A Don José María, el del campo

A Don José María, el del campo

El músico

28/10/2021

27 de Octubre de 1,825. Guatemala, República Federal de Centroamérica.


Apreciado Señor José María: 

Qué gusto es poder escribir una humilde carta a su inspiradora persona. A usted, de quien yo soy deudor de muchas cosas, incluso de mis culpas. No sé dónde comenzar, nunca lo sé, pero esta vez algo me ha dado un pequeño empujón a intentarlo. Espero tenga Vd. mucha paciencia con mis a veces oraciones sin sentido, recuerde que aún soy joven. Y no tome mi buen léxico como un recuerdo de aquellos que le ordenaban y condenaban en su exhaustivo trabajo en aquellos años de su melancólica juventud.

Primero, ha de perdonar la distracción abusada que tengo por discapacidad, ella es culpable de que yo no le haya mandado a Vd. alguna carta en el pasado. He tenido un recuento de muchos misterios sin respuesta durante largos días, casi meses. Ha sido esta la justificación de mi tardanza, que es más bien una tonta excusa que demuestra lo mal que se me da la mentira, sabrá de lo que hablo. Pero hoy que me encontré calmado y con la ansiedad rutinaria que tengo de sobar mis dedos en las viejas teclas de mi máquina de escribir, no me queda otra más que dar mi brazo a torcer a favor del que considero artista, que mora entre mis inquietas neuronas. 

Tengo tanto qué contarle, tanto que todas mis palabras se amontonan en mi mente como las personas que egresan del trabajo en el último autobús colectivo que sale de la ciudad. Creo que empezaré por mencionarle un interés absurdo que he tenido días atrás por escribirle al amor, y de él. No habrá, considero, otro hombre más tonto que yo mismo queriendo hablar de algo de lo que no tengo la menor idea de qué es, dónde nace y en qué día muere. Hasta el músico con su melancolía o el borracho atontado de penas se confunden de adjetivos cada que hablar de esa enfermedad quieren y pueden. Se preguntará Vd. por qué señalo al amor de tal manera, como una enfermedad, y mi respuesta es que, ciertamente, el amor duele, pero si el amor no doliese, no sería amor, porque no tendría el sabor de la aventura. Así mismo, una enfermedad que no se sufre, no es enfermedad. Quizás debería esperar hasta un día dónde me queden solo unos pocos más para al fin y tal vez, hablar un poco de esto que callo mucho. 

La joven del trabajo, la que mencione en aquel papel apresurado, me ha despertado tal inspiración e incomodidad  que cuando pasa a mi lado, me roba la calma. Creo que es muy pronto decidir si viene con el Sol o con la lluvia, si me cura o me enferma de lo antes mencionado. ¡Ojala que un poco de ambas! Como quiera, mañana pasare por ella e iremos a bailar. ¿Cree usted que al menos obtendré un medio abrazo? prefería un medio beso. ¿Un rose de manos? ¿Un capricho?

Leyendo esto que escribo me noto mas enfermo, así que por el bien de mis neuronas yo aquí iré terminando, pero también dejare a su discreción, como persona curtida, que en unos días, meses, o años, envíe una respuesta de vuelta a este hombre, su linaje.

Espero que dicha mención del amor no levante polvo del suelo. Pero deseo que estas pocas letras alegren cualquier día en que decida leerlas. Estarán ahí, y siempre serán suyas.


Atentamente,

Etiquetas: carta

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