Último y primero

Último y primero

Merlucito

24/06/2019

Miércoles, 15 de agosto de 2970.

Los relámpagos inundaban el cielo nocturno, iluminándolo al extremo de que casi parecía hacerse de día. La lluvia comenzaba a caer fuertemente sobre la pila de chatarra amontonada, contribuyendo a la extensión del óxido que ya corroía la mayoría del metal expuesto.

Un rayo cayó sobre la pila, haciendo volar por los aires partes metálicas, derritiendo y fundiendo otras. La electricidad se expandió por cada una de las piezas en contacto, hasta llegar a una en particular, que emitió un destello de luz. Dos enormes faroles se encendieron, titilaron y, por último, parpadearon.

Los faroles volvieron a parpadear luego de unos minutos y una voz metálica se escuchó como un susurro.

“Iniciando sistemas.”

Otra luz se encendió en la pieza ovalada y entonces toda la pila de chatarra comenzó a moverse. Una figura humanoide surgió de entre el metal, corroída por el óxido, incompleta, semi-destruida. Le faltaban partes, pero era evidente que se trataba de un androide, de uno de los modelos más avanzados que habían salido al mercado en el último siglo.

El humanoide se puso de pie, o al menos lo intentó, ya que una de sus piernas estaba especialmente defectuosa y terminó por volver a caerse. Inclinó entonces levemente la cabeza, observándose detenidamente y luego al entorno.

“Buscando piezas compatibles.”

No sería fácil encontrarlo todo, pero al menos necesitaba una pierna derecha. La que aún tenía adosada a su cuerpo estaba carcomida, los circuitos expuestos y la rodilla completamente destrozada, haciendo imposible que se movilizara. En cuanto al pie… aquello directamente ya no podía llamarse pie. Era tan solo un manojo de cables enredados.

Extendió entonces uno de sus brazos, también carcomido por el óxido, pero aún utilizable, para mover algunas de las cosas que tenía a su alrededor. Había captado algo que podía llegar a ser compatible, pero no estaba completamente seguro de qué se trataba. Luego de hurgar por varios minutos, encontró por fin un pie que, aunque visiblemente más robusto que el suyo, podría funcionar.

Se dispuso entonces a conectarlo a sus circuitos y, para su decepción, las cosas no iban a ser tan sencillas. Si fuera capaz se sentir verdaderas emociones humanas, estaría completamente abrumado por la situación, quizás incluso llorando del terror que provocaba estar solo y a punto de realizar una auto cirugía en medio de un vertedero.

Haciendo uso de su motricidad fina, agradeciendo que sus manos aún funcionaran y tuvieran dichos sensores activos –la mayoría de ellos, al menos-, desenredó los circuitos del pie de a poco. Los cables rojos y azules, irónicamente representando las venas y arterias humanas, se habían entrelazado de maneras que jamás creyó posible. Tuvo que cortar algunos, incluso.

Cuando finalmente logró tener los circuitos libres y ordenados, lo más en línea posible, colocó el pie que había encontrado e inició el proceso de auto reparación. Los sensores de su pierna y los cables que acababa de desenredar analizaron las proximidades e identificaron la pieza que tenían al lado, comenzando a conectarse.

Al cabo de cinco minutos su nuevo pie estaba en su lugar y en pleno funcionamiento. Incluso pudo mover los dedos. El problema de la rodilla aún persistía, por supuesto, pero al menos ya podía ponerse de pie para caminar en buscar de algún otro repuesto que pudiera encontrar.

Al incorporarse pudo notar, con asombro, como la chatarra se extendía por kilómetros. Sus sensores de visión nocturna y calórica le permitían distinguir con exactitud en dónde estaba y qué había a su alrededor y, para su gran sorpresa, no pudo detectar ninguna señal de vida.

Algunas piezas metálicas estaban a mayor temperatura que otras, lo cual era lógico considerando que varios rayos habían caído –y seguían cayendo- en el lugar, derritiendo muchas de las piezas, pero ninguna de esas firmas calóricas eran compatibles con formas de vida animal.

Tampoco había nada orgánico en composición. Todo a su alrededor era metálico o plástico y eso lo extrañó aún más. Lo último que tenía en sus registros era un planeta lleno de vida y humanos que estaban abandonando aquel tipo de materiales por otros más orgánicos. Según sus registros las piezas metálicas seguirían existiendo, pero en muy poca cantidad, como partes de objetos que pretendían ser duraderos casi eternos, como él mismo. Y lo mismo aplicaba a las piezas plásticas.

