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El creador de la inmortalidad yacía inmóvil sobre el asfalto. Conmocionado por lo que acababa de contemplar, Gilberto guardó su electrovara en el interior de su chaqueta y recorrió la distancia que lo separaba del cuerpo en diez zancadas. El sonido de un claxon se mezclaba con el estruendoso serpenteo de los tubotrenes que devolvían a los trabajadores a sus casas. Los conductores detenían sus vehículos y asomaban la cabeza, tratando de averiguar qué había sucedido. Las placas de datos tomando retratos del accidente no tardaron en aparecer en las manos excitadas de los peatones. Alguien había sido atropellado en el Puente Europa.

Los ojos del herido se movían confusos y sus labios solo se despegaban para emitir débiles quejidos de dolor. Su retorcido tobillo se apoyaba en el Sander Omega. Gilberto se arrodilló para comprobar su estado. Al ladear su cabeza alguien se percató de la identidad de la víctima.

—¡Es el Cirujano!

El interés creció entre los presentes. Más y más placas de datos aparecieron para tomar imágenes de lo que estaba ocurriendo. Al igual que muchos otros conductores, el dueño del Sander Omega había salido de su vehículo para contemplar la escena. Sus ropas lo señalaban como sacerdote, sus manos temblaban de espanto y las piernas parecían incapaces de sostenerlo en pie. El fuerte viento procedente del río Ebro no ayudaba. Se acercó arrastrando los pies y se detuvo a una distancia prudente.

—¿Se pondrá bien? —preguntó con voz atormentada.

Gilberto tragó saliva. No tenía duda de que el Cirujano iba a morir allí mismo, a pesar de los gritos histéricos de quienes reclamaban a un médico que no llegaba. Solo los curiosos acudían al lugar del accidente.

—Gilberto… —susurró el herido.

El sacerdote contuvo el aliento, esperanzado.

—Estoy con usted, senhor —dijo Gilberto cogiendo la mano del Cirujano—. ¿Cómo se encuentra?

—Será mejor que no hable —sugirió alguien.

Gilberto estaba de acuerdo, había algo antinatural en la forma del cráneo y la sangre manaba en abundancia.

—¿Cuánto hace…? —preguntó el Cirujano. Sus labios temblaban y sus ojos lo miraban asustado—. ¿Cuánto hace que eres policía?

Aquello fue una sorpresa y Gilberto no supo qué responder.

—¿Es usted policía? —preguntó el sacerdote—. Ha visto lo que ha pasado, ¿verdad? Él se ha cruzado y no he podido frenar. ¡Era imposible!

Gilberto hizo oídos sordos. «Soy espía. ¿Qué le hace pensar que soy un azul?». Al otro extremo del puente, la elegante sede de New Life se alzaba por encima de cualquier otro edificio de Zaragoza. El último sol de la tarde brillaba en sus ventanas superiores y bastaba mirar aquella estructura para percibir su poder e influencia sobre quienes se encontraban a su sombra. Los ojos de Gilberto reptaron por su fachada acristalada hasta la planta cincuenta y cuatro, donde había comenzado aquella inesperada persecución.

«¿Por qué has huido? ¿Por qué no has avisado a seguridad cuando me has sorprendido en tu computadora?». Apenas unos minutos antes, el cerebro de Gilberto se había esforzado en inventar una excusa con la esperanza de ganar tiempo antes de que guardias con electrovaras le dieran caza. Ahora se esforzaba en comprender qué había pasado. Por qué un pánico atroz se había apoderado del Cirujano al ver a Gilberto frente a aquella pantalla, el mismo pánico que lo había llevado hasta los carriles del Puente Europa.

El parachoques del Sander Omega goteaba sangre.

«Aquí hay más de lo que me dijeron», reflexionó Gilberto girándose hacia el herido. Nuevas preguntas sobre lo que realmente se escondía tras los logros del Cirujano lo asaltaron.

—¿Le dirás al mundo que yo no quise hacerlo? —suplicó el moribundo mientras su mirada se perdía entre los rostros de quienes se congregaban para verlo. Rostros afligidos y sorprendidos—. Me empujaron, Gilberto. Me dijeron que podía, así que lo hice.

La gente se iba acercando más y más, a medida que los coches se detenían. Los esfuerzos de un bot de circulación por restablecer el tráfico eran inútiles.

Es el Cirujano, no dejaban de repetir a medida que rodeaban al herido, como espejos proporcionando calor a una agrocúpula.

