I Need You
Y El, continuo en silencio, pero al parecer sus ojos se cubrieron de palabras, palabras tristes que ella percibió con excelencia. (Al menos eso creía), porque mientras ella finalizaba su relato, su pausa y su mirada fueron de duda y hasta quizás, de la sospecha de algo que aun no desentrañaba.
Supo que era en vano sostenerlo, pero se propuso (estúpidamente) continuar hasta encontrar una expresión mejor que lo nada dicho. Se reto a escoltar la costumbre, ella habla y el escucha, opina por lo bajo y continua escuchando. Aunque esta vez… y… esta vez carecía de ganas.
Soltó una mueca que acompaño sutilmente de una exhalación nasal repentina, como burlándose a sí mismo de haberse descubierto.
La gesticulación y el acto no fueron para ella, pero al parecer, sirvió para interrumpir el clima pálido entre ambos, el mismo que los vio envueltos en doce segundos de solo miradas.
La de ella desconcertada y la suya… la suya vaya a saber cómo. Doce segundos que conto con exquisita trampa, con el fin de no asumir su turno al habla. Para su suerte, la mueca súbita fue oportuna al vincularse como respuesta al vaya saber qué, que le habrá mencionado y tomado por la inercia no resolvió.
Retomo el labor de beber café (aun sin saber por qué lo acepto) mientras la oía atento. Se dedico a utilizar solo muecas para justificar la primera salvadora y así seguir armándose de silencio, (y sobre todo de excusas).
Cuando le contaba algo medio extraño y con gracia, no le preguntaba el “por qué” o el “como”. Ponía la cara hacia atrás, sacando papada y frunciendo los ojos, actuando su mejor sonrisa. La cual ella, tan hermosa a su vista, entendía velozmente, y desarrollaba mejor la anécdota.
Cuando le contaba desaciertos de su parte, no la cuestionaba, planchaba los labios, bajaba la mirada, sonreía irónico (obviamente igual de actuado) y movía la cabeza de manera negativa. Ella, artesana de sonrisas ante sus ojos, reía y reafirmaba su acción.
Este juego infantil, que se propuso con intensión de pasar por desapercibido, funcionaba a nivel externo únicamente. Porque interno, ¡le estaba resultando contraproducente!, el simple acto de contestar con gestos, permitía que la estupidez de mantenerse en silencio pase por alto y ella continúe hablándole, pero que lo entienda tan fácil, obtenía por consecuencia que lo deslumbrara cada vez mas.
Entonces, resolvió contarle. Se enfrento a la cobardía sin soldados a su lado.
Pensó: “Prefiero su aborrecimiento, que la envidia que me genera escuchar de su diplomacia en amoríos.” Se dijo totalmente inseguro y mezquino de fundamentos.
Al parecer, ella, poseía del sexto sentido que se sospecha únicamente en las mujeres. O peor aún, en contra de la suerte de él, sus sentimientos eran totalmente predecibles ante ella.
Porque mientras el pobre muchacho se armaba de valor, lento y sigiloso, lo arrincono con un “¿Qué te pasa?” o por lo menos el se sintió arrinconado. Escaso de palabras le escupió con auxilio: “Me encantas, no aguanto más.”
A lo que ella, ante la sorpresa respondió:
“Que imbécil, lo sabía.” Frívola y retirándose de la escena.
El, Inhaló profundamente y exhalo seco.
“Lo arruine.” – Se dijo con la voz desganada y tomándose por los cabellos.
Para colmo, el contexto de bar, no tuvo mejor idea que dispararle a quema ropa, I Need You. Pareciera que Harrison, junto a los tres de Liverpool, en una canción representaban la conversación que se le vendría al pobre Hombre. – Imaginémoslo así:
Ella indignada, expresando en palabras: Dijiste que tenías un par de cosas que decirme.
¿Cómo iba yo a saber que me harías enfadar?
El, contestando afligido: Por favor recuerda lo que siento por ti,
realmente nunca podría vivir sin ti.
Así que vuelve y date cuenta,
de lo que significas para mí.
Te necesito… I Need You.
Desde que ella se levanto y lo dejo pintado en la mesa del bar, habían pasado 10 minutos. 2:28 los vio sublimando su presente insípido en la canción, mientras sus ojos amagaban cristalizarse por completo. Los 7 minutos con 32 segundos restantes, jugando por total inercia con un sobre de azúcar vacio.