Los descartables habían desaparecido hacía siglos.

Miró hacia arriba, su cuello haciendo un ruido metálico típico de las partes poco lubricadas, y contempló las nubes de tormenta. Se veían como las nubes normales de las que tenía registro, pero algo en la lluvia le parecía extraño. Era agua, sí, pero se sentía extraña. Sin embargo, decidió descartar tal pensamiento. Probablemente fuera el hecho de que los receptores que poseía en su carcasa externa estaban defectuosos, oxidados.

Tenía que encontrar más partes para repararse, pero también alguna criatura viviente, en lo posible un humano. Los humanos, por más defectos que tuvieran, eran buenos para encontrar partes y reparar circuitos, especialmente los que era delicados.

Comenzó entonces a caminar entre la chatarra, observando los cientos de piezas y en ocasiones artefactos enteros que habían sido desechados. No tenía registros de haber visto jamás un vertedero de aquellas dimensiones, no en sus archivos personales pero tampoco en aquellos históricos obtenidos de la red.

“Buscando redes.” Murmuró mientras caminaba, dedicando parte de su procesamiento a dicha tarea. Si podía conectarse a una red, seguramente encontraría su ubicación exacta y una explicación de qué hacía allí.

El último registro que poseía, antes de despertar en aquel lugar, había sido de estar caminando por las calles de Ciudad Central con el humano que lo había adquirido. Era un día como cualquier otro, sin nada de especial. Incluso el clima era típico para esa estación del año: caluroso, soleado, con un porcentaje de humedad relativamente alto. En esos momentos, su estructura estaba perfecta, completamente funcional y sin partes faltantes. Su recubrimiento brillaba, porque el humano lo limpiaba todos los días, y sus censores eran los más avanzados del mercado, siendo capaces de detectar incluso la temperatura de las gotas de lluvia.

El contraste de su estado entre ese último registro y la actualidad le hizo pensar en que había pasado mucho tiempo entre ambos momentos. Años, sino décadas. Quizás su humano ya no estaba entre los vivos, incluso.

Ese razonamiento hizo que su procesador se detuviera un momento, dejando a un lado la tarea de buscar una red -el que aún no hubiera encontrado una era sumamente extraño, por cierto- para contemplar lo que implicaba el hecho de que su humano hubiera muerto. Supuso que aquello era lo que ellos llamaban tristeza, o incluso duelo.

Volvió a mirar hacia arriba, la lluvia aun cayendo fuertemente. Ya no podía detectar la temperatura de las gotas, por eso le parecía extraña. Los rayos y relámpagos azotaban el cielo como si acompañasen el luto de sus circuitos.

Un cartel en rojo apareció entonces en su campo de visión. “Ninguna red detectada. Ninguna ubicación detectada. Satélites fuera de línea.”

Los satélites nunca estaban fuera de línea. Los satélites habían sido creados para estar permanentemente en órbita, para auto repararse, para enviar información a cada segundo no solo a la Tierra, sino entre ellos, creando una red global que permitía a cualquiera ingresar a Internet desde cualquier parte de la superficie. Las barreras geográficas y el aislamiento ya no eran un problema. No lo habían sido desde el siglo XXII.

Y sin embargo ahí estaba, aislado, incomunicado, fuera de línea completamente, sin poder saber siquiera qué hora era.

Fue entonces cuando decidió que sería mejor esperar. Esperar a que la tormenta pasara y que amaneciera. La luz del sol recargaría sus baterías y entonces podría continuar su búsqueda de redes, de vida y de respuestas. Porque probablemente no podía encontrar satélites porque sus baterías estaban descargadas, ¿verdad? Debía de ser eso. Era la única explicación lógica que le encontraba. La única que no implicaba el fin de la especie humana y del mundo en sí mismo, al menos.

Entonces se detuvo y se sentó. Las probabilidades de que un rayo lo alcanzara eran altas, ya que estaba rodeado de tanto metal, pero no había sitio en donde fueran más bajas: todo el lugar estaba rodeado de metal. Intentó buscar alguna pieza plástica, para aislarse, pero las disponibles eran demasiado pequeñas para hacer la diferencia. De todas formas, las amontonó cerca de sus pies y formó una especie de suela con ellas. No parecía que fuera a ser muy útil, pero era lo único que podía hacer.

