Escribo porque estoy de paso. Quizás lo hago para tener ordenado mi propio diálogo interno. Puede que más bien lo haga porque soy demasiado racional y necesito poner las cartas sobre la mesa y mantener la balanza hacia lo práctico o quizás, y solo quizás, sea porque soy demasiado sentimental y todo lo que se guarda durante mucho tiempo tiende a salir desbordado por alguna vía. La mía claramente es esta.
Hoy vengo con miedos. Y es que siempre tuve el miedo de pasar por alto, de vivir en una especie de piloto automático, de dejar de fijarme en los detalles y perder el brillo.
Quizás con la llegada de la primavera sea todo más llevadero o con la llegada de aquellas tardes de verano en las que el Sol calienta el asfalto y los niños corretean por la arena con la capacidad de recrear cientos de historias. Capacidad que nosotros, los adultos, perdimos hace tiempo aunque todavía me gusta pensar que la niña que era sigue ahí, a pie del cañón para devolverme de vez en cuando esa capacidad soñadora que tantas historias creó de niña.
Quiero poder vivir en el presente de mil atardeceres en los que el mar engulle al Sol ofreciéndonos un espectáculo de luces cálidas y puede que sea egoísta por tener la necesidad de hacer mío un momento pasajero pero ojalá no volver a asomarme a la ventana de otras pupilas.
He aprendido que en muchos casos, la intimidad pasa por narrar episodios que teníamos enterrados y desenterrarlos conlleva sin lugar a dudas a unos cuantos quebraderos de cabeza. Aprender a distinguirnos entre lo que fuimos y lo que somos, a no odiar al yo de ayer pero si hacerle uso haciendo autocrítica es tarea complicada. Lo dicho, el camino sencillo siempre fue enterrar los miedos. En eso siempre fui una experta.
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