El último subte
Nos volvemos esfinges, aunque falsas, hasta el punto de no saber ya quiénes somos.
(Fernando Pessoa)
La neblina húmeda y fría, apenas dejaba ver el final de la cuadra. A lo lejos, la luz monótona de un farol era una mancha temblorosa.
A la altura de Once, divisé una mesa libre en La Perla y entré. Sobre la mesa, un diario con la historieta Diógenes y el Linyera.
Entonces los vi.
Dos hombres, al lado de un auto, miraban hacia mi ventana.
Uno de ellos, muy quieto, parecía hablar por radio. El otro tenía el brazo izquierdo inmóvil, como de cera.
Salí del bar sin mirarlos. La neblina me llenaba los pulmones de un olor metálico.
Bajé a la estación de la plaza Once y esperé el arribo del último subte.
Miré el reloj: marcaba las 23:15.
En un muro, un mapa antiguo indicaba que entre Once y Congreso había dos estaciones que yo nunca había visto: Alberti Norte y Pasco Sur. Alguien las había tachado con un crayón rojo.
Los hombres del auto bajaban las escaleras al tiempo que en el túnel aparecía el reflejo de las luces de la formación que se aproximaba.
El tren frenó y subí. Los hombres entraron por otra puerta. Sin que me vieran, volví a salir, vi una escalerita amarilla que daba a las vías y no lo pensé: bajé de un salto y me escondí debajo del andén.
Oí una voz: —¿Qué pasó? ¿Lo tenés?
Me deslicé hacia la boca del túnel y escapé corriendo entre las sombras. Casi había llegado a una curva cuando oí que alguien saltaba a las vías.
El terror me mordía los huesos. El olor a hierro se disolvió y algo extraño ocurrió: Vi a mi madre usando un bolígrafo amarillo. A aquella niña de cabellos claros en el patio de la escuela. Vi la mancha de nicotina en la tecla fa del piano de la vieja casa y, tras la cortina del jardín de infantes, una tela de araña cubierta de polvo de tiza.
Finalmente, tras la curva, apareció una estación.
Caminé por el túnel hacia Alberti. Según los mapas de la superficie, la distancia era de apenas unas cuadras, pero allí abajo el tiempo parecía estirarse. El aire pesaba más, como si estuviera atravesando una ciudad que ya no figura en los catastros municipales.
De pronto, algo me detuvo: había gente esperando en el andén.
¿Gente, a esa hora?
El servicio terminaba a las 23:30; ese tren había sido el último.
Me pegué a la pared del túnel. Luego, avancé con cautela.
Subí al andén.
La estación lucía abandonada. La luz, escasa, apenas alcanzaba a revelar un cartel: «Alberti Norte». Figuras de cera detenidas en un gesto de piedra. Sus ropas parecían fuera de época.
Percibí algo raro en la disposición de los cuerpos. Me acerqué a uno: el rostro, de un material amarillento, estaba lleno de grietas diminutas.
Contuve la respiración. Silencio total.
Muy cerca, creí oír un suspiro. No. Una palabra.
Giré. Seguían inmóviles. Di un paso atrás.
Oí voces que venían del túnel.
Me deslicé entre los maniquíes. Tomé el sombrero de uno de ellos. Sobre él, había una pequeña tela de araña. Me lo puse.
Las luces de las linternas recorrieron el borde del andén; luego, el espacio bajo la plataforma. La luz me rozó los zapatos, pero pasó de largo, como si solo hubiera iluminado un relieve de piedra.
Yo seguía sus movimientos con los ojos.
Cuando me sentí seguro, me quité el sombrero y se lo devolví a su dueño.
Antes de bajar a las vías, miré a un costado: las luces se alejaban. Una chapa oxidada reflejaba la escena del andén: allí estaba yo, inmóvil, confundiéndome con la penumbra de la estación.
Alcancé a la otra estación, un cartel anunciaba: Pasco Sur. Sabía que esa plataforma era un error.
Llegué al portón. Estaba abierto.
Por fin pude acceder a la escalera de salida.
Me llamó la atención la claridad; el cielo tenía un color irreconocible, pequeñas gotas mojaban la calle.
El mapa que llevaba en mi cabeza no coincidía con lo que veía. Los carteles de la calle mostraban marcas de cigarrillos desconocidas para mí.
Era la madrugada, el aire traía un aroma a hierba fresca que parecía provenir de un tiempo anterior al asfalto.
Las ramas desnudas de los árboles aparecían y desaparecían entre la bruma del amanecer.
Caminé sin rumbo.
Empecé a hablar solo y mis palabras se disolvían en el aire.
Pasé frente a una vidriera. Detrás del vidrio, entre cigarrillos Particulares y una botella de Hesperidina, había un maniquí con sombrero con una tela de araña en el ala.
Un hombre apuraba el paso hacia la boca del subte. Quise detenerlo, tocarle el hombro para preguntarle dónde estábamos. Mis dedos atravesaron su cuerpo.
OPINIONES Y COMENTARIOS