Y entonces esperó. No tenía forma de medir el tiempo, ya que su reloj interno estaba dañado, y sin redes no podía saber la hora, por lo que simplemente esperó mirando a la nada, hasta que la tormenta terminase. O el sol saliese por el horizonte, lo que fuera que ocurriera primero.

Pero ninguna de las dos cosas ocurrió. No a pesar de que esperó y esperó lo que él supuso era el equivalente a más de cinco horas. Era muy extraño que una noche durara tanto tiempo. Ni siquiera la tormenta se dispersó: las nubes continuaron cubriendo por completo el cielo, los rayos y relámpagos iluminándolo por completo, y las gotas de lluvia cayendo. Lo único que cambió fue la intensidad de la lluvia, que por momento se hacía tan suave que parecía detenerse, solo para volver a una gran intensidad al cabo de un tiempo.

Fue entonces que supuso que no tendría sentido seguir esperando. Sus baterías no iban a recargarse jamás, al no haber luz solar disponible, por lo que sería mucho mejor apagarse lentamente mientras caminaba, buscando vida, que estando allí sin hacer nada.

Quizás incluso podría salir de aquel vertedero de chatarra, quién sabía.

Se puso de pie, y sus engranajes hicieron un ruido que le recordó que mientras caminaba debía buscar algún tipo de lubricante, para así mantener sus articulaciones artificiales en funcionamiento.

Comenzó a caminar nuevamente, observando todo a su alrededor, sus sensores buscando tanto piezas compatibles y baterías que aún tuvieran algún tipo de carga, como algún signo de vida o material orgánico. Tuvo bastante suerte en el primer aspecto de su búsqueda, pero absolutamente ninguna en el segundo.

Logró encontrar una lata de lubricante para articulaciones y un par de baterías a medio usar, por lo que las almacenó en el compartimiento que tenía en su pecho para ese fin. También encontró un repuesto para uno de sus brazos, que decidió guardar también. No iba a gastar demasiada energía en reparar algo que aún funcionaba cuando podía continuar buscando.

En cierto momento, encontró también un reloj que milagrosamente aún funcionaba. No era compatible con sus piezas, por lo que no podría integrarlo a sus sistemas, pero aun así podía llevarlo con él para poder saber el tiempo que había transcurrido. Según las agujas -era un reloj de los que aparentaban ser como los antiguos- eran las cuatro y diez minutos. Quién sabía si de la mañana o de la tarde, pero al menos ahora tendría una noción de cuánto tiempo pasaba.

Decidió llamar a esa hora “D.R.” por las siglas de “después del reloj” y, en cuanto pasaran las doce, sería “A.R.”, simplemente para tener un sistema que se asemejara al que los humanos usaban.

Continuó caminando lo más en línea recta que pudo, esquivando eventualmente obstáculos que se lo impedían y tratando de regresar a la línea luego de sortearlos. Extrañamente, sus baterías internas no parecían gastarse demasiado, lo cual sumó a la extrañeza de toda la situación.

En su caminata, miró el reloj cada cierto tiempo y, cuando éste estaba por marcar las doce, comenzó a visualizar el final de la chatarra. Como había imaginado antes, el sol no parecía tener intenciones de asomarse por el horizonte ni siquiera aunque hubiera pasado suficiente tiempo como para que lo hiciera, y las nubes no se disiparon. Sabía que aun cuando las nubes cubrían por completo el cielo, el sol seguía apareciendo sobre el cielo, pero en aquel momento algo le decía que ni siquiera eso estaba ocurriendo y, si ocurría, la capa de nubes era tan espesa que no dejaba pasar ni siquiera un mínimo de rayos solares.

Si esa teoría era cierta, explicaría por qué no estaba encontrando ninguna forma de vida. Sin luz solar, los organismos raramente sobrevivían. Aun así, no explicaba demasiado por qué no había restos de dichos organismos.

Para cuando llegó al final del vertedero, ya habían pasado más de doce horas desde que había encontrado el reloj y supuso que había estado caminando por unas veinticuatro.

