La carta de un doliente

La carta de un doliente

Anónimo

14/11/2021

Hay un sentimiento esporádico, pero constante, que dibuja pensamientos y breves partituras de recuerdos que me abruman durante días. Para mi desgracia, no he alcanzado el nivel intelectual de Sartre, Camus, Cioran o de cualquier otro filósofo que haya hecho de su vida la representación reflexiva de complejidades incalculables, por esa razón, debo conformarme con las vagas y maltrechas frases que intento escribir.

Es difícil no pensar en lo que haría Bukowski. Posiblemente buscaría uno de sus abrigos, sino su único abrigo, y emprendería un arduo camino a la licorería más cercana, compraría 2 vinos baratos, uno para consumir una vez llegue a su departamento y otro para la mañana del día siguiente, se embriagaría hasta el amanecer y despertando en su propio vómito, buscaría la segunda botella. Sin embargo, no soy él y aunque admiro su tenacidad para mandarlo todo a la mierda, no me parece viable hundirme en la inconsciencia del alcohol para tolerarme y tolerar, el desagrado por vivir.

¿No es acaso la respuesta más hipócrita? Piénsenlo. Una persona que se hace llamar atea y que en pleno uso de sus facultades defiende con efervescencia la inexistencia e inutilidad del argumento religioso, pero que en momentos difíciles busca regocijo en dios, ¿no es equivalente al sujeto que considera la existencia como un devenir sin causa, desamparado y tragi-cómico, pero que no se embriaga porque “hay mejores formas de lidiar con el absurdo”? Finalmente, la mejor incoherencia es la poco controlada. Si tan incoherente es vivir ¿por qué no ahogar la conciencia que se tiene de ella, en la inconsciencia alcohólica? Preveo muchas respuestas a esa pregunta.

Porque hacerlo sería renunciar al poco control que tienen de sus miserables vidas, por ejemplo. Si viven sumidos en deudas, desgracias y malestar decidiendo de forma responsable y consciente, imagínense el desastre de elegir bajo los efectos de un psicodélico. O mejor aún, el vivir drogado o borracho, que para mí es lo mismo, sería admitir que el control es una vaga ilusión. Si de nuestra voluntad y acción dependiera el curso de nuestras vidas, muchos de ustedes no estarían en donde están, incluso me atrevería a decir que no seguirían leyendo esta mierda, pero bueno… aquí siguen ¿no? El punto es que si no hay una garantía que justifique sus decisiones y no hay una correspondencia lógica o definitiva, es lo mismo vivir lucida o drogadamente, la única diferencia y no pequeña, es que la percepción de cada sujeto sobre sí mismo varía radicalmente al reconocerse como sano o enfermo, pero en el vivir cotidiano, sus acciones podrían corresponderse casi sinónimamente.

Alguien podrá anticipar una defensa al pensamiento Bukowskiano o a los estados alterados de la consciencia, no obstante, lejos de ser esa mi intención, intento recrear de forma fiel las ideas que emergen en mí de tiempo en tiempo. Cuando un adolescente presencia el sin sentido y reconoce las mentiras que fundó su supuesta educación, no suele responder de forma madura o sana a aquellos problemas que cree conocer, o eso me gustaría creer. Contraria a la creencia que muchos sostienen, mi adolescencia no ha sido el éxtasis emocional y sexual que protocolan para la juventud, más bien ha sido un reencuentro bizarro y semi-trágico con tintes agridulces, que en el mejor de los casos, me hace sonreír.

Entre más lo pienso, más me convenzo de que la facultad fue la moza que abrió las puertas de este torrente. Mi paso por la facultad puede definirse de muchas formas: interesante, complejo, profundo, doloroso o simplemente “particular”. Después de mi pronta graduación, a los 16 años, no creí que la universidad y la filosofía, modificaran mi perspectiva tan bruscamente. Ahora con 20 años, intento recordar la ingenuidad de una mirada esperanzada en un devenir mágico y productivo y a decir verdad, son pocas las escenas que puedo rescatar.

Como dijo Derrida: “toda filosofía es una egodisea”, difícilmente puede separarse la producción artística, el pensamiento moral o el desarrollo intelectual, de las experiencias autobiográficas que constituyen cualquier mecanismo de trascendencia, es como escindir el salitre de la pólvora marrón y pretender que cumpla su función con normalidad. Considero que esta explicación es necesaria para que accedan a parte de mi historia, pues sino la conocen, difícilmente entenderán lo que les he compartido.

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