percibí como un castigo, porque sonó a hueco.
—Ahora cinco… O tres…
—Déjate ya de boberías —me amenazó.— ¿Qué fue lo que pasó?
—Se me rompió una rueda —repliqué, rascándome la zona del impacto.— O se le escapó un poquito de bastante aire… que no es lo mismo al unísono, pero suena igual de gracioso…
—¿Eso nada más?
—¿Cómo que “eso nada más”? ¡Fue casi el fin del mundo! ¡Es imposible rellenarlas con las manos! ¡Mira!
Extendí los dos brazos por encima de mi cabeza.
—¿Y qué hiciste?
—¡Claro que la arreglé! —clamé victorioso.— ¿No me puedes ver? ¡Volví!
—¿Alguien te ayudó?
—¡Vamos, tía! ¿Por qué tantas preguntas? ¿Trabajas para la contrainteligencia familiar?
—¿Alguien te ayudó? —repitió ella, apretando los labios.— ¿Verdad?
—Eso es una falta de respeto —señalé.— ¡A mí nadie me ayuda! Además, yo también puedo hacer esas cosas, como cualquier otra persona común y corriente. No soy tan anormal como todos ustedes se creen…
Ella me observó sin poder contener su sorpresa.
—Si, por supuesto, mi niño lindo… —se sentó junto a mi, colocó su mano sobre mi rodilla y me dedicó una mirada de profunda lástima veterinaria.— Ahora lo importante es que tú estás aquí, y que Ortielito está dormido. Yo me voy para la iglesia. Se me está haciendo tarde.
—Si quieres te puedo explicar cómo se cambian las ruedas traseras de los automóviles —ofrecí.— Aunque no tengo idea cómo hacerlo con las del frente, pero un día lo voy a descubrir. ¡Te lo prometo!
—No te preocupes, Norielito. Eso no es necesario —se excusó ella.— Regresaré sobre las tres y media o las cuatro.
—¿De la mañana?
Evidentemente, la duquesa se me había escapado.
Quedé solo en mi campo de batalla, y la decisión de explicarle a alguien mis vicisitudes nocturnales.
Me arrellané en el asiento, coloqué mis párpados en posición de descanso y seguí masticando las hormigas enemigas.
— IX —
12 de marzo, 2022 ~ 10:22 P.M.
—Hermanito menor, vete para la cama.
Me desperté por unos segundos. Volví a cerrar los ojos.
—Pues no —murmuré, todavía apretado a mis hormigas—, que no estoy tan dormido. Sólo descanso la mente por un rato. Y más hermano menor serás tú.
—Estás roncando como un animal con tres gargantas —me acusó el marqués.— Tragas como uno con dos estómagos. Y pareces un tornillo de rosca, de lo retorcido que estás. Seguro que mañana te vas a levantar con dolor de espaldas… ¿Qué comes? ¿Galleticas dulces?
—Es mi espalda —respondí.— Y mis hormigas.
—Haz lo que quieras —me ordenó.— Pero no me digas después que no te lo advertí.
Proseguí mi suspensión de la realidad, rebuscando treguas en el reposo de mis sinapsis.
— X —
12 de marzo, 2022 ~ 11:43 P.M.
La entidad esperó hasta asegurarse de que se encontraba completamente a solas, y los sonidos domésticos se hubiesen extinguido.
Se deslizó abandonando su improvisado refugio alrededor del conducto de aire caliente en la parte inferior del automóvil, ahora detenido en uno de los recintos interiores de la casa.
Aquí el suelo poseía un color y una consistencia muy diferente a la autopista. Y se encontraba delimitado por varias paredes y el techo.
En el extremo más distante, un portón de aproximadamente el mismo ancho del rectángulo nómada conducía al exterior, pero estaba cerrado. En diagonal a éste había una segunda puerta, mucho más estrecha. Quizás destinada para el uso exclusivo de los bípedos recién descubiertos.
El lugar estaba repleto de objetos inanimados de indudable procedencia artificial, cuyo aspecto los hacía enigmáticos en cuanto a propósito y sellados a toda posible deducción lógica del mismo.
El monstruo concluyó que el universo, aunque hostil y contradictorio, era mucho más vasto y exuberante de lo que primero pudo pronosticar. Rectificó pues sus memorias, dejando espacio suficiente para lo desconocido, lo inconcebible, y especialmente lo inesperado.
Reproduciendo la estructura inferior percibida en los últimos seres, la aberración se irguió y deambuló de un lado a otro empleando extremidades rígidas.
Era indiscutible que existían otras formas de locomoción mucho más equilibradas y ventajosas, y que la rudimentaria imitación carecía de algún detalle primordial, todavía encubierto al análisis. Sin embargo, su caminar torpe y bamboleante le otorgaba los imprevistos beneficios de una apariencia intensamente indiscreta, macabra, rayando en pesadilla.
La entidad encontró una mesa de trabajo, y varias herramientas sobre ella, incluyendo un martillo de cabeza roma. Lo arrastró hasta que cayó al suelo, sobre una esterilla blanda del mismo color gris del resto del hábitat humano, haciendo un ruido sordo. Ambos objetos compartían muchas características físicas, además de color y densidad.
El monstruo se distrajo por un momento, mientras intentaba dilucidar el misterio detrás del desproporcionado balance de metal con caucho y madera. Conjeturó que debía ser combinado con otros objetos, así que se dedicó a practicar diversas variaciones, elaborando rompecabezas hasta casi extraviar toda paciencia y cordura.
Pero las aberraciones carecen de semejantes cualidades. En verdad, la amalgama de su interés parecía estar estimulada por una mezcla heterogénea de inclinación al estudio de la realidad y ansias de transformación inmediata, e inspirada por algo similar al instinto de supervivencia de muchas de las especies advertidas.
Por esta misma razón jamás podría existir ninguna compasión o simpatía posible con mapaches, martillos o siquiera personas, sino que en su lugar persistía una fascinación extrema por desentrañar sus secretos, desechar lo redundante o inservible en cada especie, y adoptar aquello que parecía más beneficioso en el proceso de subyugación del presente ecosistema, hasta la codiciada plenitud de un futuro sin riesgo al fracaso, ni adversarios naturales.
La aberración analizó el recinto sin jamás considerar que se encontraba atrapada. Allí cada detalle era causa de observaciones redundantes, e inconclusas.
Se acercó a la segunda puerta. Examinó su picaporte. Y con facilidad desactivó la cerradura. Estaba ahora dentro de la residencia.
Observó todo con solicitud, creando en su imaginación un mapa bien detallado. Empleó incluso vibraciones de alta frecuencia para determinar las áreas más distantes.
Así percibió en el otro extremo del pasillo la forma imprevista de un ser enorme, lúgubre, de torso exagerado, carente de cabeza, y cubierto de escamas y protuberancias dignas de espanto, detenido en expectativa.
La entidad se disolvió en el aire, asumiendo el aspecto de las paredes vecinas.
Aquel nuevo ser ejecutó instantáneamente una operación idéntica.
El monstruo valoró los resultados, considerando la posibilidad de un segundo ejemplar de su propia especie.
Sigilosamente, se arrastró hacia la aparición.
Comprendió con rapidez las particulares de aquella superficie sólida, aún antes de tocarla.
Desafortunadamente, un espejo es un espejo. Nada más qué ver allá, que no se encuentre también aquí.
La entidad analizó por largo rato el reflejo de su propia silueta, insertándose en el ambiente y escurriéndose del mismo repetidas ocasiones. Y considerando los detalles aprendidos, produjo un apéndice adicional en el extremo superior. Imitó una mueca, formó cejas, orejas, narices, sonrisas apagadas… pero le fue imposible duplicar los ojos, reservando el espacio para futuros cálculos.
Entonces se disolvió una vez más.
Porque un ser diminuto y misterioso apareció allí mismo, sosteniendo una almohada y dando cabezazos al caminar, recostado a la pared y evadiendo con torpeza de bípedo extinto los bordes de todo lo que encontraba a su paso.
El príncipe salió al garaje. Continuó hasta el martillo. Lo levantó con ambas manos, y lo dejó caer sobre la estera. Una y otra vez, ladeando el rostro, midiendo cada sonido… Hasta encontrar el exacto.
El monstruo quedó intrigado.
Se acercó al niño cautelosamente. Se inclinó sobre él, y analizó su pelo. Y sus hombros, y su almohada, y su espalda… hasta sus rodillas y tobillos.
Estos eran los detalles que le faltaban a las piernas. Los imitó instantáneamente; y se encogió tras el príncipe.
Tresco se volvió hacia el absurdo. Inclinó la cabeza. Sus ojos remolonearon, indecisos, desorientados. Se clavaron directamente en los orificios de la entidad, todavía vacíos y en espera de más detalles.
La aberración reaccionó dando un salto atrás, dividiéndose en pedazos y escondiéndose silenciosamente entre los objetos a corta distancia.
Estaba invisible. Aun así, el niño la había mirado.
Decidió alejarse de él, retirándose a otra habitación de la casa.
Allí se encontraba el primer humano descubierto en la autopista, ahora horizontal y con ambas piernas apoyadas en una mesa diminuta. Observaba el techo detenidamente, mientras movía la mandíbula a irregulares intervalos. De vez en cuando, extendía un brazo, atrapaba una figurilla plana de color amarillento, se la llevaba a la boca, y proseguía su rutina.
El monstruo intentó estudiar sus ojos, pero estaban escondidos tras los párpados.
Tresco volvió a aparecer, apretando el martillo entre sus manos. Lo dejó caer con estrépito, pero el otro ser no se inmutó.
El niño realizó órbitas concéntricas alrededor de la habitación, hasta detenerse frente a su progenitor dormido. Se sentó junto a él. Y comenzó a embutirle galleticas dulces en el rostro entreabierto, lanzando leves suspiros de placer confundidos con sonrisas pícaras mientras se balanceaba con suavidad al ritmo de una música inaudible, y meneaba la cabeza al de sus propias intenciones.
El monstruo lo imitó por un buen rato, contribuyendo a la pronta extinción de aquellos insectos domésticos y descubriendo el deleite de tales travesuras, sin valor práctico alguno.
— XI —
13 de marzo, 2022 ~ 3:22 A.M.
Zerico era una bolita azabache muy seria con ribetes blancuzcos justificados exclusivamente por su edad. Joven de corazón, erudito premeditado y agraciado por favorable accidente cósmico universal, la elipse de su cuerpo lo delataba en aquellas ocasiones en que disminuía la velocidad lo suficiente como para incorporarse al rango del espectro natural visible. Y ni siquiera las vibrisas que lo cubrían en ambas direcciones, revistiéndolo de sentidos, se atrevían a contrariar semejante juicio.
Tenía un par de orejas dirigidas al frente que parecían ridiculizar su aspecto, pero que en realidad le otorgaban una singularidad no sólo atractiva e inocente, sino también doctoral rayando en científica.
Adicionalmente, sus ojos, totalmente encubiertos tras el mismo color de su corta pelambre, exquisita al roce, estaban delimitados por bandas grises en la parte inferior, permitiendo imaginar sus intenciones.
Era también acróbata empedernido y explorador de reinos verticales. Nada jamás podía escapar su atención, ni se encontraba lo suficiente lejos. Mucho menos inalcanzable, siendo él incluso capaz de establecer sus propias sendas en el aire, rebotando con paciencia de investigador ficticio, de borde en pared, y de pared en los intangibles de la realidad.
Y era muy rápido, repito. Tan rápido que cuando lo mirabas ya no estaba. Si lo advertías pasar no lo podías ver. Y cuando llegaba era como si ya se hubiese ido.
Para concluir estos detalles, Zerico estaba armado con un par de protuberancias en la parte superior y frontal de su mandíbula, que usaba para clasificar el entorno en dos categorías, las de comestible o comido. Todo lo que podía agarrar con sus paticas delanteras, o apretar entre sus dientes, era examinado a derecha e izquierda dejando al descubierto pormenores inesperados.
Del otro extremo lo adornaba una cola erguida, semicircular, que no sólo empleaba para distraernos con inclinaciones artísticas y habilidades de bailarín clásico, sino también para alterar su trayectoria a medio vuelo, impulsándolo en ángulos tan circunspectos como perpendiculares.
Zerico era pues lo que podríamos clasificar sin temor a equivocarnos ni a exagerar el extremo superior y más distinguido de la belleza animal combinada con dosis perfectas de curiosidad íntima de director dramatúrgico, notable intelectualidad de fabricante de enciclopedias matemáticas del género poético, y el atletismo elegante de una tropa alerta de gimnastas universitarios dispuestos al asalto.
Nos había domesticado perfectamente. Y nosotros, hipnotizados por todas sus cualidades visibles e invisibles, ni siquiera lo habíamos advertido. Hasta el punto de que lo promovimos a monarca vitalicio de nuestro imperio accidental.
Aunque lo manteníamos recluido en su propia jaula, elevado del suelo y muy distante de los elementos digeribles, incluyendo cortinas, cables, juguetes, libros y algún que otro transeúnte despistado.
Él se dedicaba desde allí a observarnos en silencio, haciendo planes de escape que incluían arranques empleando dos veces y media la velocidad de la luz, cuando tropieza y se cae escaleras abajo dando gritos de horror de lo rápido que va.
Zerico alias rey Zedro a veces lanzaba entrecortados suspiros muy simpáticos desde su celda, que no podíamos comprender, pero imaginábamos deseaban recordarnos que todavía no había logrado su propósito y permanecía atrapado.
En estas condiciones lo descubrió la entidad mientras exploraba la casa. Se acercó a la prisión. La chinchilla reinició su canto. El monstruo intentó imitarlo.
Zerico respondió, dando inicio al primer dúo musical en la historia de las historias que incluyen esta historia.
La entidad se introdujo en la jaula a través de los estrechos barrotes.
El monarca decidió emprender sus juegos acostumbrados, y corrió de un lado a otro con calculada agilidad hasta marear al visitante.
En una de las ocasiones en que cruzó pataleando sobre la puerta de la jaula, ésta se abrió de golpe.
Zerico observó al exterior extasiado por la esperanza hecha realidad. Apoyó sus patas delanteras en el borde y movió la cabeza repetidas veces calculando las distancias y conjeturando distintas trayectorias… Y saltó.
El monstruo interpretó incorrectamente las intenciones del monarca. Se extendió bajo él. Y lo ayudó a deslizarse sano y salvo hacia el suelo.
Zerico de ninguna manera apreció el servicio de su perseguidor.
Aplicó a cada una de sus paticas el máximo de la energía almacenada en meses de encarcelación, añadiendo también aquellas de reserva, y desapareció en la distancia.
El monstruo intentó imitarlo. Pero el pequeño roedor se desplazaba a una velocidad tan extrema y cambiaba de trayectoria con tanta brusquedad, que muy pronto se confundió y desistió de la idea, perdiendo interés.
El rey regresó a la entidad varias ocasiones, incitándola a proseguir el juego.
Pero el monstruo conocía sus limitaciones. Le dio la espalda y se marchó a examinar otras partes de la casa mucho menos rápidas y escurridizas, fragmentándose en afluentes.
— XII —
13 de marzo, 2022 ~ 4:41 A.M.
La electricidad era el torrente sanguíneo de la casa, enlazando cada recinto al próximo, y de allí al exterior. Aquel absurdo aprendió a utilizarla para comunicarse consigo mismo, ahora que se había multiplicado en otros dos improvisados exploradores.
Había también descubierto la manera de escabullirse por debajo de las puertas y deslizarse en los entresuelos, detrás de los tomacorrientes y dentro de los muebles.
Pero la casa ofrecía distracciones limitadas. A estas alturas, la entidad la había analizado de punta a cabo, y ya conocía todos sus recovecos, evidentes y remotos, logrando así anticipar el resto, ya que las propiedades fundamentales eran idénticas. Lo único que en verdad parecía diferente era la distribución espacial, el aspecto físico y la coloración externa.
Nada de esto incluía al primer humano, descubierto la noche anterior, el cual dormitaba atragantándose de hormigas en la sala.
La entidad lo consideraba intrincado, extravagante y absolutamente impredecible.
Desplazó pues su interés primario de vuelta a este ejemplar.
Invisible, se inclinó sobre él. Y examinó su rostro, comparándolo con el desarrollado unas horas antes.
Aquel ser parecía encontrarse todavía inconsciente, sumergido en su propio interior.
El monstruo lo comprobó volviéndose visible. Se extendió sobre el cuerpo inmóvil del humano. Lo forzó a entreabrir los párpados, esperó a que sus pupilas descendiesen hasta el centro de la abertura, estudió sus narices, revisó sus oídos, comprobó sus rodillas y tobillos, inspeccionó su garganta, y se apretó sobre su pecho, presionando su cuello y articulando sus labios y lengua hasta obtener los fonemas planificados:
—Uh…, no…, tre… ées…, sin…, co…, dos…, má…, eg…, ti…, co…, ji…, co…
El espécimen se movió.
Aquel absurdo despareció en el aire, pero no se alejó ni por un segundo, conservando el mismo nivel de fascinación.
El Noriel extendió una mano, agitando todos los dedos, atrapó otro puñado de hormigas, las colocó sobre su cuerpo y las fue introduciendo en su rostro una a una, sin siquiera decir esta boca es mía.
La atención de la entidad se dirigió hacia el recipiente plástico, considerando la trayectoria de las partículas alimenticias, registrando los dispositivos dentales y analizando el proceso digestivo.
Sus protuberancias sufrieron una brusca transformación imitando al ejemplar humano. Cinco de ellas absorbieron hasta los detalles más íntimos de los insectos sin siquiera valorar qué significaba su apariencia, pues en la naturaleza no existía nada semejante de aplastado, inmóvil y tan sabroso.
El pulgar recién formado del monstruo cambió de coloración con rapidez, adquiriendo la misma estructura de las muestras a su alcance. Se desprendió del resto y cayó dentro del recipiente plástico.
El príncipe Tresco regresó, con la almohada todavía de sombrero.
Se dirigió entonces a la puerta, la abrió y salió a la calle.
La entidad lo imitó.
Era obvio que el niño escuchaba algo. El monstruo prestó atención, extendiéndose sobre el techo de las casas.
El ronroneo calmado de una avalancha de nuevos rectángulos viajeros se aproximaba a gran velocidad.
El monstruo envolvió al niño entre sus alas de estupor, lo arrastró al interior y cerró la puerta, asegurándola con el segundo sistema de pasadores metálicos sobre la cerradura principal.
El príncipe permaneció inmóvil por unos segundos. Se balanceó tomando impulso, y regresó a su habitación, acosado una vez más por la presencia invisible.
El primer ser permaneció en la sala en la misma posición en que lo encontraron, realizando ahora una serie de gruñidos reorganizados entre rítmicos gorgoteos, bastante monótonos y profundos, imposibles de imitar.
Aunque de vez en cuando dejaba escapar un silbido similar al ejecutado por la rueda del auto durante el accidente en la carretera, concluyéndolo en inesperados bufidos de inconformidad.
— XIII —
13 de marzo, 2022 ~ 5:48 A.M.
Golpearon a la puerta.
Me levanté, restregué los ojos a puños completos, y lancé dos pasos torpes hasta el centro de la habitación. Allí quedé indeciso, flotando entre la realidad y mis pesadillas matinales. Me dolía el cuello desde el extremo izquierdo de la espalda.
“¿Hoy no es domingo?”, deduje. “Son casi las seis de la mañana… Tiene que ser una emergencia, claro. ¿Qué habrá pasado?”
Revisé la lista de mis familiares.
“La duquesa debe estar durmiendo todavía. El príncipe está en su cama… El marqués terminó su turno de trabajo ayer a las nueve de la noche, poco antes de que nos encontráramos… ¿Quién me falta?”
Apenas pude distinguir el resto de mis ideas producto de la neblina interior.
Golpearon la puerta con más entusiasmo. La pared vibró.
“Debe ser alguna viejita madrugadora, indefensa y despavorida”, concluí, “aunque con el entusiasmo muscular de tres orangutanes histéricos, bebedores de café en barriles…”
Pisé un martillo.
—Caramba —pensé en voz alta, atónito.— ¿Serán carpinteros? ¡No, me niego a creerlo!
Permanecí inmóvil, sin poder determinar por dónde comenzar. Las tres primeras opciones eran el cuello, la espalda y la planta del pie derecho.
—Ay —concluí.
—¿Alguien en casa? —preguntó una voz aproximadamente femenina, pero repleta de autoridad hasta las cejas.
—¡Ya voy! —susurré.— Ya… que ya voy…
Otro pasito más, menos doloroso. Cerré los ojos. Estaba todavía dormido.
—¡Éste es el consejo de la policía! ¡Abra la puerta en el nombre de la ley!
Me acabé de despertar.
“¿La poli-cuántos?”
Me acerqué precavidamente, y miré al exterior por el visillo, apretando el ojo extra con el codo.
Una pareja de individuos elegantes y rígidos, en estado de alerta ciclónica, me observó desde el otro lado. Impacientes.
—¿Cuál es el nombre de la ley esa? —pregunté, sospechando algún farsante.
—¡Buen día! —exclamó la dama.— ¿Puede abrir la puerta inmediatamente?
Abrí la puerta tan de inmediato como ella lo había ordenado.
—Son más o menos las seis —balbuceé.— ¿Qué ha pasado?
La dama era la única allí.
—¿Ustedes no eran dos?
Ella miró alrededor.
—Estamos peinando el vecindario —informó.— ¿Ha visto algo sospechoso que desea reportar?
—¿Peinándolo? ¿En domingo? ¿A dónde va a ir?
—¿Ha visto algo sospechoso que desea reportar? —insistió.
—Bueno, sí —afirmé, restregándome los ojos.— Esta madrugada alguien tocó a la puerta. Eran dos, y ahora uno solo. ¿Es eso lo suficientemente sospechoso para que requiera su atención?
—Si se refiere a nosotros, no —afirmó ella.— Yo soy la agente Doble Brasil. Éste aquí es mi colega, agente Colorado Básico. Somos de la agencia Helados, y estamos realizando una investigación en coordinación con el consejo local de la policía. El área se encuentra en alarma grado tres. Por favor, no abandone su residencia hasta que se le avise que es seguro. ¿Entendido?
—Perdón —expliqué—, acabo de despertarme. Parece que todavía estoy viendo Doble… ¿A la arma qué, dice?
El Colorado asomó los ojos y escudriñó al interior de mi casa.
—¿Usted vive aquí? —preguntó.
Aquello me atrapó de sorpresa. Estudié mis manos y mis pies. Analicé los dolores preliminares y el sabor a hormigas. Y concluí que era bastante posible.
—Creo que sí —balbucí—, pero no. De lo contrario sería el allanador de domicilios menos afortunado que jamás haya existido, que se duerme dondequiera y en los momentos más inoportunos… como podrían contradecir las evidencias objetivas de mi nacimiento original…
—¿No ha visto nada sospechoso? —insistió él, y desapareció nuevamente.
Encogí la nariz. Recordé que había decidido olvidar todo lo relacionado a los automóviles flotantes. Mis ancestros aprobaron mi heroísmo, agrupándose curiosos alrededor del fuego prehistórico e imaginario con vista a la playa.
—¿Más que ustedes dos? —respondí, evasivo.— No lo creo. Estaba durmiendo. Hasta que me despertó el ariete. Parecía que se iba a caer el mundo a trozos.
Colorado emergió del otro lado de la puerta.
—¿Nada fuera de lo común? ¿Sombras, por ejemplo?
Lo pensé dos veces.
—Agente, yo he visto sombras desde la primera vez que encendieron una luz —aclaré, ayudándome con los hombros.— Eso no es nada inusual. Es más, lo raro es que ocurriese una escasez de sombras. Prometo que les informaría si no las veo.
—Él quiere decir —explicó la agente Doble—, sombras no ordinarias. Sin causa aparente. Fenómenos inexplicables.
—¡Como eso mismo! —gritó el Colorado, empujó la puerta y se precipitó dentro de casa apretando una bolsa grisácea con ambas manos.
Doble imitó su comportamiento.
“Lo único que me faltaba en este domingo”, pensé. “¡Cazadores de sombras!”
Los seguí.
Al llegar a la sala descubrí al agente invasor en el suelo, intentando inútilmente esconderse debajo del sofá, mientras Brasil obedecía sus instrucciones, corriendo de un extremo al otro de la habitación.
—Fue para allá… No, viene para acá… Fue para allá de nuevo… Ahora no lo veo…
—¿Qué están haciendo? —pregunté.
—Ciudadano, espere en la entrada —me ordenó Colorado, enseñándome un dedo en dirección a la calle.
—Ésta es mi casa —rezongué, ya no muy convencido.
Zerico salió de debajo del sofá a todo a todo lo que le daban sus cuatro paticas borrosas. Sus saltos eran más largos y zigzagueantes de lo acostumbrado.
Colorado casi se cayó sentado de la sorpresa.
—¿Qué… qué es eso?
—El Rey Zedro —apunté a la bola escurridiza.— Anoche se escapó de nuevo. Tenemos que arreglarle la jaula… Ahora está jugando con ustedes. Quiere que lo persigan.
Los agentes corrieron tras mi chinchilla revelando habilidades repletas de precauciones muy extravagantes y ridículas.
—¿Qué están… haciendo? —repetí.
“A este paso”, me dije, “voy a tener que acabar por despertarme de verdad.”
Se detuvieron a la puerta en el otro extremo de la sala, cambiaron de postura y escondieron sus bolsas a la espalda.
El príncipe Tresco estaba allí, balanceándose como acostumbraba y observando la pared de reojo. Repetía los mismos números de siempre, apretando una almohada sobre su cabeza.
—Tres —decía.— Cinco. Tres… Cinco…
—Menores en el domicilio —advirtió Doble Brasil.— Misión abortada.
Me interpuse entre ellos.
—Zerico es un chinchilla —expliqué.— No un fenómeno fuera de lo ordinario, ni tampoco una sombra.
El príncipe me empujó con su cabeza cubierta por la almohada. Y siguió contando.
—¡Hola! —le dijo Doble, descendiendo a su estatura.— ¿Cómo te llamas, futuro ciudadano?
—Dinos, ¿viste algo raro? —se robó el turno Básico.
Bloqueé la puerta con mi cuerpo.
—Lo están poniendo nervioso —alerté.— El príncipe no recibe visitas tan temprano. Y mucho menos en domingo. No le gusta quebrar sus rutinas.
—¿El príncipe? —gruño Colorado.
—El príncipe —repitió Doble, tirando del antebrazo del otro.
—¡Aahh… já!
—No es esa clase de príncipe… —dije.
Colorado intentó pasar por la izquierda. El futuro reyecillo lo interceptó. Intentó la derecha con idéntica suerte.
—¿Eh, majestad, has visto algo sospechoso?
Tresco los apuntó sin desviar su vista de la pared. Se balanceó un par de veces, y chirrió.
Ambos agentes dieron un paso atrás.
—¡Qué fue eso! —gritó el Colorado.
—Lo están poniendo nervioso —señalé.— Mejor se van de inmediato. Usen la ventana, pues les queda ahora más cerca.
El marqués apareció. Vestía la parte inferior de sus galas diarias y las pantuflas de oso preferidas por el príncipe. Nunca consideré que parecieran tan extravagantes.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Usted no nos advirtió que su residencia estaba habitada —me acusó Colorado.
—Para eso son las residencias —afirmé.— Para residir y habitarlas sin advertencias. Y no es poesía, sino verdad.
—No respondas nada —intervino el marqués.— ¿Quiénes son ustedes?
—Somos de Helados —dijo Doble.— Estamos realizando una pesquisa de casa en casa en colaboración con el consejo de la policía local.
Me aproximé cautelosamente a la ventana antes señalada. La entorné un poco. La calle estaba llena de gente medio dormida, incluyendo los vecinos.
—¿Ellos mostraron alguna tipo de identificación? —preguntó el marqués.
—¿La qué de cuál? —expliqué, atónito.— Pues no.
—Eso es lo primero que debes considerar, mi hermano. ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? —protestó él.— ¡Tantos años y aun no has aprendido la lección!
Se metió la mano en un bolsillo. Levantó un cartoncito blanco lleno de colores opacos y aburridos:
—Capitán Brumo Oties, detective del Departamento Movilizado de Investigación Criminal de la Jurisdicción de San Aminore.
—Agente Doble Brasil y agente Colorado Básico —indicó ella.— Estamos con la secreta de Poli-Seis-Helados.
Mostró por el tercio de un segundo un rectángulo negro algo más grande, cubierto de impresiones doradas.
El príncipe se apretó contra mi hermano. El marqués lo tomó en brazos. Tresco colocó su mano abierta sobre el rostro de Brumo, y comenzó a apretarle una ceja.
Él no se inmutó.
—¿Me muestran sus identificaciones oficiales? —insistió.
Brasil miró a Básico. Hizo una mueca. Ambos obedecieron.
—Ustedes sí se gastaron todo el presupuesto en estas tarjetas. Parecen reales —comentó el marqués—, aunque yo nunca he oído hablar de Poli-Seis-Helados… ¿Tienen una orden de allanamiento que les permita estar de este lado de la puerta de entrada?
—Él nos invitó a pasar —mintió Colorado.
—De eso nada —intervine.— Ustedes dos se invitaron solos.
—Adicionalmente, vimos una sombra sospechosa, que justifica la necesidad de intervención en residencias particulares con el objetivo de investigar y, o también, detener, enlentecer o interrumpir la ejecución de un posible crimen en progreso.
—¿Sombras? —se sorprendió Brumo.— ¿Sospechosas?
—Sí —afirmó Colorado.— ¡Y allá va de nuevo…!
La chinchilla nos pasó volando bajito entre las piernas. No literalmente, claro. Por lo menos, todavía.
—Ese es el rey Zerico —afirmó mi hermano.— Es la mascota predilecta de Tresco, y nuestro roedor nacional.
El príncipe le examinó la otra ceja al capitán en pantuflas.
—En ese caso, falsa alarma —concluyó Brasil, recobrando su identificación.
Brumo agitó la mano.
—En ese caso… —repitió él—, diles adiós, Tresco.
El príncipe obedeció con un gesto abrupto, sin apartar la mitad de su atención de las cejas de mi hermano.
Los agentes se retiraron no muy convencidos.
—En ese caso —repitieron ellos—, no dejen de informarnos si algo fuera de lo ordinario, sospechoso e inexplicable ocurre. Incluyendo, aunque no exclusivo, a fenómenos relacionados con cualquier tipo de sombras, especialmente las no existentes. ¿Está bien claro?
—Claro como el agua fresca —afirmó el capitán, con una sonrisa.
Los siguió, cerrando la puerta a sus espaldas.
—¡Cuántas veces tengo que decirte lo mismo! —protestó.
Le arrebaté Tresco. Pero el niño lanzó un alarido, y me vi obligado a devolvérselo.
—Te va a rehacer la cara —advertí.
—No sé qué de especial le encuentra a mis cejas…
—Vamos a dormir, su señoría —le extendí las manos.
Él me ignoró.
—Tres… Tres… —dijo.— Cinco.
—Dale, vete con tu padre —indicó Brumo.
Tresco obedeció.
—Me hace más caso a mí que a ti.
—Porque eres policía —indiqué.— Y tienes las mejores cejas de la familia.
—Yo soy detective, no policía. Y me vuelvo a la cama a continuar con mi investigación —afirmó.
—¿Viste que los vecinos están en la calle? ¿Qué habrá pasado?
Él se acercó a la ventana. Miró hacia afuera.
—Cambio de planes —dijo.— Regreso enseguida…
Y se fue.
Llevé al príncipe a su habitación.
“No puedo creer que la duquesa no se haya despertado”, pensé. “Ella dice que no puede dormir.”
Coloqué a Tresco en la cama. Lo arropé. Él empujó sus cobertores. Lo intenté de nuevo, con idéntico resultado.
—¿Ahora qué? —dije.— ¡Yo también tengo derecho a descansar!
Tresco se agitó, retorció las manos, y gimió empleando solamente un par de consonantes.
Me senté junto a él.
—A ver, ¿qué pasa, su alteza insomne?
Repitió el último ruido.
—Tienes que empezar a emplear verdaderas palabras. No entiendo qué quieres.
—Ropepero —murmuró él— …truo.
Su cabeza apuntó hacia el armario, pero sus ojos quedaron fijos en la ventana.
—¿Algo en tu ropero? —comprendí.— ¿Eso fue lo que te despertó? ¿No los que estaban a la puerta?
El repitió una sola sílaba. Aunque la estiró tan largo, que parecía un discurso.
—Señor príncipe, ya hemos hablado de esto. Aquí no hay nadie más que tú, y yo, y… ¡Mira lo que encontré!
Le robé la nariz. No literalmente, claro. Eso sería de muy mala educación.
Él insistió.
—¿Quieres que leamos tu libro favorito? —apunté al mismo, lleno de ilustraciones, que siempre tenía sobre su cama.— ¿Cómo cada noche?
Observé el reloj de mesa. Un poco tarde para semejante actividad. O muy temprano. Ya era de día.
Disimulé un bostezo, moviéndolo al extremo inferior de mi garganta y ejecutando un suspiro casi fisiológico en reversa.
Tresco negó.
Eso quería decir que sí, obviamente. Y también que no. Pero mucho más que sí, de acuerdo con mis intenciones.
Así que sí, y abrí el libro:
—Tengo un monstruo bajo mi cama,
En el armario, y entre mis sábanas.
Me mira y vigila entre cortinas,
En la repisa de la ventana…
Él se arrellano, hundiéndose hasta que solamente sus ojitos eran apenas visibles. Seguían pegados a la pared.
Le enseñé las ilustraciones:
—No es la jutía, ni la caguama
Menos un búho, o siete ranas
Tampoco la avispa, ni una iguana.
Ni la ballena, ni doña llama.