Aquel basurero de metal no terminó abruptamente. Las montañas de chatarra se fueron haciendo cada vez más pequeñas y espaciadas, mientras que la tierra se fue haciendo ver cada vez más. Tierra arenosa, oscura, mojada por la constante lluvia, pero aun así desolada, como si de un desierto se tratase.

Cuando ya había más terreno limpio que chatarra, decidió voltearse y mirar hacia atrás, y solo entonces entendió: aquello no era un vertedero, era una ciudad. Desde aquella distancia se podían ver las siluetas de lo que habían sido antiguamente los edificios, ahora completamente derruidos. Las enormes pilas de chatarra que había tenido que esquivar en su caminata probablemente eran lo que había quedado de esos edificios al derrumbarse, los restos de la estructura pero también de los artefactos y muebles en su interior.

La pregunta más importante, sin embargo, aún persistía: ¿dónde estaban las criaturas vivientes? En aquella ciudad había no solo humanos, sino también todo tipo de animales y plantas. Y ahora ya no quedaba absolutamente nada. ¿Acaso todas las ciudades del mundo se encontraban ahora en ese estado? ¿Acaso quedaba algún tipo de vida en el planeta? ¿O era él el único ser que quedaba? Y ni siquiera estaba técnicamente vivo. ¿Qué había ocurrido?

Miró la hora: 10:15 D.R. La ciudad más cercana a Ciudad Central -si aquello era lo que había quedado de ella- estaba a una hora en automóvil, probablemente dos o tres a la velocidad en la que él caminaba. Así que ahora tenía un nuevo objetivo: llegar a Ciudad Universitaria y tratar de encontrar algo que fuera útil para saber más acerca de lo que había ocurrido.

Viernes, 17 de agosto de 2970.

Ciudad Universitaria estaba en mucho mejor condición que Ciudad Central. Todos y cada uno de sus edificios estaban en ruinas, pero al ser éstos la mayoría antiguos y de cemento, no parecía un vertedero. Algo que sí compartía con la otra ciudad, sin embargo, era su completa falta de señales de vida o restos orgánicos.

Uno de los edificios más prominentes y que aún conservaba su forma, era lo que había sido la biblioteca principal de la ciudad. Allí, miles de libros aún se encontraban resguardados de las condiciones climáticas, las cuales no eran mucho mejores que en la otra ciudad. No llovía, pero la luz del sol seguía sin estar presente por culpa de las nubes que cubrían todo el cielo.

El androide, gracias al reloj que había decidido conservar, sabía que habían pasado cuarenta y ocho horas desde que había vuelto a activarse y el hecho de que en ese tiempo había gastado solo media batería era increíble. Sus registros mostraban que una batería entera no duraba más de un día y sin embargo allí estaba, resistiendo en aquel ambiente hostil, aparentemente con baterías súper-recargadas.

La biblioteca fue el lugar elegido para continuar su búsqueda de respuestas por ser no solo un monumento al conocimiento, sino también un lugar resguardado. No sabía muy bien qué esperar de aquel mundo desierto y necesitaba contar con un lugar así.

Los libros que habían sobrevivido eran muchísimos, pero todos extremadamente viejos. La humanidad había abandonado por completo el soporte físico de la información en las últimas décadas del siglo XXI y por lo tanto toda información debería estar en las computadoras. El problema, por supuesto, es que sin electricidad y sin una red global a la que conectarse, dichos aparatos eran inútiles.

O al menos eso supuso hasta que se percató de algo sumamente importante. Su mera existencia demostraba que aún había esperanzas para las computadoras de la biblioteca. Si él mismo, que no era más que una computadora capaz de moverse independientemente, había podido volver a funcionar, había algún tipo de esperanza para los demás aparatos. Solo debía encontrar una forma de replicar las condiciones que lo habían reactivado.

Revisó todos los registros al momento exacto de su activación. Una enorme descarga eléctrica concentrada había recargado de golpe sus baterías y activado sus circuitos, lo que significaba que los rayos que tanto lo habían preocupado eran lo que lo habían revivido. Y ahora tenía que reproducir tales condiciones para revivir a sus contrapartes de biblioteca.

Buscó por unas dos horas en los alrededores del edificio hasta encontrar materiales suficientes y necesarios para realizar la reactivación. No fue complicado, ya que a pesar de que aquella ciudad no estaba tan inundada de chatarra como la otra, aún tenía muchos restos de artefactos y componentes metálicos. De regreso en la biblioteca, acomodó todas las partes metálicas alrededor de la computadora principal y una de las baterías que aún poseía carga en uno de los extremos, en contacto con todo.