—No quiero ser un monstruo —sollozó el Cirujano.

Lloraba, no a causa del dolor o la inminencia de su muerte sino porque tenía miedo. «¿Miedo de qué? ¿Qué has hecho?». El sacerdote se arrodilló lentamente sobre el moribundo.

—Usted no es un monstruo —dijo con solemnidad—. A mi padre lo salvó dos veces: primero cuando descubrió cómo engañar a la muerte, y luego cuando lo libró de los cazacuerpos. Nadie ha hecho tanto por nosotros como usted.

—Tu padre morirá —le dijo el Cirujano al sacerdote. Cerró los ojos tanto rato que Gilberto creía que no los volvería a abrir, pero lo hizo—. Todos lo harán, cuando llegue la hora. He condenado a la humanidad.

«Se está volviendo pálido».

—Pero gracias a usted nuestros hijos pueden vivir sin la amenaza de los cazacuerpos.

Gilberto apretó los dientes, enojado porque muchos se creyeran las dulces mentiras de la prensa. Los cazacuerpos seguían operando, pero se habían vuelto más sofisticados. Los orfanatos cerraban porque ya no había huérfanos. Y en los campos de refugiados solo había ancianos. Acabar con los cazacuerpos era uno de los factores que había incentivado a Gilberto a aceptar aquel trabajo, pero ahora el Cirujano estaba muriéndose frente a sus ojos. «Necesito su secreto de los cuerpos».

Pese a que allí había demasiados testigos, el espía rebuscó en los bolsillos del Cirujano algo que pudiera ser de utilidad. Encontró una tarjeta de claves, un arcaico reloj de bolsillo, su placa de datos personal y algunos papeles. Se guardó la tarjeta en el bolsillo y encendió la placa de datos, el viento no tardó en hacer desaparecer los papeles.

La muchedumbre lo miraba con gesto censor.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Quién eres?

«Demasiadas preguntas», pensó Gilberto mirando a su alrededor. Algunos señalaban su uniforme de guardia de seguridad en New Life. Se sentía acorralado y necesitaba que aquella gente lo dejara tranquilo mientras pensaba qué iba a hacer a continuación. Extrajo su identificador pirata y pulsó la tecla de creación de nuevo perfil.

—Soy inspector de delitos económicos para el Ministerio de Hacienda. —El aparato fue generando una falsa identidad conforme hablaba—. Estaba trabajando en un operativo encubierto para combatir la evasión de impuestos de New Life cuando he presenciado el accidente. —Tan pronto como su nueva identidad estuvo lista, la alzó para que todos pudieran verla—. No se preocupen, los servicios médicos están en camino.

Gilberto se percató entonces de que, pese a la gran cantidad de congregados, nadie se había ofrecido a atender las heridas. «Lo dan por perdido». Miró la placa de datos del Cirujano, donde se proyectaba una barra de carga.

Proyecto_NM/archivos/protocolo/borrado/borrado_zafra/.

Progreso: 4’1 %.

—¿Son datos borrándose? —le preguntó al Cirujano.

No respondió, continuaba observando los rostros de la gente. Había quienes apartaban la mirada como si sintieran vergüenza, unos pocos se mantenían en respetuoso silencio, otros lloraban y muchos hablaban con sus comunicadores. En unos minutos la noticia se propagaría por todo el sistema solar.

El religioso murmuraba en voz baja.

Progreso: 4’3 %.

La lentitud con la que la barra avanzaba y el calor que el aparato desprendía era prueba de que se trataba de algún proceso de gran envergadura.

—¿Qué es el proyecto NM, senhor? —preguntó.

Los ojos del Cirujano dejaron de vagar confundidos y se centraron en Gilberto. «Está aterrado».

—Una broma. Fue una broma —sollozó—. Habíamos bebido mucho y alguien propuso poner fecha de caducidad, como se hizo con el agua. —El Cirujano cerró los párpados lentamente, tan sencillo movimiento parecía ser una tortura—. Fue una broma… solo una broma.

El miedo se apoderó de Gilberto. Contempló una vez más la barra de carga, tratando inútilmente de averiguar qué significaba.

—¿Qué ha hecho, senhor? ¿Qué puede asustarle tanto?

—Ya no importa —gimió con una voz apenas audible. Su mano señalaba la placa de datos—. Estamos a salvo. Ella lo borrará todo.

—¿Ella? ¿Quién?

El Cirujano no respondió. Cerró los ojos otra vez y ya no los volvió a abrir.

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