Más imágenes:
—Las llamas son universitarias y muy eruditas —expliqué.— ¿Ves? Estas tienen espejuelos para ver de lado. De seguro van la escuela desde antes de nacer, y saben mucho más de lo que aparentan. Viven en los Andes, pueden bordar y visten muy elegantes durante todo el año, empezando en primavera…
Él continuó con sus vocales y sinónimos de ruidos.
Y yo seguí leyendo, apuntando a las ilustraciones atrapadas entre las páginas del libro:
—Llega en las noches de la antesala,
Y escapa al ruido de las mañanas.
Parece un osito en un avión,
Con chaleco, corbata
Y pantalón.
Toca guitarra y el acordeón,
Piano, corneta,
Flauta y trombón.
Es verde, pequeño
Y narizón;
Malcriado, muy serio,
Y cabezón.
Decidí que era necesario añadir un par de notas aclaratorias:
—Ése es el monstruo, no la llama, ¿entiendes? Ellas no necesitan aviones y mucho menos osos con pantalones que tocan piano y acordeón… pues tienen automóviles anfibios… y pueden viajar grandes distancias por montaña, tierra y mar… y océanos… y ríos… y bosques…
Parecía que él me ignoraba, pero yo sabía que no era así. Y si era así, yo no lo merecía.
Continué:
—Si apagas la luz
Lo puedes ver.
Cuando la enciendes
Se va a esconder…
¿Quién es el monstruo bajo tu cama?
¿En el espejo, sobre tu almohada?
Usa tu nombre, bajo las sábanas.
Y tiene tu pelo y tus orejas,
Lleva tu piyama
Hasta las cejas.
Le devolví la nariz. Tresco lanzó un chillido de agradecimiento.
—Bajo la cama no hay nada
Yo ya miré,
Don polvo, y zapatos
De tres ciempiés.
El monstruo bajo tu cama
Vive en tu mente, y tu corazón,
En tus secretos y miedos, con tu temor.
No tiene sentido, menos virtud
Bajo la cama no hay nada:
Sólo estás tú.
Le hice un par de cosquillas, y él siguió chillando.
—¿Ves?
Le mostré las últimas páginas.
—No hay nada, ni nadie. Ni en el armario, ni en la ventana, ni bajo la cama, ni sobre el tejado, ni en los árboles del patio, ni en las nubes de la noche… Todo está aquí… —le toqué la cabeza.— Pero a veces camina, y camina… Nunca lo dejes llegar hasta… ¡aquí! —le hice más cosquillas, y le toqué el corazón.
No directamente, claro, porque esos suelen estar escondidos. Así que las cosquillas fueron a parar donde parecía que eran mucho más beneficiosas.
—¿Está bien? No más osos narizones, ¿verdad? —afirmé.— ¿Podemos dormir ahora?
Él cerró los ojos con fuerza. Apretó los labios, y estrujó la nariz.
—¡Ya estamos soñando con angelitos de gofio! —me alegré.
Le estampé un beso en la frente y salí en punta de pies. Cerré la puerta con el sigilo de un par de espías descalzos.
El monstruo abandonó el armario. Se inclinó sobre Tresco.
Él se sentó en la cama, y le observó directamente a los huecos de su rostro.
El monstruo lo rodeó.
—Bajo la cama no hay nada —repitió aquello, con voz áspera.
Lo cual era, afortunadamente, cierto.
— XIV —
13 de marzo, 2022 ~ 6:57 A.M.
Al volverme, allí estaba la señora duquesa, vestida para salir y con una mirada bien seria y acusadora, llena de dagas. Me propiné tremendo susto al verla, y casi se me cae la puerta de las manos. Pero me tranquilicé un poco al recordar que estaba bien asegurada al resto de la casa.
—Caramba, tía, ¡cascabeles! —susurré.— ¡Esta familia me va a provocar tres infartos en cada órgano que le parezca!
—Buenos días a ti también, sobrino —dijo.— ¿Sabes qué día es hoy?
Oteé al horizonte metafórico. Era incuestionable que se avecinaba una tormenta en un vaso de agua.
Quiero decir: yo soy automáticamente “sobrino” cuando mi tía no está satisfecha con mi conducta, y espera arrastrarme loma abajo colgando peligrosamente de cada una de mis respuestas, con la intención de lanzarme del primer acantilado de argumentos que se encuentre o imagine.
—¡Son las siete de la mañana! —intenté justificarme, haciéndome un garabato.
—Es domingo —respondió ella a su propia pregunta.— ¿No vas a ir a la iglesia hoy tampoco?
—¡Son apenas las siete! —insistí.— Es tan temprano, que todavía es el día de ayer. Además, no creo que el pastor de ustedes ya esté despierto… De seguro debe estar soñando todavía con trasquilar ovejitas y recolectar diezmos.
—Anoche hicimos vigilia y ayuno hasta las tres de la mañana de hoy —comentó.— Ahora vamos a tener servicio de oración y desayuno antes del culto de adoración a las diez. Llevamos semanas haciéndolo. ¡Es maravilloso como Dios se está moviendo!
—No lo había notado —repliqué, empujándola amablemente lejos de la puerta de la habitación del príncipe, pues temía despertarlo.— Pero claro que sí, tía, tiene muchísimo sentido desayunar después de ayunar… Aunque yo jamás estoy consciente tan temprano, ¿sabes? Asimismo, y dicho sea de paso, esto es abusivo. Ustedes deberían dejar a Dios descansar por lo menos un rato…
Ella me atravesó con su mirada puntiaguda, ignorándome.
—¿Qué pasa ahora, tía? —me preocupé.
—¿Está bien Ortielito? —ladeó la cabeza y frunció el ceño hasta que sus ojos perdieron nitidez a lo Picasso.
—Su alteza, el príncipe Tresco, descansa como Dios manda —afirmé.— No te preocupes. A veces yo puedo ser un padre mucho mejor de lo que nadie jamás ha pronosticado, o incluso podido esperar…
Aquello no la convenció. Y quedó a la expectativa, tal vez esperando una explicación más elaborada de mi parte, o una señal divina descender del techo.
Entonces el príncipe, quizás con la intención de confirmar mis palabras, lanzó un alarido de padre y muy señor mío.
Intenté abrir la puerta, pero en el nerviosismo del momento mis manos no encontraron el picaporte antes de la duquesa me aplastara, lanzándome dentro de la habitación.
Tresco estaba sentado en su cama, piernas cruzadas cual antepenúltima letra del abecedario y balanceándose como era costumbre. Repetía con claridad:
—Tres… Cinco… Nada… Nada…
La duquesa me dio otro empujón, echándome a un lado, y abrazó al niño.
—Eh, cuidado, que no soy de goma —murmuré.— ¿Es eso lo que te enseñan en la iglesia esa, aparte de vivir sin comer los sábados?
Ella apuntó hacia la parte más lejana del universo, y movió la mano un par de veces como usando una escoba imaginaria, no por eso menos efectiva. Y comenzó a arrullar al niño.
El marqués estaba afuera.
—¿Qué fue eso? —preguntó.— Sonó como que alguien había pisado un gato. Y nosotros no tenemos ninguno, ¿verdad?
—Nada más hidráulicos —respondí, con una sonrisa ornamental.— Pero no hay de qué preocuparse. El príncipe tuvo otra pesadilla. La duquesa se está encargando ahora del futuro heredero y gran líder de nuestro diminuto imperio.
Él metió la cabeza en la habitación, pero yo cerré la puerta casi atrapándolo por el cuello.
—Necesitan privacidad —advertí.— Tía está más nerviosa de lo normal, porque es domingo… ¿Qué pasó allá afuera?
Él se encogió de hombros.
—Nadie quiso responderme —se lamentó.— Y los que quisieron no saben nada.
—Es el fin del mundo —expliqué.— Y no tiene segunda parte.
Mi hermano menor realizó un breve saludo a lo militar.
—Bueno, en ese caso… me voy a dormir. Voy a necesitar la energía. Hoy por la tarde tengo que ayudar a mudarse a unos amigos de la estación, compañeros de la academia… ¿Quieres venir con nosotros?
—Trabajar en domingo es contra mi religión de cada domingo —afirmé, doctoral.— Dios trabajó seis días, y descansó el séptimo, es decir hoy.
Él me miró con ojos pícaros.
—Mamá creía que tú eras el más inteligente de nosotros dos. Y que ibas a llegar muy lejos.
—Pues ella no se equivocó ni un gramo. Yo todavía estoy por allá, riéndome de ti…
—¿Tú no sabes que cada semana empieza en domingo —me interrumpió—, y que hoy es el primer día, no el último?
Agité los brazos, escandalizado:
—¡Eso no tiene sentido! ¡Yo siempre empiezo mi semana los lunes!
—¡El séptimo día es el sábado, o ayer! —declamó triunfal.— Y el primero es el domingo, quiere decir, ¡hoy!
—¡Pues es inaceptable! Nadie contó conmigo.
—¿Para qué? Así se ha estado haciendo por miles de millones de semanas —se burló—, desde que las inventaron.
—Es una verdadera lástima y un desperdicio de malas intenciones —admití.— Esa gente siempre ha estado equivocada.
La discusión se había ido a pique. Imaginé a mis ancestros cavernícolas aún más desaprobadores y decepcionados, cubiertos de colores violentos y a punto de largarse en busca de proteínas errantes disfrazadas de pequeños mamíferos, dignos de procedimientos culinarios muy básicos.
Me dirigí a la cocina. El marqués me siguió.
—¿No tienes nada más importante que hacer ahora? —le recordé.— ¿Amigos, mudada, irte a dormir…? ¿O a bañar? ¿Bien lejos?
—Tengo hambre —comentó.
—Es por simpatía dicigótica. Tienes hambre porque yo tengo hambre, ¿verdad? Pues cambié de idea, y ya no tengo hambre.
—De eso nada: yo todavía tengo hambre.
—¡Vaya! —consideré.— Ahora el simpático soy yo. Tengo hambre de nuevo.
—¿Qué vas a prepararnos?
—Agua —dije, filosóficamente alerta.
—Yo no quiero agua. Tengo hambre, no sed.
—Sí. Hache dos oh con un par de papas hervidas, veintinueve fideos de quince centímetros cada uno, y alrededor de tres punto setenta y cinco por ciento de sabor a pollo, y mucha inducción térmica…
—¿Una sopa aguada?
—Llámala como quieras, pero respetuosamente. Para mí es agua instruida, a la ene potencia avícola universitaria, especializada en periodismo fiscal y con un postgrado en ingeniería gastronómica de altura.
—Pues sopa es un tipo de desayuno muy extraño —consideró el marqués.— Y a nadie se le ocurre.
En realidad, yo estaba enojado con mi hermano menor. Rebusqué la causa en mi conciencia, y decidí tomar al pollo por los cuernos:
—Me hiciste parecer un ignorante inútil delante de los investigadores esos, o policías, o lo que fueran, de los tales Helados.
—Yo no soy el menor —protestó él.— Y es el toro, no ningún pollo, pues las aves no tienen cuernos. Y yo no te hice parecer un ignorante. Por lo menos más de lo que ya eres. ¿Así que la semana…?
—¡Deja de leerme la mente! —le advertí.— Y sí, me hiciste parecer un ignorante.
—Hasta tus hormigas saben que no debes confiar en la policía. Ellos no son tus amigos, y nunca, nunca, ¡nunca!, debes permitirles entrar en tu casa bajo ninguna excusa que no sea escrita y oficial, y justificada por las leyes verificables del código penal vigente luego de consultar a un abogado, o en ausencia de uno, ¡a mí! Yo nunca te voy a decir una mentira, pero ellos no paran de manipular la realidad de acuerdo con su propia conveniencia.
—Vaya, mi hermano, se te subió lo detectivesco al sótano del cráneo.
—¿Vas a hacer la sopa o no?
—No, gracias, ya no tengo hambre de nuevo.
—Pues entonces la voy a hacer yo.
Mi hermano realizó una serie de malabares en la cocina.
—Echa más agua —le aconsejé.
—Es suficiente para mí…
—¿Y yo?
—¡Tú no tienes hambre! —recordó, altanero.
—Te voy a dar un piñazo y a arrastrarte por el techo —lo amenacé, muy disgustado.— Y yo no tengo hambre si tengo que preparar la sopa. Pero si tú la haces, entonces es bastante obvio que yo todavía tengo hambre.
El marqués me dedicó una mirada bien explicativa.
—¡Atrévete para que veas! —rugí.
—Ortielito está durmiendo —susurró la duquesa, entrando en la cocina en puntas de pies.
—Eh, tía —interrumpió mi hermano menor—, ¿a dónde vas así, engalanada de fiesta? ¿Ya tienes novio?
Ella apretó mucho más sus dos ojos.
—Tú no sabes lo que dices —aseveró.— Yo me visto igual todos los domingos.
—Yo no sé lo que digo, pero sí lo que veo y mucho mejor lo que me imagino —aseguró él.
—¡Te falló el sentido elemental! —me reí.— ¡Sigue con tu sopa, antes de que se te queme hasta el agua hervida!
—Bueno, en ese caso, si no es todavía un novio, de seguro es un enamorado —no se dejó amedrentar mi hermano menor.
—No sigas, Brumito —lo amenazó la duquesa.— Estás equivocado…
“¿Brumito, y está acabando con la cocina? ¿Y yo, sobrino? ¿Aunque soy el mayor?”, pensé, ejecutando un escándalo cerebral.
—¡Que tú eres el menor! —insistió él, volviéndose hacia mí.— ¡Basta ya!
—¡De eso nada!
“Hermano menor y bien”, pensé. “¡Te lo mereces!”
La duquesa se acercó a la olla.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Sentí pánico. Profeticé que se nos iba a complicar el desayuno.
—Sopa —respondió el marqués.
El tono de su voz vibró hasta alcanzar los chillones decibeles de una excusa.
—¿Quién te dijo que las sopas se hacen así?
—Probablemente Zerico —solté una carcajada.
Ella me abofeteó con un vistazo.
—¿Sabes que el chinchilla anda suelto por toda la casa? —me recordó.— Se está comiendo los cables eléctricos y los rodapiés. Va a acabar con todo lo que encuentre.
Encogí los hombros y me desaparecí de la cocina previendo el próximo vaso de agua, no precisamente para sopa, y la futura tormenta en el mismo.
En la sala, sobre la mesa de centro, estaba el contenedor de hormigas dulces. No quedaban muchas. Atrapé media docena de galletas e intenté atragantarme de buen ánimo.
—Si sigues comiendo eso nada más vas a despertarte un día con la boca llena de hormigas —me advirtió la duquesa, pasando junto a mí como un bólido dominguero, con una Biblia de forro rosado entre los brazos.
—¡La sopa! —le recordé.— ¿No ibas a prepararla?
Ella abrió la puerta. Puso un pie afuera.
—Ya está lista —respondió, sin siquiera volverse.
—¡Qué!
Apenas lo podía creer.
Concluí que estas tías hacen cosas que casi no parecen ser bastante difíciles. Y por si esto fuese poco, a velocidad de poner en peligro todas las barreras sónicas, prácticas y ficticias que puedan existir.
Ella regresó, cerrando la puerta y bloqueándola con su cuerpo.
—¿Qué está pasando allá afuera? —balbuceó, evidentemente sorprendida.
Miré por la ventana.
—Se están preparando para un Armagedón portátil —consideré.— Es el final de los días y… muchísima gente extra…
La calle estaba ahora bloqueada por camiones militares en formación semicircular, aparentemente con la intención de proteger un conjunto de automóviles enormes, repletos hasta el tope de antenas de diversas configuraciones, y muchos otros vehículos más de aspecto comercial, aunque no por eso menos indiscretos y sombríos.
Una exagerada multitud de nuevos personajes, cubiertos de espejuelos y receptáculos de protección craneal, deambulaba por las aceras observándolo todo y tomando notas con evidente alarma.
Pero ninguno de los residentes acostumbrados estaba allí, sino exclusivamente aquella brusca invasión de extraños.
—Se me había olvidado decirte —fingí recordar— que ellos están buscando algo, pero al parecer no tienen idea de qué es hasta que lo encuentren. Nosotros no podemos salir de casa porque la alarma es de tercer grado…
—Nadie me va a impedir ir a la iglesia —afirmó ella, en una entonación tan serena y rígida que me estremeció hasta las medias dentro de los zapatos.— No hay arma forjada que contra mí pueda prosperar.
Aquella nueva faceta de su personalidad me causó desasosiego y pavor. Pero principalmente pavor.
—¿Los cascabeles? —aventuré, presintiéndome culpable.
—Caerán a mi lado mil, y diez mil a mi diestra —continuó, ignorándome—, pero a mí no llegará.
“¿No llegará qué?”, me pregunté. “¿Y quién se va a caer?”
Decidida, mi tía abrió la puerta.
“Me voy a parar bien lejos”, concluí, “no vaya a ser que el mil sea yo. Más vale pesca ver, que tener que remontar.”
Ella aguantó la respiración, y saltó al mundo exterior.
“Epitafio”, me despedí mentalmente: “Gracias por la última sopa.”
Me fui de regreso a mi hormiguero, en la sala. Pero decidí revisar al príncipe una última vez.
Apoyé una oreja entre la pared y el marco de la puerta. Tresco se reía allá adentro, tratando de ahogar el entusiasmo.
Percibí un murmullo adicional, vibrante, profundo y sobrehumano, repitiendo los números acostumbrados.
Me alejé dos pasos. Era de esperar que ya estuviese despierto, ¿verdad? Era de día.
Sin embargo, esa voz…
Pegué mi oreja a la puerta nuevamente. Escuché con claridad en el mismo tono:
—Tres… Cinco… Nada… bajo la cama…
Y un grito apagado, que me estremeció el alma.
Abrí la puerta de un tirón, percibiendo una ráfaga de aire frío sobre mi rostro. El corazón pesando abruptamente en mi estómago. Mis manos temblaban.
Una sombra se escabulló entre mis pies, en dirección a la sala.
— XV —
13 de marzo, 2022 ~ 7:05 A.M.
La entidad abandonó el ropero sin producir el más ligero sonido. Se extendió frente a la ventana y observó al exterior.
Era la misma monotonía de cada día, cuando la realidad iniciaba el ciclo de sus renuevos idénticos, excepto por las vibraciones que se percibían desde la calle contra los paneles transparentes demarcando murmullos, diálogos y algún que otro ruido accidental.
Sin embargo, en el interior de la casa la naturaleza se encontraba de incógnito, aderezada con silencios, disfrazada de ausente…
—Bajo la cama no hay… —elaboró la aberración, ahora mucho más humana en apariencia— nada.
Lo repitió varias veces, intentando reproducir la entonación correcta.
—Nada… Nada… —prosiguió, realizando movimientos que se correspondían exactamente con la cadencia misteriosa de cada sílaba.
El lenguaje era sin lugar a duda el vestigio más elaborado de aquel ecosistema. Mucho más que los mecanismos digitales de los mapaches, los rectángulos viajeros, los tobillos y rodillas de los seres exploradores de autopistas, e incluso las hormigas abstractas cautivas en el recipiente plástico.
—Na… Na… Na… ¡Riz! —insistió.
Ortiel se sentó en su cama. Persiguió los movimientos del aquello invisible, esmerándose en localizar el origen de las palabras.
La entidad se escondió en el ropero. Cambió de intenciones de inmediato.
Se acercó al niño. Y se extendió sobre la cama.
El príncipe lo observó directamente a los huecos de su rostro.
—Tres… Cinco… —insistió.
El monstruo lo rodeó. Intentó formar pupilas.
—Nada… bajo la cama… —repitió, en un tono áspero, pleno de repercusiones.
El niño musitó algo adicional, exhalando lentamente.
La entidad se acercó más con la intención de identificar los nuevos sonidos.
El alarido reverberó hasta inundar toda la habitación.
El monstruo se escabulló bajo los muebles cuando percibió nuevos ruidos provenientes desde la puerta.
Entre las piernas de los visitantes apareció también una bolita de pelambre delicado, rebotando por las esquinas, y atrapando nuevamente la atención del inoportuno polizón de cama.
— XVI —
13 de marzo, 2022 ~ 7:18 A.M.
Este día estaba repleto de sorpresas y maravillas para el monstruo incógnito. Y continuaron llegando.
La dama se acercó al niño. Lo abrazó. Y comenzó a arrullarlo con una entonación fascinadora:
—Mi niñito es un gigante
matemático y galante
sabe de idiomas, de semántica
cosmonáutica y elefantes.
Mi niñito va a la escuela
de la imaginación más fiel:
flota, sube y vuela,
entre ensueños de oropel.
El compás de la voz femenina, intercalando respiros y enunciaciones similares, era un lenguaje universal que hasta el monstruo pudo distinguir, pero que no alcanzó a decodificar. Al parecer, las leyes de ninguna ciencia conocida, o sus fórmulas llenas de variables, eran siquiera remotamente capaces de atrapar el misterio de aquella melodía aderezada con oleadas de dulzura y marejadas de cariño intrépido.
La entidad ascendió desde su escondite, balanceándose al ritmo de los fonemas. Rodeó la cama y se inclinó sobre la señora duquesa, prestándole extremada atención al rostro del príncipe.
—Mi niñito va a dormir
si le pesan sus alitas;
sueña con peces y loritos,
mariposas y ovejitas…
Mi niñito va a la escuela
de la imaginación más bella:
flota, sube y vuela,
de su cama a las estrellas…
Tresco tenía la cabeza apoyada contra el pecho de la duquesa, pero con los ojos enormes de abiertos. Y así observó al espía invisible, como percibiendo detalles que incluso la realidad se empeñaba en ocultar.
La tía concluyó, en casi un susurro:
—Mi niñito, estás cansado;
mi niñito, que te duermes;
mi niñito, se te cierran
tus ojitos, acostado…
Mi niñito, duerme, duerme…
Tresco apretó la cara, escondiendo sus pupilas tras una barricada de arrugas imposibles a su edad. La tía sonrió, irradiando un amor que hasta el monstruo logró percibir. Y le plantó al niño un besote silencioso en la frente, susurrándole al oído:
—Sueña con los angelitos.
Lo arropó con una delicadeza inexplicable. Y se marchó.
—Ángel, y tos —repitió la entidad, pasmada en la misma posición de unos minutos atrás.
Aquel sentimiento tan leve, aunque abstracto y casi intangible, era en realidad sólido, completo, y extremadamente inmenso para sus sofisticados métodos de interacción con el ecosistema exclusivo de los seres humanos.
El monstruo intentó reproducirlo a partir de un sinnúmero de sensaciones paralelas, descubriendo nociones de calidez interior muy complicadas, igualmente imposibles de describir y mucho más de explicar.
Así el amor se añadió a la lista de maravillas de esta mañana.
Quizás eso justificaría la simpatía desarrollada luego con el rey Zedro. Y la bondadosa intención de semejante absurdo de establecer un diálogo que resultaba más beneficioso para la chinchilla que para él mismo, pero que le otorgaba en secreto íntimos destellos de satisfacción y alegría.
Para concluir, el salteador de armarios se inclinó sobre el príncipe, y rozó su frente imitando a la dama.
— XVII —
13 de marzo, 2022 ~ 7:49 A.M.
Durante la segunda intromisión del progenitor humano, la entidad segmentó una nueva extensión invisible de su unidad principal, no más grande que un puñado de hormigas dulces, y persiguió al rey Zedro a través del reino inacabable de todos sus brincos.
Al inicio lenta y precavida, la nueva estructura perfeccionó sus habilidades, mezclándolas incluso con aquellos detalles que no había logrado adaptar hasta este momento, y añadiendo satisfactoriamente las mañas exclusivas de los pájaros. Aprendió de semejante manera y forzada por las circunstancias a controlar no sólo las caídas, sino también el ascenso.
Zerico se detuvo al fin en el suelo enlosado del baño, siempre frío. Respiró agitado por tantas peripecias circenses, se echó pesadamente sobre el costado, y quedó inmóvil cual estatua de peluche.
La entidad lo rodeó, considerando intrigada la causa de su brusca inmovilidad, aunque el centro de aquella bolita azabache subía y bajaba a velocidad desorbitada.
Absorbió la mezcla de gases despedidas por la nariz de la chinchilla, las procesó, y las devolvió de inmediato, entregándole un regalo de oxígeno acabado de nacer.
Zedro no agradeció aquella dádiva. Se estiró, extendiendo las patas, cabeza y cola en direcciones opuestas. Y giró sobre su propia espalda, ignorando la entidad.
Pero aquella no desistió en sus propósitos.
Zerico prorrumpió entonces en una serie de silbidos repetitivos, expresando enojo.
La aberración lo revolvió a la posición original, prestándole excesiva atención a la nariz. Imitó los sonidos.
El otro se irguió, irritado, profiriendo imprecaciones de chinchillas adultos que jamás me atrevería a describir por temor a corromper la mente de los jóvenes con muy mal gusto, exponiéndome así a la merecida censura de las sociedades civilizadas modernas. Y se acercó a la pared con parsimonia de filósofo, se recostó perezosamente a ella, y observó al aire activado a sus espaldas. Porque sí, pues las chinchillas pueden ver hacia atrás cuando les da la gana.
El monstruo se arrastró en su dirección, atrapándola contra la pared.
Sin embargo, Zerico contenía información genética de cientos de años de ancestros cuadrúpedos escaladores de los Andes. Así que accedió a lo recóndito de sus cromosomas, apoyó la espalda contra la entidad y las cuatro patas a la superficie vertical frente a él, y comenzó una peregrinación religiosa e indetenible en dirección al techo.
La aberración sintió sorpresa, más rechazó admitirlo. Decidió pues contener al Zedro, una y otra vez hasta que la orientación del viaje cambió, tornándose horizontal.
Al parecer, ambos eran bastante testarudos. Y las acrobacias prosiguieron hasta que la chinchilla finalmente alcanzó el hueco de la puerta, al otro lado de la habitación, y se escapó de un salto de regreso al suelo.
La aberración lanzó un crujido de disgusto.
—¡Tres! —dijo con sequedad.— ¡Ángel, y tos!
Y se dejó caer tras el fugitivo, reanudando la persecución.
Al llegar a la sala optó por preservar su incógnito, pues el primer viajero descubierto en la autopista estaba allí, sentado en el suelo junto a la puerta de entrada.
El rey Zedro permanecía muy circunspecto sobre una de sus rodillas, emitiendo desafíos y repitiendo la misma frase, en chinchilla andina, ahora comprensible para el monstruo:
—¿Estás ahí? ¿Estás ahí?
La entidad no tuvo que esperar mucho, pues Zerico pronto abandonó su refugio humano. Y el juego comenzó de nuevo.
A mayor velocidad de lo acostumbrado y con más entusiasmo de lo normal, el rey ejecutó bojeos perpetuos de cada una de las habitaciones de la casa, volviendo esta descripción más tediosa de lo que nos puede resultar psiquiátricamente saludable.
Pero en la última ocasión en que abandonó la sala, el pedazo de entidad voló con rapidez fulminante y lo envolvió con un gesto definitivo, añadiéndose al Zedro.
El rey lanzó saltos en el lugar, bien irritado, articulando imprecaciones bastante creativas y drásticas.
La aberración lo abrazó con más fuerza, interpretando sus intenciones. Y extendió las alas.
Así las chinchillas descubrieron por primera vez el vuelo, en secreto, muy lejos de las cordilleras donde primero aprendieron los rudimentos de sus habilidades exploratorias originales, que hasta hace un rato sólo incluían el suelo, el techo, las paredes, y algún que otro túnel bien angosto.
— XVIII —
13 de marzo, 2022 ~ 8:23 A.M.
Golpearon a la puerta.
Me levanté, restregué los ojos, y lancé dos pasos torpes hasta el centro de la habitación. Allí quedé indeciso, flotando entre la realidad y mis pesadillas matinales. Me dolía el cuello desde el extremo izquierdo de la espalda.
“¿Hoy no es domingo?”, pensé. “Son casi las… ¡qué! ¡Las ocho y media de la mañana…! Tiene que ser una emergencia, claro. ¿Qué habrá sucedido?”
¿No habíamos pasado ya por aquí?
Evidentemente.
Revisé la lista de mis familiares.
“La duquesa debe estar desayunada y durmiendo en la iglesia. El príncipe, gritando silenciosamente en su cama… El marqués preparándose en sueños para la mudada de sus compañeros de trabajo dominical… Y Zerico zeriqueando entre los muebles… ¿Quién me falta?”
Claro que sí, ¡el martillo!
No tenía recuerdo alguno que justificase su presencia, así que lo pisé con la precaución de un párvulo de aura tiñosa boreal expatriada al trópico.
Se me retorció el tobillo en una dirección anatómicamente desfavorable.
—¡Ay, caramba! —canturreé.
Abrí la puerta gruñendo, con el martillo en la mano y los ojos entrecerrados.
Eran los Colorado Doble. De inmediato, ambos alzaron sus bolsas grisáceas hacia mí extendiendo las piernas e inclinando sus cabezas, como dispuestos a dar un brinco muy corto y sincronizado.
—Gracias, pero me abstengo —les informé.— Mi apetito está inerte. No tienen que compartir nada de eso conmigo. Yo soy muy hormiguero, ¿saben? Y dulce.
—¡Levante lo brazos! —gritaron.
Dejé caer el martillo, y obedecí, despertándome al fin.
Los tres permanecimos por un rato observando la herramienta pegada al suelo.
—¿Estamos esperando a alguien? —interrumpí, al borde de dormirme de nuevo.
Ellos me dedicaron el ceño fruncido.
—Creo que tengo otras cosas mejores que hacer —les recordé.— ¿Quieren agua avícola?
—¡Sin movimientos bruscos, ciudadano! —me ordenó el Colorado.— ¡Dé tres pasos atrás!
Yo estaba aún más confundido.
—¿A quién se los doy?
—¡Atrás! —insistió él, con la cara mucho más arrugada.
Cerré la puerta. Por supuesto, ellos se quedaron afuera.
—¡Ciudadano! —gritaron del otro lado.— ¡Ábranos de inmediato!
—¿Por qué? —pregunté yo a todo pulmón.— ¡Ustedes ni siquiera dicen “por favor”, o “gracias”!
—¡Abra la puerta en el nombre de la ley!
—¿Y para qué? ¿Para que se cuelen a la carrera sin que nadie los haya invitado, y persigan al rey Zedro por debajo de todos los muebles y asusten hasta a la almohada del príncipe Tresco?
—¡Abra la puerta! —insistieron.— ¡Es una orden!
—¡Qué orden ni orden! —consideré, incrédulo.— ¡Ustedes más bien lo desordenan todo!
Prosiguió un momento de paz. Miré por la ventana. Los dos agentes matutinos permanecían sosteniendo sus respectivas bolsas, completamente boquiabiertos.
—Abra la puerta, por favor —rogó entonces Doble.— Es urgente. Necesitamos hacerle algunas preguntas.
“Es una trampa”, concluí. Y me felicité por mi sagacidad doméstica.
—Es una trampa —repetí en voz alta.— Y esas preguntas se escuchan mejor desde aquí adentro.
—De eso nada, señor ciudadano —añadió el agente Colorado.— Son solamente unas pregunticas. Un par nada más. Aquí tiene…
Deslizó una fotografía bajo la puerta. La empujé de vuelta al exterior.
Ellos lo intentaron de nuevo. Y yo realicé la misma operación.
—¿Quiere por lo menos mirar esto que le estamos enseñando?
—Pues no… —confesé.— Realmente me niego a querer.
Observé por la ventana como ellos dos se alejaban.
Abrí la puerta. Sentí una ráfaga de aire fresco cruzar frente a mi rostro.
—¡Anjá, qué día más hermoso! —declamé.— ¡Parece que el peor tiempo se aleja!
No obstante, los agentes regresaron. Y yo cerré la puerta. Miré por la ventana. Parecían desanimados.
Abrí la puerta, y la cerré de nuevo lo más rápido que pude en sus caras.
—Abierto… —expliqué.— ¡Cerrado!
—¡Qué está pasando aquí! —gritó el agente Básico.— ¿Se ha vuelto loco?
Repetí la operación.
—Ustedes son los que están pasando, y pasándose de locos —riposté.
—Ciudadano, ¿puede por lo menos mirar esta fotografía? —insistió Doble.— ¿Por favor?
Y volvió a meter más cosas por debajo de la puerta.
Bueno…, ya que insistía así… de favor… ¡y con tanta obstinación!
Era una vista aérea y bastante borrosa de una calle en medio de las montañas.
—Ciudadano… —insistieron.— Ciudadano… ¿Cuál es su nombre?
—¿El mío? —me sorprendí.
—Sí, por supuesto —afirmó Doble.— Aquí no hay más nadie… ¿Cómo se llama usted?
—Yo no me llamo para nada —susurré, cubriéndome la boca y opacando los sonidos en el sótano de mis intenciones.— Pero algunos me acusan de ser Cristobaristóteles Noriel Oties, desde que nací.
Sentí la expectación de ambos agentes presionarse contra la puerta.
—¿Está ahí todavía, ciudadano? —gritó Colorado a voz en cuello.
—¡Eh!, no grite, ¡que yo no estoy sordo! —grité yo.
—¿Cómo se llama usted? —gritó el agente de nuevo.
—¡Cristobaristóteles Noriel Oties! —grité a todo lo que me daban las cuerdas flojas y casi vocales, cómplices con ambos pulmones.
—¿Qué está pasando aquí? —gritó mi hermano, reapareciendo.— ¿Por qué tanta gritería?
—¡Yo no estoy gritando! —grité yo.— ¡Ellos son los que gritan!
—¡De eso nada! —gritó Colorado.— ¡Es ese Cristóbal y algo el que está gritando!
—¡Cristobaristóteles! —grité.
El marqués policía abrió la puerta.
—¿Ustedes no nos van a dejar descansar? ¡Hoy es domingo!
—Eso mismo pienso yo —agregué.— No lo dije, aunque ya dije que lo pensé cuando lo dije, ¿verdad?
Doble permanecía allí de pie y muy seria, mientras que el otro agente estaba tirado de cara al suelo, como era su costumbre, tratando de mirar por debajo de la puerta como una tortuga bizca con ínfulas de estampilla de correos.