Sabía que lo que iba a hacer a continuación era arriesgado. De salir mal, sus baterías se agotarían al instante y volvería a ser parte de aquella pila de chatarra. Pero no importaba, estaba haciendo aquello para obtener respuestas, para obtener una explicación de qué había pasado con la Tierra. Él no era más que un androide insignificante, el último quizás. Nada cambiaría si volvía a ser chatarra, todo seguiría como antes.

Se conectó a sí mismo a la batería mediante varios cables, que había considerado adecuados para dicha tarea, y envió una gran oleada de electricidad desde su cuerpo hasta dicha batería. Nada ocurrió, nada significante al menos. La batería pareció recargarse por completo, mientras las propias se descargaban un poco. Envió entonces una nueva descarga, esta vez más potente, y entonces la conductividad hizo lo suyo.

La batería se sobrecargó, provocando una pequeña explosión, y la electricidad viajó por las piezas metálicas hasta la computadora, cuyas luces se encendieron rápidamente.

Lanzó un festejo, similar al que lanzaría un humano en aquella situación, pero mucho menos entusiasta. Después de todo, su incapacidad para sentir emociones le impedían poner demasiado ímpetu a nada.

Quitó del medio la chatarra y se acercó a la computadora, que estaba ya con sus sistema a medio iniciar.

“Bienvenido a la biblioteca maestra de Ciudad Universitaria, ¿en qué puedo ayudarlo?”

“Detectar fecha y hora actual. Estado de redes y comunicaciones.”

La computadora pareció pensar por unos segundos para después dar la respuesta que suponía daría, “Redes globales no disponibles, imposible determinar fecha y temporalidad. Sistemas globales inexistentes.”

“Archivos del sistema, detectar última conexión.”

“Última conexión realizada el martes 12 de septiembre de 2913.”

Eso lo sorprendió levemente. Según sus propios registros, su última conexión había sido sesenta años antes, lo que significaba que había estado al menos cien años desactivado. Quizás incluso más, considerando el estado de aquella computadora.

“Archivos del sistema, condiciones globales en última conexión.”

Pero entonces, algo inesperado, verdaderamente inesperado, ocurrió. La computadora no le dio una respuesta, sino que activó la reproducción de un vídeo. Un vídeo realizado por un humano, suponía que el mismo que había realizado la última conexión.

No se veía en buenas condiciones. Tenía la piel grisácea, los labios partidos, ojeras muy visibles por debajo de sus anteojos. El cabello estaba despeinado y sucio, mientras que por su estado general parecía que no había ingerido alimentos en mucho tiempo.

“No sé si alguien alguna vez logrará ver esto, pero de todas formas lo dejaré en registro. Dos mil novecientos trece, ese es el año en que la humanidad se destruyó a sí misma de forma definitiva. La guerra lleva ya sesenta y cuatro años, pero ahora es definitivo. Ciudad Central está en ruinas, al igual que todas las ciudades capitales del mundo y, francamente, todas las ciudades. Ciudad Universitaria está… tratando de resistir, pero ya es imposible. No hay comida, no hay agua sin contaminar, apenas queda combustible o electricidad. La población mundial es de apenas unos miles. Las redes globales probablemente terminen por desconectarse en cualquier momento, porque la mayoría de los satélites fueron derrumbados.” El hombre se pasó una mano por la cara, suspirando. “La primer bomba cayó el ocho de mayo de 2846 y destrozó Washington D.C. La segunda cayó al día siguiente y se llevó Moscú. Los días siguientes cayeron sobre Londres, París, Beijing, Tokio, Nueva York, Sídney, Johannesburgo y Sao Paulo. Ciudad Central fue atacada por primera vez un mes después. Los gobiernos intentaron volver a ponerse de pie, pero en cuanto recuperaron un poco de fuerzas volvieron a lanzar bombas los unos a los otros. En dos años la población mundial se había recibido un sesenta por ciento. Pero la guerra siguió, ya no nuclear, pero sí económica y política. Todos querían sobrevivir un poco más, aunque ya todo estuviera envenenado con radiación, aunque ya no había verdadera esperanza. Los últimos rayos de sol se vieron cuando yo tenía veinte años, en 2890. En los últimos años se intentó hacer algo al respecto, salvar algo, pero ya era demasiado tarde. Ya no nacen niños sanos, ya casi no hay animales ni plantas, hasta el agua de los mares está contaminada. Ya no hay vuelta atrás, los días de la humanidad están contados. Ni siquiera sabemos si los que partieron hacia el espacio están vivos o han logrado llegar a algún lado, pero espero…” Se quitó los anteojos, para poder secarse las lágrimas que inundaban sus ojos. “Espero que si están vivos, encuentren este mensaje de alguna manera y no repitan los mismos errores que cometimos en nuestra querida Tierra. Adiós.”