Cuando ella volvió se sentó frente a él sin emitir gesto alguno. Tenía la cara pálida y recién lavada. Apoyo su bolso sobre la mesa, lo abrió finamente, tomo un pequeño espejo y comenzó a delinearse los ojos. Al terminar, guardo el delineador y saco un rímel, continuo el acto…. Finalizada la definición y oscurecimiento de sus pestañas, tomo un labial, lo giro paciente y con delicadeza, (como ignorando lo sucedido…) cubrió de un rojo carmín sus labios carnosos. Nada más desconcertante, para el ya desconcertado muchacho, ¿verdad?
Contéstame una cosa rey acertijo, ¿tuviste que esperar a que me ponga finalmente en pareja para confesarme tu enamoramiento súbito? – Dijo, tranquila, con la voz apaciguada y segura, como si fuera otra mujer totalmente diferente a la que se levanto hervida de coraje hace no más de 10 minutos.
El muchacho se inclino a contestar, pero ella lo interrumpió estirando su mano y colocando frente a su boca sus dedos índice y medio. El, continúo pausado.
Contéstame otra cosa también… – Le dijo:
¿Qué hago yo con esta situación que me estas regalando? ¿Me levanto y me voy como si no hubiera pasado nada? ¿Le cuento a mi novio la verdad, cuando me pregunte como me fue con vos, mi amigo? ¿O me veo obligada por el desconcierto a mentirle?
Tampoco sería la primera vez que le mentís… – murmuro él, muy por debajo.
Ella respiro hondo y se guardo comentario.
Además… – Respondió el muchacho – por lo visto, tampoco te dije nada que no sepas. Yo, te escuche bien clarito, después de lo que te dije y después de decirme “imbécil” – “Merecido”, interrumpió ella – dijiste “lo sabía”, entonces, si lo sabías, ¿Por qué nunca me dijiste nada? ¿Por qué ni siquiera evitaste algunos encuentros innecesarios? ¡Y peor aun! ¿Porque me empleaste como testigo de tus confesares amorosos?
La mujer lo miraba… la indignación le brotaba de la garganta y le alineaba cada vez más la vista.
Encima de cobarde, insensato. ¿Ahora resulta que la culpa es mía? – Respondió ella, con la misma indignación que caracterizaba su rostro.
Y algo de culpa tenés… – Retomo él – No de lo que me pase a mí con vos, es meramente propio el sentimiento.
Pero vos, como bien escuche, después de llamarme “imbécil” – “Bien merecido”, volvió a acentuar la mujer – dijiste “Lo sabía”, entonces, si lo sabías, ¿para qué seguiste con todo como si no hubieras percibido nada?, o careces de culpa y mientras vos estés segura, te importa un pimiento que sienten los demás, o no sé… no se me ocurre otra opción.
Desconcertada por momentos, la mujer lo escucho atenta. Cierta empatía apaciguo su mirada un instante… cuando toco su turno de responder, no dudo en preguntarle nuevamente:
- ¿Era necesario, que confirme mi noviazgo, para que resuelvas decírmelo?
A lo que él respondió que no, no lo era. Que siempre la amo en silencio. Que jamás percibió gesto alguno que le dé un índice de posibilidades de cambiar el lugar de amistad donde ella lo encasillo en su corazón. Que al principio, cuando comenzó la historia de ella con su reciente novio, creía que sería uno de los tantos que paso por su vida, que mientras las cosas se iban poniendo cada vez más serias, cierta presión en las entrañas lo iban caducando. Pensó creer soportarlo (como tantas veces) pero la confirmación del romance, le soplo el castillo de naipes que idealizaba junto a ella. Lo cual no soporto y casi que lo vomito. Para ser justo y sincero con ella, o sobre todo (quizás) hasta egoísta, pero justo con él y su dolor. El mismo que encendía con cada palabra que nacía desde su laringe y escupía como dardos, derrumbando cada anhelo reciproco entre ambos.
Ella, continúo en silencio… con el intento de mantener el estado frívolo con el que volvió después de la confesión. Como si pudiera controlar la situación que se le presento ante la puerta de sus sentimientos más recónditos.