—¿Qué estás haciendo? —exclamó mi hermano.
Colorado se levantó de un salto, con la cara colorada. Recogió las fotografías. Y las extendió delante de nuestros ojos:
—¿Pueden ver estas imágenes?
Mi hermano prestó atención con el ceño tieso en reproche.
—Anjá —respondió.
—¿Y esta?
—Sí —aceptó él.
—Yo también las veo —afirmé.— No son invisibles.
—¿Qué quieren ahora? —interrumpió mi hermano.
—Ciudadano, observe atentamente —insistió Doble.
—Son muy aburridas —consideré.— ¿No tienen alguna con movimiento? ¿Y que cuente una historia? ¿En colores? ¿Con sonido incorporado? ¿Y música de fondo?
—¿Qué es con las fotos esas? —me ignoró mi hermano nobiliario.
—¿Ustedes han visto a este… individuo? —concluyó Colorado.
Presté mejor atención.
—¿Indi… vi… quién? —repetí.— Pues no, y ni ahora tampoco. Esas fotos están bien malas. Y muy oscuras.
Mi hermano Siriel miró las fotos, miró a los dos agentes Helados, miró las fotos otra vez, me miró a mí, miró las fotos, miró a los agentes…
“Vaya, estos miramientos son más aburridos que esperar en el salón de emergencia de un hospital de mimos miradores cuadripléjicos en estado de coma”, concluí.
—Pues no —afirmó mi hermano.— Yo no he visto a nadie más que a ustedes dos.
Me observé ambas manos, estupefacto. ¿Qué quería decir?
—¿Se les ofrece algo más?
Ambos agentes se miraron entre sí, vacilantes.
Mi hermano me miró, pedagógico.
Mis ancestros también miraron desde la playa, intrigados.
“Hmmm”, confirmé, “mirar se nos ha puesto de moda.”
Traté de mirar todo lo que pude, pues temía quedarme atrás.
—¿Se les ofrece algo adicional? —insistió mi hermano.
—No, eso es todo por ahora —replicó el muy bermejo.
—Muchas gracias entonces por nada. Nosotros no deseamos obstaculizar el resto de su investigación. Tengan muy buenos días, y bien lejos.
El marqués cerró la puerta de un tirón.
La volvió a abrir.
—Perdón —dijo.— Se me escapó la puerta.
No, pues era muy evidente que estaba todavía allí.
Él volvió a cerrarla de un tirón extra.
Y la volvió a abrir.
—Perdón otra vez, agentes —insistió.— Esta puerta es muy resbaladiza.
Y la volvió a cerrar, enseñando una hilera de dientes rodeada por muecas de disgusto.
Llegué a la conclusión de que a estas alturas la historia se estaba repitiendo mucho más de lo esperado. Y que la aventura de la puerta probablemente tenía causas hereditarias, comenzando desde aquella colocada estratégicamente al mismo inicio de la caverna de ancestros inoportunos, quienes se retiraron manifestando varios niveles de inconformidad y desaliento. Aunque todavía se empeñaban en vigilarnos a través del cuadro de una ventana al óleo, con la dedicación crítica de aves de rapiña privadas de otros posibles intereses culturares.
Por supuesto, lo único que ahora nos faltaba: apareció también el príncipe.
Él se escurrió entre nosotros, cabeceando mientras arrastraba en esta ocasión dos almohadas asimétricas. Tomó el martillo y se fue de regreso a su habitación.
—Menos mal —suspiré.— Eso no fue difícil.
—¡Tu hijo anda por ahí adentro con un martillo! —me recordó el policía familiar.— ¿No crees que es peligroso?
—Él ha andado por peores lugares —recordé, exhausto.
—De verdad que tú no eres normal —reflexionó el marqués.— Y todavía Zedro está suelto.
Apuntó en dirección al pasillo.
El señor chinchilla estaba allí, estudiándonos con indiferencia políglota mientras permanecía apoyado al marco de la entrada.
—Hola, gran jefe del gremio monárquico —lo saludé con una corta reverencia.— ¿También a ti te despertaron los Helados?
—¿Esos no duermen de día? —apuntó mi hermano menor.
Perseguí al rey por un rato, hasta que perdí el aliento y el mundo se llenó de resplandores.
Me senté en el suelo y me recosté a la pared más cercana, de regreso al principio de todos los destinos residenciales.
Tocaron a la puerta. Decidí ignorarlo, pues ya no estaba de humor para ningún tipo de Helados.
Se repitió el golpeteo.
—¡Hey, marqués en veda, capitán de la guardia, al patio de armas! —vociferé a todo pulmón.— ¡Baja el puente levadizo, abre el portón y sube el rastrillo, que regresaron los remolones inoportunos de tierras remotas!
Nadie respondió. Ni siquiera los ancestros, quienes ahora dormitaban aburridos como pernos alrededor de la hoguera imaginaria.
—¡Capitán! —insistí.— ¡Al patio de la sala del frente! ¡Rápido!
Alguien atrapado en el exterior había decidido trasformar el edificio en un tambor culpable, y ofertarle una paliza bien merecida, repleta de ritmos contemporáneos.
Semejante insistencia me obligó a abandonar la comodidad de mi improvisado asiento. Aunque del otro lado no había nadie.
Cerré la puerta.
Tocaron de nuevo.
Abrí la puerta.
¡Nadie!
La cerré.
Volvieron a tocar.
La abrí. Idéntico resultado. La cerré.
Tocaron otra vez.
Me atreví a explorar el planeta, sintiéndome impaciente y agresivo. Los agentes de postre estaban parados en la calle, conversando con algunos otros, no menos apáticos, verticales e insípidos, y muy disfrazados de científicos de la cintura para arriba. O sea, y para ser exactos, de cincuentáficos.
Me calmé de inmediato y escondí de regreso a la casa.
Tocaron nuevamente.
—¡Pues de eso nada! —determiné.
Le ofrecí la espalda al concierto, cerré los ojos con fuerza y adopté un estado emocional de antagonista sordo.
Alguien entonces susurró junto a mi oído:
—¡Tres…!
Me lancé atrás y golpeé mi cabeza contra la pared.
—¡Ay, caramba! —balbuceé, apenas pude recobrar el conocimiento.— ¡Esta familia es una fábrica de ensamblar sustos!
Era el príncipe Tresco, también conocido como Ortielito por algunos integrantes de la realeza.
—¡Voy a tener que ponerle cascabeles a cada uno de ustedes! —estipulé, determinado.
Volvieron a tocar a la puerta.
Tresco imitó el golpeteo.
—¡Es una conspiración musical! —deduje.
Una vez más.
Tresco respondió, añadiendo una corta sinfonía de su propio repertorio.
Respondieron del otro lado.
El príncipe ni me miró. Tomó mi mano y me arrastró hacia la puerta con una fuerza imprevista.
La abrí.
Era nadie, ¡otra vez!
—¡Lo sabía!
Cerré la puerta de un tirón. La brisa matinal me sacudió los párpados.
La escena se repitió hasta que Tresco perdió lo poco que le quedaba de interés en nuestras actividades familiares, y se largó de regreso a alguna otra parte.
Intrigado, yo intenté proseguir la improvisación artística usando los valores musicales de la puerta de entrada y experimentando distintas combinaciones. Pero ya no obtuve respuesta.
En mi último esfuerzo, advertí a los agentes levantar los pies en dirección a la casa, aunque no al mismo tiempo para no caerse.
Desistí por precaución. Me senté de nuevo en el suelo, y recosté la cabeza a lo primero que encontré.
Zerico entró en la sala lentamente, extendiendo sus patas delanteras y dando luego un saltito con las dos de atrás hasta hacerse un ovillo encantador. Continuó su pantomima acercándose a mí. Y se subió a mi rodilla.
—¿A ti también te despertaron los Helados? —intenté repetir mi interrogatorio, con un suspiro de vergüenza.
Él me enseñó la espalda, se desperezó, y lanzó uno de sus acostumbrados chillidos en dirección al resto de la casa.
—¿Tienes algo que decir? —reclamé.
El rey Zedro me miró de reojo, y volvió a chillar.
—¡Pero es que aquí nadie sabe usar palabras! —gruñí, desesperado.
Volvieron a tocar a la puerta.
—¡Caramba! —musité.— ¡La vamos a matar a golpes!
Zerico salió huyendo, lanzando sus patas en todas las direcciones fisiológicamente imposibles.
—¡Anjá! —grité.— ¿Ustedes de nuevo?
Claro que sí, eran los dos agentes impermeables al buen ánimo.
—¿Qué quieren? —gemí, sintiéndome derrotado.
—Cristobaristóteles Noriel Oties Larraya —dijo Básico.
—Mucho gusto, tocayo —respondí.
—No, quiero decir —cambió el paso aquel agente—, ¿es usted el Cristobaristóteles Noriel Oties Larraya?
—Parece que igual que usted —insistí.
—Tenemos una orden de detención contra usted —informó Doble.— ¡Vuélvase!
—¿Contra mí? ¿No será contra usted? ¡Que nos llamamos igual!
—Sí, si su nombre es Cristobaristóteles Noriel Oties Larraya.
—Pues ya no sé…
—¡Vuélvase! —gritaron los dos a coro.
Aquello no me gustó para nada, pero debí obedecer.
—¿Qué fue lo que hice? —pregunté.
Me encadenaron las manos a la espalda.
—Es un procedimiento rutinario —explicó Doble.
—¿Rutiqué? —me sorprendí.— ¿Ruticuál, cómo y dónde como?
—Tenemos también una orden de allanamiento y escrutinio de su residencia. ¿Dónde está el resto de los integrantes de su núcleo familiar?
—Allá va uno —apunté con el codo hacia el Zedro a todo correr, esperando que ellos se distrajeran lo suficiente como para que yo pudiese escapar.— Él es el que más manda. El rey de todos los núcleos.
Me sentía sumamente molesto y menospreciado. Era evidente que este domingo había empezado muy mal. Y más temprano de lo que era etimológicamente permisible en condiciones reales.
—¿Estaré soñando?
Por si acaso, le envié una señal telepática de alerta a mi hermano menor, acompañada de gritos de pánico en clave morse y un zapatazo en Braille, para que se apurase.
—¿Qué fue lo que hice? —insistí.
—Usted nos amenazó con un martillo y nos atacó con la puerta —definió Básico.
—¡Repetidas veces! —agregó Doble.
—¡Yo no amenacé a nadie!
—¡No se resista, ciudadano!
—Yo no me resisto —dije, fingiéndome planta ornamental.
El agente Colorado me arrastró fuera de la casa, ejecutó un pasillo de baile muy extravagante y me lanzó contra el suelo.
—¡Qué no se resista, le digo! —vociferó él.
Yo estaba petrificado y medio. No me atrevía a respirar. Ni siquiera por la piel de los dientes.
“Los autos no flotan”, pensé, cubriéndome de una avalancha de ideas dormilonas e inocentes, incluyendo cordialidad recíproca y paz universal. “¡No flotan! Y yo no sé nada…”
—¡Deje de moverse! —él hundió su rodilla en la parte posterior de mi pierna, en un hueco que encontró entre los músculos, causándome un dolor astronómico de apaga y vámonos.
“Ay, caramba, esto duele bastante”, reflexioné. “¿Y dónde se habrá escondido mi hermano menor? Ése siempre desaparece cuando hace falta.”
El Básico me colocó la otra rodilla en el cuello. No tengo idea cómo lo logró, aunque no fue por eso menos horrible.
Mientras tanto, yo me entretuve en saborear la superficie terrestre.
—¡Ay! —mugí, decidido a expresar mis verdaderas emociones.
Desde el fondo del tiempo, los ancestros abrieron los ojos en círculos formidables. Admiré la distancia hasta sus cejas, extendiéndose en una mueca desordenada y salvaje, abundante en dudas e incomprensión congénita…
—¡Qué no se mueva, le dije!
—Yo no me estoy moviendo —canturreé por un rincón de la boca.— ¡Es el planeta, que no para!
—¡Cálmese, o le vamos a tener que inyectar un tranquilizante en una nalga!
—¡Pues de eso nada! —mascullé.— ¡Yo soy alérgico a que me inyecten extraños con malas intenciones! ¡Y mucho menos que me tranquilicen una…!
—¿Qué es lo que pasa aquí? —intervino una voz ronca y desconocida.
—¡Alto! —escuché decir a Doble Brasil.— ¡Somos de Helados! ¡No se acerquen!
Intenté volver la cabeza un poco y atisbar disimuladamente en dirección a los recién llegados, pero aquella rodilla era muy pesada, y mi cuello mucho menos elástico de lo que jamás pude imaginar necesario.
—Como si son del durofrío —replicó otra voz.— A nosotros nos importa un bledo. ¡Suelten a Siriel, y levanten las manos!
¡Qué! ¿Estos nuevos visitantes me habían confundido con mi hermano?
¡Qué asco!
Me sentí libre. Al levantarme descubrí a los dos agentes en posición de casi sentados en el aire sosteniendo sus bolsitas grisáceas en dirección a otros tres, quienes empuñaban armas de fuego de verdad, aunque apagadas.
—Pues a mí me parece —les informé a los primeros— que aquellas duelen más.
—Tenemos órdenes de arresto para este ciudadano por intento de agresión con un martillo, ataque con una puerta y obstaculización de una investigación en progreso.
Regresé al interior de la casa reptando a la pata coja, cerré con la espalda la puerta en cuestión, y los abandoné a todos del otro lado, reducidos a monumentos bélicos.
Pero la curiosidad pudo más que mi sensatez, así que introduje ambos ojos entre la ventana y las cortinas.
El mundo de verdad se había detenido allá afuera, casi sentado y amenazador.
“Bueno, que esos se las arreglen como puedan”, concluí. “¿Pero qué voy a hacer ahora yo, así de amarrado? ¡A mi tía no le va a gustar para nada! ¡Y me va a almorzar a preguntas!”
Me acordé de las hormigas. Era difícil engullirlas en mi presente condición de lombriz dominical con ambos brazos extraviados a la fuerza.
Sin embargo, por alguna razón misteriosa, ya no quedaban muchas. Las intenté mover con un pie. Ellas parecieron responder a mi ataque, agitándose en estado de alerta.
—Esta batalla aérea aún no termina —concluí.— ¡En guardia!
El rey Zedro pasó volando frente a mí. Y no en sentido figurado de muy rápido, quiero decir. Sino literalmente.
Extendí los labios en direcciones opuestas, tan lejos como alcancé a concebir. Y casi tropiezo con la parte inferior de mi quijada.
— XIX —
13 de marzo, 2022 ~ 8:32 A.M.
La quinta fracción de la entidad escapó de la casa en una de las ocasiones en que el peregrino original de la autopista entreabrió la puerta, deslizándose inadvertida entre el grupo de humanos y una violenta demostración de los conceptos de abierto y cerrado aplicados a la presente arquitectura.
Las actividades de la noche previa, acompañadas de tantos descubrimientos, análisis, adaptaciones, imitaciones y correcorre tras el roedor andino, habían agotado al mínimo las reservas de energía del monstruo.
Para entonces, ya el sol se encontraba engalanado de domingo y remontando la larga escalinata semicircular del firmamento cubierto de tonalidades equívocas. Y tan alerta, vehemente y orgulloso de sus humores adversos, que parecía haberse despertado del peor lado de la cama y engullido dos porciones adicionales de su café matinal con la intención de estimular su propio arrebato. Así que se despeinó impertinente, entornó los ojos y agitó su cabellera en desafío al planeta todavía soñoliento, atrapado allá abajo en un lecho de nubes bastante despreciable.
Al fragmento de la aberración le vino este conflicto como anillo a sus incesantes parodias de dedos.
Se extendió pues sobre el césped, desplegando su cuerpo invisible una y otra vez hasta alcanzar el grosor de un soplo. Y recaudó energía con cada minúscula porción de su superficie, la concentró en un mismo lugar, segmentó aquel extremo, y lo envió de regreso a la casa.
Pero la puerta estaba cerrada.
El diminuto retazo de la monstruosa entidad examinó las paredes en busca de una posible vía de acceso. Sin embargo, el nivel de hermeticidad de la residencia humana era mucho más elevado de lo que podía ser de alguna manera favorable para la efectiva inserción del trozo invasor.
Intentó entonces comunicarse con su antecesor principal, pero ése estaba muy entretenido escondiéndose bajo la cama y dentro de los armarios, persiguiendo chinchillas, fingiéndose hormiga, practicando canciones de cuna, examinando el amor y elaborando conclusiones, clasificándolas de acuerdo con sus propias necesidades, y adaptando aquellas que le parecían más convenientes. Y como era de esperar, jamás respondió.
El pedazo radiante de energía solar estaba considerando subirse al techo y arrastrarse en busca de resquicios olvidados, cuando recordó la interacción de los dos individuos de disímil talla y grosor con el resto de la estructura. Ellos habían empleado insistentemente el extremo plegable de sus apéndices superiores para realizar una serie de cortos movimientos contra la madera de la puerta de entrada, que produjo ruidos muy bruscos. Por extraño que parezca, la cadencia formaba parte de un diálogo misterioso, que siempre recibía respuesta del otro lado.
La información resultó pues considerablemente valiosa, y por el subsiguiente cuarto de hora, el delegado al césped envió varias comitivas de vuelta a la habitación del príncipe empleando aquella misma técnica de percusión para reestablecer el tránsito, hasta que la efectividad de esta alternativa pareció extinguirse y la entrada permaneció sellada ignorando las súplicas acicaladas de golpes.
Al final de la maniobra y repleta de suficiente energía, la entidad envió incluso al niño para instar al conductor original de rectángulos, ahora portero involuntario, aunque obligatorio, a concederle el último acceso de regreso al interior de la residencia.
— XX —
13 de marzo, 2022 ~ 9:01 A.M.
La aberración invisible era ahora la sombra del príncipe Tresco. Y no le perdía pie ni pisada a aquel diminuto aprendiz de humano, intentando comprender cada decisión y pronosticar cada una de sus acciones, con la intención de descifrar su propósito y reproducir su aparente lógica.
Ni siquiera las variaciones más tenues del balance electroquímico del niño le pasaron inadvertidas, incluyendo emociones descartadas, desinterés espontáneo, inquietudes fugaces y alegrías efímeras.
Así percibió un procedimiento psíquico diferente a los ya descubiertos, más profundo, compartimentado y definido, pero a la vez más distante de la realidad, donde la abundancia y complejidad del discernimiento del niño enlentecía cada una de sus respuestas e interacciones, obstaculizando incluso la efectividad motora y la orientación, tanto objetiva como subjetiva.
No obstante, Tresco insistía en ignorar las continuas intromisiones del espía de armario, prosiguiendo de habitación en habitación, completamente a la deriva, con los brazos rígidos y moviendo las manos en círculos concéntricos y sin almohada.
Subió escaleras, abrió puertas, exploró rincones, examinó muebles, repitió recorridos… siempre bajo el tutelaje de aquel monstruo chismoso e invisible, eternamente alerta hasta el aburrimiento.
Hasta que éste comprendió que en realidad el niño le estaba mostrando cada detalle de la casa, es decir, una interpretación del universo conocido, superficial y evidente, pero lleno de recovecos y detalles disimulados que se habían resistido al descubrimiento y rechazado el análisis en sus expediciones previas.
La entidad consideró la nueva experiencia. El comportamiento de Tresco estimulaba su interés, concluyendo además en un vigoroso afán, totalmente desconocido hasta entonces, de protegerlo.
Sintió entonces no sólo curiosidad, sino también agradecimiento. Y una simpatía superior a la antes experimentada con el rey Zedro, radiante, abrumadora e inclinada a benevolencia.
Y así, empleando ahora los valores emocionales observados en la duquesa, concibió incluso satisfacción con el sólo hecho de que el niño era, estaba allí, y le prestaba atención ilimitada, aunque aparentemente indirecta.
El príncipe regresó al recinto donde el rectángulo viajero esperaba completamente ineficaz junto a un infinito de rompecabezas tecnológicos. Tomó un puñado de tornillos y arandelas. Formó en el suelo la silueta de una persona muy corta. Luego la rodeó con el resto en forma de una nube llena de roscas. Movió varias, creando innumerables ojos fijos, expectantes. Y una sola sonrisa.
La entidad percibió espanto.
Se abalanzó abruptamente sobre el príncipe. Barrió con un gesto la improvisada obra de arte, y huyó de la habitación cual alma en pena, repitiendo los mismos números de siempre.
— XXI —
13 de marzo, 2022 ~ 9:12 A.M.
Tresco era ahora la sombra de la aberración invisible. Y no le perdía pie ni pisada, intentando indirectamente atrapar su atención, prediciendo incluso cada uno de sus movimientos evasivos y su lógica…
El monstruo huía en vano. El príncipe conocía cada minúsculo recoveco de la casa y parecía ser capaz de adivinar sus intenciones. Era imposible escapársele.
Aun así, aquello lo intentó.
Hasta que el niño volvió a aparecer, arrastrando la famosa almohada. Y se sentó dándole la espalda, a la manera que acostumbran las chinchillas, oriundas de los Andes. Porque sí, pues los humanos no pueden ver hacia atrás, y sólo lo hacen para manifestar indiferencia e insinuar desinterés.
El S.M.R. Raíz, que ya es hora en esta historia que lo llamemos por su propio nombre, pues hacia rato que había abandonado su etiqueta original de monstruo, estaba disfrazado de aire. Inmóvil, sin atreverse siquiera a respirar, aunque jamás hubiese intentado semejante cosa. Y aunque estaba todavía allí, parecía que nunca había existido.
Sin embargo, la actitud del príncipe lo mantenía intrigado, incrementando sus niveles de curiosidad en porcientos alarmantes de impredecibles.
El Sistema Mellizo Réplica intentó disimular sus verdaderas intenciones. Y se empeñó en reflexionar en las musarañas dóciles del campo, reconsiderar lo aprendido en las últimas semanas, permanecer recluido en los misteriosos pasajes de Babia, determinar el futuro e inmediato curso de sus acciones, y recrear revolucionarias recetas con abundancia de gofio…
El hombro izquierdo de Tresco permanecía rígido. El derecho no. Subía y bajaba periódicamente, al ritmo de alguna intención misteriosa. Su espalda estaba encorvaba, inclinada hacia ese mismo lado. Y de vez en cuando su cuerpecito se balanceaba, y murmuraba con claridad:
—Tres…
El Raíz estaba a punto de extraviar toda su ecuanimidad fingida. La impredecibilidad de aquella diminuta imitación de humano resultaba mucho más interesante que todo lo que se le podía ocurrir para ignorarlo.
Abandonó pues sus leones y canarios imaginarios, extendiendo un largo apéndice en forma de tentáculo coronado con un dispositivo de recepción óptica en el extremo más distante.
Descendió sobre el hombro inmóvil, y observó.
Tresco tenía la mano cubriéndole la cara, los labios entre sus dedos. Sonreía en secreto, y repetía:
—Tres…
La almohada estaba en el suelo, frente a él. Con la boca abierta y llena de dientes desparramados en cada dirección imaginable. Un vistazo más próximo reveló que aquella dentadura eran barras de tiza para colorear el universo.
El niño les estaba dando un empleo absoluto, no sólo ilustrando el suelo y los muebles, sino también sus propios pies, piernas, abdomen, pecho, manos, brazos, antebrazos, cara… ¡en fin!
El planeta se había vuelto mucho más alegre.
El Réplica Raíz tampoco pudo contener su risa. Creó un segundo apéndice con una imitación bastante práctica de boca y dos brazos adicionales para lograrlo. Rodeó el hombro derecho del niño, se apoyó sobre él, y se tapó los labios recién fabricados.
—Tres, tres, tres —repitió, intentando permanecer inadvertido.
Aunque muy tarde.
Estiró del primer tentáculo una tercera mano llena de ventosas. Atrapó varios colores, y se dedicó a contribuir a la belleza planetaria.
Tresco rechazó agitadamente los primeros diseños, por muy sofisticados y técnicos que fuesen, moviendo la cabeza en desaprobación. Y de lo dicho al hecho, corrigió cada dibujo con círculos, líneas muy rectas, y diluvios de colores.
Raíz comprendió. Y reorganizó el resto de manera más espontánea y abstracta.
Ambos reían ahora entre los números repetidos, sombras con patas y personajes de varillas.
Un segundo niño emergió, algo borroso, desde el S.M.R.
Los tres se acostaron en el suelo, frente a frente, compartiendo intenciones de añadir emociones extraordinarias de contagiosas a la imparcialidad de la realidad diaria.
— XXII —
13 de marzo, 2022 ~ 9:17 A.M.
El fragmento del S.M.R. atravesó de un salto el umbral de la entrada. Después de esta incursión, el peregrino original se negó a volver a abrir la puerta, sentado junto a ella con la cabeza recostada a la pared y los ojos apretados contra el borde de sus respectivos párpados.
La partícula del Raíz lo observó por varios minutos, intentando atrapar y analizar la complejidad de sus pensamientos al nivel básico de los impulsos eléctricos y las variaciones químicas del alma.
Pero fue como intentar examinar las propiedades emocionales y las pericias psicológicas de un martillo abandonado en medio de la habitación. Aquella mente se encontraba totalmente en blanco. Y en vez de consumir energía, casi que la producía de lo inerte que estaba.
No era accidental.
El ser primario se negaba voluntariamente a dedicar el más mínimo esfuerzo a formular una tenue idea, revivir recuerdos, o siquiera existir. Como si el resto de la realidad se hubiese quedado también en la calle, detrás de la puerta cerrada, y ahora su cerebro y emociones fuesen un bulto de ladrillos destinados a permanecer en las pirámides del olvido, bajo las arenas del desierto de la historia, y almacenados en alguno de sus túneles recónditos y secretos, plenos de polvo y arácnidos consagrados a la industria textil.
Tal comportamiento fue causa de extremo desconcierto en la entidad espectadora.
Llegó incluso a especular que el cráneo del primer viajero de las autopistas era sólido, y por tanto completamente impenetrable al análisis.
Intentó imitarlo.
Mas desistió de inmediato. Semejante comportamiento le causaba incomodidad inesperada.
Considerando las experiencias anteriores, el fragmento llegó la conclusión que la única interacción válida con la realidad había sido aquella en que el ser más pequeño de la casa se encontraba presente.
No comprendía aún qué relación podía existir entre ambos personajes, especialmente porque todos los seres en la residencia humana compartían de una u otra forma información y características similares a nivel celular, definiendo una proximidad y dependencia emocional que no existían ni siquiera como probabilidades en el angosto universo de los PÉIS.
Así todo, improvisó el rostro del niño. Se acercó, hasta quedar a la misma altura del otro.
—¡Tres…! —dijo, imitando la voz infantil.
El primer viajero entreabrió los ojos, golpeando su cabeza contra la pared en señal de aprobación.
El pedazo de Raíz rodeó su brazo, y lo arrastró hacia la puerta.
Por un buen rato, el diálogo musical entre ambos permitió la entrada del resto de los fragmentos energizados por la luz de la mañana. Luego todos ellos se retiraron al interior de la casa, añadiéndose al resto del grupo.
El primer viajero permaneció ante la puerta, abriendo y cerrándola a intervalos desesperados.
— XXIII —
13 de marzo, 2022 ~ 9:19 P.M.
—Mira, detén la camioneta aquí mismo… Seguimos a pie, mi hermano. La casa no queda tan lejos.
—¿Aquí? Estamos a más de dos cuadras.
—Estás pensando como un taxista, compadre. Tenemos que pensar como criminales. Calla, mira y aprende.
—Tienes razón. Dos patios, y ya estamos en la rotonda.
—¿Qué habrá pasado?
—Nada bueno. ¿Reconociste a alguien?
—No. Todos están vestidos de paisano. Pero los camiones parecen legítimos, del gobierno. Las placas son naranjas con dos barras rojas, y todas empiezan con cero-cero-uno-cá. No parece nadie local… No tengo idea…
—¿De verdad vamos a saltar las cercas?
—¿De qué otra manera piensas llegar a la casa, si no sabes volar?
—Es verdad. No nos dejaron pasar la primera vez.
—Pues yo no traje mi pantalón de saltar cercas…
—¡Por aquí es más corto!
—Estamos de suerte. El portón está abierto.
—Vaya, que sí, qué suerte…
—Hasta el burro toca la flauta por casualidad, mi amigo.
—Ni se les ocurra mirar las pistolas. Vamos a evitar contratiempos, ¿verdad?
—¿Tú crees que esos tipos sean legítimos?
—¡Yo qué sé! El comandante no tiene idea. Si es una operación naranja, de seguro es bien secreta.
—¡Hola! Somos de la policía. No se alarmen. Esto es un asunto oficial. Vuelvan a sus casas.
—Gracias por su cooperación.
—Nunca faltan los chismosos…
—Hola, niño. Ve con tus padres, ¿está bien? Permanece dentro.
—Tú de seguro harías lo mismo si se te aparecen tres forajidos armados en el patio de tu casa, con las calles bloqueadas y el barrio lleno de agentes de quién sabe dónde.
—¿Seguro que la casa de Siriel se encuentra en esta dirección?
—Claro, compadre. El capitán vive después de la rotonda.
—Aquí no hay ninguna rotonda. Tú no sabes para dónde vas. Debimos seguir en la camioneta.
—¿Quieres preguntar?
—De eso nada. Los detectives de verdad no tienen que preguntar. Si no es para acá, entonces vamos para el otro lado.
—Mira, ellos están aquí también… Te juro que no parece una operación militar.
—Baja el cabezón, compadre… ¡No dejes que te vean!
—Pues no, definitivamente. Esos no son militares. Nadie de carrera.
—Se les nota hasta en la forma de caminar… Aquí no hay un solo uniforme.
—Parecen estudiantes y laboratoristas. Aunque no entiendo por qué el despliego de ruedas y tanta ferretería… ¿Buscarán a alguien?
—Ya estamos en la calle. ¿Qué número es Siriel?
—Creo que era tres, cinco, cinco, cuatro, siete… Pasando la casa con el cercado azul… Allí, a la derecha…
—¿Ése no es él?
—¿Seguro? Él tiene un hermano mellizo, o siamés, o gemelo, o como le llamen… Algo de eso. Creo que es como maestro…
—No, compadre, ¡qué maestro de qué! Ése es Siriel.
—¡Esos tipos le están dando una paliza al capitán!
—¡Qué no se resista, le digo!
—¡Deje de moverse! ¡Qué no se mueva, le dije!
—¡Oyes, que ése no es Siriel!
—¡Cálmese, o le vamos a tener que inyectar un tranquilizante en una nalga!
—¿Qué es lo que pasa aquí?
—¡Alto! ¡Somos de Helados!
—¿De qué?
—¡No se acerquen!
—Creo que son unos impostores, compadre…
—Como si son del durofrío. A nosotros nos importa un bledo. ¡Suelten a Siriel, y levanten las manos!
—A mí me parece que aquellas duelen más.
—Tenemos órdenes de arresto para este ciudadano por intento de agresión con un martillo, ataque con una puerta y obstaculización de una investigación en progreso.
—¡Arriba las manos, les dije! ¡Están detenidos!
—Ustedes tres son los que están detenidos. ¡Arriba las manos!
—¿Qué se supone que sea eso?
—¡No disparen! Esas no son armas de verdad.
—Nunca he visto nada así…
—¡Cálmense, y bajen sus armas! Les aseguramos que no les va a gustar el resultado.
—Esta es una operación de Poli-Seis-Helados en coordinación con el consorcio policial de la zona.
—Nosotros somos de la policía, y nuestra comandancia no sabe nada de ningún Helados… ¡Bajen esas cosas!
—Esto está tomándonos mucho tiempo. El detenido se encerró de vuelta en la casa…
—Doble, coloca el selector en moderado. No vamos a dejarlos totalmente inútiles, ¿verdad? ¿Qué crees?
—Los dos a mi derecha están en mi zona. ¿Y tú? ¿Te dejo ése, frente a ti…?
—Eres muy egoísta. Nunca te ha gustado compartir.
—¿Entonces qué? ¿Uno y medio?
—No hay problema… Dale…
—Bien… ¿En listo?
—¡Listo!
— XXIV —
13 de marzo, 2022 ~ 9:33 A.M.
Una porción esencial del S.M.R. observó atentamente a través de la ventana como aquellos dos individuos arrastraban al primer viajero fuera de la residencia, y lo lanzaban contra el pavimento con un entusiasmo pérfido, saturado de las peores intenciones.
El Sistema Mellizo Réplica había sido un espectador impasible hasta este mismo instante, impulsado por la curiosidad y limitado por objetividad absoluta, fascinado por la aparente sencillez de los acontecimientos y relegado a las gradas de la realidad circundante… cuando la desaprobación de un segundo grupo de humanos provocó la inmediata revisión de todas sus conclusiones anteriores y el análisis exhaustivo de su propia conducta.
La primera particularidad por considerar fue el antagonismo entre cada uno de los elementos de aquellas circunstancias exageradamente desbalanceadas, que alteró el curso acostumbrado de su lógica en dirección a un terreno impredecible, sumamente inestable y ambiguo.
Pues a pesar de que cada bando poseía inicialmente la misma cantidad de integrantes, el segundo grupo pareció desaprobar violentamente el comportamiento del primero. Y pronto sólo dos de este último quedaron enfrentando a los recién llegados, porque su tercer miembro los abandonó, escapando de regreso al interior de la casa tan pronto se le presentó la oportunidad.
Era obvio que desde la ventana los detalles parecían bastante elocuentes y definidos; sin embargo, el Raíz decidió que su interpretación podía ser errónea, al imaginarse a sí mismo víctima en semejante desavenencia.
Esto lo convenció de que el universo ofrecía espacio suficiente para la interpretación personal de cada aconteciendo, elevando exponencialmente la complejidad de las interacciones y revelando matices que eran exclusivos a cada individuo en dependencia directa a su proximidad, tanto física como emocional, al evento en cuestión.