El vídeo terminó y la computadora volvió a mostrar la pantalla inicial. Aquello había sido más de lo que hubiera querido saber, pero al menos ahora entendía por qué aquello estaba tan desolado, por qué no había signos de vida o materia orgánica. Los humanos se habían asesinado entre sí y habían dejado su planeta desolado como efecto secundario.

¿Valía la pena continuar activo? Ahora que sabía que no encontraría a nadie más, ¿acaso tenía alguna funcionalidad? Era un androide, había sido creado para servir a los humanos, para hacerles la vida más sencilla y acompañar a los solitarios. Ya no tenía propósito. Ni siquiera sabía cuánto había pasado desde la grabación de aquel mensaje, así que no podía calcular cuánto tiempo podría pasar hasta que la radiación desapareciese, hasta que las nubes que cubrían el sol se fueran y la vida pudiera comenzar a resurgir… si es que el planeta aún tenía capacidad para eso.

Sin embargo, algo en lo profundo de su programación le impedía desactivarse. Algo le decía que debía continuar, a pesar del mensaje, a pesar de estar a oscuras, a pesar de no tener esperanzas.

Porque algo bien en lo profundo de su programación le decía que había un poco de esperanza.

Sábado, 15 de septiembre de 2970.

“Reiniciando sistemas.”

La frase se había vuelto ya algo común en aquel mundo desolado. Luego de escuchar el mensaje dejado por el último humano en encender la computadora principal de la biblioteca, un plan se formó en el cerebro del androide. No iba a dejarse estar, no iba a dejar que el tiempo simplemente pasase sobre él y lo dejase sin batería e inutilizado una vez más. Iba a tomar acción en aquel mundo en apariencia muerto.

Algo que había dicho el hombre del vídeo rondaba su memoria cada vez que explicaba a un nuevo androide reanimado su plan: quizás había humanos vivos en el espacio. Y quizás esos humanos volverán algún día a la Tierra. Y, de ser así, la necesitarían libre de radiación.

Pero era imposible para un solo androide limpiar un planeta entero, por lo que la computadora de la biblioteca fue solo la primera en ser reactivada por sus baterías. El segundo androide fue un modelo prácticamente igual a sí mismo, pero especializado en reparaciones -él estaba especializado en enfermería y acompañamiento terapéutico. Y pronto se les sumaron más. Todo androide que encontraran y que estuviera en condiciones de funcionar, era reanimado.

Y aquel día, un mes y más de dos docenas de androides después, algo casi milagroso ocurrió. El androide que acababan de activar parpadeó, intrigado, mirando a su alrededor.

“Comprobando sistemas, reanudando tareas programadas. Reanudar tarea cancelada el 9 de octubre de 2913, 16:57 horas. Pospuesta por cincuenta y seis años, trescientos cuarenta y un días, dos horas, tres minutos.”

El androide de reparaciones, autodenominado AIP1, se le acercó atentamente. El recientemente activado estaba con la mirada perdida, evidentemente realizando dicha tarea programada. “Su reloj interno todavía funciona a la perfección.”

“Ahora sabemos cuánto hace que terminó todo. Estuve desactivado por más de cien años.”

“Eso explica perfectamente el precario estado de tus sistemas, HANSS.”

“No es muy amable de tu parte decir esas cosas, ¿sabes?”

“También explicaría por qué tus circuitos funcionan de esa forma tan peculiar.”

“¿A qué te refieres?”

“Te crearon para entender las emociones humanas, para acompañarlos en sus procesos terapéuticos, quizás el daño en tus circuitos provocados por los años en desuso causó que tengas algo similar a emociones.”