Los timbreos fueron tan alarmantes, que su retiro en el momento del sinceramiento de él no fue por enojo, sino, por el despertar de una gran incertidumbre en su cabeza, la misma que interrumpía su respiración ante cada gesto de amabilidad que él le regalaba constantemente.
Inhalo aire profundamente y cerró sus ojos al mismo tiempo. Luego inclino su cabeza, primero hacia la izquierda y luego con dos movimientos hacia la derecha. De un modo circular trabajaba de igual manera sus hombros. Era claro que la situación presente no solo tensionó ese espacio de diez por diez que compartían en un café de Carlos Pellegrini, también se advertía en la espalda blanca que apenas se asomaba de la blusa cuadrille que vestía.
El, se inclino a preguntarle si se sentía bien, que si lo deseaba le ordenaba al mozo un vaso de agua fresca. Ella contesto de inmediato que no. – Solo es la espalda pasándome la factura por las diez horas constante frente a la computadora – Dijo – y continuo elongando.
Un silencio atenuante envolvía en sus espacios. A pesar de la gente que asechaba en el bar, los cubría una intimidad absoluta.
La misma fue interrumpida por el movimiento seco de ella al levantarse, y el ruido de la silla arrastrándose para permitirse el paso, anticipo su despedida latente.
Me voy. – Afirmo – no sé qué decirte. Estoy agotada y no me está saliendo fingir el desgano. – Lo dijo con el rostro fiel a descripción de desganes. Tomo el bolso y se lo colgó en su lado derecho del hombro.
Está bien, que te sea leve el viaje. – respondió el.
Ella asentó con la cabeza y le dio la espalda para limitarse a caminar hacia la puerta.
Después de su primer paso sobre en el piso marmolado del café, se impulso con pereza para la salida. En ese instante el muchacho soltó: “El viaje y la vida…” como si quizás, esa fuera la última vez que se verían a la cara. Ella se detuvo, pero fue un segundo. Por mero reflejo.
En el momento que la mujer cruzo la puerta doble de vidrio, que dividía el caos de la capital con el clima árido que respiraba en el bar, el muchacho se recostó sobre sus propios brazos. No sin antes largar el suspiro más propio de descargo absuelto.
Se mantuvo así unos segundos. Luego levanto su cuerpo y lo apoyo contra el respaldo de la silla, apunto su mirada hacia el ventanal de su izquierda y se cubrió los ojos de infinito Buenos Aires.
El rostro de ella estaba en todas partes… tenía su sonrisa tatuada en los parpados, por eso mismo se mantenía con la vista cerrada, para que la imagen de su rostro dulce, blanco y feliz no se desvanezca junto al atardecer de las 19:30. Tan marcada tenía su mirada, que cuando abrió los ojos, desconfió de verla en frente de Él. Se dijo en alta voz: “Quizás estoy soñando y en el momento que me apoye sobre la mesa me quede dormido”.
Ella soltó risa de estruendo. Esa risa sincera que la catalogaba y que a Él, le apaciguaba las angustias y muchas veces la sensación de hastió.
La mujer tomo asiento, lo arrincono con la mirada y lo tomo de las manos. El, se dedico a observarla con delicadeza.
“Prométeme que no va a ser en vano” – le dijo.
“Prométeme que si ahora me voy, y lo mando al otro a la puta que lo pario, no va a ser en vano”
La mirada del hombre se transformo en la de un niño con las ilusiones vírgenes y latentes.
Ella continuo – prométeme que no va a cambiar nada. Que vamos a seguir así de cómplices. Que nada de nuestro pasado va a empapar nuestro futuro. Prométeme que el tedio no va a perjudicar la atención que me brindaste desde el primer momento.
Prométeme todo eso, por favor.
El hombre, con los ojos finalmente cristalizados. Respiro hondo y la tomo el de las manos. Se inclino a levantarse, como para acercar su rostro un poco más al de ella.
“No solo te prometo todo eso – contesto – si no también, que cada noche que duerma a tu lado, y en las mañanas, sea el primero en despertarme. Al momento que abras los ojos, lo primero que veras será; una bandeja con el termo, un mate humeante para que saborees, las tostadas como te gustan, apenas quemaditas, y la cara del hombre más feliz del mundo”.
No se fundieron en un beso. Sabían que hacerlo era menospreciar ese instante.
Sin saberlo, querían más bien fundirse en ese estado de completud que les llego al mismo tiempo.
Justo, un poco antes del miedo.
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