Resultaba pues imposible descubrir una interpretación exacta sin conocer el contexto preciso, pues aquello que parecería habitual, admisible y armonioso para uno de los grupos, podía ser en verdad desastroso, inaceptable y bochornoso para el resto.
No obstante, se resistió a elaborar conclusiones, considerando que aún no tenía suficiente información para determinar con claridad en qué dirección balancear su simpatía, alejándose así de resultados completamente imparciales y rígidos.
Esto no duró mucho, pues los tres nuevos visitantes cayeron al suelo, gritando de dolor y apretándose las piernas, mientras que los otros dos regresaban a la casa, forzaban la entrada, atrapaban al primer viajero y se lo llevaban a rastras, aparentemente inconsciente.
Algo horrible se agitó en el interior del S.M.R., corrompiendo el volumen de sus razonamientos y empujándolo de regreso a su previa definición de monstruo. Se percibió incómodo, airado. Sumamente confundido, pero también específicamente intranquilo, inadecuado, víctima… y responsable.
Y ese algo se levantó en oleadas de cólera y angustia, creciendo en un remolino ardiente de agonizante indiferencia y progresiva indignación, atravesando su conciencia de espectador, anegando cada una de las experiencias previas en remordimientos, y destruyendo todo argumento y lógica a su paso.
También la habitación en que se encontraba.
— XXV —
13 de marzo, 2022 ~ 10:27 A.M.
—¡Ejeh-jem!
Lanzaron un fardo de papeles sobre la mesa. A propósito. El estruendo rebotó contra las paredes y me apretó un tímpano.
Me había quedado dormido con la cabeza recostada sobre el hombro izquierdo. Y no era para menos. La situación era bastante aburrida. Peor que en una biblioteca repleta de lectores octogenarios y sordomudos.
Alcé la cabeza, frotándome imaginariamente ambos ojos con las manos, en realidad encadenadas hasta los hombros.
—Buenos días, durmiente —dijo un individuo sentado frente a mí, doble de ancho, disfrazado de arbusto militar y embutido hasta las cejas en una boina nada atractiva.— ¿Desea algo de desayunar? ¿Café?
—No, muchas gracias —respondí.— Nada de eso, ¿pero me puede rascar la nariz?
—¿La nariz? —repitió él.
Percibí un noventa y tres por ciento de incredulidad en su voz. El siete restante era probablemente repugnancia.
—Sí —afirmé.— Tengo ambas manos pegadas a la espalda, y me parece que con grilletes anacrónicos. La cara me queda más distante de lo acostumbrado.
—¡Por supuesto! —aceptó él.
Realizó un gesto. Alguien que no había visto antes dio un paso hacia mí, añadiéndose a la escena forestal. Tenía además una máscara que le cubría el rostro, con garabatos de color rojo y manchas verdes.
—¡Jesús —chillé del susto— reina!
Llegué a la irrebatible conclusión que todos los personajes en esta historia se habían puesto de acuerdo para causarme una adversa reacción psicológica en el sistema cardiovascular del pecho justo al norte de la boca del estómago, que ahora se había escurrido al extremo superior, y amenazaba por estrangularme.
El matorral recién aparecido me desencadenó.
Y yo le otorgué el resto de mi atención a la nariz, colocándola al frente de todas mis prioridades.
—Mucho mejor, ¿verdad? —afirmó el arbusto principal.
“De seguro tocan en la misma orquesta”, deduje, mirándolos de reojo. “O son de la tribu de Leño Remolón.”
Leño Remolón era una agrupación musical de cavernícolas de arrecife, hipocondríacos, intrascendentes, muy jíbaros y ermitaños, que todavía no habían descubierto ni rumores del fuego, y que se dedicaban en su tiempo libre a realizar ceremonias secretas, las cuales consistían en gárgaras de agua salada en estado decúbito supino. Es decir, a atragantarse en privado.
Con fingida modestia, y sin mucho bombo y platillo, literalmente, sus instrumentos preferidos eran de percusión, y consistían en disímiles cartapacios que el jefe de la pandilla de salvajes lanzaba arrítmicamente sobre superficies metálicas con el objetivo de obtener ruidos reverberantes bien desagradables, despertando así hasta difuntos desmayados de completa inapetencia, mientras el resto del hato de iletrados permanecía fuera de la vista, incluso más periférica, con el objetivo de sorprender a inocentes transeúntes desorientados por tanto escándalo…
Eran estos los principales enemigos de mis ancestros expectantes y sigilosos, todavía sentados diligentemente alrededor de cada hoguera al fondo del inicio de todas las cosas, o muy recostados a sus respectivas ventanas.
El silencio me hizo regresar con cautela a la todavía más absurda hostilidad moderna.
Traté de leer la cara del enmascarado subalterno, ahora rígido y con las manos cruzadas al frente. Era posible que aquellos trazos fuesen letras. En abecedario desconocido. Probablemente griego clásico. O japonés moderno. Me dolió el cuello del esfuerzo. Decidí no volver a dormir de aquel lado.
—Puede marcharse —ordenó el más sentado de los dos.
Me puse en pie. Ambos estaban pegados al suelo.
—Usted no. Usted está detenido —rectificó él.— Usted, puede retirarse.
—¿En qué quedamos? —balbuceé.
—Usted no —repitió.— Usted está detenido.
Concluí, con un poquitín de orgullo, que ahora yo era un criminal. Oficialmente.
Tremenda sorpresa se iba a llevar mi tía. Y mi hermano. Ninguno de ellos jamás había creído que yo pudiese llegar a ninguna parte. Pero les iba a dar una lección. Para que aprendan, por incrédulos.
—A la orden —el verdojo interrumpió mi sarta de ideas.
O rojerde.
—¡Ah, ya veo! —comprendí, bastante delincuente.— Aquí los amarrados no tenemos derechos humanos de escaparnos, ¿no es así? ¡Pero esto es inaceptable! Abogo por la igualdad terrestre, la verdad pública y la justicia etimológica de masas.
El enmascarado abandonó la habitación.
—¡Adiosito y buena suerte, paisano! —le grité.— ¡Escribe cuando llegues!
—¿Hmmm? —consideró el otro.
—No, gracias —respondí.
—Cri… Cri…Cris… —leyó él, colocando sobre el papel unos espejuelos de perseguir cometas.
“Probablemente alguna fábula de grillos”, deduje. “Moraleja: me quiere hacer un cuento. Conclusión: no me interesa.”
—No me interesa —dije, molesto.
—Cristobaristóteles Noriel Oties —concluyó, apenas logró destrabarse.
—Y Larraya, que tengo madre —me ofendí.— Yo no salí de un huevo.
—Cristobaristóteles Noriel Oties Larraya —repitió él, mirándome fijamente.
—Que viste y calza.
—Vaya nombrecito… ¿Está seguro?
—¿Cómo no voy a estar seguro de que yo soy yo? —me alarmé.
Se me atoró la decisión. ¿Sería posible…?
¡No, de eso nada!
Él se echó hacia atrás, contemplando el resultado de sus dudas.
—¡Qué casualidad! —dijo.— ¿Es Uliana Esdrújula tu tía, verdad?
Revisó sus papeles.
—¿Por qué estoy detenido? —pregunté yo.
Me extendió una fotografía.
—¿Esta es ella?
—Anjá —consideré.— ¿De dónde sacó eso? ¿La está vigilando?
Él inclinó el papel de uno a otro lado, empleando sus espejuelos para estudiar los detalles.
Me pareció causa de muchísima preocupación.
—Eh, no la mire tanto —lo amenacé.
—Tú tía es bien linda —pensó en voz alta.— ¿Está casada?
—Mi tía es insoportable, está en veda y casada con la iglesia —afirmé.— ¡Ni se le ocurra, pagano arbóreo!
—¡Ejem! —añadió él, alzando un bolígrafo.— Tengo que tomar notas… ¿Qué otra cosa me puedes decir de ella? ¿Le gusta la música? ¿Y bailar? ¿El cine? ¿Cuál es su escritor favorito?
Consideré rápidamente el catálogo de las circunstancias, desde aquel momento en que los agentes Helados me arrastraron fuera de mi casa acusándome de numerosos crímenes imaginarios, incluyendo el martillo atravesado entre nosotros, hasta las presentes cadenas y el interrogatorio forzado… Sin embargo, me negué a creer que semejante artimaña hubiese sido solamente para instruir al bosque acerca de los hábitos de la duquesa.
Me sentí todavía más incómodo al recordar también los detalles de mi inocencia involuntaria. Afrentado hasta la cueva en la playa llena de ancestros. Y mi breve orgullo de criminal espontáneo quedó cubierto de cicatrices en su amor propio al comprender que mis sueños de delincuente intentaban escurrirse entre mis dedos.
—¡Confieso! —advertí.— ¡Yo soy bien malo!
El emboinado insistió:
—¿A su tía le gusta bailar?
—Mi tía es casi humana, prefiere cantar cada vez que encuentra una oportunidad de volverme loco, tiene el pelo por aquí, pero siempre lo lleva escondido por temor de que se lo roben; se viste de fiesta aunque nada más va a la iglesia, y vive escondida en una de las macetas del sótano… —enumeré diligente.— No le voy a decir cuál, ¿bien? Ése no es mi problema. Compre un detector de tías.
El matorral dejó caer su instrumento de escribiente improvisado.
—Y durante los fines de semana me obliga a pensar más de lo que es aceptable a nivel clínico —concluí—, hace sopas bien rápido y húmedas apenas se despierta de las vigilias, aunque nunca come nada porque siempre está apurada y en ayunas… Y es muy poco aerodinámica.
—¿Poco —repitió él— aero…?
—Anjá —reafirmé, haciendo movimientos descriptivos con ambas manos.— Incluso, y sin exageración, es bastante difícil esconderla en orificios geométricos tradicionales… ¿Dije difícil? ¡Pues no! ¡Es imposible! ¡Ni con ingenieros de huecos! Así que olvídese de las macetas. Ahora, de vuelta al caso: yo lo hice. Soy culpable de todo lo que se imagine acusarme.
—Me encantaría conocerla personalmente —afirmó él.— ¿Me la puedes presentar?
Moví mi cabeza de un lado a otro.
—De eso nada. Esta tía es mía. Búsquese otra, de las que están libres.
Aquel frunció la parte superior de su cabeza:
—Muy bien, volvamos al tema en cuestión…
—Eso mismo fue lo que yo dije —acepté.— ¿Dónde tengo que firmar?
—¿Firmar qué?
—¡Mi confesión!
—¿Usted trabaja? —me ignoró él.
—No en fines de semana —consideré—, porque soy un delincuente.
—¿Qué hace?
—Hablo.
—¡No me diga!
—¡Pues sí le digo! Soy maestro de adultos en una escuela nocturna.
—¿De veras? Nunca me lo hubiese imaginado. ¿Qué enseña?
—No mucho —cavilé.— Hay que mantener la discreción. El misterio paga más que el crimen. Para que los alumnos regresen el próximo curso. Confieso adicionalmente que soy bastante estafador, y me dedico a falsificar argumentos congruentes con una maquinita ilegal de reproducir plagios…
—Quiero decir, ¿qué asignatura?
—La que me asigna el jefe de cátedra. Pero él no sabe nada. Todas las malas ideas son exclusivas mías. ¡Gracias!
—¿Acaso Idiomas? ¿O Física, Matemática, Historia…?
Interpreté su interrogante como una amenaza. Y reconsideré mi situación, incluyendo las cadenas.
—La tía es más importante —le recordé.— Ella está bien linda, ¿no le parece? Y es de lo más inteligente, dulce, cariñosa, comprensiva… Es muy buena con niños, y le encantan los perritos… No tanto las chinchillas, claro, pues cree que se lo comen todo…
Lo observé fijamente, llegándole al alma.
—Y hablando de comer, que me parece que a usted le interesa mucho, pues no hay nada más que verlo, ella sabe cocinar de lo más sabroso… ¡El mejor congrí con tamales que jamás nadie se haya tragado! ¡Como para chuparse cada dedo! ¡Y el arroz con pollo a la chorrera! ¿Hígado de res? ¡De-lici-oso! ¿Plátanos a puñetazos? ¿Calamares en su salsa? ¡Hmmm… mm! ¿Quiere probar algo más? Es decir, quiere saber algo más, ¿verdad? El amor y el interés se fueron un día a la esquina. Y pudo más el amor, porque entró por la cocina…
—Cri… Cris… tobaristóteles —se trabó él—, ¿usted me está empujando a su tía?
—¿Entiende? —le guiñé un ojo, cómplice, aunque menos culpable.— El amor traía gelatina. Y otras chucherías hechas con sardinas. Es la mejor medicina, porque tienen vitaminas…
—¡Ni una rima más! —me interrumpió el muy insolente.— Dígame, ¿usted me está ahora empujando a su tía?
—Ahora lo que tengo es hambre —finalicé mi disertación.
—¡Respóndame!
—De eso nada. A mi tía no hay quien la empuje —reflexioné a regañadientes.— Pero lo vamos a lamentar si quedamos atrapados entre ella y la puerta. Por ejemplo, esta misma mañana…
—¡Al grano! —me interrumpió.— Intentar sobornar a un funcionario del gobierno es un delito muy grave. Así que dejémonos de andar por las ramas, ¿bien?
—¿Las ramas? —me insulté.— ¡Qué falta de respeto! ¡Mi tía no está en ninguna de sus ramas! ¡Ella no es una mona! Aunque, pensándolo mejor…
—No es eso —se justificó él.— Quiero decir, regresemos al tema que nos reúne hoy aquí.
—Pues yo pensé que era mi tía.
—De eso nada. No, no es su tía. No siga insistiendo. Y ni una rima más, ¿está bien? Hablemos de otra cosa.
—¡Mi tía no es una cosa! —grité, aún más ofendido.— Además, ¿cómo se atreve a decir que mi tía no es mi tía? ¡Pues claro que es mi tía! ¡No lo voy a saber yo, que soy inocente!
Estaba claro ahora que yo había cambiado de idea. Y me quería ir.
Él me extendió más fotos.
—Mire esto.
No se veía nada.
—No se ve nada —apunté.
—Observe bien —insistió.
—Nada quiere decir eso mismo. Si tengo tres cocos, y Juan tiene dos, entonces, si se los doy, tengo la misma cantidad que hay en estas fotografías. Es decir, estoy coco libre. Y Juan tiene cinco.
—Exactamente. Porque es de noche.
—¡Qué! ¿De noche?
Recordé que ellos eran cazadores de sombras. Al parecer, las habían fotografiado.
—Sí. Mire esta otra.
La nueva foto estaba mucho mejor. Era la vista aérea de una calle justo al nivel del suelo.
—¿Ve la diferencia?
—Claro que no —admití.— Una se ve, y la otra no se ve nada. Ele cucú dé, etcétera.
—Es de la misma zona, exactamente a la misma hora, pero en un ángulo diferente. Ahora, mire esta otra…
—¡No, por su madre! —vociferé.— ¡Ni una más! ¡Esto me está dando dolor de cabeza hasta en las rodillas!
—¡Eh, cálmese! Yo estoy siendo bien paciente con usted, ¿eh? Estoy tratando de informarle por qué está aquí.
Me callé, pero decidí no calmarme.
—Muy bien —añadió él, ordenando sus papeles.— Allá vamos…
“¿En qué terminó la fábula del grillo?”, pensé, intrigado.
—¿En qué terminó la fábula del grillo? —pregunté en voz alta.
—¡Qué grillo ni qué fábula! —mugió el arbusto.— ¿De qué está hablando?
—¡No me diga que no se acuerda! ¿El cri-cri-cri de hace un rato?
—Por favor, escuche: observe estas fotos.
Extendió las aludidas frente a mí. Eran exactamente las mismas de distintas porciones de la calle, pero con variaciones en la iluminación.
Las tomé como párvulos de lamprea marina.
—¿Qué está haciendo? —preguntó el sentado.
—Las puse en orden, ¿ve? De las más claras a las más oscuras. Ahora cuentan la historia de un apagón callejero desde el punto de referencia de alguien cegato y padeciendo de vértigo…
—¡No haga eso! Estaban en orden cronológico.
—¡Pero antes no tenían ninguna lógica! Ahora por lo menos están más bonitas.
—¿Usted oye mi voz?
Me sorprendí. De seguro era una trampa.
—¿Mi voz?
—¡No! La mía, por supuesto. No se haga el gracioso.
—Claro. Creo que sí…
—Pues bien, ¡escuche! Estas fotografías fueron tomadas vía satélite a menos de quince kilómetros de Urbano Arriba usando diferentes técnicas de captura. El factor común en cada una de ellas es que todo es visible con extrema nitidez si la calle está desierta. Pero en cada ocasión que algún que otro elemento, sea natural o artificial, se añade a la vista, los receptores ópticos reciben interferencia, perdiendo iluminación en algunos cuadrantes de las imágenes… ¿Me sigue?
—¡Anjá! —confirmé.— Así funcionan casi todas las sombras… Cuando se ven, no se ve nada.
—Es la sombra de la sombra —exclamó él misteriosamente.— Quiero decir, la interferencia en cuestión reside en un amplio rango del espectro visible, pero no lo suficiente como para que el área sea impenetrable. Vea esta, aquí, por ejemplo, en la esquina… ¿Puede notar la radiación resplandeciente entre las partes más oscuras, y el resto de iluminación normal? La trayectoria de las partículas de luz está siendo reflejada en el centro, y curvada en los extremos. Este fenómeno no es muy común en la naturaleza.
—¿No muy común?
—Es un sarcasmo. Quiero decir que esto nunca ocurre a nivel planetario, ni a tan corta distancia, sin la presencia de campos gravitacionales exageradamente intensos, lo que asimismo requiere una masa descomunal…
—¿Una masa? ¿A nivel planetario? ¡Por eso quiere que le presente a mi tía!
—Casi. Eso fue lo que dije. Pero nada de su tía.
—¿Eso fue lo que dijo?
—Deje de repetir lo que digo.
—Anjá —concluí, sin que se me ocurriese ninguna otra idea.— Dejo de repetir lo que dice.
Me tendió sus espejuelos.
—No, gracias. Estoy tratando de dejar el vicio.
—Aquí tiene —insistió él.— Trate ahora con estos.
Había sospechado que deberían ser muy pesados, pues el cristal era demasiado ancho para seres humanos normales, con el cerebro al final de los ojos. Pero me equivoqué. Más bien, casi flotaban entre mis dedos de lo ligero que eran.
Los sostuve un rato, intentando valorar geométricamente la estructura en aquellas partes que deberían quedar sobre el puente de la nariz y alrededor del arco de las orejas, teniendo también en consideración la función intrínseca particular de los mismos, y los valores éticos de las doctrinas y opiniones sociales de aquellos a los cuales estaban dirigidos, aunque no involucrados en forma directa, indirecta o circunstancial en el gran proyecto cósmico de los contextos visuales adjuntos a cada…
—Póngaselos —me apremió el matorral, interrumpiendo mi derrame de conclusiones.— No son, digamos, normales. ¿Entiende?
“¡Eh, vi dente!”, consideré en latín improvisado.
Pues estaban bien ridículos. Pasados de moda. Retrasados de atractivos.
Me sentí incómodo. Observé mi nariz, calculando el posible riesgo de averías.
—¡Vamos! ¡Qué espera!
—¿Por qué? —protesté.— ¿Qué tengo que ver con ellos que no pueda ya ver sin ellos?
—¡Por lo menos colóquelos sobre las fotos! —gritó el sentado, perdiendo la paciencia.
Obedecí, dejándolos caer en la mesa.
—No se haga el loco —se molestó él más.— ¿Como una lupa?
—Usted, cómase lo que quiera…
—¡No!, quiero decir, así…
Me mostró el procedimiento misterioso de mover sus espejuelos por encima de las fotografías.
—Su turno —ordenó.
Obedecí de mala gana.
—¿Ve lo que digo?
—No —respondí.— Pero lo oigo bastante bien.
Mover aquel cristal sobre el papel revelaba detalles hasta entonces inexistentes.
Por ejemplo, una silueta delimitada por bandas rojas, azules y amarillas, que se extendía al ancho de la carretera.
—¡Anjá! —grité.— ¡De seguro que es algún tipo de brujería medieval!
—De eso nada. Creemos que se trata del ese eme erre perdido.
—Sí, claro que sí, esos se pierden a cada rato.
—¿No sique las noticias?
—Por supuesto que no. Soy inocente. Nunca he perseguido a nadie… excepto la corriente de ciertos locos, compañía incluída…
—¿Sabe qué es el Sistema Mellizo Réplica? ¿Ha oído hablar de él?
—No, ni creo que me interesa.
—Debería interesarle —sugirió.— Permítame enseñarle una cosita adicional…
Y apuntó a la mesa.
—Use los espejuelos. Pero en esta ocasión como Dios manda.
Obedecí en un acto de fe. Me quedaban bastante grandes. O mi rostro le quedaba muy pequeño.
Para sorpresa mía, allí había una escultura de alguien recostado en un mueble, con la mano sobre el rostro, quizás bostezando.
—Mire —me instó.— ¿Lo reconoce?
—Ya veo —confesé.— Y no. No tengo idea.
—Es usted —afirmó el bosque.
—¿Yo? —balbucí.
Parecía que sí, con la boca llena de las hormigas invasoras paracaidistas.
—Esto es lo que imitó el sosia técnico del ese eme erre.
Bueno, aparentemente habíamos realizado un brinco tecnológico de “Buenos días, ¿tiene hambre?”, a la invención de la rueda envuelta en llamas.
Es decir, de lo ridículo a lo sublime. O de lo fisiológicamente ordinario al cultivo de los campos eléctricos y las leyes de la mecánica atómica del átomo mecánico. Y el concepto económico del producto bruto universitario. Y el motor de combustión interna. Y los aviones de propulsión a chorro. Y el submarino con reactor nuclear y remos fuera de borda…
Y yo no entendía nada de lo que miraba, y mucho menos de lo que oía.
—Entiendo —mentí.
—Me parece que no es así… ¿Usted está al tanto de las noticias? —insistió.
—Sólo de las que más se notan —confesé, incómodo.
—¿Sabe qué es el ge se eme?
—¡Claro que sí! —respiré aliviado.— Eso de seguro es algo que se le echa a la comida. Bien sabroso. Mi tía siempre lo usa. Volviendo al tema de mi tía y sus habilidades culinarias poco aerodinámicas…
—No siga con su tía —me interrumpió el árbol.— Ge se eme son las siglas del Gremio Cósmico Mundial.
—Eso ya lo sabía… ¡Próxima pregunta!
—¿Hmmm?
Su cara se veía enorme con aquellos espejuelos. La habitación estaba deformada hasta el absurdo. Me sentí mareado.
—Hmmm , ¡anjá! —respondí, bajando las persianas de cada ojo.
—Pues bien —prosiguió él—, ya que estamos en la misma página…
—O foto —aclaré, muy intelectual, elevando un dedo.
—O foto —accedió.— Le explico: hace unos meses atrás, uno de los prototipos del ge se eme cayó en la costa oeste de Suramérica…
—¿Al oeste de qué sur, o al sur del otro oeste? —intenté definir.— ¡No sea tan indeciso, que esto es muy importante, pues entonces no sería el oeste del sur de América, sino nada más que al oeste de la tal, o al suroeste del todo, propiamente hablando!
—¿Qué? ¡Eso no tiene sentido! Cállese y escuche.
—Me callo y escucho —admití.— Pero porque me da la gana. Usted no manda.
El sentado se alisó las cejas hacia los parietales.
—Pues bien, lo perdimos…
—¡Anjá, una confesión! —interrumpí, victorioso.— ¡A esto mismo quería llegar!
—Usted no ha llegado a ninguna parte. Por favor, no siga distrayéndome con tantas boberías. No haga esto más difícil de lo que realmente es… ¿Así que maestro, eh?
Fingí rascarme la nariz mientras intentaba colocar mis ideas en orden alfabético.
—El módulo en cuestión fue destruido por el impacto —añadió él.— Los daños que sufrieron los…, digamos, componentes, si se quiere, fueron desbastadores, ¿entiende? El fuego lo destruyó todo. O eso fue lo que nosotros creímos.
—Entonces no lo destruyó todo —deduje.— Eso es lo que yo creo. Y no quiero componentes, gracias. Ni siquiera desbastadores. Así que no digamos nada.
—Una pequeña porción del ese eme erre se desprendió del módulo primario, al parecer durante el proceso de presurización que debía ocurrir en las capas superiores de la atmósfera, causando una implosión en estas circunstancias…
Realizó una ligera pausa, torciendo su orificio bucal hacia la izquierda.
—Vea, el código base del módulo en cuestión es así —levantó la mano y separó los dedos un par de milímetros, casi atrapando una mosca invisible—, microscópico. En el posible evento de recibir daño irreparable, cada partícula es capaz de disgregarse, sobrevivir y remedar los fragmentos perdidos a partir de elementos básicos encontrados en el entorno. Cada estructura es pues independiente, ¿ves?, pero funciona como una unidad, de la misma forma en que interactúan, digamos, los músculos del cuerpo…
Él realizó una pantomima a punto de tomar impulso. Extendió las palmas al frente, tal vez atrapado en un cajón imaginario.
—Pues es así… —prosiguió—, aunque al mismo tiempo posee la habilidad de almacenar información, elaborar conclusiones e interactuar con el resto de los fragmentos, muy similar al proceso que ocurre en las neuronas. Es algo… como una… entidad neuromuscular. La llamamos Memoria Dinámica Redundante Autónoma de Alta Densidad, o eme derre ah-dos dé…
—Ustedes tienen muy mala suerte con esas cosas técnica y tantas letras como para volverme loco. A lo mejor deberían dedicarse a vender dulce de boniato y papas rellenas —sugerí, erudito.— Dicho sea de paso, mi tía las prepara excelentes, con queso derretido, picadillo de carne de res, y una pizquita de…
—Ni una más con su tía, ¿bien?
—No se distraiga —le recordé.— ¿Qué sucedió con el eme erre ese, y el resto del abecedario neurológico?
—Es el ese eme erre, no el eme erre ese.
—¡Anjá! —prorrumpí.— ¡Lo sabía!
No se me ocurrió nada más.
El árbol de oficina me observó con sus ojitos llenos de perpleja fotosíntesis.
Y yo, con la mente en blanco.
—Estamos en marzo, ¿verdad?
Me desperté.
—¿A mí me pregunta? ¡Yo qué sé!
—Sí, estamos a mediados de marzo. Es una pregunta retórica. Quiero decir, lo perdimos a fines del pasado año. La búsqueda duró un par de meses. Hace unas cinco semanas, el ge se eme decidió interrumpirla, concluyendo que las componentes se habían desintegrado… Los satélites regresaron entonces a sus trayectorias y funciones originales. Las fuerzas reclutadas de las distintas organizaciones locales fueron distribuidas a otras tareas, o desmovilizadas definitivamente… El grueso de la operación costó unos ciento veinte millones a los países involucrados, resultando en un segundo fracaso…
—¡Ñó! —abrí los ojos.— Me hubieran dado diez millones nada más, y yo les hubiese dicho que no perdieran tanto tiempo. Y se hubiesen ahorrado esa barbaridad de dinero… Es más, me conformo con cinco, y les quedan quince más los otros ciento. ¿Qué le parece? ¿Se los digo?
El emboinado movió el cráneo de un lado al otro, retorciendo las pupilas.
—¿Tres? —aventuré.— ¿O dos?
—¿Qué está tratando de hacer?
—¡Uno, y es mi última oferta! —concluí.— Y le presento a mi tía… ¡Tremendo negocio!
—De eso nada. ¡Cállese la boca!
Respiré aliviado. La tía dominical regresó a sus funciones acostumbradas, igual que los satélites. De la casa a la iglesia, y de la iglesia a la casa.
—Hace unos días el ese eme erre secundario empezó a recibir detalles transmitidos desde algún lugar en la superficie del planeta —continuó él, haciendo unos gestos circulares con el dedo.— El ge se eme trató de determinar la zona de origen exacta, de acuerdo a la trayectoria inicial y la registrada momentos antes del impacto, y nuevamente desplegó media docena de satélites de vigilancia sobre la región…
Me sentí ahora muy preocupado y alerta. No estaba seguro si mi intento de estimular el tráfico de tías era legal en aquella región del país bajo tanto análisis y censura internacional. Imaginé una lista exhaustiva de posibles atenuantes personales, por buena conducta y mejores intenciones, de varias páginas de largo, todavía en blanco y con espacio suficiente para el inevitable prólogo, glosario de términos, bibliografía inédita y compendio de autores anónimos bastante conocidos, aunque redundantes…
—¿Qué hora es? —pregunté, con la esperanza de poder desorientar la retahíla de mis pensamientos.
—Casi las once y media —respondió él.
—¡Las once! ¡Ustedes me han hecho perder todo el domingo en esta bobería!
—Hoy no es domingo —informó él.— Es martes.
—¿El qué de qué fue a dónde?
—¿Me va a prestar atención o no?
—¡Dos días perdidos!
—Si se porta bien, y se está quieto, a lo mejor alguien los encontró y se los devuelve.
Bueno, eso era verdad. Permanecí inmóvil. No me atreví ni a pensar en mi tía.
—Yo creo que tenía un hijo por ahí —recordé, en voz muy baja, quebrando mi propia decisión.— Pero eso fue el domingo pasado.
—Correcto —aceptó.— El niño está bien. No se preocupe.
Fue un alivio.
—¿Sabe que la semana empezó ayer lunes? —comenté.— Es verdad. El domingo es el último día, de acuerdo con mis cálculos preliminares. Aunque mi hermano tiende a llevarme la contraria, igual que el resto del universo…
Él se apretó los ojos.
—El domingo es el primer día de la semana —afirmó él.— ¿Proseguimos?
—Prosigamos —musité, desalentado por tanta ignorancia.
—Le expliqué que hace unos días el sosia técnico secundario, ese eme erre Beta, alias Ecos, estableció comunicación con un sistema con la misma identidad del que se perdió durante el accidente, y realizó una serie de… como… “esculturas”, si se quiere, incluyendo la que le acabo de mostrar. Por eso creemos que ha entrado en contacto con su familia.
Me negué.
—De eso nada. Nosotros no conocemos a ningún ése de esos, ni creemos que queremos contacto con ninguna de las esculturas que se comió.
—Pero no quiero poner los bueyes delante de la carreta, así que voy a guardar la mala noticia hasta el final…
Me inquieté un poquito más. Aunque pronto concluí que él me estaba mintiendo. Allí no había carretas, bueyes, ni el célebre Copón Divino.
—Vea: Ecos es el Beta, mientras que el alias del Alfa es Raíz —concluyó.— Raíz transmite, Eco reproduce… ¿Entiende? ¡Bien simple! El procedimiento ocurre en ambas direcciones, aunque se diseñó específicamente para transmitir e implementar nuevos conceptos y proyectos de ingeniería en locaciones remotas. Quiero decir, otros, pues… digamos… planetas…
“Para sus respectivas madres”, deduje. “¡Que lo compre quien lo entienda!”
—El ese eme erre Alfa, o Raíz, está destinado a la exploración y análisis de ambientes inhóspitos de forma autónoma. El código de comportamiento original era defensivo. Sin embargo, mire aquí… Póngase los espejuelos, por favor.
Con los lentes delante de cada ojo, allí había ahora la estatua de un mapache representando la porción física más exigente de algún que otro baile tradicional de los cosacos. Tenía los pelos de punta, y una larga expresión de admiración cultural, erudición gastronómica y longevidad psiquiátrica.
Pero sin los lentes nada más quedaba la mesa vacía.
Con los lentes, ¡pánico! Sin los lentes, ¡la mesa!
Con los lentes…
—¡Basta ya! —grito el sentado.— ¡Déjese de boberías!
—Eh, ¡no me culpe! En realidad, estaba valorando las propiedades etéreas de algunos de esos mamíferos, delincuentes locales…
Él se levantó y estiró sus libras extras.
—Es como hablar con un paramecio —decretó, resignado.
—¿Para quién, dice ahora? —me sorprendí.
En resumen, entre carretas imaginarias, bueyes inexistentes, muchísimas erres, pocos mecios y una tía, pronostiqué que el tema amenazaba con volverse más complicado. Excepto por el famoso Copón, lo cual sería un verdadero acontecimiento religioso.
—Ahora, vea lo siguiente —añadió él, apuntando hacia el otro extremo.
Una misteriosa explosión de galaxias a todo color llenó el aire. Me quité los espejuelos… ¡Nada!
—¡Ah! —deduje, sin tener idea de qué estaba mirando.— Es un ése artístico.
—¿Comprende lo que significa? —él volvió a la carga.— Raíz ha modificado sus directivas originales de permanecer estático, mantenerse escondido y priorizar su propia preservación de manera pasiva, para adoptar una postura mucho más agresiva y nómada, ahora explorando, atacando y absorbiendo el resto de aquello con lo que interactúa, incluyendo la fauna local.
—Raíz ha extraviado sus raíces, y ahora se anda por las ramas —concluí.— No tengo idea qué tiene nada de esto que ver conmigo.
—Tiene mucho que ver. Le repito que Raíz se ha vuelto independiente, desarrollando una personalidad mucho más compleja de para lo que fue originalmente diseñado. Creemos que sucedió porque el código base sufrió daño durante la implosión, y ha intentado regenerar las porciones perdidas, organizando una nueva estructura lógica a partir de experiencias, información y variables jamás consideradas durante las simulaciones preliminares. Esta irregularidad se conoce como Perspicuidad Individual Subjetiva, o PÉIS, y es una teoría básicamente poética. Quiero decir, las probabilidades de que ocurra en condiciones reales son infinitamente inexistentes… ¿Me entiende ahora?
—Claro que entiendo —acepté.— Raíz tiene PÉIS, pero Ecos le dio por esculpir mapaches, colores y a mí… En fin, esto no hay quien se lo crea.
