Como si cada mañana se volviera a repetir en mi memoria la historia que tuve que ver, o quizás vivir, millones de sentimientos a la vez. Es tan fresco el recuerdo que no se borra de mi mente aquel suceso donde dos niñas en un coche llamaron mi atención, quizás porque se encontraban solas en una esquina. ¡Bonitas ellas!, llenas de inocencia y ternura. Eran dos: una más grande que la otra, pero juntas dentro del mismo coche.
Miré a mi alrededor, como buscando de quién eran, y al otro extremo de donde se encontraban había una señora robusta, del mismo color de piel que las niñas. Pensé que ella podría ser su madre, pero no podía creer lo que estaba haciendo. Ella, perdida por la droga, viajaba en otro mundo mientras un señor delgado, de aspecto malandro, le hablaba e intercambiaba dinero o droga.
Todo pasó tan rápido cuando, de repente, ese señor corrió hacia la esquina, tomó el coche donde estaban las niñas y empezó a correr. La más grandecita miraba hacia atrás, observando a su madre desconcertada, al igual que yo, pero él corría sin piedad.
Mi corazón se llenó de impotencia, dudas y dolor. Pensaba: “¿Será que las vendió? ¿Qué harán con ellas? ¿Dónde se las llevaban?”. Mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas desconsoladoras y sentía cómo mi corazón se despedazaba. Solo me repetía a mí misma:
“No pudiste hacer nada… no pudiste hacer nada…”
Ese día sentí un dolor tan grande como si se tratara de mi propia sangre. Aquel suceso fue tan cruel que, cada vez que paso por ese lugar, me pregunto si algún día volveré a ver a aquellas niñas que fueron arrebatadas, o a esa madre despiadada que las intercambió por el monstruo de la droga.
Aún mis ojos se llenan de lágrimas al recordarlo todo, pues solo Dios y yo fuimos testigos de aquel acontecimiento que, aunque muchos vieron, prefirieron hacerse los ciegos para no hacer nada.
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