DURMIENDO ENTRE CUERVOS
Después de notar que yo estaba simultáneamente feliz y lúcido, una conjunción no sólo rara sino imposible. Ella también quiso sentir lo mismo, eso creí descubrir, mientras descansábamos en el frío y estéril cuarto del hotel de una clandestina calle de Bogotá, una sutil mirada que franqueaba mi ser y se incrustaba en el piso antes del séptimo cielo, me advertía de lo que podría acontecer… Extasiado por su cuerpo; su sudor y su aliento miraban la ventana, dejando mi mente naufragar en este pensamiento y al instante en el que ella había llegado a mi encuentro.
Se llamaba Alana o al menos así le decían, a aquella mujer que me arrancó la ausencia de esa pirética mujer -Rebeca-, aquella que se asemejaba a un maldito cuervo, ya que te podía sacar las entrañas de un solo picotazo y como en los cuentos de ultratumba me había conducido a este oscuro y sucio mundo de esquinas ardientes, botellas de aguardiente y whisky barato.
La encontré entre un sin número de cuerpos voluptuosos y caras cargadas de maquillaje; sus fríos ojos oscuros se clavaron en mi mirada de derrotada ilusión, esos ojos negros que tanto me recordaban a ella, no me hicieron dudar ni un solo instante para pagar por ella, envenenado por el licor, tan solo pensaba en lo mucho que quería devorarla, someterla y tratarla como hubiera querido tratar a Rebeca.
Cuando entré con ella al hotel de rechinantes luces de neón, nos quedamos antes del séptimo piso, y solo bastó con abrir la puerta de aquella habitación para arrojarme sobre su cuerpo, esta no decía nada tan solo clavaba su mirada en mí, ¡maldita seas! pensaba, porque cada vez me recordaba más a Rebeca y a aquella ave rapaz que vigila tranquila y silenciosamente, esperando el momento preciso para capturar a su presa; al agarrarla con fuerza, una voz de trueno comento:
– Si me golpeas, inmediatamente vendrían por tí, así que si no quieres perder tu dinero mejor no lo intentes-. Hasta sonaba a ella, pensé, y ante sus frías palabras no tuve alternativa, tan solo alejarme de ella, al fin y acabo no era un hombre acostumbrado a pagar por sexo, y no sabía cómo actuar. Alana me llamó; -si quieres tener una muy buena hora no te apures que yo controlo las manecillas del reloj- decía mientras se quitaba lentamente su vestido apretado y comenzaba a dar a conocer unos senos pequeños, redondos, algo separados, una cintura que lucía pequeña ante unas caderas anchas que exageraban un poco su delgada fisionomía. Estaba inmóvil ante tan rara belleza, que no me di cuenta cuando estaba totalmente perdido en su aliento, su sudor y su sexo.
Después de esa noche inicié un juego de intercambio de afectos por unos cuantos billetes viejos, pues esa rara mujer, logró ahogar mis más salvajes pensamientos, me arrojó el salvavidas de su sucio perfume del deseo, para salvarme del frío de la soledad, de las sábanas limpias y de las noches, ahogado en el recuerdo del maldito cuervo llamado Rebeca.
Cuando su respiración se tranquilizó un poco, salió de su boca, la cual no contaba con el don de la palabra, pero sí con el arte de amar y el don del placer. Las siguientes palabras, recortaron mis recuerdos y pusieron suelo a mis pensamientos:
– Esta noche no te cobro, que sea un regalo de despedida, me voy de Bogotá el dueño de este putiadero ha hecho un trato con un proxeneta de Brasil y junto con otras partiremos en la tarde a ese país, creo que vamos a trabajar en Río y a ganar en dólares o euros por los turistas, es por eso que me tengo que marchar temprano, a arreglar todo-. Lo mencionó con voz algo nerviosa, pero alegre ante tan grande evento y cuando saltó de la cama para vestir su cuerpo, sentí como se arrojó a mí para sacar de un picotazo mis ojos aun algo derrotados, mientras huía rápidamente por los pasillos del hotel hasta perderse en la blanca y profunda neblina que trae el amanecer bogotano. Así, sin ojos y aun con las entrañas afueras de mi anterior contienda con Rebeca me quedé pensando en aquella ave, en aquel cuervo que según su régimen alimentario irá a buscar otro lugar, para perseguir o a encontrar alguna otra presa por casualidad.
Por: Johana Guerrero Medina
Bogotá, Colombia
Abril, 2015
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