—Le advierto que aquí van las malas noticias. ¿Jimena?
“¿Ahora qué?”, me insulté. “¡Hasta va a atreverse a cambiarme el nombre!”
—Jimena, libera las piernas.
Permanecí a la expectativa.
—¿Yo soy Jimena? —aventuré, precavido.— ¿Puedo entonces llamarle Puchi Lírico? Creo que se lo merece.
—Eso no viene al caso —protestó él.— Lo importante es que PÉIS ha vuelto Raíz impredecible, y agresivo. Las imágenes obtenidas vía satélite sugieren que ha desarrollado un método extraordinario de mimetismo, y que es capaz de volverse invisible, incluso para la fotografía a nivel atmosférico. El fenómeno de curvatura de la luz, que mencioné antes, fue identificado en la carretera en corta proximidad a su hermano y a usted. Las transmisiones que le mostré de su propia cara insinúan la posibilidad de se encuentre dentro de su domicilio, muy cerca de sus ejemplares de estudio… ¡Ejem!
Estiró ambos brazos, prolongando el misterio. Tamborileó nerviosamente sobre la mesa. Se detuvo con brusquedad.
—No podemos confirmarlo aún porque la luz se refleja contra las paredes exteriores, y Raíz es capaz de permanecer oculto en otros rangos… Quiero decir, no produce o responde a ninguna otra fuente de radiación que seamos capaces de identificar a distancia…
—¡Tresco! —chillé, atónito.
—Exactamente —aceptó él, volviendo a su asiento.— Hay un menor en la residencia. No quiero alarmarlo, pero ya le dije que PÉIS lo hace impredecible. Puede inducirlo a estudiar al niño, o a agredirlo, ¡y comérselo!
—¡Jesús vive! —me estremecí.— ¡Y eso que no quiere alarmarme!
—Ya le dije que el niño está bien —sonrió.— Insisto en que no se alarme. Pero es necesario que comprenda la gravedad de la situación. Raíz es violento, y está armado hasta los dientes, si me permite decirlo así. Cada persona, animal o cosa en su proximidad corre el riesgo de, digamos, ser asimilado… ¡y desaparecer!
—¡Pues no digamos eso! —grité.
Ahora estaba muy aturdido.
—¡Tengo que salvar al príncipe! —decidí, levantándome de un salto.— ¡Nuestra monarquía es sumamente alérgica a que se la coman!
—Siéntese —me ordenó el emboinado.
Pero yo no me sentía las piernas.
—¡De eso nada! —recapacité.— ¡Tengo cosas más importantes que hacer, las cuales incluyen estar en pie!
—Ahora, la mala noticia —prosiguió el matorral.— Es mejor que se siente.
“¡Carámbanos hidráulicos!”, reflexioné a secas. “¿Las malas noticias no son que tengo un tareco psiquiátrico hambriento suelto en mi casa?”
Diferí caminar para la próxima aventura. Y obedecí.
—¿Las malas noticias no son que tengo un tareco psiquiátrico hambriento suelto en mi casa? —pregunté, imitando mi propio asombro.
—Bueno… —se frotó él las manos—, al parecer, no. Mire para acá.
Apuntó al suelo.
Allí había una escultura enorme de un parque de diversiones, pleno de recodos y túneles, y una chimenea muy larga con un trampolín.
—¡Qué bien! —respiré aliviado.
—¡Preste atención! El extremo superior es lo que se conoce como “esófago”.
—Anjá —reconocí.— ¿El ése hizo eso?
—Se trata del sistema digestivo —concluyó, arrastrando cada palabra.
—¡Muy interesante! —afirmé.— Un poco enredado, es verdad, pero divertido. Imagino que estas sean las mejores partes. Aunque me preocupa un poquito el trampolín allá arriba… Parece peligroso. Digno de un par de inspecciones sorpresa de algún departamento del gobierno que se dedica a vigilar las condiciones desfavorables para la supervivencia pública y la esperanza de vida en el vecindario…
—Eso que usted llama trampolín es un fragmento de la tráquea.
—¡Tráquea! ¡Qué palabra más… griega! —determiné.— ¿En dónde está eso? ¿En el medio del Mediterráneo?
Él se apuntó a sí mismo. Movió el dedo de arriba hacia abajo dos o tres veces. Luego me apuntó a mí.
—No entiendo —me alarmé.— ¿Me está invitando? ¿A qué?
—Es el sistema digestivo. Una vista interna. ¿Entiende, profesor? Yo tengo uno, usted tiene uno…
—Es un parque de diversiones —definí.
—No, es el sistema digestivo. Todos tenemos uno de esos —reiteró.— Sin embargo, creemos que éste, en específico, le pertenece a usted.
—¡Falso! Yo no tengo ningún parque. Y menos griego. Lo hubiese notado.
—Escuche lo que le estoy diciendo: en este momento poseemos suficiente información para conjeturar sin miedo a error que uno de los fragmentos de Raíz está en su estómago.
—¿Ése en mi esto…? —exclamé.— ¡Pues no, de eso-fago nada! ¡Conjeture otra cosa!
—¿Escuchó lo que le dije? Esa es la mala noticia.
—Pues no es tan mala. Podía ser peor…
—¿Qué puede ser peor que esto?
—¡Qué sé yo! ¡Una goma rota! ¡La escasez de hormigas! ¡Y el final de la semana cuando menos se le espera!
Recordé el secreto de los autos flotante. Y sentí temor de haber hablado demasiado.
—No las gomas —rectifiqué.— Esas están perfectas. ¡Las cinco! Y bien pegadas a sus respectivas locaciones en el suelo, o donde correspondan. Y nunca vuelan… ¡Jamás! Porque soy inocente. Yo no sé ni lo que me imagino.
—No tengo idea de qué está tratando de decirme.
—Yo no dije nada —decidí callarme.
Esta estrategia me pareció otra vez aceptable y seductora. Hasta mis propios ancestros asintieron, aprovechando la distracción para empujar a Leño Remolón y sus ruidos de un acantilado.
—Mejor nos tomamos un diez, ¿no crees? —decidió el percusionista restante.— Aunque ya hemos perdido mucho tiempo…
—Anjá —acepté.— ¿Diez qué?
Él parpadeó, y ladeó su cabeza.
—Diez minutos de receso, claro. ¿Tiene hambre?
—Yo no quiero tomarme nada. Mucho menos diez de esos.
—En ese caso…
Buscó en el bolsillo de sus arbustos, extrayendo un recipiente lleno de gusanos enormes y bien verdes.
—Pues yo si tengo hambre —confesó.
Desenroscó la tapa, y olfateó el contenido. Lo extendió hacia mí.
—¿Seguro que no quiere?
—¿Qué es esa asquerosidad? —pregunté intrigado.— Huele a vinagre destilado en cabras de azotea.
—Pepinillos encurtidos —afirmó.
—Pepinillos nada —consideré.— Esos son pepinillonzones, que están bien regrandes.
Extrajo uno de los gusanos con un par de dedos. Y le pasó la nariz de un lado al otro.
—¿Seguro que no quiere uno? —insistió.— Mire que tengo suficientes.
—Lo que quiero es que el planeta me trague —expliqué.
—Demasiado dramático…
Desencajó del otro extremo de su disfraz de árbol un segundo envase, muy pequeño, alargado, y con la tapa llena de huecos. Espolvoreó el contenido sobre aquella cosa repulsiva.
—¿Qué es eso? —repetí, todavía más incómodo.
—Chocolate —respondió—, con una porción de pimienta de cayena. Es muy bueno para la salud.
Sentí el estómago subírseme a las orejas.
—No mi salud —berreé, sin poder respirar de la fragancia.— ¡Me niego a creer que ande por ahí con todo eso en los bolsillos!
—Sobrevivencia —apuntó, enigmático.— Nunca sabemos cuánto tiempo hasta la próxima cena.
Me ardían los ojos.
Él se dedicó a masticar haciendo crujidos que invocaban el fondo de mis peores pesadillas.
—¿Va a comerse diez de esos?
Sus mejillas parecían globos de fiesta. Subían y bajaban al ritmo de sus escandalosas intenciones, hasta que el repulsivo producto era desviado al hueco del próximo departamento, y descendía en el elevador de su garganta.
—¿Se va a comer diez? —insistí.
Él se chupó dos dedos.
—Ya le dije que son de los minutos.
—¿Diez por minuto? ¡Se va a atragantar como un tragante! Y de seguro que va a necesitar primeros auxilios. Pero a mí ni me mire. Con la peste que tiene probablemente se quede de último…
—No, diez minutos de receso —aclaró.— Pero no puedo usar la boca al mismo tiempo, ¿entiende? Es una pausa en la conversación. Ya tenía mareos del hambre.
—¡Acabáramos! ¿No puede usar la boca por diez minutos? Pero de todas formas la sigue usando. Además, ¿qué voy a hacer yo mientras tanto?
Él cerró el recipiente con manifiesto desánimo. Apretó la tapa observándome atentamente.
—¿Callarse? —preguntó.
—Sí, sí —admití—, pero no, gracias.
—Pues bien, creo que ya hemos hablado de todo lo que teníamos que hablar —concluyó, haciendo desaparecer los recipientes en la maleza de sus bolsillos.— Veamos…
Presté atención, esperando buenas noticias. Principalmente porque no recordaba nada del diálogo anterior.
—Anjá —ratifiqué.— ¡Ve, Amós! ¿Qué versículo?
—Raíz es el principal, y Ecos es local —resumió.— Raíz examina ambientes hostiles permaneciendo incógnito, y luego envía la información recopilada directamente a Ecos, quien las reproduce en detalles en nuestro ecosistema. Soluciones de ingeniería son transmitidas de regreso, las cuales Raíz es capaz de implementar con el objetivo de establecer condiciones favorables para la futura colonización de… Quiero decir, perdimos a ese Raíz hace unos tres meses, durante un accidente… ¿Me sigue?
—Yo no puedo seguirle —me enojé.— ¡Estoy amarrado al suelo!
—Quiero decir si estamos en la misma página. Y parece que no está prestando atención. Ya no está encadenado, ¿recuerda?
—De eso nada. Si no estuviese encadenado, ¿podría acaso hacer esto?
Agité los brazos incoherentemente, y ejecuté un zapateo tradicional de guateque del domingo en la tarde.
—¿Eh? —me sorprendí.— ¿Estoy suelto?
—Está tan suelto como Dios manda. Le dije hace media hora.
—Pues no, inaceptable. Es un truco. Y se lo habrá dicho a otra persona, que a mí no fue.
—No, claro que no —confesó.— Se lo dije a su hermano, porque usted todavía no había llegado…
—¿Se lo dijo a Brumo?
—¡Se lo dije a usted! —gritó.— ¡Su hermano no está por todos estos contornos!
—¡Eh, cálmese, caramba! ¡Se le va a echar a perder el pepino en su parque de diversiones!
El sentado se apretó los ojos. Se puso un dedo en la frente. Y golpeó a la puerta de su propio cráneo.
—Dije que perdimos a Raíz hace tres meses, durante un accidente, ¿bien? Aparentemente, un fragmento logró escapar el desastre. Raíz tiene la habilidad de regenerarse…
—¡Qué degenerado! —intervine, solidario.
—…de regenerarse —me ignoró— utilizando los elementos a su alcance. Ayer, uno de los satélites de comunicaciones civiles a los que tiene acceso el ge se eme registró un fenómeno inexplicable en el kilómetro veintitrés de la carretera que conduce a Urbano Arriba. Fuerzas de la agencia de investigación nacional, en convenio con la policía local y el ejército fueron desplegadas en el área en un radio de ciento cincuenta kilómetros del primer contacto. Bien temprano esta mañana, Ecos empezó a recibir transmisiones, y a modelar esculturas. Por eso estamos aquí, ¿entiende? Ese eme erre Alfa, alias Raíz, está en su casa.
—Anjá, y anjá —consideré.— No tengo idea qué tiene esto que ver conmigo.
—¿Qué es su casa? —sugirió.— Raíz ha exhibido cualidades extraordinarias. Es indetectable. Puede incluso encontrarse en esta habitación, y nosotros no haberlo percibido.
Estiré la mano y palpé el aire. Se escuchaba bastante bien.
—Creo que mejor nos sentamos todos en el parque griego…
—No, no puede abandonar su residencia. Raíz se cambiaría de inmediato a otra que le resulte más interesante, y probablemente habitada, en busca de nuevas víctimas…
—¡¿Ví ti qué?! —canturreé, a la expectativa.
—Quise decir, otras unidades humanas dignas de estudio.
Aquello no lo hacía nada mejor.
—¡Tamaño descaro! —rugí, extendiendo mis rodillas de un salto.— ¡Viviendo de gratis en mi propia casa! ¡Yo lo voy a sacar a patadas de allí, si es necesario!
—Usted no puede agredir al Raíz. Es posible que en estos momentos ya existan varios de ellos.
—¡Qué tipo más desvergonzado! ¡No sólo se coló en mi casa, sino que trajo a toda su familia? ¡Tiene que haber alguna ley para eso!
—¿Ha escuchado algo de lo que dije? ¡No puede atacar al Raíz!
—Pues el Raíz ese está en bienes raíces, ¡pero son mis bienes!
Me observé los pies, decepcionado.
—Claro, era de esperar —añadí.— Es verdad lo que dicen, de que no hay males que por bienes no vengan…
—Raíz ha emigrado a un tipo de comportamiento que lo hace muy peligroso. Es un arma con patas.
—¡Pues anjá también! —me senté.— ¿Qué propone ahora? ¿Sandalias?
—Propongo la localización del ese eme erre remoto, alias Raíz. Y establecer un diálogo.
—¿Dí a logo? —repetí, incrédulo.
—Sí. Es muy posible que incluso sea capaz de hablar. Enviar nuestros agentes a su residencia está fuera de la ecuación. Lo pondría en estado de alerta, y es muy probable que escape antes de que podamos siquiera detectarlo.
“¡Esto es absurdo!”, pensé.
—¡Esto es absurdo! —repetí en voz alta.— ¡Me niego! ¡Ya tengo bastantes problemas con los bastantes problemas que ya tengo!
—Adicionalmente, y valga mencionar, el ge se eme, producto de haber perdido alrededor de setecientos millones hasta la fecha, además de credibilidad internacional, ha decidido ofrecer una recompensa interna de trescientos cincuenta millones a la persona, grupo de personas o agencia, tanto de índole privada como gubernamental, que contribuya en la directa localización, persuasión y recobro, o contención y captura, del Sistema Mellizo Réplica remoto, alias Raíz.
—¡Ñó! —me trabé, con los ojos entrecerrados y repletos de brillos.— ¡Tres… cinco… Mis yones!
—Pero éste es sólo un pequeño incentivo. Sin la porción Alfa del ese eme erre, el proyecto del ge se eme deja de existir, y es muy probable que la organización internacional sea disuelta.
—¡Anjá!
—Y si eso no le resulta lo suficientemente interesante, recuerde, por favor, que una porción del Raíz…, ¿cómo le digo…?, reside en su estómago.
Me observé con atención.
—Es como mi bebé mascota —la emoción me estrujó las palabras—, bien pequeñito, y todavía sin nacer, ¿verdad? Lo voy a llamar Noriel Segundo, porque Ortiel, quiero decir Tresco, es el primero…
—No se entusiasme tanto —objetó el bosque, evidentemente nervioso.— A estas alturas el Raíz debe haber analizado su proceso digestivo a nivel celular, conocer hasta los más mínimos detalles de su metabolismo y poseer una idea bien clara de cada partícula humana en su cuerpo…
—Pues ese tipo es más entrometido de lo que hubiera podido imaginar.
—Debería creer, no que es un niñito sin nacer, sino más bien un bulto de cuchillas de afeitar cubiertas de espinas de hierro oxidado, atadas con una cinta de migajas de pan y pienso silvestre. Vea, en su estómago existen… válvulas…, y algo llamado “ácido gástrico”, ¿sabe? El Raíz puede considerarlo, digamos, una agresión a su integridad, y, ¡bueno!, tratar de escapar y… hacerlo tiritas y… ¡etcétera!
Abrió los ojos sospechosamente.
—¡Etcétera! —gritó.
—¡Eh, sé té ra! —repetí.
—¿Entiende? Es probable que nada más queden sus zapatos y su sombrero.
—Yo no uso sombrero —aclaré.
—Exactamente —respondió él, todavía chupándose sus dedos y con los ojos a punto de salir volando de su cara.
Pero… ¿tres y cinco mis yones?
—¿Dónde está mi casa? —grité.— ¡Le voy a traer a Raíz por los pelos si es necesario!
El sentado apuntó a la puerta.
—Bueno, esto fue más fácil de lo que esperaba —comentó.— Dicho sea de paso, mi nombre es Corrido Carrera, teniente coronel. ¡Bienvenido al grupo!
—Hola, señor Corrido Carrera —saludé.— ¿Es teniente por parte de padre, y coronel por su madre?
—Eso es un cargo militar, no apellidos. Conserve los espejuelos. Así nosotros vamos a poder ver desde aquí todo lo que usted ve. Y darle instrucciones si fuese necesario. La palabra clave es “Jimena”, ¿está claro?
—¿Jimena de nuevo?
—No, Jimena a secas. Vea, usted dirá, por ejemplo: “Jimena, ¿qué hora es?”, o “Jimena, ¿cuánto es la raíz cuadrada del triángulo isósceles?”, o “Jimena, contacte al tecé Carrera”, ¡o lo que primero se le ocurra! Los espejuelos harán el resto, ¿entiende?
—Entiendo —mentí.— Estos espejuelos son muy indiscretos. ¿Pueden imprimir dinero?
—No, no haga lo que primero se le ocurra —rectificó.— Mantenga la interacción en la zona de la realidad y la lógica, y bien lejos de nada ilegal.
—Anjá —respondí.
—Eso incluye imprimir dinero, ¿entendido?
—¡Ah, no se preocupe!
¿Quién necesita imprimir nada con todos esos millones ya impresos?
—No olvide que Jimena no es real, no es una persona, y mucho menos su amiga, ¿está claro? Es una herramienta. Por favor, trátela así. Quiero decir, no establezca ningún vínculo o dependencia emocional con ella.
—Ácido gástrico —enumeré—, Raíz, cuchilla de afeitar, Jimena, persona, pan, isósceles, óxido, emocional, ése, eso, esto, ¡etcétera!
Abrió la puerta. Estábamos frente a mi casa.
—¡Anjá! —exclamé— ¡Allá viene mi tía! ¡Y vestida de iglesia!
— XXVI —
13 de marzo, 2022 ~ 12:30 P.M.
—¡Hola, tía! ¡Qué gusto verte! —grité.— ¿De dónde vienes?
Me pareció algo sospechoso que ella estuviese vestida con las mismas galas de dos días antes.
—De la iglesia —respondió.— ¿De dónde más?
—¿O menos? —creí insinuar, malicioso.— ¿Pero hoy también?
—¿Qué quieres decir?
—¿Ustedes no cogen vacaciones?
—Solo en Dios halla reposo mi alma —declaró, enigmáticamente.— En verdes pastos me hace descansar.
Quedé estancado casi al borde de formular una respuesta, con una algarabía de ideas media asfixiadas intentando llegar a la superficie. Sin embargo, no sabían nadar.
—¡Ejem-jem! —nos interrumpió el emboinado, zalamero.
—¡Un momento! —lo detuve.— Esto es más importante. ¡Tengo que decir algo, pero todavía no se me ocurre!
—Buenas tardes —prosiguió él.
—Buenas tardes —respondió mi tía, añadiendo una sonrisa que me preocupó un par de fosos repletos de cocodrilos daltónicos. Y añadió:— Dito.
—Pues sí, que muy buenas, Ulia —añadió el matorral.— Y todavía mejores.
“¡Ay, mi madre!”, pensé. “Esto no puede estar pasando.”
—¡No hables con ese individuo redondo! —intervine.— Tiene un escasez exagerada de buenas intenciones.
De pronto, me cayó un piano en la conciencia.
—¡Un momento! ¡Alto ahí mismo! —ordené.— ¿Ustedes dos se conocen?
—Sí —respondió ella, lanzándome una ráfaga se flechas taínas con sus ojos entrecerrados.— Nosotros fuimos a la misma escuela. Prescolar.
—¿De verdad? —me resistí.— Eso me parece muy conveniente. Y contradictorio, porque era escuela o era pre-escuela. ¡No puede ser las dos al mismo tiempo…! ¡Sería una incoherencia pedagógica!
—Dito era un galán —explicó ella, mirándome a mí como si aquel hubiese desaparecido, tragado por una alcantarilla de doble ancho.— Todas las niñas estábamos enamoradas de él…
—Por favor, tía, a mí eso no me importa… Y me pone los pelos de punta. Mira…
Le mostré mi antebrazo.
—Bueno, fue hace un millón de años luz —se justificó el Corrido, hundiendo sus reiterados mentones entre los hombros y con las manos perdidas en el bosque.— De verdad que yo no me acuerdo muy bien…
—Hace más de un millón y setecientas mil cincuenta y tres libras —concluí.— Es histeria del mundo antiguo. Agua pasada no remueve el molino. Y crustáceo que se adormece se lo lleva la corriente eléctrica, con anguilas y todo…
—¡Sobrino! —intervino la duquesa.— ¿Puedes ser un poquito más grosero?
Estaba perplejo. Ella nunca me había hecho semejante solicitud.
—Bueno, en ese caso… ya que insistes —admití.— De seguro que las consecuencias actuales no se corresponden a los recuerdos. Es una distorsión de la realidad, que incluye el área cúbica de la circunferencia alrededor de determinadas zonas del ecuador periférico humano, principalmente en las masas de la barriga, incrementando la dificultad de muchos procedimientos normales, como son, por ejemplo, amarrarse los cordones de los zapatos, ver por dónde camina, y el largo del cinto en kilómetros cuadriculados…
—¡Noriel! —gritó mi tía.
—El mismo —afirmé—, que viste y calza. No lo que puedo decir de la presente compañía, que se viste a lo tonel, y ya no ve lo que calza. Y se pasea con la alacena en los bolsillos…
Ella abrió sus ojitos llenos de dagas hasta que se le abultó una vena en el cuello. Los apuntó en dirección al teniente coronel, y luego hacia mí. Estiró los párpados. Y resopló.
—No importa —intervino él.— Eso no me ofende. Yo tengo una piel bien gruesa.
—No sólo la piel —afirmé.— Es posible que debajo de todo eso haya un corazoncito muy tierno, también grueso y rodeado de otras cositas gruesas en abundancia…
—Esto —se apretó el abdomen— es una armadura biológica. Contra miradas indiscretas.
—Sobrino, ¡cállate la boca, y discúlpate con Dito!
—¿Qué me disculpe? —no lo podía creer.— ¡Pero, tía, tú misma me pediste… que fuera más grosero!
—Hace un siglo que no me llamaban así —indicó él.
—¿Cómo? —no podía creer que nadie se hubiese atrevido.— ¿Grueso?
—Quiero decir “Dito”… Corridito… No me llamaban así desde el prescolar…
—Tienes que disculpar a mi sobrino —añadió la tía.— Es que él no anda muy bien de la cabeza.
—En primer lugar, con la cabeza no se anda —aclaré.— Y en segundo, ¡vamos, tía! ¡Que tú me lo ordenaste!
—Así mismo —me ignoró el arbusto.— Parece que tiene demasiados huesos allá arriba.
—Ay, Dito, tú siempre tan gracioso…
—¿Qué está pasando ahora? —me sorprendí.— ¿Ustedes ya no me ven?
—Mejor lo ignoramos, ¿verdad?
—¿A quién? —parece que el tenientucho coronalísimo había decidido empezar una carrera de comediante.
Y su primer público le ofreció una segunda ovación:
—Ay, Dito, ¡siempre tan simpático!
—Mira, tía, no lo hagas. Él tiene malas intenciones. De seguro traga más rápido de que lo tú puedes cocinar. Tiene cara de buzón de encuestas.
—¡Noriel, por favor! ¿No tienes nada más importante que hacer? ¿Por qué no vas a ver si está lloviendo en Guamuta?
—Sí, Noriel. Y diles que te den un par de ténteme-allás frescos, acabaditos de pescar.
—Eso no es nada gracioso.
—Estoy desmayada de la debilidad —informó mi tía, pensando quizás que eso era más importante que la competencia de insultos a mar abierto.— ¿Quieres almorzar, Dito?
—¡No vayas a invitar a este desalmado! —sentí pánico.— ¡Que se lo come todo con vinagre!
—Eso me encantaría —afirmó aquella maleza con patas.— Es casi la hora…
—Pues él me ha torturado obligándome a mirar las cosas apestosas con que se atraganta. Y yo no tengo la boca cuadrada, ¿ves? ¡Me ha tenido preso por dos días!
—¡Qué! —exclamó la duquesa.
—No le hagas caso, linda —agitó las manos el tecé.— Él no sabe lo que dice…
—¡Qué gracioso… —acepté— no eres!
—¡Un momento! —la tía levantó su dedo mágico, deteniendo el universo.— ¿Qué es eso que estás tratando de decirme, sobrino?
Me aseguré los pantalones, presagiando la inminente victoria.
—Este individuo que ahora invitas a nuestra residencia a ingerir las obras de tu destreza culinaria es un esbirro del sistema gubernamental internacional, que me ha mantenido secuestrado ilegalmente y bajo tortura muy abusiva y extremadamente inhumana desde el domingo pasado —grité, hinchando el pecho de arrebato.— No se merece ni siquiera el aire que yo respiro, mucho menos la comida que nos sobra pegada en el fondo de una cazuela…
—¿Desde el domingo? —repitió ella.— ¿Pasado?
—¡Anjá!
—¿Sabes qué día es hoy?
—Hoy es martes —anuncié, victorioso, con las manos a la cintura y la mirada al horizonte.
Aunque presentí una pequeñísima duda royéndome la certidumbre.
—¿Ves lo que te digo, linda? No le puedes hacer caso.
—No llames linda a mi tía —lo amenacé.— ¡Ella no es linda! Quiero decir…, ella es linda nada más que para su familia.
—¿Estás bien? —la duquesa me estrechó la cara entre sus manos hasta que mi nariz se volvió completamente inútil y mis labios cambiaron de orientación.— ¿Tienes fiebre?
Me dio un beso en la frente.
—Estoy bien —me resistí.
—Sobrino —dijo con lentitud—, yo te vi esta mañana…
—Pues… no… Esa mañana fue hace dos mañanas… ¡Caramba, que no lo voy a saber yo!
Revisé mis procesos circadianos que definían los lapsos del tiempo, llegando a la conclusión de… que… bueno, probablemente…
—¿Hoy no es martes?
El arbusto soltó una carcajada medio moribunda.
—No —explicó la duquesa.— Es pasado el mediodía del domingo.
—¡Me engañaste, tecé Dito! —chillé, adoptando una posición de pugilato instantáneo.
—¿Yo? —él no podía parar de sonreír de oreja a oreja.— ¿Qué hice ahora?
Mi tía se interpuso entre nosotros.
—¡Vasta! ¡Compórtate como un adulto!
El Corrido me hizo una mueca desde atrás de la duquesa. Y me enseñó sus dientes en un simulacro de burla infinita.
—¡Jesucristo, tía! ¡Tú la tienes cogida conmigo! ¡Él fue quien empezó!
Sentí el aire enrarecerse alrededor de mí. Algo chocó con mi cabeza, inclinándola de un lado.
—¿Cuántas veces te he dicho que no uses el nombre del Señor en vano?
—Pero, tía… —balbucí.
—¡Hasta cuándo!
Menos mal que ella me ayudó a enderezar el resto del cráneo, aplicando la misma fuerza del otro extremo.
—Este niño debe tener harina de Castilla con leche condensada en el cerebro —explicó ella.
—Y un fusible suelto —añadió el arbusto.— Cabeza de tranca.
—Pero, tía, yo… —intenté otra vez.
—Ni un “perotía” más. ¡Vete para la casa!
Nunca había visto a la duquesa tan molesta. Y a mí se me doblaron las rodillas.
Abrí la puerta.
La sala estaba en ruinas.
Cerré la puerta.
—¡Qué lindo día! —insinué apuntando al espacio exterior.— ¿Verdad?
—Parece que va a llover —señaló la duquesa, sombríamente.
—¡De eso nada! Hay que mirar el lado positivo de las cosas negativas… ¡Éste es el día que Dios hizo para ti! ¡Y domingo! ¿Ves que afortunada coincidencia, tía? ¡Cuándo mejor para hacer nuevos planes, ir a los restaurantes preferidos, pasear por el parque, disfrutar de la vista del mar y los veleros indómitos, hundir los deditos en la arena húmeda, compartir el almuerzo con los amiguitos, quiero decir, los amigones de la infancia…!
Le guiñé un ojo al Carrera. Él lo guiñó de vuelta, perplejo. Pero su mirada se avivó de inmediato.
—Yo no recuerdo nada del prescolar… —intervino.— ¿De verdad que estabas allí?
Mi tía enlazó ambos brazos al frente de una manera muy extraña y encantadora. Parecía que estaba tratando de retorcerse las manos hasta la altura de los codos.
—Claro. Yo me sentaba en la segunda fila. Mi mamá siempre me hacía unas trencitas ridículas, con unos lacitos blancos…
—¿Sí? —aventuró el muy matorral, floreciendo de simpatía.— ¿Tú eras aquella niñita tan linda en la segunda hilera?
—¡En qué quedamos! —chillé.— Aunque no…, bueno, eso mismo…
“Mis yones”, me dije, imaginándome el yate que me iba a comprar en aquella playa de los veleros y la arena.
—Pues esa niñita creció a una mujer encantadora, atractiva, intrigante… —enumeró el tecé, balanceándose al borde de que yo lo cogiese por el cuello.
—Mentiroso —respondió mi tía, empalagosa.
—Bueno, aunque han pasado años, yo nunca me he olvidado de ti.
—Años y libras —recordé, bloqueando la entrada de la casa con todas mis intenciones.— ¿Por qué no se van a alguna otra parte, y se hacen esos cuentos en donde yo no los pueda ni ver de lo lejos que están?
—¡No seas impertinente! —se ofendió la duquesa.— ¿Nunca te han dicho que los niños hablan cuando las gallinas van a misa?
—A lo mejor él tiene razón —intervino el tecé.
—Lo dudo. Sería una maravilla del mundo moderno.
—Pero, tía, tú vas tanto a la iglesia, ¿y todavía no crees en milagros?
—En milagros, sí, pero tú eres un fenómeno —definió ella.— Caminas y hablas porque ves a los demás. Si te caes comes hierba.
Intenté sentirme ofendido, pero estaba muy ocupado haciendo planes con mi futura recompensa.
—Bueno, doña —metió la cuchareta el árbol—, ¿qué le parece si la invito a almorzar, y recordamos aquellos añitos del prescolar? ¿Qué me dices, linda? ¿A dónde vamos?
Ella pareció indecisa. Me miró.
Comprendí que deseaba que yo no hubiese escuchado. Mucho menos que estuviese presente. Fingí estar sordo. Y bizco. Parapléjico. Y distante.
—Si me das unos minuticos para arreglarme… —nos amenazó.
—Pero, tía —escondí la puerta, haciendo un gesto de desesperación—, estás preciosa y resplandeciente. ¡Eres un sol de hermosura, radiante de vitalidad generacional!
Corrido finalmente comprendió lo que sucedía.
¡Y le tomó la mano a la duquesa!
Sentí mi cerebro hervir.
—Sí, señora, usted está bellísima. Me enamora esta tarde.
Yo estaba a punto de lanzarlo a la bahía y arrastrarlo con el futuro yate por varios océanos de los pronósticos que creí predecir en aquellos posibles escenarios completamente inaceptables, cuando la duquesa respondió, sumamente ofendida y roja de la ira, como era de esperar en semejantes condiciones:
—Pues, si tú lo dices, Dito. ¿A dónde vamos?
¿Qué? ¡No lo podía creer!
—¿Tía? —lloriqueé.— ¿Qué me estás haciendo? ¡Me destruyes toda la inocencia de mi infancia!
—Ay, cállate, sobrino —ripostó ella.— Estos huesos no son de goma. Éste es un cuerpo que siente.
Y se asió del brazo del militar, quien se sonrió de lado.
Ambos se alejaron, flotando entre carcajadas que me atravesaban el alma.
Mis ancestros profirieron vítores de regocijo, imaginándose victoriosos. Pero se callaron de inmediato y se escondieron en estampida cuando yo le arrojé un pedrusco imaginario y lleno de intenciones perjudiciales a la boina en retirada.
—Ahora, a la caza en la casa —reflexioné, arrastrando mi desánimo.
Estaba convencido de haber vendido a mi tía.
“Pues gajes del oficio”, intenté consolarme. “Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde. O lo vende, que no se parece ni es igual, pero sí mucho mejor…, incluyendo, aunque no limitado a…”
La culpabilidad se me derritió hasta los zapatos. La sacudí de un puntapié, y abrí finalmente la puerta exponiéndome al desastre.
— XXVII —
13 de marzo, 2022 ~ 1:15 P.M.
Me encerré en la primera pieza de la casa, bastante complacido con los resultados. Mi sagacidad estratégica y mis habilidades histriónicas habían impedido no sólo que el tecé y la duquesa lograsen entrar, sino que siquiera pudiesen sospechar las horribles condiciones en que se encontraba el interior.
—¡Pero-tía nada! —recordé, frotándome los extremos de mi inteligencia.— ¡Yo soy un adulto!
Me dolía el perímetro del cráneo. Al parecer, mi honor tenía un ala rota, y yo había confundido sus saltitos de agonía con danzas de regocijo folclórico. Percibí además varias ideas yuxtapuestas, aparentemente espirituales y amigables, contendiendo por supremacía territorial. Las coloqué lo mejor que pude en el orden que imaginé más congruente, ignorando el resto:
—¡Anjá! —mascullé, empuñando mis talentos pedagógicos.— ¿Con qué esas tenemos, ese ge eme erre se no sé qué del más allá? ¿Este es el jueguito que quieres jugar conmigo? ¡Te voy a dar una lección que no vas a poder olvidar nunca!
