Compuesto por grandes troncos con ramas frondosas, murmulló el eco de la vida: los árboles.

Todo el follaje verde permanecía intacto ante la no inminente destrucción del ser humano.

Era un bosque milenario, con cientos de árboles milenarios, con ramas milenarias,

con hongos milenarios, con sustrato milenario.

Pero un día todo acabó. Los árboles milenarios fueron destruidos por la codicia del ser humano

y la inminente expansión colonial. Entonces los árboles dejaron de ser milenarios porque 

ya no enraizaban la tierra como lo hacían anteriormente.

Mientras cortaban los árboles en el pasado, el viento surgía descontrolado, avisando al resto

del bosque que este era el último adiós. Todo permaneció en silencio por años, hasta que

el suelo fue recuperado por las lluvias y las semillas germinaron.

El ser humano instaló en el terreno baldío, cercas y casuchas de madera, construidas con

mismos recursos del gran bosque. Cuando se dieron cuenta que las semillas estaban germinando,

todos empezaron a arar la tierra para eliminar los brotes del bosque.

Años más tarde, en el futuro próximo, todas las casas fueron destruidas por un temporal lluvioso

que arrastró consigo aguas de los ríos de las montañas. El pueblo quedó desolado, sin humanos 

y sin casas construidas. A los meses después en el terreno baldío no se pudo construir más,

por el anegamiento. Fue entonces allí que el bosque recuperó lo suyo: brotaron nuevas semillas

de la tierra más profunda para crear un nuevo pulmón en la ciudad.

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