Muchas veces a lo largo de toda nuestra vida experimentamos varias sensaciones, algunas son lindas, algunas son feas y otras depende de cómo uno lo mire. En un primer momento podemos sentirnos amenazados ante la llegada de esas que no son tan agradables, pero… ¿Qué hacemos entonces? ¿Dejamos que nos invadan, que nos enfermen? ¿Permitimos que tomen el control de nuestras vidas? Lo importante es saber qué hacer y revertir esa amenaza que presenta sentir, por ejemplo, miedo.
He visto gente que por miedo deja de hacer muchas cosas que signifiquen una gran satisfacción o una gran felicidad.
El miedo paraliza.
El miedo condiciona.
El miedo hace pensar, a veces de más.
Enemigo invisible que muchas veces no podemos controlar. Pensamos que es malo sentirlo y experimentarlo.
Dependiendo de cómo evolucione nuestro organismo yendo de la mano con el miedo, es cómo estaremos alerta con las decisiones que vamos -o no- tomando. Dependiendo de cómo sigamos caminando con el miedo es cómo vamos a actuar para que no tome el control absoluto de nuestra vida cotidiana.
El miedo no es para alarmarse, sino para estar alertas.
Por miedo cometemos grandes errores, o no movemos un pelo y nos quedamos estancados.
El miedo también nos trae una cuota de movimiento, de incertidumbre y adrenalina. Hay mucha gente que en ese estado le pone un poco de la emoción que le faltaba a su día a día y disfruta de sentir miedos, porque los impulsa, los saca de su zona de confort y les permite -nos permite- planificar y estar en movimiento.
El miedo, indefectiblemente, nos marca para bien o para mal pero nosotros somos quienes elegimos qué hacer cuando lo sentimos, lo importante es darnos ese lugar para poder parar la pelota y pensar con detenimiento todos los factores que conforman ese miedo, NUESTRO MIEDO para poder ordenar lo mejor posible nuestras emociones y nuestras metas.
«Con miedo, pero hacelo», esa es la llave maestra que enciende el motor de nuestra vida y nos conduce a un cambio.
¡A por ello!
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