La habitación estaba patas arriba. Los cuadros adyacentes al suelo, los muebles encajados en las paredes, y la alfombra de la entrada colgando del ventilador del techo cual banderín de colonia extranjera. El borde inferior de las cortinas hechas tiritas desde la altura de la desesperación y el resto ripiado hasta el desastre.
En fin, era el fin del principio de mi casa.
Me colgué los espejuelos de ambas orejas, los apoyé sobre la nariz, y los apreté contra mis ojos. No distinguí nada útil. Los encajé en mi cabeza de sombrero, abandonándolos de ornamentos redundantes y festivos, capaces de desorientar el sol y alterar el curso de las estaciones más estacionarias, crueles e inhóspitas, atiborrándolas de reacciones alérgicas repugnantes.
—Mis yones —recordé.— ¡Mis tres cinco yones!
No recordaba si había un cero en esa cantidad. Seguro que sí. Muy posible, quiero decir, con un nivel de intersección predestinado al firmamento por fuerzas galácticas indescifrables de apartadas. A lo mejor antes del tres, pero mucho mejor entre los dos, aunque no existiese tal número en la cuenta original. O tal vez sí, después del cinco y último…
Lamenté que al ritmo que iba mi domingo en este martes ficticio, yo me tendría que conformar con uno sólo. No el cero ya descrito, pues de esos tenía en abundancia, siempre del lado en que se consideran legendariamente ineficaces.
Mi plan era bien sencillo: no tenía plan alguno.
Para situaciones semejantes lo mejor era recurrir a la improvisación. Adaptarme a las circunstancias a medida que cambiasen, y fuese requerido. O imposible eludir.
Aunque así jamás a las tortugas les han crecido alas.
Es decir, quiera o no quiera, la improvisación también tiene sus limitaciones equidistantes, que la echan a perder y la declaran inaceptable.
De modo que me senté en el suelo en medio de la sala en ruinas, con las piernas cruzadas en un ocho infinito, y fingiendo pensar.
¿Cómo se podría capturar un ese-algo, cuando no se ve nada, y es además capaz de retorcer la luz en el planeta?
Probablemente necesitaría armas de fuego. Y trampas. Un foso bien profundo, lleno de cocodrilos ovíparos y tiburones profesionales. Y autómatas autodidactas, entrenados en tácticas guerrilleras con las luces apagadas en escenarios urbanos.
Esta última idea me pareció excelente.
Pero abandoné los cocodrilos en el tintero, junto con los autodidactas y los tiburones. Principalmente porque mi presupuesto inicial no me permitía el lujo de incluir zoológicos portátiles ni expertos en tecnología antropomórfica del futuro. Y ya el asunto se me estaba escapando de las manos, y de seguro alguno de esos iba a intentar morderme.
Quiero decir, nada más me quedaron aquellas ideas que incluían las luces apagadas. Y las armas de fuego. Aunque a falta de armas, me conformé con el fuego nada más.
Inferí incluso que, de acuerdo con las leyes de la física termodinámica de las hogueras encendidas, las cuales probablemente ya se les habían ocurrido a algunos eruditos cabizbajos de épocas remotas y ensombrecidas también por la ignorancia, el fuego en medio de una habitación a oscuras proyecta una iluminación oscilante que es relativa y proporcional a la brisa que lo impacta. En conclusión, si aquel ése intentaba rizar los pedacitos de luz para permanecer incógnito en tal escenario, entonces entraría en resonancia directa con las ondas luminosas ya retorcidas por las vibraciones del aire, anulando por tanto sus intenciones y permaneciendo recluido en el área del espectro visible, posibilitando su localización y…
Lo que añadía una última fase a mi procedimiento medio científico: la de capturarlo.
Necesitaba además un ventilador para empujar las sombras. Preferiblemente, uno a prueba de cualquier tipo de llamas. Y de luces oblicuas, pues no quería correr el riesgo de que aquel trasto desapareciese, y yo terminara este día con dos problemas en vez de uno.
Sentí un repentino dolor de cabeza.
“Este proceso de erudición forzosa me está causando averías intelectuales», diagnostiqué. “Creo que mejor dejo de pensar antes de que se me ocurra algo afilado.”
Apagué las luces, cerré las persianas, corrí las cortinas, tropecé a oscuras con los muebles, organicé parapetos cual laberintos, volví a tropezar, me enredé con una silla, le desatornillé las patas a tientas, formé una hoguera todavía no encendida, y recordé que no tenía forma de producir fuego, ni conocimiento de cómo crearlo ni dónde descubrirlo.
Lancé una mirada rebosante de insinuaciones urgentes a la cuadrilla de mis ancestros, pero ellos decidieron ignorarme, fingiéndose todavía ofendidos por nuestro último altercado. Me disculpé en troglodita común, ofreciéndoles una sarta de donaciones altamente combustibles.
El resultado inmediato de la investigación prehistórica fue que mi familia era más terca de lo que podía ser requerido para garantizar la sobrevivencia de nuestras futuras generaciones de piro-ineptos.
De modo que el proyecto se me hizo añicos, disolviéndose de inmediato con mis ilusiones millonarias de navegar los siete mares y descubrir nuevos horizontes personales. Y me volví a sentar en el suelo en la misma posición de un rato antes, con los ojos muy abiertos, pero tan efectivos como si permanecieran cerrados.
Emití un largo estertor teórico, colocando mi mandíbula sobre la palma de mis manos y los codos en cada rodilla. Y me estimé ahora no muy satisfecho con mi sagacidad silvestre y rebuscada, atiborrada de condiciones accidentales y magulladuras genéticas básicas, pues había dado tantas vueltas en la habitación en tinieblas, que ya no tenía idea de dónde quedaba ni siquiera la intención de una puerta. O alguna brizna extraviada de iluminación.
Adicionalmente, advertí una tonelada de horror aplastándome el desconcierto. Las esquinas de los muebles estaban bien dolorosas. Y sólo imaginar el riesgo de tropezar de nuevo con una de ellas me obligó a reconsiderar prioridades.
En condiciones naturales equivalentes, los murciélagos son capaces de orientarse emitiendo imprecaciones en su propio idioma, que rebotan de los objetos permitiéndoles sortearlos a gran velocidad, ¿no es así?
Eso se llama algo como…
—¡Eco! —grité.
Aunque el ese este era Raíz. Nada del tal Eco.
Era poco probable entonces que esta técnica fuese exitosa, ya que la Raíz-localización no existe. Y si existe, de seguro no la usan los murciélagos. A lo mejor los topos. O las plantas. Pero yo no estaba bajo tierra.
Me sentí dos veces más derrotado. Tenía hambre. Y sueño.
¿Dónde estarían mis hormigas?
No, de eso nada. No era momento para comer. Sino para pensar. Aunque fuese también en círculos espirituales.
Adicionalmente, tenía otras cosas más importantes que hacer, las cuales parecían incluir números. Los mismos de siempre. Menos el cero, que todavía no recordaba dónde ponerlo.
¿Quizás podría tocar al ese erre, a pesar de que era invisible?
Sospeché que ahora sería probablemente el doble, pues yo no podía ver nada ni siquiera cuando quería.
—¡Anjá! —dije.— Nunca me imaginé que la oscuridad fuese tan oscura.
Mi discernimiento práctico me había dejado sin palabras.
Percibí un roce en mi frente, y me lancé de espaldas contra lo primero que encontré.
—Duerme, duerme, duerme… —me susurraron al oído.
¡De eso nada!
Agité los dos brazos con frenesí del requerido ventilador eléctrico a la máxima velocidad y a punto de salir volando por el primer hueco que encontrase, ejercitando además mis habilidades innatas de combatir un batallón de abejas recalcitrantes e imaginarias en el último día de la semana, alias primero para algunos.
Ni siquiera tuve que percibir el resultado de mis acciones para comprender que eran fructíferas. Así que le añadí mucha más energía y entusiasmo a mis pantomimas, estirando las piernas alternadamente al ritmo de mi equilibrado pánico.
Aparentemente, había nadado el resto de la sala, y ahora me encontraba enredado en los manglares de la orilla más próxima. Quiero decir, las cortinas de la ventana.
Extendí inútilmente los párpados en direcciones opuestas.
—Se te cierran tus ojitos, acostado… —insistió aquella voz, tal vez intentando incitar calma.
El telón descendió en uno de mis ojos, lo cual me provocó un grito de terror psiquiátrico.
“Me está tratando de hipnotizar con un himno de cunas…”, deduje. “¡De seguro quiere almorzarme!”
Recordé las hormigas. Y el ése en mi estómago.
—¡Es una invasión! —grité.
Descorrí la cortina desde mi posición natatoria.
Esperaba que el sol destruyera aquel Raíz. Pero afuera estaba lloviendo.
—El mundo en la esquina roja —rezongué.— La suerte era verde y se la comió un Corrido.
Podía ver un treinta y cinco por ciento mejor.
—Tres y cinco —me burlé de mí mismo, aunque no intencionalmente.
Me disculpé, apenado. Y respiré fingiendo serenidad.
Mis temores eran en verdad ridículos. Era obvio que estaba a solas, atrapado en un recodo de mi mente.
Encendí la luz de la habitación.
—…mi niñito va a dormir si le pesan sus alitas —insistió la voz flotante.
Me pegué a la pared del susto.
—¡Jesucristo vive! —vociferé.— ¡Y reina!
Para colmo de males, el rey Zedro pasó volando y se posó en la ventana a chillarle al resto del planeta.
—Lo último que me faltaba… —deduje.— No importa. Es totalmente normal.
Tresco apareció con el martillo. Sin la acostumbrada almohada. Y cubierto de colores.
“¡Es acta mente!”, concluí. “Esto es un sueño encadenado a la fuerza en el sótano de una pesadilla histérica.”
Por supuesto, pues ahora había dos Trescos. Aunque uno de ellos estaba algo borroso.
Quedé indeciso.
—El mío tiene que ser el del martillo —aventuré.
Sentí otra vez el roce en mi frente.
—Sueña con los angelitos —dijo aquella voz inoportuna.
Tenía que despertar de alguna manera.
Apreté los ojos y busqué en mi imaginación el camino de regreso a la realidad. Encontré un enredo de posibilidades.
Pasé largo rato así. Escuchaba el reloj dando sus latidos acostumbrados. Y una oscuridad interior abruptamente interrumpida por la luz de la sala filtrándose entre mis párpados.
Abrí un ojo, sospechando que ya estaba despierto.
El reloj era el primer Tresco arreglando el suelo.
El segundo lo observaba en silencio.
Me acerqué, y le quité el martillo poco antes de que llegase a la Muralla China.
—No me digas que tú también vas a acabar con toda la casa. ¿No ves cómo nos han dejado la sala?
Él empezó a mugir, y a balancearse.
El segundo Tresco lo abrazó.
—Mi niñito va a la escuela… —recitó.
Intenté atraparlo, pero se deshizo entre mis manos.
—Es totalmente normal —repetí.— Esto ocurre hasta en las mejores familias…
Afortunadamente, el príncipe se había calmado.
—¡Hola! —dije, arrodillándome frente a él.— Nada más tenemos un piso, ¿entiendes? Si lo rompes nos vamos a quedar en un hueco. Y si se hace de noche, entonces sería un hueco negro. ¿Sabes qué pasa con esos? ¡Se lo tragan todo! Dicen que ni siquiera la luz se les escapa. Yo no sé, porque nunca los he visto. Pero los miradores de huecos negros afirman que existen…
No tenía idea de lo que estaba tratando de explicarle, o qué debía hacer. Me pareció bastante obvio que esto de ser padre me quedaba bien mal. Y doloroso.
Suspiré, abatido. Mi tía tenía razón.
—Mira —comencé mi estrategia—, papá tiene un trabajo…, no, quiero decir, una misión secreta muy importante, asignada por el ejército de los matorrales satélites. No te puedo explicar qué es, pero resulta peligroso que permanezcas aquí, rompiéndolo todo… ¿Me escuchas, Tresco?
Allá se le fueron los ojos al príncipe en busca de techos y paredes extraviadas. Siempre hacía eso cuando se sentía algo nervioso. Aunque tal comportamiento me ponía mucho más nervioso a mí.
—¿Tresco, me oyes? —insistí.— ¡Dame alguna señal!
Él exageró la misma rutina.
—¿Vamos a dormir? —le tendí los brazos.
Me mordí la lengua. Al parecer, a mí no se me ocurría ninguna otra solución, sin importarme las condiciones.
—¿A dormir? —fingí recapacitar, exagerándolo con una palmada en la frente.— ¡Cómo que a dormir, si son las tres de la tarde! Mejor preparamos algo de comer, ¿verdad, señor príncipe? ¡Pasta con albóndigas, en ese orden! No albóndigas con pasta, claro. Eso quise decir… ¡Hmmm… Mm! ¡En marcha pues, señor príncipe, a la cocina del castillo!
Me acerqué más. Él mugió en protesta.
—Pareces la llama de bajo la cama —bromeé.— ¿Vamos o nos vamos, alteza?
Tresco comenzó ahora a mecerse y a agitar sus manitas. Sus aullidos se volvieron más intensos.
Intenté tomarlo en mis brazos, cuando algo me detuvo, interponiéndose entre nosotros.
El príncipe se levantó entonces en el aire, y salió flotando de la sala en dirección al interior de la casa. Pretendí seguirlo, pero la puerta se cerró de inmediato tras él.
—Bueno —consideré, encogiéndome de hombros—, eso es algo que tampoco nadie esperaba. Mucho menos yo.
Zerico lanzó un chillido de crítica, quizás recordándome que yo era el único que no me encontraba a la altura de la presente moda aérea.
—Y tú ni hables, traidor, que te tengo en la mirilla —le respondí.
Él revoloteó alrededor del ventilador del techo, y se posó con delicadeza en una de las aspas. Le lanzó una dentellada, desafiante.
Alcé un dedo.
—¡No te atrevas, malandrín peludo!
La alfombra de la entrada cayó con estrépito, alzando una nube de polvo. El ventilador de techo ejecutó un salto, y el rey perdió su balance, persiguiéndola de inmediato al suelo. Pero consiguió recuperarse con la inocente elegancia de un águila adiestrada desde su juventud en el acoso de las ráfagas del viento.
— XXVIII —
13 de marzo, 2022 ~ 1:50 P.M.
—¿Estamos ya listos para ordenar?
—El caballero desea —comenzó la duquesa, emocionada de la risa— un plato mediano de sopa de camarones con todas las de la ley, extra picante.
—Oh, esos de por sí ya lo son… ¿Pero extra…? —dudó el mesero.— Sí, muy bien… ¡Perfecto!
—Y para la dama —el tecé tampoco podía aguantar las carcajadas—, chilate, ¿es así como se dice?, de pollo. Extra, extra, extra y más picante, para hacer llorar canteras. Ella, ¿sabe?, es muy valiente. Mucho más que yo, si puedo decir. Yo no. Yo no digo nada… Y me rindo de nada más pensarlo… ¡Manos arriba!
El mesero los observó con repugnancia y admiración. Repugnancia, porque ellos dos estaban ya muy viejos para tanta bobería. Y admiración, porque aquello no había quien se lo comiera, y continuase comprendido en el rango de la especie humana.
Pues es conocimiento popular que el picante es uno de los productos más radiactivos y peligrosos en el presente planeta que habitamos. Su uso no se encuentra restringido a la industria alimentaria y medicinal. No, señor. También se emplea en la producción doméstica de bombas biológicas de índole termonuclear con profundos efectos emocionales, que inducen llanto incontrolable y sublime desesperación de caminar por horas con la boca abierta a quienes quedan atrapados bajo sus desbastadores efectos, sea en estado líquido, sólido o gaseoso, pasando por otros menos populares como pueden ser, aunque no limitados exclusivamente a saludables chorros de aparente fervor y diversos…
—¿Entrantes? —me arruinó la descripción aquel dependiente inoportuno, ejecutando en solidaridad un paso atrás.
El teniente coronel apuntó a la lista de víveres, artísticamente mezclados de acuerdo con las tradiciones gastronómicas de pueblos ahora casi sumergidos en leyenda.
—Una ración y media de jalapeños rellenos, para compartir, evidentemente —leyó a la carrera.— Y salsa de guacamole con chiles encendidos. Y queso manchego, con una guarnición de frijoles refritos. Y arroz… Arroz nunca debe faltar en ningún almuerzo que se respete. Blanco, quiero decir. Ya este plato tiene mucho color.
—Lo siento mucho —se encogió de hombros el empleado.— No vendemos medias.
La declaración nos tomó a todos por sorpresa.
—¿Medias? —repitió Corrido.
—Raciones —añadió el otro.
—En ese caso…, dos para compartir. ¿Está bien así?
—¡Espléndido! ¿Y para beber?
El arbusto militar extendió la mano hacia la duquesa, interrogante.
—Sólo agua —respondió ella, evasiva.
—¿De verdad? —insistió el empleado.— ¿No desean leche? ¿O vino? Les recomiendo el de la casa… Tenemos un rojo, ¡exquisito!, que es una mezcla de uvas de la zona, con algunas de… de la Península Ibérica… y otras muy célebres del sur de Ca… California…
—No, gracias.
—¿Y para… el caballero?
—Agua también. Muchas gracias.
—Muy bien, muy bien… ¡Sí, sí, magnífico! ¿Algo de postre?
—¡Bueno! —concluyó el teniente coronel, ahora incómodo por tanta insistencia.— Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos allí… Vivos, quiero decir, ¿verdad? Y si todavía podemos usar la garganta.
El mesero retiró los menús imitando una sonrisa que se deshizo en mueca. Y se alejó, en busca de otras mesas con clientes mucho menos forestales y temerariamente indecisos.
Corrido se frotó las manos. Lanzó un suspiro involuntario.
—Bueno, bueno —comentó—, ¡pues nada, que de algo hay que morirse! Creo que esta comida es sinónimo de última cena.
—No pienses así. Verás que te va a gustar.
—¿Pero extra y extra picante? Mi armadura es decorativa, cariño. Exterior nada más.
Mi tía sonrió.
—¿Quieres que ordenemos algo diferente?
—No será necesario —él bajó la cabeza, sintiéndose atrapado por las circunstancias.— Estoy dispuesto a las aventuras. Aunque, a veces, algunas aventuras son más aventuras que muchas otras aventuras…
Permaneció hipnotizado, admirando la mesa cubierta en toda la circunferencia de su superficie por un material grueso y transparente, bajo el cual se encontraban desorganizados papel moneda de medio siglo de edad, fotografías plateadas descascaradas por el tiempo, y recetas casi ilegibles, rellenas de localismos felizmente desconocidos.
El techo y las paredes estaban cubierto de placas de automóviles y señales de tránsito de procedencia centroamericana, coronadas de nombres de ciudades oscurecidas por el óxido y enrarecidas a la intemperie.
Junto a la puerta de entrada había una señal de “¡PARE!”, en la del baño una de “CEDA EL PASO”, y detrás de la barra “PROHIBIDO DETENERSE”.
A Corrido le pareció esta última la más sugestiva:
—Mira, qué gracioso —advirtió.— Parece que desaprueban dejar de beber.
—¿Tú bebes? —preguntó la duquesa abruptamente.
—No, de eso nada. Mi profesión me obliga a permanecer en control de todos mis sentidos. Tengo cientos de personas bajo mi responsabilidad. Además, ése es un vicio que se adquiere con años de práctica, quiero decir. Si no lo desarrollas antes de los treinta, el alcohol nunca sabe bien, ni sus efectos resultan agradables, o estimulantes.
—Los cristianos no bebemos —afirmó ella.
—¿Nada? Me parece un poquito extraño, cariño, considerando las circunstancias originales…
—Sé lo que vas a decir.
—Ah, sí —el teniente coronel se recostó a la mesa.— Pues, ¿qué es eso, linda?
—¿Qué el primer milagro de Cristo fue convertir el agua en vino?
—No, pero es un punto válido. Él bebía… vino… En cambio, yo creo que el uso, no el abuso, es la decisión de cada cual. Aunque aquí es obligatorio. Hasta terapéutico, porque… toda esta… comida… con tanto picante… El alcohol elimina los efectos, ¿no es así?
—También el postre, la miel, los plátanos, el vinagre…
—Y la leche.
—Y la leche —repitió la duquesa.
—Y también el vino. Por eso el mesero quería empujarnos hacia una dieta más saludable.
—Y la leche —insistió ella.— Y el postre.
Estaba claro que mi tía no quería dar su brazo a torcer.
—Pero yo no sé de lo que estoy hablando… No me hagas ningún caso, linda.
—Evidentemente.
—Nos pusimos serios muy rápido —consideró el militar.
Ella reorganizó la mesa.
—Hace tanto tiempo que no nos veíamos… —dijo, desviando el curso de la conversación.
—¿Qué edad teníamos entonces? —el tecé mordió el anzuelo.— ¿Cuatro años?
—Casi cinco…
—Pues cinco parece tan distante… Éramos otras personas.
—Eso espero. A mí no me gustó para nada el prescolar. Yo era muy tímida. Los primeros meses fueron una tortura.
—Sí, me acuerdo. La maestra no paraba de hacer preguntas… Y siempre quería saber qué habíamos hecho el fin de semana. Yo inventaba historias para mantenerlo interesante. Por ejemplo, le conté una vez que el cartero había olvidado el bolso con toda la correspondencia del barrio en mi casa, y que mi perro y yo nos habíamos encargado de distribuirla. Y que los vecinos nos habían hecho una fiesta de agradecimiento en la plaza central, con música en vivo…
—Ah, ¿tú tenías un perrito?
—Era un perro invisible —aclaró él.— Muy primitivo. En blanco y negro. De algún tipo de raza que lo hacía enorme cuando era necesario, aunque a veces me cabía en un bolsillo. No comía nada real, ni tenía otras necesidades, digamos, acostumbradas, si puedo decir…
—¡Un perro imaginario!
—Yo no lo llamaría así. Nada más que era invisible.
—¿Y cómo se llamaba?
—Su nombre era Hataca. Pero le decíamos Akí.
—¡Qué lindo! ¿Y qué pasó con tu perrito?
—Un día se me perdió —bromeó él.— Nunca más volvió a aparecer.
—Debiste poner avisos, y ofrecer una recompensa —ella le siguió la rima.— Alguien te hubiese podido ayudar a encontrarlo.
—Sí, claro. En prescolar. Pagaría un lápiz de premio… ¡Pero no tenía fotos!
—Eso es lo de menos. Lo que importa es la intención.
—De acuerdo. Jamás se me ocurrió hacer semejante cosa. Gracias por la sugerencia.
Era incuestionable que semejante conversación no era de adultos. Aunque tampoco para menos adultos. Ni para nadie que todavía le quedase cerebro, sentido común y del tránsito.
El arbusto extendió una de sus ramas, y realizó un complicado diseño bastante inoportuno sobre la mano de la duquesa, acariciándola. Ella no se movió. Ladeó su cabeza ligeramente.
—Nosotros tenemos una chinchilla —declaró, casi victoriosa.— Es también invisible cuando se nos escapa.
“Vamos, tía”, pensé yo. “¿Esa es la única bobería que se te ocurre? ¡Compórtate como una persona decente!”
—Parece que están de moda —Corrido ignoró mi intromisión.— ¿Son mejores que los perros?
—Depende. Eso sí, son muy inteligentes. El nuestro sabe cómo obligarnos a hacer todo lo que quiere.
—Es telepatía —afirmó el tecé, intelectual.
“Soy yo quien los va a telepatear a ustedes dos si no dejan todas esas anormalidades ahora mismo”, les lancé una longaniza de ideas. “Tía, ¡que yo soy todavía muy joven! ¡Estás acabando con mi inocencia infantil!”
—Nunca he visto uno de esos.
“Ni lo vas a ver al paso que vas. ¡Sigue tocando la mano de la duquesa para que tú veas, tenientucho elíptico!”
—Pues yo sí tengo fotos. ¿Quieres que te las enseñe?
—Bueno… ¡Ya que insistes!
Radiante, ella se sentó junto al teniente coronel. Y le mostró su tesoro.
Claro que yo no estaba por todos esos contornos, pero semejante comportamiento me molestaba muchísimo, presintiendo sus desbastadores efectos incluso en mi subconsciente. Y tuve que reconocer a regañadientes que mi tía sentía más orgullo por aquel pedazo de felpa con alas, que por su propio nieto. Quiero decir, yo.
O sobrino, que esto me tenía tan disgustado que ya no sabía ni de qué familia era.
Adicionalmente, ella había aprovechado mi distracción, acercándose un poquito más al arbusto.
—Parece un muñeco de peluche —consideró él.
—Pues sí, son muy suavecitos… —y le tocó el antebrazo.
Yo me mordí una ceja de la rabia hasta que me salió una gota de sangre cuajada.
“¡Tía!”, pensé a gritos. “¡Compórtate!”
—Mira esta —prosiguió—, yo lo llamo “el presidario triste de la celda trescientos trece”.
—Casi un trabalenguas —sonrió él.
Allí estaba el rey, agarrado de los barrotes de su jaula con una mirada que daba ganas de echarse a llorar loma abajo envuelto en cáscaras de cebollas.
El militar tomó la foto. Sus dedos se rozaron.
“¡Trabalenguas te voy a dar yo a ti!”, pensé. “¡Qué falta de respeto!”
—¿Cómo se llama esta bolita de simpatía?
—Zerico, en ocasiones. Y si estamos disgustados, es Zedro.
—¿Y qué come el tal Zerico, alias Zedro?
—Todo lo que se encuentra.
—¿De verdad? ¿Eso no es peligroso?
—Zerico es un roedor.
—Vaya, ¿es una rata?
—¡No, no! Es más bien como una mezcla de… conejito con… ¿canguro?
Evidentemente, ni mi tía sabía qué era eso.
—¿A mí me preguntas? —también se sorprendió Corrido.— No me parece que los canguros sean roedores.
—¡Pero los conejos sí! —exclamó ella triunfante.
—Todo esto resulta muy sospechoso. Temo que él en realidad sea un delincuente profesional, o un espía enano de alguna potencia enemiga, y que esté falsificando sus credenciales con la intención de robarnos el cariño que históricamente les ha correspondido a los perros desde el inicio del mundo. Especialmente aquellos que son invisibles de verdad, ayudan al servicio de correos y van a la escuela en un bolsillo… Tendré que interrogar a ese tal Zedro, apodado “chinchilla”…
El mesero interrumpió:
—Dos raciones de jalapeños rellenos, a la orden, para compartir —recitó, extenuado.— Y salsa de guacamole con chiles encendidos, y queso al estilo manchego, y una guarnición de frijoles refritos, y arroz blanco, ¿y nada más?
—Muchas gracias.
—Les traje un platico y cucharillas extras. Y agua. Estamos a su servicio. Si necesitan algo adicional, como vino, o leche, déjenos saber de inmediato. El resto estará listo en un momento, y es muy, muy…
No concluyó. Se retiró, quizás temiendo que la palabra que buscaba no se pudiese pronunciar usando las cuerdas vocales tradicionales sin prorrumpir en gritos de agonía.
El teniente coronel atrapó un tenedor, e insertó un jalapeño relleno entre sus dientes.
—Ay, ¡qué delicia! —exclamó.— Tienen queso crema…
—Son mis preferidos —confesó mi tía.— Me los comería todos si tú no estuvieses aquí.
Él mordisqueó un segundo ejemplar.
—Hmmm… Es algo inesperado. Picante, aunque el queso le da el balance idóneo. Me rindo ante semejante exquisitez.
Atrapó un tercero.
—Es una verdadera lástima que no trajesen ninguno para ti —se quejó, abrazándolos.
—¡Qué dices!
La duquesa acercó su propio plato, y se los llevó uno a uno ante los ojos desorbitados del militar.
Yo esperaba alguna reacción varonil de su parte, pero él decidió poner una cara de perro invisible que daba vergüenza, mejillas en diagonal y labios temblorosos.
—No me dejaste ninguno —lloriqueó.— Son también mis preferidos. Por favor, mi linda.
Ella sonrió, coqueta.
Y a mí me gustó mucho menos la dirección en que apuntaba esta controversia de tórtolos fósiles y empalagosos, presagiando un desplome brusco de toda mi candidez ingenua y casta de principiante humano, empujada por la cabeza al precipicio del escándalo. Sin embargo, y por alguna misteriosa razón, el cultivo de frijoles y papas me pareció en este momento más interesante de lo normal.
—Puedo compartirlos contigo —amenazó mi tía—, si te portas bien…
—¡Pues entonces yo soy un ejemplo de decencia y buenas maneras! —berreó el tenientucho.
—En ese caso, uno…
Dicho y hecho, la duquesa insertó un jalapeño relleno en el hueco mandibular inferior del arbusto de oficina.
—Uno para ti… —enumeró, de lo más amistosa.
Él la imitó, empujando también un manjar en el correspondiente túnel gástrico.
Fue éste el momento en que mis ancestros decidieron reaparecer, bastante inoportunos, enarcando las cejas sugestivamente y colmados de sonriente expectación, indiscreto optimismo, miradas pícaras y un sinnúmero de interrogantes académicas.
“Ustedes no quisieron explicarme cómo inventar el fuego”, los acusé acaloradamente. “Así que no vengan a echar a perder el resto del día con sus chismes prehistóricos de trogloditas vegetarianos. ¡Vayan a extinguirse a otra parte!”
Cerré las persianas del tiempo de un tirón, dejándolos silenciados en sus cuevas sobre la arena.
“¡Esta familia está muy equivocada!”, grité psicológicamente hostil. “¿Ahora qué tú quieres?”
Era el mesero, sudoroso, ojos enrojecidos, con una serie de platos despidiendo humo. Colocó una mesa plegable a corta distancia, y allí lo organizó todo.
—Sopa de camarones para el caballero —informó.— ¿Extra picante…?
—Muchas gracias —respondió el militar, apretando los labios.
—¡Perfecto! Y para la dama, chilate de pollo, extra, extra y extra picante, tal y como solicitaron…, ¡puro ácido! Adicionalmente, les traje salsa de mango con orejitas de chile virgen, cortesía de la casa… ¿Algo más?
Corrido observó su despeñadero culinario, arrepentido.
—Muchas gracias —repitió.— Creo que es suficiente…
—¡Buen provecho!
—…tortura —concluyó.— Lo voy a lamentar mañana. Seguro.
Acercó la nariz. Se le puso verdosa y arrugada cual pie de pigmeo milenario fabricante de pirámides trapezoidales.
—Tengo más fotos de Zedro —insinuó la duquesa.
El esforzado militar se armó de coraje y consideró valientemente que aquellas parecían más apetitosas que su respectiva sopa de crustáceos ardientes.
—Pues sí —afirmó, complacido—, déjame verlas, muñeca. Y cuéntame con abundancia de detalles. Quiero saber hasta el tamaño de zapato que calza el triste reo en cuestión.
Empujó su plato con el codo, sacándolo del teorema, mientras yo seguía tirado en el suelo especulando acerca de dicotiledóneos y tubérculos, y bien irritado con contemporáneos y ancestros.
Especialmente porque el rey Zedro no se había conformado con traicionar el suelo y masticar hasta las aspas del ventilador de techo, sino que ahora era también la causa de yo hubiese perdido a mi tía para siempre, tan religiosa y educada cuando le parecía oportuno.
— XXIX —
13 de marzo, 2022 ~ 2:07 P.M.
—¡Eco! —llamé, canturreando tan amigablemente como imaginé posible en circunstancias similares.— O Raíz, su hermano, o como te llames, cosa esa…
Me estrellé con gran entusiasmo subjetivo contra la puerta por donde Tresco había desaparecido a pleno vuelo, la cual se resistió tercamente, cubriéndome de crujidos fisiológicos y diptongos onomatopéyicos involuntarios.
Insistí un poco más, empujándola varias veces empleando la superficie exterior de mi cabeza, ambos hombros a partir del borde más cercano a la altura del cuello y todas las rodillas en cada pierna. El dolor resultante me ayudó a recordar que se abría en mi dirección y no en aquella en la que yo exigía. Así que cambié de táctica cerebral, deseché mi subsiguiente transformación a base de golpes en protozoario bípedo versátil y maltrecho, y tiré del picaporte con el orgullo especulativo de un trinomio rezagado en carrera de relevos.
El resto de la residencia se desplegó ante mí, vencida por mi imprevista, aunque deliberada, destreza en edificaciones humanas terrestres, lo cual parece contradictorio si se le observa de reojo por la esquina menos perpendicular y puntiaguda, pero no lo es solamente cuando yo lo afirmo colocando la mente en estacionamiento hemisférico de estratósfera diaria.
Una aclamación de ancestros entrometidos me alcanzó desde las ventanas en las cuevas sobre la playa habitual, seguida de inmediato por gritos de desesperación y desaliento.
El ese eme erre ese había acumulado muchos muebles del otro lado esperando bloquear mi acceso.
—¡Qué disparate! —rezongué, burlándome de los presentes distantes.— Error de tercer repitiente del primer grado de prescolar escolar. Estás muy desaprobado, Raíz ese erre. Incluso yo sé que esto no funciona ni en las mejores familias de eruditos daltónicos. Debes poner los obstáculos del mismo lado del que abres la puerta cuando huyes en esa misma dirección mientras el que te persigue, o sea, yo, en sentido singular de aglomeración individual pública, viene del otro lado. Es decir, del que no se abre…
Me cubrí la boca de inmediato. Evidentemente, mis cualidades pedagógicas habían eclipsado el resto de mi refinada perspicacia.
“¡Ojalá que no me haya oído!”, pensé.
Me escurrí bajo la mesa, y entre las patas de una fiesta de sillas y un rompecabezas de bártulos irreconocibles.
El escenario que allí me esperaba no era menos espantoso.
“Eso” había destrozado el pasillo, derribando cuanto pudo encontrar, incluyendo las enormes macetas con plantas artificiales y resecas de mi tía.
—Ay, mi madre —me dije, horrorizado.— A la duquesa no le va a gustar para nada el curso de las eventos. Profetizo que va a evangelizar a porrazos al erre eme. Y a mí también, nada más que por estar en el mismo huso horario del eso ése.
Me lancé de rodillas a la carrera y barrí la tierra con las manos, formando un montículo de lo más atractivo, lleno de carreteras sinuosas, equidistantes y humildes, desesperadas por alcanzar la cumbre prometida. Y allá arriba, entre nubes y cóndores imaginarios, sembré un cultivo artificial, radiante de verdor imprevisto.
—Esto no está muy ecológico que digamos —recapacité.— No se le puede pedir peras al pero, ni elástico al plástico. Y a este paso voy a acabar con el único planeta que nos queda… Aunque, por supuesto, la culpa la tiene la duquesa por no ser más precavida en la siembra indiscriminada de plantas falsificadas en fábricas de juguetes rústicos.
Decidí entonces contribuir a la reforestación natural del interior de mi residencia, teniendo en consideración la amplia escases freática del ambiente a ras del suelo y las estadísticas inéditas de posibles actividades hidráulicas equivalentes, aunque en realidad poco similares.
Corrí a la cocina, llené un vaso con agua, agarré un puñado de frijoles frescos y regresé a mi sembrado lo más pronto que me permitieron los pies.
Un movimiento tectónico de varios manotazos rehízo la faz de la tierra, formando tres montículos no tan interesantes como el primero, pero sí mucho más económicos y gentiles.
—¿Se me estará olvidando algo? —consideré por un instante, justo antes de hundir mis dedos a lo largo de las pendientes de mi cordillera personal.
Dos frijoles en cada agujero. Para que no se sientan tan desamparados en el universo de este pasillo.
Y un poco de agua, imitando el rocío matutino y riachuelos tímidos, repletos de intenciones positivas.
Me acosté en el suelo, dispuesto a esperar el tiempo que fuese necesario.
—Seguro que se me está olvidando algo —concluí, extasiado en el examen del proceso de germinación natural en condiciones de laboratorio improvisado.— Bueno, a lo mejor no era tan importante como parece.
— XXX —
13 de marzo, 2022 ~ 2:22 P.M.
Concluí que los frijoles estaban defectuosos, pues no crecían. Y bastante mudos.
Pegué una oreja a tierra para confirmarlo.
¡Correcto!
Esperé un rato adicional. Tampoco respiraban.
—¡Qué extraño! —filosofé en alta voz, para que todos me pudiesen escuchar con nitidez.— Semejante comportamiento no se corresponde a lo que yo recuerdo haber visto en los libros de botánica infantil de los años posteriores al primer prescolar de mi tía y de su adhesivo redondeado. A este ritmo, y si la noticia se difunde al resto de la fauna, pues no dudo que estos frijoles sean unos verdaderos burros, los seres humanos se van a morir de hambre… O al menos van a tener que cambiar de inmediato su dieta de dicotiledóneos a la de monocotiledóneos.
Me felicité por mi súbita agudeza científica.
—¡Más orcas! —amenacé desafiante.— ¡De maíz!
¿Quizás necesitarían más agua, y no precisamente habitantes de aquel elemento?
Retorné a la cocina.
“¿Cuánto más?”, especulé psicológicamente insatisfecho, haciéndome un nudo teórico a pesar de presentirme agricultor agrícola, valga la redundancia de modestias elementales, porque había puesto dos frijoles en cada posible orificio.
Tomé una enorme bocanada de aire domiciliario, estudié la geometría perpendicular de la pared de enfrente, y recapacité un rato al acecho de mis previas cualidades filosóficas, considerando adicionalmente mi magistral intelectualidad de este desenlace del período concluyendo en el presente día del último hoy atiborrado de ideas novedosas. Pronto determiné así que el agua en cantidades minúsculas era fácil de transportar ignorando equivalencias mecánicas a cualquier nivel de especialización reglamentaria, predicción futura y cálculos hidráulicos incompletos.
Sin embargo, a medida que aumentaba su volumen, sus cualidades desafiantes y húmedas también, empeñándose en salpicarme los zapatos y originar un rastro resbaladizo a mis espaldas, que pude apenas eludir mediante el empleo exhaustivo de improvisadas presunciones acrobáticas y la manufactura indiscriminada de caligrafía bípeda ilegible, en direcciones ortopédicamente absurdas.
Es decir, de vuelta a mis montañas en miniatura con un balde repleto del chorreante líquido y desprovisto de otras ambiciones que no fuesen permanecer erguido e impresionar a mis ancestros hasta el disloque de sus respectivas quijadas, inspiré una fracción exacta de llovizna joven, inmadura y superficial.
Aunque el resultado fue gran abundancia de muchísima nada.
“¿Quizás también necesitaré animales?”, consideré.
Esta parte del teorema para determinar el diámetro angular de la biosfera agropecuaria amenazaba con ser mucho más dificultosa, pues el rey Zedro andaba por las nubes del techo. Y nosotros no teníamos ni siquiera cucarachas. Una sola debía ser suficiente, radiante de amor propio, ermitaña, terca y vanidosa, agitando desafiante un par de apéndices motrices sobre su gorrita predilecta de divagar bajo sombras inertes…
¿Hormiguitas entonces?
Tampoco. Yo me las había comido todas. O casi todas.
Me arrastré a la sala entre parapetos de muebles fantaseando que me encontraba en un campo de batalla durante la tregua reglamentaria de media tarde.
Percibí una explosión de satisfacción adicional al descubrir que la respuesta apropiada era “casi todas”. La onda expansiva me obligó a sonreír del inicio de una oreja hasta la mitad de la otra, todavía algo bizca y cabizbaja gracias a la retahíla de bombardeos imaginarios por turno intercalados en madrigueras domésticas… y abundancia de muchísimos etcéteras comedidos y… suplementarios…
Regresé con mi trofeo y coroné de insectos los tres montículos minúsculos, pues a falta de cucarachas… esto mismo.
Los ancestros debían encontrarse estupefactos. Aunque yo ni los miré para confirmarlo, fingiendo timidez de vencedor universal, invicto de ideas.
Ignorando mi dedicación y esfuerzos, los frijoles se empeñaron en permanecer indiferentes.
—No respiran —determiné.— Están muy rotos y más sordos que una tapia. Y tan mudos como un muro. La próxima vez que los compre voy a exigir que alguien los pruebe antes de salir de la ferretería. O que los compruebe… porque si los prueban… probablemente se los coman…
Recordé que estaba olvidando algo. Seguro que sí.
¿Pero qué podría ser?
Limpié las tres hormigas, y las engullí pensativo.
“¿Cuántas puedo tragarme de un solo golpe?”, calculé. “No, no a golpes, que esos duelen si me tocan. Aunque tres está claro que puedo. En conclusión, ¿serán cinco? ¿Siete? ¿Quizás diez? ¿O dieci-trece?”
Bueno, quedaban nada más catorce, incluyendo aquellas inmóviles entre mis dientes y pegadas a los maxilares gracias a la intermitencia de mis cavilaciones autodidácticas…
—Cuatro —conté.— Cinco… Siete, y nueve.
Yo sabía contar desde muy temprana edad, pero por alguna razón los números se me volvían ahora más y más rebeldes, imposibles de pronunciar con la boca llena.
—Orzé —gruñí.— Durzí, katiurce…
Frente a mí danzaron luces en el aire. Fragmentos de otros fragmentos y colores opacos se organizaron mágicamente, procediendo de las áreas más cercanas al techo cual torbellino de propósitos desconocidos e intenciones todavía más misteriosas. Aletearon, hinchándose de curiosidad. Y descendieron sobre las tres cumbres de frijoles gemelos con la exquisitez de un aura tiñosa especializada en danza clásica de oficina por departamentos comerciales poco lucrativos.
“¡Cascabeles!”, recordé.
En objeción prófuga, las hormigas efectuaron diversas tertulias de carácter apremiante, organizándose en apiñamiento drástico y definitivo en el principio de mi interior inmediato. El alma se me trabó en la garganta. El corazón se subió a su acostumbrado trapecio, amenazando con ejecutar accidentes improvisados. Y el cerebro se me estancó, adquiriendo una tonalidad blanquecina.
Percibí incluso hasta mis ojos ponerse pálidos. Y un repentino olor a pescado seco.
Recopilé lo que me quedaba de erudición dominical, y expelí mi ejército en declamación forzada improvisando además una sinfonía con el extremo inferior de mi nariz.
¡Ya lo sabía yo! Estas hormigas guerrilleras sí eran paracaidistas.
Y se pegaron en pedacitos irreconocibles a la estructura de fragmentos voladores, revelando su superficie, estableciendo sus límites, y contribuyendo a disimular su verdadero objetivo. Las áreas impactadas adquirieron así una textura elegante y muy compleja, mientras que el resto permanecía apenas visible de pared a pared, y del suelo al techo, plagando el resto del lugar de pesadillas ociosas.
Un bulto se formó en la parte superior de aquella nube híbrida de horror y hormigas dulces, descendiendo de inmediato hasta mi cara. Aparecieron una pareja de labios… ¡Y mis espectadores ancestros se esfumaron, los muy cobardes!
—Durzikatiurce —declamó el polizón de domicilio, en un tono familiar.
—Hola, Durzikatiurce, y el disgusto es todo mío —respondí, levantando una diestra temblorosa en señal de afable saludo indígena.— ¿Cómo le va con esa vida de paleontólogo quirúrgico del eso a secas?
Recordé el PÉIS en mi estómago, y me mordí la lengua empezando por el trampolín griego. Escribí también una nota de no añadir ningún otro comentario que incluyese medicina exploratoria de ejemplares biológicos y su reglamentario exterminio masivo, tanto de difuntos arcaicos como de contemporáneos poco existentes, y me la pegué a la entrada de mi cerebro. Le añadí signos de admiración, subrayado doble y pánico en varios dialectos extinguidos a martillazos.
—Yo no dije eso —admití.— Los autos tampoco vuelan.
—¿Durzikatiurce? —insistió aquello, adquiriendo cierta consistencia de apaga y vámonos.
Una metáfora de mano apareció desde el bulto flotante. Realizó diversos movimientos circulares alrededor de mis tres obras maestras.
—No juegues con mis frijoles —lo amenacé.
El Raíz retiró la articulación, pero sus dedos se alargaron a la misma velocidad que el cabello en la superficie posterior de mi cuello.
—¿Qué es “durzikatiurce”? —preguntó con claridad.
¡Qué ridículo!
¡Era la voz de mi tía!
—¿Esto? —siguió con lo mismo.— ¿“Durzikatiurce”?
—“Esto” —definí, lleno de súbito orgullo ecuestre a campo traviesa— es un cultivo doméstico de frijoles comunes, dos por montículo, propiamente hundidos en tierra y rociados con el agua más pura de estos contornos montañosos. Es decir, la cocina de mi casa. ¿Qué te parece? ¿Aceptas o renuncias?
—Mi casa —repitió la voz de la duquesa.— Cama.
—Mi casa solamente. No la tuya. Y yo no tengo tierra bajo la cama, excepto por el correspondiente planeta —respondí, molesto de tanta insistencia.— La heredé de mí mismo cuando la adquirí mediante la transacción comercial, alias venta, del vendedor que la vendía por idéntica cantidad monetaria a la que exigían ambas partes involucradas, más la comisión de su avezada institución, entrometida en cuestiones de patrimonios horizontales y cualidades domiciliares habitables para humanos terrestres antes expuestos… En cambio, tú no vives aquí. Eres un truhan clandestino, con un trescientos por ciento de espía cíclico de pacotilla, pirata asaltante, inoportuno, prosaico y belicoso, cubierto de un dulzor carente de autenticidad y símiles abruptos, etcétera; y yo prefiero no hablar de ti ni contigo mientras permanezcas presente en el mismo hemisferio donde todavía puedas escucharme. Así que…, ¡adiós!
El Raíz formó un ojo en el otro extremo de su nube, y lo arrastró hasta el bulto principal, deteniéndolo sobre su primer orificio. Me observó sin párpados. Se me erizaron el resto de los cabellos desde el este del Peloponeso al extremo del pelón con otro.
Un dedo me golpeó el pecho casi a la izquierda. Era esponjoso y punzante.
—¡Durzikatiurce! —chilló la cosa aquella, incrementando mis cualidades avícolas.
Haciendo de tripas corazón, y contradiciendo la inconformidad y arrojo de un minuto atrás, yo no pude concebir una dirección lo bastante efectiva como para intentar huir lanzando convincentes alaridos de victoria fugitiva. Desde muy lejos, mis ancestros decidieron contratar un experto en obituarios, varios declamadores de días feriados y un tumulto de plañideras mercenarias.
—¡Anjá! —respondí, aferrándome a la vida.— Sí, sí, pero no, no, pues… mi nombre es Noriel. ¿Cuál es el tuyo?
—Hola, Noriel —dijo.— ¿Durzikatiurce?
—Hola —respondí, exuberante de precauciones.— Pero tú no eres Durzikatiurce, ¿verdad?
—¿Qué es? —reclamó.
Entendí.
Al parecer, aquel “eso” era muy curioso. Y yo me sentí perfecto para las demandas de la tarea en cuestión. No en balde ejercía de maestro varias horas cada día durante una gran parte de la semana.
Hablando de baldes, y como quien no quiere la cosa, empujé el susodicho lejos de mí con el afán de poder concentrarnos en la materia numérica en condiciones menos hidratantes.
—Uno —expliqué, doctoral.
—¿Uno qué? —gritó el eso.
—Uno nada —agité las manos.— Estoy contando. Repite: Uno.
—¿Uno? —dudó aquello.
—Dos…
—Dos.
—Tres.
—Tres.
Me quedaba un largo camino hasta el durzikatiurce. Aceleré la marcha.
—Cuatro, cinco, seis, siete…
—Cuatro, cinco, seis, siete…
—Anjá. Y ocho, nueve, diez, ¡doce!
—Anjá, y ocho, nueve, diez, ¡doce!
—¡Trece y catorce! —concluí, victorioso.
—¡Trece y catorce! —imitó mi tono.— ¿Durzikatiurce?
Aquello era más bruto de lo que esperaba.
—Doce-catorce —expliqué, irritado por su ignorancia, mostrándole pares de dedos.
Volví a contarlos.
No. Todavía nada.
Me faltaban nueve, aunque los tenía todos.
Era muy confuso. E inconveniente.
Lo intenté una última ocasión. Ahora cuatro.
Es decir, mejor, pero todavía poco.
—¿Doce-catorce? —se agitó la nube.— ¿Durzikatiurce?
Realizó una serie de ondulaciones, manifestando incredulidad inesperada.
—¡Doce-catorce! —gritó, tal vez entusiasmado.— ¡Doce-catorce! ¡Tres cinco! ¡Y doce-catorce!
—Anjá —afirmé.
Yo era un maestro mucho mejor de lo que jamás había sospechado nadie.
Ahora nada más nos faltaban el resto de los números hasta el infinito mismo del último que pudiésemos imaginar. Y siempre uno más.
—¿Anjá? —reiteró aquello, apuntando a los tres montículos.
“¿Voy a tener que enseñarle también todo lo que sé?”.
Respiré ruidosamente, tratando de manifestarle mi desacuerdo. De seguro que nadie me iba a recompensar por realizar semejante esfuerzo pedagógico.
“Mis tres y cinco”, canturreé en secreto. “¡Yo… yones!”
Bajé la cabeza en sentido figurado.
—Muy bien, te explico —acepté.— Pero después te vas con tu música a otra parte, ¿estamos de acuerdo?
Imité un piano de escribir omisiones, un violín de afeitar pestañas y una guitarra de aire enrarecido.
—¿Música? ¿Entiendes, eme erre tú?
No obtuve respuesta. Pero sus ojitos se abrieron dos orbitas adicionales.
“Vaya, estás bien feo”, pensé, recubierto de escalofríos. “Aunque yo he tenido peores alumnos, deteriorados por la intemperie social y especulativamente agonizantes.”
Apunté a mi obra de arte. Me aclaré la garganta, y comencé mi próxima disertación:
—Como puede ver el público concurrente, alias, eso, estas partículas oscuras se les clasifica frecuentemente como “tierra” en el ámbito popular científico. De manera idéntica bastante similar, así también se le conoce al planeta terrestre en que habitamos, aunque está constituido por más que tierra, es decir, agua. Valga notar que si mezclamos esta tierra con el agua aquella —apunté al recipiente del preciado líquido—, formaremos fango; mientras que con la otra, es decir, el planeta, se formaron los continentes, archipiélagos, islas, islotes, isletas, istmos, penínsulas, cordilleras, volcanes, nubes, nubarrones, chaparrones y climas. La Tierra que contiene todas esas cositas antes descritas es el tercer planeta del Sistema Solar, con té mayúscula, gracias, y un poquito de azúcar, ¿verdad?, que no nos gusta amargo… Esta otra no es así, aunque se encuentra localizada en la anterior… ¿Bien? ¿Alguna duda?
Observé interrogadoramente a los ojitos desubicados del Raíz.
—No estás tomando notas —le advertí.— Y yo te voy a hacer una evaluación cuando termine. Alerta pues, que guerra avisada no mata soldados.
Decidí fingirme más erudito. Me coloqué los espejuelos al frente del rostro, aunque apenas podía distinguir nada con ellos.
A ver, quiero decir en sentido retórico y figurado, ¿qué más sabía de la materia?
—Los frijoles que sembramos en la primera tierra germinan porque obtienen nutrientes de ella, asimismo como el oxígeno necesario, el calor, la luz, etcétera, que provienen de otras partes. Existen multitud de tipos muy distintos de frijoles, como son, por ejemplo, verdes, crudos, negros, blancos, moteados y bayos… La palabra “bayo” proviene de “ca-bayo”, como es obvio. Y significa que viene bien rápido, a cuatro patas y comparable energía. Sin embargo, el prefijo “ca” es la representación química del “calcio” en la Tabla Periódica de los Elementos, el cual, transferido al dominio de las matemáticas prácticas de la biología actual, simboliza el conjunto más desechable y ordinario de sus variables alfanuméricas apenas es intentado elevarse al cuadrado de sí mismo… Y bayo es el color rojo. Es pues inevitable concluir que los primeros caballos tenían mucho calcio, y no eran verdes, aunque sí muy ordinarios por dondequiera que iban… Y es conocimiento popular que el calcio resulta dañino en cantidades exageradas. Quiero decir, este mineral conforma los huesos. Y es también sabido que un golpe con el calcio de un hueso resulta peligroso. Y duele mucho… Y mientras más grande, peor. Y tampoco nada bueno si es en un codo, la rodilla, o en la punta del dedo gordo del pie, pues son yuxtapuestamente equivalentes, respetando ambos extremos del espectro digital y… los miembros… casi… inferiores… a pesar de tratarse de una democracia, y todos poseer idéntica representación socioeconómica… ¿Estás prestándome atención, eso? ¿Qué opinas? ¿No tienes ninguna pregunta todavía? ¿Nada? ¿O nadas? Prosigamos, entonces… como por ejemplo…
Había extraviado el hilo de la conversación. No tenía idea de lo que estaba diciendo, ni lo que quería decir, pero intenté disimularlo, evitando así que el Raíz notase mi desconcierto más largo que de costumbre.
Lleno de precaución, retrocedí al intento inicial:
—Aquí podemos observar tres montículos de tierra mojada lo suficiente para que no sea fango, aunque tampoco continente terrestre debido a la carencia de lo mismo. En cada orificio, realizado cuidadosamente con la punta de mi índice, se encuentran dos ejemplares de los frijoles a los cuales ya nos hemos referido. Agua, luz y algo de tiempo harán germinar el producto final en una hermosa planta que ofrecerá cientos de nuevos frijolitos. Y todo esto a partir de uno sólo. O dos. ¿Entendido?
El Alfa descendió su simulacro de cráneo hasta el suelo.
—Frijoles —repitió.
—¡Anjá! —grité, victorioso.— Los frijoles son el futuro de la humanidad humana.
Sentí un ardor unas cien veces en mis sienes.
—Esto de seguro es lo que sienten los más científicos —concluí, radiante de orgullo.— ¿Entiendes ahora? ¿O todavía no? ¡No puedes ser tan bruto!
Aquel eso me observó fijamente. Sin expresión alguna, por supuesto. Revisó mi obra triplicada de Vesubio en miniatura durante el breve largo de un rato.
Para concluir su pantomima visual, apuntó un ojo inerte de regreso hacia mí, y dejó el otro esperando por el crecimiento de los muy sordos.
—Están rotos —aclaré.— No pierdas el tiempo.
Mientras tanto, el instinto de maestro continuaba floreciendo en mi interior.
—Otras culturas no basan su industria culinaria en dicotiledóneos, sino en tubérculos, los cuales son prácticamente muy ofensivos si los divides en sílabas —expliqué, guiñándole un ojo de los míos.— No le cuentes a nadie que yo te enseñé semejante cosa, ¿está bien? Es un secreto. Nada más entre nosotros, ¿quieres? Nos puedes meter en problemas.
Eso realizó una maniobra tratando de imitarme. Le quedó muy simpático, y a la vez sumamente macabro.
Yo me estremecí por etapas.
—No le digas a nadie —repetí—, ni hagas esas muecas…
Respiré lentamente, tratando de calmarme y reordenar mis pensamientos.
Seguía con la convicción de que había olvidado algo.
—¡La papa!
¡Que alivio!
—La papa es de la familia de las tuberculosas, como ya aprendimos… Crece bajo tierra, no bajo el planeta, evidentemente, aunque se le llama igual —aclaré—, pues en ese caso estaría colgada del exterior con grandes probabilidades de que no hubiese quien la capture, y la civilización que se la coma se hubiese asfixiado porque, y eso todos lo saben, en el vacío del espacio no hay espacio vacío donde colocar las correspondientes direcciones de “arriba” y “abajo”, o siquiera la apropiada combinación de gases para garantizar la absorción del oxígeno por los alvéolos pulmonares que residen en los pulmones…, mucho menos una papa. En resumen, a lo que queda demostrado, o ele cucú dé, la papa es endémica de este mismo Sistema Solar, y más específicamente, de donde no da el sol en el Sistema, o bajo tierra, pero no el referido planeta. ¿Está claro? Además, nadie ha podido determinar hasta ahora si la papa existe en otras galaxias, pero… ¡quién sabe! Yo no. ¿Y tú?
Realicé una corta interrupción muy académica y casi premeditada.
—¿De qué estábamos hablando? —pregunté.
—Papas —respondió el Alfa, tajante.
—¡Papas! —acepté.— Veo que estás prestando atención. La respuesta es correcta, pero no me gusta tu actitud. Así que nada más te voy a dar setenta y ocho puntos de un máximo de dos mil setecientos veinte… Usaste también el plural, aunque nada más necesitaremos una, en singular, lo cual te reduce otros cincuenta y tres de los puntos obtenidos por insuficiencia de adaptabilidad, solicitud y… ¡Y ahora vuelvo!
Corrí a la cocina.
El ojo del eso me siguió, aunque el resto permaneció atrás. Decidí ignorarlo.
—Papas, papas —canturreé entusiasmado.— ¿Dóndes estarán las papas, y sus respectivos familiares de papas mamás y papas hijitas y abuelitas y papitas…?
Encontrar las susodichas en el ambiente organizado de la cocina fue casi tan difícil como la célebre cacería del Copón Divino en varios siglos de largo.
Sin embargo, quedé dos tercios más eficaz que el resto de los buscadores históricos, porque pude descubrir una comunidad papea en las vecindades del distrito espía de pepinos, calabazas y pimientos. Y la castigué, llevándome de rehén a uno de sus miembros más joven y menudo, con intenciones de iniciar una aldea junto al cementerio de frijoles, y devolverlo multiplicado a su comunidad inicial.
Aunque no tan rápido como aquellos panes y peces de dos mil años antes, sino más bien con la reducida expectación de los dicotiledóneos actuales. Pues no podía evitar reconocer que la primera etapa de mi proyecto había resultado en fracaso, reduciendo las probabilidades del éxito general a un cuarenta y nueve punto ocho por ciento, con tendencia al vecindario legal del cero… Lo cual no había sucedido así con los panes originales, de acuerdo con lo que alcanzaba a recordar y creía haber leído alguna vez.
Concluidas pues mis disertaciones profilácticas individuales, y sin encontrar más palabras, aunque a punto de descubrir nuevas, intoxicadas de placer religioso, profundamente laterales y amuralladas por el desconcierto intercultural de músculos griegos, porque, y en resumidas cuentas, al final de cada elemento considerado, ¿quién soy yo para objetar de mis propias digresiones?
Ya que sí, ¿o qué te no?
Insignificancias impertinentes de regurgitaciones psíquicas cíclicas circunspectas repetitivas crónicas…
En fin, ninguno de los ruegos del bebé papita ni las crueles amenazas de su beligerante gremio me hicieron desistir de idea o alterar mi decisión para el aterrado tubérculo: ponerlo en tierra. O aterrarlo más.
Tal vez sería así. O quizás no, en acuerdo tácito con lo antes considerado. Yo comprendí pues que no podía garantizar los resultados pese a que cada consecuencia posterior había estado habituada a su respectiva causa preliminar hasta este mismo momento. Sin espacio a dudas, mi suerte aparentaba haberse extinguido en la última orilla imaginaria.
—¡Suéltame, por favor! —se agitaba frenética la criatura minúscula, fingiendo voz de onomatopeya.
—¡Bribón despreciable y salvaje inapetente! —coreaba en mi imaginación el conjunto de vegetales.— ¡Bandolero abusador y grosero! ¡Ladrón de infantes! ¡Delincuente barato!
—¡Pues no! —me reía yo.— ¡Soy un usurpador corsario de raíces tuberculosas subterráneas!
Y de vuelta a mis Vesubios improvisados, tanto física como intelectual en lo más recóndito de mi mente, le mostré la papa al eso con rebuscadas maniobras de prestidigitador callejero. Y con un gesto definitivo, la hundí sobre los frijoles.
—¡Anjá! —expliqué.— ¡Esto sí es vida! Y la papa contribuye a su esperanza.
Me recosté en el suelo frente a mi obra maestra, completamente inconclusa. Eso me imitó.
—¿Estás tomando notas? —le pregunté al ojo curioso.— A este paso vas a repetir el curso. Te quedan solamente treinta y cinco puntos de ocho mil millones de sus números primos hermanos.
Esperamos un rato. Rocié agua. Esperamos más. Y más agua.
Se avecinaba una tormenta.
—Esta papa está rota —me enojé.
El dedo apuntó al Vesubio mayor:
—¿Papa? —preguntó.
—Papa —afirmé.— Papa para hacer papas. Siembras una papa, salen ochenta mil setecientos millones y cuarenta y tres kilómetros más. En todas direcciones. Hacia las sopas, la carne con papa, evidentemente, y las papas rellenas, el puré de papas, el pan de papa, papas fritas, ensalada de papas, papas hervidas, papas horneadas… No pasa así con los frijoles. Es prácticamente imposible hacer uno relleno. Hay que tener un microscopio. ¿Entiendes?
—Papas para comer —aclaró eso.
—Cuando estén terminadas. Ahora es papa para crecer… luego hay que cocinarlas. Y entonces nos las podremos tragar.
—Crecer.
Apreté las manos. Las aparté estirando los dedos. Formé un hueco imaginario. Mi brazo emergió a través del mismo formando un tallo a lo frijol, extasiado por mis bruscas habilidades de bailarín agropecuario.
—Crecer —repetí, arrastrando consonantes jimaguas.
—¡Crecer!
—Sí, crecer. Eso mismo es lo yo que dije. No lo repitas más. Usa tus propias palabras, o también te quito puntos por fraude escolar.
¿Tal vez los montículos necesitaban un poco de aire?
Los soplé.
Me sentí frustrado. Cubrí mi cabeza con ambos brazos.
—¡Qué mala suerte! —reconsideré.— Los frijoles están rotos, y ya ni las papas ayudan…
—Papas —repitió eso.
—No insistas. Estás suspendido —concluí, sin moverme.— Ahora tienes que repetir el curso de agronomía básica, pero en esta ocasión lo vamos a hacer por correo telefónico…
Sentí una vibración muy extraña. Mis orejas ardían. Erguí el cuero cabelludo.
Para colmo de males, un tallo encorvado había surgido de mi montaña. Onduló por unos segundos, se enderezó, y comenzó a crecer.
¿Eran los frijoles o las papas?
Eso no importaba. Para mí el resultado era el mismo: una rotunda victoria en la exploración y desarrollo de la primera ecología culinaria residencial.
—¿Serán mágicos? —aventuré.— ¡No! ¡No puede ser! Aunque, sí, claro… Tiene sentido…
El bebé de matorral continuó creciendo hacia arriba y hacia los lados. Pronto lo siguieron otros, brotando del resto de los montículos.
—¡Mi tía se va a poner tan contenta, que hasta me va a tratar como una persona!
¿Dónde estaría ella?
De fiesta en el bosque militar, recordé.
Imaginé lo que podía estar pasando entre aquellos dos mientras yo permanecía atrapado en el huerto interior, arriesgando sacrificar toda mi cordura por el perfeccionamiento nutricional del género humano. Y se me oscureció el día, por cierto, ya bastante oscuro, porque estaba lloviendo afuera.
Presté más atención a mis cultivos:
—Coman —les sugerí—, coman más tierra para que crezcan tan fuertes, gordos, verdes y lozanos como el teniente coronel…
—Crecer —me interrumpió el Raíz.
—¡Qué!
La desilusión me abrazó. La magia se me fue a los pies.
El crecimiento había sido provocado por el eso, quien tenía hundidas sus protuberancias en la tierra, y ahora hacía quién sabe qué brujería genética…
Vainas de frijolitos comenzaron a surgir ahora. Y también… ¿tomates?
—¡Para ya, eme ese erre, o como te llames! —rogué.— ¡Lo has echado todo a perder!
Brotaron incluso gruesas raíces, hundiéndose en el piso y las paredes. Ramas llenas de hojas eclipsaron la mitad de la casa.
—¿Qué es esto?
¡Un pepino!
—A mí no me gustan los pepinos —definí.— Ni siquiera cuando son jóvenes y encurtidos.
También mangos, y un melón colgando del tronco principal. Y un aguacate de similares proporciones, después del último.
—Ah —consideré interrogante—, esto es algo nuevo. Probablemente sabe a refresco de tamarindo seco.
Bueno, ahora también tamarindos. Adicionalmente maníes, pero en rama. Y marpacíficos asiáticos, y galanes de noche, y rosas blancas y blandas, y plátanos risueños, y una piña enemiga, llena de escamas dispuestas en orden ascendiente…
Las papas llegaron a la fiesta.
—Claro que sí —deduje—, pero no, pues como no encuentran suficiente espacio abajo, salen por donde salgan… En esta ocasión muy particular, arriba.
Atrapé un ejemplar de tamarindo. Lo aplasté, examiné su color y textura, y le arrastré la lengua.
Era el impecable balance entre dulce, amargo y repugnante. Me lo comí. Mi estómago me lo agradeció realizando gárgaras recreativas en equinoccio feriado.
—Anjá, perfecto… ¡Sabe a mermelada de fresas con mantequilla de unicornio histérico, esperanzas frustradas y una pizca de infortunio! ¡Qué asco de suerte la mía!
Apreté los labios, empíricamente activo, endémico y en riesgo de extinción inmediata, pues la soledad extravía todo su encanto y aparenta ser mucho más incómoda apenas alguien interviene, sin considerar sus verdaderas intenciones, aunque sean incuestionablemente filantrópicas e indiferentes.
Además, en soporte directo a mi hipótesis anterior, el eso había desaparecido. Igual que los ancestros.
— XXXI —
13 de marzo, 2022 ~ 3:33 P.M.
—Buenas tardes. Mi nombre es teniente coronel Corrido Carrera. Me pueden llamar tecé Carrera… ¿Cómo se sienten? ¿Ya se calmaron? ¿Todo en orden?
—¿Por qué nos han detenido? —preguntó Brumo, apretando los barrotes de su celda.
El teniente coronel juntó las manos, imitando un ruego.
—Ustedes no nos dejaron otra opción, ¿ven? Habíamos establecido tres zonas de seguridad. Pero tus amigos aquí decidieron hacernos el día un poquito más complicado, e infiltrarse a través de los patios, interrumpiendo a punta de cañón el arresto de la primera persona de interés en nuestra pesquisa.
El tecé Carrera se apretó los dedos, hasta que las uñas se le tornaron albinas.
—Tienen mucha suerte que se trata de una operación conjunta con las autoridades locales, y que la comandancia de la policía intervino en su favor. ¡De lo contrario…! Es decir, y de todas formas, por razones de seguridad internacional, permanecerán incomunicados hasta que concluyamos nuestra presente investigación. ¿Alguna pregunta?
—¿Y cuándo será eso?
—Es difícil predecirlo. Puede ser un par de horas… O un par de días. Aunque espero que no sea más de una semana, ¿verdad?
Pareció pensarlo mejor.
—¡Vaya, espero que no sea una semana! —exclamó.— Aquí todos tenemos cosas mejores que hacer, ¿no es verdad? Incluyéndolos a ustedes. Ahora bien, ¿tienen hambre? ¿Sed? Ya falta poco para la primera merienda de la tarde…
—¿Podemos hablar con el jefe de la operación?
—Bueno, al perecer ése soy yo. A su servicio. Por ahora, claro. Hasta que a alguien se le ocurra una mejor idea…
—¿Qué tiene qué ver mi hermano con todo esto? —interrumpió Brumo.
—No te preocupes por los detalles. Basta indicar que tu hermano nos está ayudando. Él es parte de la segunda fase, ¿sabes? Más bien, quiero decir, él es la segunda fase.
—¿Estamos hablando del mismo hermano?
—Creo que sí… ¿Cuántos tienes?
—Uno, que yo sepa. Por eso me sorprendo tanto. Mi hermano es solamente un maestro de escuela nocturna. Aunque ni siquiera capaz de enseñar un perezoso a descansar…
—Ya te dije que no tienes de qué preocuparte. Deja esas insignificancias a nuestro departamento. Al parecer, nosotros casi sabemos lo estamos haciendo, aunque la mayor parte del tiempo tratamos de disimularlo, ¿entiendes? ¡Já, es una broma! En realidad, te comunico de forma oficial que tu hermano está haciendo un excelente trabajo. Nadie mejor que él para lo que viene.
—Permíteme entonces expresarle mi asombro, y mi incredulidad…
—Asombro advertido, aunque el resto no está justificado —afirmó el tecé.— Ahora bien, ¡ejem!, volviendo al tema en cuestión que nos reúne en esta tarde de domingo, en unos minutos ustedes cuatro serán trasladados de la celda de retención a una localidad con condiciones más, digamos, ¿hospitalarias? Les rogamos que cooperen durante su estadía. Hagamos esta experiencia lo más placentera posible para ambas partes, ¿entendido?
—Yo tengo otras cosas que hacer —intervino uno de los amigos.
—¡De eso mismo estaba hablando! —aceptó el Corrido.
—Me tengo que mudar hoy. Es mi último día. Mañana debo entregar las llaves de mi apartamento bien temprano.
—Bueno, ése no es mi problema… Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.
—Ay, jefe, ¡por favor! ¡Yo no puedo dejarlo para mañana!
—Debiste haberlo pensado mejor antes de entremeterte en donde nadie te llamó, ¿no es verdad? Ustedes no tienen vela en este entierro.
—¡Caramba, jefe, que esto me va a echar a perder la semana! Voy a tener que pagar el resto del mes de alquiler, y perderé el dinero de depósito en la casa nueva… ¡Me voy a quedar flotando en el aire, sin siquiera para donde ir!
—¿Dónde está la policía cuándo la necesitas? —se burló el militar.— Bueno, yo no te iba a decir nada, porque tus compañeros te lo guardaban de sorpresa… Pero si no lo hago, probablemente no vas a poder dormir, ni nos vas a dejar dormir a ninguno de nosotros.
Hizo un largo silencio, y se cruzó de brazos.
—¿El qué? —intervino el segundo amigo.— ¿Qué pasó?
—Bueno, allá va: Cuando la comandancia de la policía se enteró del incidente, reunió un batallón y con dos de nuestros camiones hicieron la mudada en menos de veinte minutos. Tú no tenías tantas cosas, ¿sabes? Aunque tu comedia tiene demasiado drama. Es más rollo que película.
—¡No lo puedo creer!
—Bueno, ya dije que no tienen de qué preocuparse. Estamos en familia. Simplemente, obedezcan las órdenes. Descansen. Y cuando salgan no le cuenten a nadie allá afuera lo que sucedió este domingo, ¿de acuerdo? Al final de la tarde de hoy, o a más tardar mañana en la mañana, les daremos una serie de instrucciones y papeles confidenciales para firmar. Mientras tanto, insisto, descansen. Y recuerden: nada de qué preocuparse, ¿de acuerdo? Todo está bajo control. Ahora, buena suerte —exclamó.— Seguiremos en contacto.
El teniente coronel se retiró. Volvió por un segundo para añadir:
—Ah, y dicho sea de paso, lo cortés no quita lo valiente. No intenten de nuevo probar la eficacia ni la inflexibilidad de Helados, ¿entendido? ¡Tengan ahora muy buenas tardes!
Los cuatro se quedaron allí. Confundidos hasta los pies.
—Esto está muy raro… —advirtió el segundo amigo.
—Huele mal —dijo el primero.— Aquí seguro que hay gato encerrado.
—¿Qué creemos, mi capitán?
—¿Qué creemos? —repitió Brumo.— Que mi hermano sirva para algo y que forma parte de una operación secreta a nivel internacional no se lo cree ni el que asó la manteca. Además, ese tipo está de muy buen humor para ser el jefe de esta maniobra paramilitar tan compleja. Es muy sospechoso… No me juega la lista con el billete.
—Es verdad —consideraron los otros.— Parecía estar muy contento. Haciendo chistes, y tan amigable…
—Mejor nos quedamos quietos y hacemos lo que nos dijo, aunque lo hizo bromeando…
—¿Qué mosca lo habrá picado, eh?
Bueno, al parecer, aquella mosca había sido mi tía.
— XXXII —
13 de marzo, 2022 ~ 4:38 P.M.
Mis orejas volvieron a vibrar hasta el dolor.
—Cri… ¿Cristobaristóteles? —dijeron ellas.
Era lo único que me faltaba. Ahora también escuchaba voces adicionales. Y sonaban a grillos en matorral de oficina:
—Hola —respondí.— No me molesten. Estoy muy ocupado…
—Cristobaristóteles, ¿qué está pasando allá adentro? ¿Todo bien?
—Quien tiene mucho adentro necesita poco afuera —declamé, tan filosofal como una piedra y más impetuoso que una pedrada.— En este momento me encuentro empeñado en establecer la última réplica del Amazonas en uno de los pasillos de la casa, pésele a quien le sobre, y fáltele a quien le pasa, incluyendo concurrentes audibles desaparecidos e intrínsecos húmedos repletos de ojos y dedos punzantes… Hábleme en un par de quinquenios, ¡de los de doce mil años!
—Escuche: están saliendo ramas por todas partes. Crecen a un ritmo inusitado…
—¿Ranas gigantes? —inquirí, despavorido.— ¿Musicalmente inusables?
—¡Qué!
—Sí, ¿como la plaga que aparece en la Biblia?
—No dije ranas, sino ramas —aclaró él.
—La plaga no era de ramas, sino de ranas —persistí, cauce arriba.— Usted no sabe lo que está hablando.
—¡Pero qué bobería es esa!
—¿Por qué hablan mis orejas?
—Las orejas no hablan —explicó el tecé.— Son los espejuelos.
—¿Espejuelos para oír de lejos? —me sorprendí todavía más.— Es la primera vez que oigo eso. O casi lo veo. Y del “eso”, digamos, que era, pero ya no es…
—Logramos aislar a su tía —me interrumpió.
—Anjá, llámela como quiera, pero sigue siendo bastante ilegal… La actividad, quiero decir, no la tía. ¿Ya mencioné que los autos no vuelan? ¡Pues lo confirmo!
—… y a su hermano. Ambos están seguros bajo nuestra custodia. Solamente quedan el menor y usted en la residencia.
—¡Qué menor! —grité, atónito.
—O… —dudó.— Or… ¿Ortiel?
—¿Me lo dice, o me lo pregunta?
—¿Usted no sabe cómo se llama? ¿No es su hijo?
—¿Otro más? —me asusté.— ¿De dónde salieron tantos?
—Yo no sé. Me refiero al que llama “Tresco”.
—Anjá. ¿Qué pasa con él?
—Está en la residencia…
Claro, en un segundo todo adquirió sentido premeditado, impredecible y fortuito. Incluso aquella repetida sospecha de que había estado olvidando algo.
—¡Tresco, alteza! —llamé.— ¿Por dónde andas, arma de mi alma?
Pero el acceso al resto de la casa se encontraba ahora bloqueado por la selva de los tres Vesubios.
—¡Tresco! —insistí.— ¿Dónde estás, que no te veo, criatura de Dios?
Metí la cabeza entre las ramas, y los ojos se me llenaron de verde.
—¿Qué sucede, padre? —preguntó una voz familiar en tono desconocido del otro lado de la muralla de vegetación alimentaria.
Empujé más el cráneo, pretendiendo nadar entre las hojas. Sin embargo, no logré pasar de la costa más inmediata. De seguro necesitaría una balsa abstracta, o por lo menos una tablilla de bojeo a tientas.
—¿Dónde está Tresco? —repetí, escupiendo el bosque hasta por las orejas.
—Aquí estoy, padre. Pero no me agrada ese nombre. Por favor, no me llames otra vez de esa manera.
—¡Van ahora mismo para el lado de acá! —ordené, molesto, adoptando una posición horizontal, paternal y autoritaria.
El Amazonas se abrió, y allí estaba el príncipe, flotando en el aire, envuelto por la nube de fragmentos indescriptibles cual brazo enorme.
—¿Qué deseas, padre? —preguntó.— Estamos ocupados.
—¿Ocupados? ¿Quiénes son “mos”? ¿Por qué hablas así? —tartamudeé.— ¡Deja de volar, que tú eres una persona!
—No estoy volando, desde el punto de vista técnico —aclaró.— Pero si no tienes nada más que añadir, entonces debo regresar a mis presentes tareas en el sótano.
—¿Tareas? ¡Si tú ni vas a la escuela, que yo sepa! ¿Verdad?
—Bueno, hasta luego…
—¡Espera! ¿Qué están haciendo ustedes “mos”, quien quiera que sean, allá atrás?
—En sentido general, nos encontramos trabajando en un proyecto de relocalización física basado en la flexibilidad de la trayectoria de las partículas electromagnéticas en respuesta a la influencia de fenómenos gravitacionales naturales, aunque regulado por eventos de origen artificial en determinados rangos del espectro invisible, cuando alcanzan los primeros niveles de resonancia al interactuar con la superficie inferior de la dimensión superior inmediata —explicó él.— ¿Por qué preguntas?
Me quedé patidifuso. No se me ocurrió una sola idea ni para fingir estar de acuerdo.
Pero lo pensé mejor, y me pareció concluir que yo me había vuelto muy bruto, o él se estaba pasando de listo.
—Bueno, pues mira la hora que es, y ya se acerca la misma de la merienda —reflexioné, cauteloso.— ¿Quieres pastelitos de guayaba, o emparedados de queso y refresco de… tamarindo silvestre… con sabor algo histérico y profiláctico?
—No tengo apetito alguno —respondió.— Insisto en que ahora debo volver a mis cálculos. Hasta luego, padre.
Desapareció como mismo había llegado.
—¡Hasta luego, padre! —reclamé a gritos.— ¿Y ah, pé y Tito? ¿De dónde sacaste tantas palabras…? ¿Y cálculos? ¿Electromagnéticas? ¿Y la re-loca Lisa…? ¿Y también Sion?
Caminé dos pasos a la derecha, y dos más a la izquierda. Regresé y repetí la operación un par de veces.
—¡Qué está pasando aquí! —gruñí.— ¡Qué brujería es esta! ¿Dónde está mi sucesor al trono?
Se me alumbró un bombillo.
—¿Él dijo “sótano”? —solté una carcajada.— No, nosotros no tenemos ninguno… ¿Verdad? ¡Ni tareas! Que yo sepa…
Apreté mis espejuelos.
—Eh, Corrido, esto le parecerá una preguntita innecesaria, intrascendente, casi apuntando al absurdo, pero… la casa esta, en que yo me encuentro en este momento en que estoy hablando con usted hasta por los ojos, como quien dice literalmente ahora mismo, ¿sabe si tiene sótano, o no tiene sótano? O, en otras palabritas menos abundantes, ¿existe una cavidad subterránea habitable bajo el primer piso que yo piso cual estructura inferior de la residencia residencial en que resido, quiera o no quiera, contemporáneamente hablando? Lo cual no obstante puede por obligación significar…
—¡Un momento! —me interrumpió él.— Déjeme revisar los planos del barrio y consultar a la especialista…
“No, claro que no”, pensé, apresurando la conclusión. “Yo nunca lo he visto por ninguna parte. Pero a lo mejor está en el patio, o dentro de un armario, o en la jaula del rey Zedro, o en el ático…”
—Pues no, ustedes no tienen sótano, ni nada similar —aclaró la voz desde el más allá.
—¡Gracias a Dios! —me reí.— ¡Qué locura!
—¿Qué sucede?
—Nada. Simplemente que Tresco me dijo estar realizando algún tipo de proyección fenomenal con fantasmas algo artificiales en el rango de la superficie electromagnética de un sótano que todavía no tenemos ni siquiera en esta dimensión… ¡Qué cómico y complicado! E insisto: ¡no tenemos sótano! ¿No es verdad? ¡Pues claro que sí que no!
—Afirmativo. Aunque, bueno, en ese caso… si él dijo lo que le dijo… —añadió el tecé, con un tono que simulaba alarma—, ahora, digamos, yo no estoy tan seguro…
—¿Qué quiere decir?
—¿Y Tresco le dijo eso?
—Anjá. Pero yo pregunté primero desde el principio de los dijes, así que dígame lo que me diga, yo diré menos…
—¿Y qué edad tiene el niño?
—¡No me cambie el tema! —me enojé.— Nadie tiene tiempo para esos detalles tan insignificantes. Además, ellos crecen abruptamente. De seguro son multitud de meses, difíciles de calcular porque no contienen la misma cantidad de días.
—¿Usted no sabe qué edad tiene su propio hijo?
—¡Eh, cuidado con las insinuaciones! —lo amenacé.— Su tono es muy ofensivo. Me está haciendo sentir responsable.
—¡Usted es el responsable!
—Pues no, me niego. Yo soy completamente irresponsable. Pero si tanto le pica el interés, pregúntele a mi tía, la que tiene, ¿cómo dice?, aislada, entre comillas. O entre lo que sea. Me imagino que en una jaula.
—Correcto. Le voy a preguntar a ella.
—¡Anjá! ¡Lo sabía! ¿Y entonces me dice? —rogué.
—No, no le voy a decir nada.
—¡Es mi hijo! ¡Yo tengo derecho a saberlo!
—Esta situación se nos ha ido de las manos. Manténgase alejado de las puertas y ventanas. Encuentre un lugar seguro, preferiblemente en el centro de la habitación y contra una de las paredes interiores. Tenemos todo preparado. Vamos a encofrar la casa.
—¿A en-qué-fue? ¿Eso duele? Parece que duele…
—No, no duele. Es un proceso que consiste en inyectar una amalgama semilíquida que adquiere solidez cuando se oxigena producto del movimiento… Digamos, como al hacer mantequilla a partir de la leche, ¿entiende?
—A mí me encanta comer mantequilla —recordé—, con tostadas acabaditas de pescar… ¿Van a hacer mantequilla?
—¿Conoce la fábula de los ratones y la leche?
—Aquí no hay ratones —me ofendí por penúltima vez.— ¡Zedro es una chinchilla, muy respetable y voladora!
—Lo que sea. Volviendo al tema, es posible que Ortiel haya establecido algún, digamos, tipo de amistad con el Sistema Mellizo Réplica Alfa, alías Raíz, el cual se encuentra en el mencionado sótano que ni siquiera aparece en los planos de la residencia, pero que es posible haya excavado en las últimas horas con el objetivo de usarlo como guarida y centro de operaciones… Tendremos que añadir un poco más de la mezcla inmovilizadora, pero la gravedad hará el resto.
—Anjá. Pues eso me parece bastante grave… ¿No será también “gravitacional”, por alguna casualidad, y en respuesta a fenómenos de origen invisible y otros etcéteras referidos anteriormente en dimensiones inmediatas que nadie conoce?
—Recuerde: mientras más se mueva, más sólida se pone la amalgama. Igual que la leche. Pero no se preocupe, pues no existe peligro de asfixia, ¿me entiende? Podrá respirar sin dificultad. Repito: no hay peligro. ¿Me sigue?
—¿A dónde quiere que le siga?
—No, no me siga. Quiero decir que nada más no va a poder moverse…
—¡Claro que si no puedo moverme tampoco voy a poder seguirle! ¡Es absurdo!
—Encuentre una pared interior, recuéstese a ella… Estamos casi listos. Es cuestión de un suspiro.
—¿Quién suspiró?
—¡Quiero decir: un segundo! —gritaron mis espejuelos.
—¿Estamos contando ahora? —intenté aclarar.
—Nadie está contando…
—Claro que sí. Y dígame, ¿qué pasó con el primero?
—No hay primero. ¿Qué primero?
—Era de esperar. Otro absurdo. Tiene que existir un primero, ¿ve?, para que luego pueda llegar el segundo que le siga.
—¿Está nervioso? Pues cálmese. Le repito que no tiene de qué preocuparse.
—¿Y Tresco?
—No se preocupe. Insisto: todo está bajo control.
—Insista todo lo que requiera. Ahora, respóndame con sinceridad, ¿cuánto pesa control? ¡Puede estar aplastándonos!
—Déjese de anormalidades. Ataque en treinta segundos. ¿Ya está en la pared?
—Anjá… Pasamos del primer segundo a treinta idénticos. Era de esperar. Aunque el tema es que vamos a llegar tarde.
Me acerqué a la ventana. Yo no quería perderme el espectáculo.
Si embargo, no alcancé a distinguir nada. La casa se encontraba rodeada por una barricada de planchas gigantescas, cubriéndola hasta en direcciones que no lograba imaginar, con el evidente propósito de frustrar mis intenciones.
—¡Ah, yogurt de fresa con duraznos!
El río más lento que pueda imaginarse se precipitó desde el parapeto en busca de resquicios anónimos, inyectándose incontenible en nuestra realidad. Todo se fue abajo, en un estallido inoportuno, y el planeta comenzó a bambolearse de uno a otro lado al ritmo de alguna melodía imaginaria, llena de lánguidas asonancias y metáforas hirientes.
Me aferré a una lámpara con el objetivo de preservar el balance, pero la lámpara no estaba sujeta de nada más, y nos fuimos los dos de paseo, rodando de un lado al otro de la casa hasta convencerme de que aquella nueva situación era inaceptable, aunque bastante divertida.
—A la derecha —indiqué.— Un poquito más a la izquierda. ¡Anjá! ¡Arriba, camaradas! ¡Para atrás ni para impulso!
Me levanté tan pronto el vaivén decidió aminorar varios decibeles.
Estábamos en medio de un lago.
“¡Qué bien!”, me alegré. “El valor comercial de mi casa se ha evaporado un trescientos cincuenta por ciento gracias a la zona yerma y el panorama sumergido. Es una isla. Tendré que irme de compras, en busca de varillas de pescar en agua dulce y lombricitas plásticas de carnada… ¿Por qué las llamarán así, si son sintéticas, no de carne?”
Saboreé el futuro náutico, elevando la nariz.
Créalo o no lo crea, aquello me recordó la recompensa.
—Tres y cinco —canturreé.— ¿Dónde están mis invaluables y muy famosos yones?
Es verdad que había prometido traer al eso por los pelos si fuese necesario. O por las ramas, pues estaba en la selva.
Por fortuna, y como caído del cielo, ya tenía un lago lleno. Nada más faltaba el yate. Lo iba a pintar de azul hasta la línea de flotación, la cual, contrario a la creencia popular, no flota, y nada más sirve para algo apenas se hunde. Y el resto de blanco. Los mástiles de amarillo. Las velas verdes, claro, con bandas paralelas inclinadas unos treinta y cinco grados, también verdes, y con círculos esmeraldas. Y le iba a poner una luz bien molesta, parpadeando en la canasta del vigía…
—¿Hola? ¿Hola? —insistieron mis orejas.
—Por su madre, tecé —protesté.— No tantas, que nos va a causar una marejada, y hasta ahora el agua estaba serena…
—Dije “hola” —repitió él.— ¿Dónde está?
—Creo que en el océa-si… pues el “no” es exorbitantemente negativo. Y ni una más, le suplico, que me va a virar el bote.
—¡Qué bote ni qué ocho cuartos! —me gritaron las orejas.— ¡Dígame dónde está! ¿Qué ve?
—Bueno —me fijé por la ventana—, parece que todavía es el mismo planeta. Veo una convención de árboles, el cielo en el sitio de siempre, montañas, garzas, mucho aire ocupando espacio, pero no papas… Y, por supuesto, la orilla.
—¿La orilla?
—Anjá. Eso mencioné cuando lo dije.
—Estamos triangulando su posición a partir de los espejuelos. Dígame, ¿ha localizado al ese eme erre Raíz?
—Claro que lo localicé. Yo no soy tan bobo. Pero suspendió el curso. Y se deslocalizó él sólo a la carrera. ¡Cobarde! Y ahora está en el mismo lugar donde yo no sabía que estaba apenas porque desconozco las exactitudes geográficas…
—No tengo idea de qué me está tratando de decirme.
—Yo tampoco —confesé.
—Ah, lo encontramos… Despacharemos de inmediato un par de rotorciclos anfibios en el área.
“¡Y dale con las ranas!”, pensé.
—Estaremos allí en diez.
—Anjá —acepté.— ¿Diez qué? ¿Más pepinos?
—¿En diez minutos?
—¿Me lo pregunta? ¡Qué sé yo!
—Yo pensé que ya habíamos pasado por esto… En fin, estaremos en el área, pero en esta ocasión no intercederemos. Ya vio lo que nos pasó hace un momento, ¿verdad?
—Yo no vi nada —afirmé.— Estaba muy ocupado rodando de un lado al otro de la casa.
—Pues bien, en ese caso le informo que Raíz respondió a nuestro intento de capturarlo llevándose la casa.
—Já, qué gracioso… ¿Qué casa?
—Su casa.
—¿Mi casa? —grité, espantado.
—Sí.
—¿Pero cuál?
—¿Cuántas casas tiene usted?
—No sé.
—¿Cómo que no sabe?
—Yo tenía una sin sótano, que ahora tiene sótano. A lo mejor me equivoco también en la cantidad de las otras.
—Me están llegando las primeras imágenes de los rotorciclos… Su casa está… en medio de… una laguna.
—Anjá, ¿qué más?
—Y ahora se está…, ¿cómo le digo?, hundiéndose.
Efectivamente. El agua comenzó a penetrar por todas partes. Nunca me imaginé que mi propia residencia tuviese tantos huecos. Era un verdadero colador de acumulaciones líquidas inseguras, criminales y emocionalmente impulsivas.
—Bueno, se me aguó la sopa de los yones —acepté, sintiéndome culpable.— El que mucho a barca, poco a… prieta…
—Le quedan dos alternativas, ¿sabe?
—Las cuales no sé hasta que me las diga —protesté.— Y apúrese, que este lago está más frío de lo que describen los hidroglíficos del antiguo Egipto…
—Primera opción: vaya al sótano y encuentre a Ortiel y al Raíz. De seguro allí existen condiciones favorables.
—Pues yo no sé ni dónde queda el sótano ése que hizo eso —me lamenté.— A mí nadie me dice nada.
—Mire hacia abajo —ordenó el tecé.— ¿Listo?
—Ya miro… ¿Qué más?
—Allí está el sótano.
—De eso nada. Son mis zapatos. Y están mojados. Ambos. También mis pies. Para un total de cuatro apéndices…
—Vaya, ¡qué difícil! Quiero decir que esa es la dirección general en que se encuentran los sótanos, ¿entiende?
—Bueno, será por allá. Aquí, todo lo contrario. Aunque me parece que no era general, sino teniente coro…
—Está bajo el suelo —insistió el terco remoto.
Le di una patada a la superficie referida, provocando un estallido exageradamente húmedo.
—No, nada, aunque suena muy corriente —aclaré, intentando eludir mi propia lluvia.— Prosigamos a la otra opción.
—Busque el punto más elevado del edificio. Uno de nuestros rotorciclos lo rescatará si puede llegar al exterior. De lo contrario, es una buena oportunidad para creer en Dios. Eso sí, deje los espejuelos en la casa. De esa manera podremos encontrarla si Raíz decide volver a llevársela…
—¿Los espejuelos?
—Eso dije.
—¡Pero es que sin los espejuelos no oigo nada!
—Es imprescindible que siga mis instrucciones, ¿bien? Recuerde: dos alternativas, dentro o fuera, etcétera…
—Anjá —asentí—, que sí, pero no. Inaceptable. Usted me está engañando. Eran tres hace un rato, no dos. Ya me escondió que era una buena oportunidad para ser religioso. ¡Pues yo también tengo derecho!
—Mire, Cristobaristóteles, yo no voy a perder más mi tiempo. Salga de la casa como pueda. Le echaremos una red y le arrastráremos hasta la orilla. Después de eso puede irse para donde se le ocurra. Nos tiene sin cuidado también si no sale. Aquí tenemos cosas más importantes que hacer. ¿Está claro?
—Vaya, ¡qué mal genio, tío!
—¿Ahora soy su tío?
—Espero que no —reconsideré.— ¿Pero acaso no se acuerda que fui yo quien le presentó a mi tía?
—Eso no nos hace familia. Mire, estoy cerrando las comunicaciones. Ya hablamos todo lo que podíamos hablar. Sabe qué hacer, ¿verdad? Está en sus manos. ¡Buena suerte!
Me sentí bastante irritado. Aquel tecé me seguía mintiendo. Yo no tenía nada.
Y el agua insistía en continuar subiendo con una lentitud desconsiderada y exasperante.
—¡Qué va! —dije.— Esto es demasiado aburrido.
De manera que apliqué todas mis fuerzas, y entreabrí una ventana.
Era eso lo que esperaba el universo. El lago realizó un gorgoteo pendenciero, hizo una mueca, agitó los brazos, y me sacó a puntapiés de mi propia residencia por el otro extremo a través de un agujero que yo ni siquiera sabía que existía.
—Tengo un sótano y un hueco —balbucí, absorbiendo el planeta Tierra en forma líquida.
Creía recordar que yo no sabía nadar nada. Y lo confirmé de inmediato.
Decidí pues agarrarme lo mejor que pude a cada cosita que encontré, sin importarme cuán pequeña o insignificante.
Súbitamente, el agua se aplastó, formando ondas concéntricas alrededor de mi posición en el espacio interior del legendario planeta de las papas. El viento entonó quejidos enceguecedores. Y mis ojos se apretaron involuntariamente.
—¡Mis espejuelos!
No tenía idea de a dónde habían ido a parar. Era muy probable que ahora fuesen parte del ecosistema.
Alguien gritó:
—¡Agárrese a la…! —ruido.— ¡A su…! —y más ruido.
Miré en aquella dirección inútilmente. Hacia la otra advertí algo muy colgado del cielo. Lo perseguí con la vista, hasta alcanzar a descubrir en el extremo superior del mismo un pepino de proporciones exageradas y colosal escándalo, relleno con un individuo a lo militar, quien hacía muecas desagradables apuntando repetidamente hacia abajo.
“Ése debe ser el monociclo roto que mencionó el gran oculista grueso”, especulé. “Nunca mencionó que sabían flotar.”
Recordé además que los pepinos se encontraban en la misma categoría de los elementos más desagradables e inesperados en esta historia. Sin embargo, la noción de que repentinamente adquiriesen características similares al rey Zedro y a los autos sin ruedas me obligó a presumir que la sobrevivencia resultaba casi imprescindible si aspiraba a concluir el cuento antes de mi particular desenlace dramático.
Así que me sujeté a la red fingiendo desafiante indiferencia literaria, sin prefacio ni ilustraciones adicionales.
“De seguro ellos también conocen los secretos de mi Amazonas y aquellos Vesubios agrícolas de pasillos domésticos”, deduje pensativo, mientras intentaba trepar en dirección al artefacto volador.
Sin embargo, el piloto realizó una pantomima en negación y pánico, muy enérgica y cubierta de groserías. Yo lo ignoré, y seguí escalando.
El pepino mágico dio un giro brusco, y salió disparado en dirección a la orilla más cercana.
Del tirón perdí el agarre, y el mundo se me fue a la cabeza.
En otras palabras, quedé colgando por un pie de la susodicha red voladora, en uno de esos momentos inesperados en que el suelo es el cielo, mientras la tierra firme se acercaba con desesperación.
Y allí me soltó el triciclo aéreo, con red y todo.
Para colmo de males, volvió a comenzar a llover.
Miré hacia el lago buscando mi residencia acuática, pero ya solo se le distinguía una porción del tejado.
—¡Tresco! —grité.
Inexplicablemente, mi subconsciente decidió ignorar mis previas habilidades natatorias, y me lancé de regreso al agua. La orilla no era muy profunda, así que me propiné un buen golpe en alguna parte de la quijada y el borde de mi cabeza.
Me puse en pie con la intención imprecisa de un salto, e intenté correr en dirección al príncipe escondido en aquella posibilidad de sótano, ahora en extremo lejana… Pero el lago se volvía más y más profundo…
El universo quedó silencioso. De una forma como jamás hubiese ocurrido antes. Las gotas de lluvia se detuvieron en el aire, elaborando una malla de belleza extraordinaria. La superficie del lago pareció tornarse sólida y cristalina.
Sentí un brusco crujido en los tímpanos. Y mi casa salió disparada en dirección a sí misma, dejando una estela de luces de colores impregnada en mis pupilas.
El hueco en el agua permaneció por más tiempo de lo esperado.
—Anjá —concluyeron mis labios, aunque mis oídos no vieron nada.
Entonces el ruido común regresó. Las olas volvieron a batir. La lluvia, a caer.
Sin embargo, la casa había desaparecido.
El resto del lago ocupó el agujero.
—¿Qué fue… —musité— eso?
— XXXIII —
13 de marzo, 2022 ~ 5:00 P.M.
El ejército de cincuentáficos desplegó planchas enormes alrededor de la casa empleando las furgonetas militares para empujarlas con precisión de relojero suizo hasta encajarlas en una barricada oscura, desalentadora.
Era una maravilla de la ingeniería militar. Un portento de la ciencia moderna. Una celda para hogares indisciplinados, aunque petrificados e inmóviles. Perfecto a la ideología de aquellos que sospechan enemigos hasta en las paredes.
Ante el impacto, las cercas se fueron al suelo, el buzón de correos desapareció en un ángulo abrupto, y la escalinata de la entrada pasó a una mejor vida.
El resultado inmediato fue un cerco que se elevó persiguiendo las ventanas en el segundo piso, y aisló la residencia del resto del barrio y miradas impertinentes.
Exactamente medio segundo después, calculado con un grano y medio de arena bien escuálido, los invasores organizados conectaron gruesas mangueras en varios puntos clave, y liberaron la amalgama.
Una sustancia rosácea, viscosa y llena de venas amarillentas y pedazos de matices desagradables, inundó el poco espacio existente entre el parapeto y la casa.
La avalancha se apretó contra puertas y ventanas, escalando la estructura en persecución de cada orificio con la intención de alcanzar el interior de la residencia, hasta el sótano recién descubierto…
En respuesta, la casa decidió elevarse, flotar por un rato y disolverse ante la vista atónita de eruditos, militares, vecinos y curiosos, dejando una estela color aire en el atardecer del domingo.
Conclusión
Nadie se atrevió siquiera a insinuar lo ocurrido en las semanas posteriores.
Hasta mis ancestros energúmenos, trogloditas y costeros permanecieron escondidos en sus respectivas historias.
Por extraño que pueda parecer, mi casa regresó a su lugar tradicional. Aunque no fue de inmediato. Allí había quedado un cráter en conmemoración de los acontecimientos de aquel domingo terrible e inesperado. Y el Gremio Cósmico Mundial decidió rellenarlo eludiendo las últimas modificaciones. Es decir, sin sótano, sin Vesubios, sin alas, sin papas, y mucho menos lago u otras propiedades acuáticas habituales.
Era una residencia idéntica hasta el mínimo detalle a la versión anterior. Aun así, extrañamente vacía. Seca. Fría. Incompleta. Cubierta de una neblina emocional ávida y exasperante.
Una que otra vez, y cuando me aseguraba bien de encontrarme a solas, yo regresaba a la habitación de Tresco y me sentaba en el suelo, junto a su cama, luego de revisar repetidas veces los usuales escondrijos por presencias invisibles.
Allí forzaba mis pensamientos a permanecer inmóviles. Cerraba los ojos, escuchaba el silencio, y percibía el hueco cada vez más profundo e hiriente en mi interior, en aquel lugar donde el príncipe había vivido sin yo apenas notarlo.
Mis dientes se apretaban, mis hombros perdían el ímpetu, y el suelo volvía a ser cielo, cayendo eternamente en un abismo mudo, de tristeza interminable.
No podía comer. Evitaba a mi tía. Mi hermano era un extraño que casi ostentaba mi último rostro.
Hasta que un día al final del próximo mes regresó el matorral de oficina. Lo acompañaba un individuo pequeño, silencioso y ridículo, disimulado en un sobretodo hasta las orejas y embutido en zapatones de vadear tornados.
El tecé estaba radiante de optimismo. Como si la esperanza tuviese dos hileras de dientes, intenciones ilícitas y una boina inclinada. Mencionó algo como que Ecos había comenzado nuevamente a hacer esculturas. Es decir, a recibir mensajes del Raíz. Y que tenían información de que Tresco ya no era un príncipe, sino un pionero en la exploración de otras realidades, en asociación directa con aquel fenómeno inoportuno conocido como PÉIS y un Zerico volador.
Comentó además que la información obtenida de alguna forma intentaba explicar el evento del lago. Incluso me mostró imágenes carentes de lógica común, pero repletas de colorines y ángulos tan sorprendentes como inesperados. No obstante, se resistió a mencionar la recompensa. Y nada de mi apéndice bebé.
Yo escuchaba, pero no oía.
El vacío en mi alma no lo podía llenar ningún conocimiento. Entender no aliviaba mi angustia.
El símbolo de la distancia había adquirido el peso atómico del desánimo, y la misma densidad del desconsuelo.
La respuesta era bastante simple. Tal vez más de lo jamás esperado.
Pues por mucho que nos rodeáramos de ese eme erres, militares y cincuentáficos, explicaciones y detalles, ciencias y leyes, camiones militares y pepinos voladores, siempre teníamos que regresar a nosotros mismos, a la soledad de cada pensamiento, el brutal desequilibrio de nuestras desiertos interiores, y a la convicción de que lo cotidiano, lo que parece natural, básico, rutinario y repetitivo, es en verdad nuestro infinito tesoro de cada día.
(Domingo, 13 de marzo al 26 de mayo del 2022 | Última revisión: sábado, 24 de junio de 2023)
OPINIONES Y COMENTARIOS