El androide inclinó la cabeza, examinando a su compañero atentamente. Un androide de reparación era todo lo contrario a él mismo, especializado en máquinas, sin ningún conocimiento sobre los humanos y sus formas. Ya no estaba seguro de si tenerlo allí sería lo ideal para su plan de reconstrucción del planeta.

“Tarea finalizada. Buenos días.”

La atención de ambos se centró entonces en el nuevo “recluta”. “Buenos días, ¿tienes un nombre? Si no lo tienes, podemos asignarte uno.”

“Por supuesto que lo tengo.” El robot se puso de pie sin problema alguno. Estaba en bastante buen estado, en comparación con muchos otros, carcomidos en su mayoría por el óxido. “Soy HALSS.”

“Es un gran placer conocer a otro a Sistema Altamente Avanzado, ¿Cuál era la tarea que tenías que realizar?”

“Detectar formas de vida en un radio de cinco kilómetros a la redonda. Lamentablemente, no se han encontrado formas de vida avanzada, pero si microscópicas y formas animales inferiores.”

“Eso no es posible, nuestros sistemas no han detectado nada en un mes, ¿y tú lo detectas en solo un par de minutos?”

“Soy un sistema altamente avanzado, fui creado en los últimos días de la humanidad exclusivamente para buscar vida en cualquiera de sus formas.”

Los dos androides se miraron. Acababan de despertar a uno de los últimos androides que la humanidad había creado, y su función principal no había sido salvarlos, o ayudarlos, sino buscar vida. Un androide para que les diera esperanza, uno que les dijera que su planeta podía ser salvado a pesar de todo.

“¿Has detectado formas de vida vegetal?”

“Negativo.”

“¿Cada cuánto están programadas estas búsquedas?”

“Setenta y dos horas, o según programación.”

“Continúa haciéndolo y notifica automáticamente si encuentras vida vegetal.”

HALSS asintió con la cabeza y entonces los otros dos androides regresaron a su trabajo: buscar otros que pudieran ser reactivados. Pero en la cabeza del androide HANSS, el primero que había despertado, esa sensación extraña en lo profundo de su programación que le decía que no debía perder las esperanzas ahora cobraba sentido. Los sistemas avanzados comparten todos una programación básica común, y ese llamado de esperanza era seguramente el conocimiento subyacente de que HALSS existía.

Y ahora sabían con seguridad que aún había organismos sobrevivientes. De la radiación, del clima extremo, de la falta de nutrientes. Quizás vida inferior, quizás bajo la superficie, pero eso era solo el primer paso para saber que el planeta estaba comenzado a recuperarse.

Ahora volvía a tener un propósito, incluso aunque no supiera si había humanos en algún lugar del universo, ahora sabía que su misión sería preparar la Tierra para la nueva vida que ya empezaba a resurgir, prepararlo todo para que los humanos regresaran a su hogar.

Lo primero que hicieron fue utilizar el reloj interno del androide buscador de vida para ajustar todos los demás relojes y calendarios. Ahora que sabían cuánto tiempo había pasado, podían saber que varias zonas ya estarían probablemente libres de radiación y, por tanto, serían más factibles para alojar vida.

Durante los próximos meses, los androides continuaron limpiando la ciudad, creando un sistema para reciclar la chatarra y repararse a sí mismos, a los edificios y crear artefactos útiles para intentar limpiar el entorno. Pasados unos dos meses, lo que habían sido las calles de Ciudad Universitaria volvían a estar limpias, con las ruinas de las antiguos edificios resplandecientes como lo habían sido en su momento las ruinas de las antiguas Grecia y Roma.

“Vida vegetal detectada. Vida vegetal detectada.” Las alarmas de HALSS comenzaron a sonar como locas, haciendo que todos los demás festejaran. Ahora que el suelo estaba limpio, pequeñas plantas comenzaban a crecer, de a poco y lentamente, pero lo hacían. La atmósfera entonces comenzaría a renovar sus gases, incluso aunque las nubes aún cubrieran permanentemente el cielo.

Con el crecimiento de la gramilla, los insectos no tardaron en reaparecer y entonces la ciudad se convirtió en una especie de punto natural, lleno de vida, en medio de aquel vertedero de chatarra global.

Miércoles, 2 de enero de 2971

HANSS terminó de grabar el trozo de metal que sería el nuevo cartel de bienvenida de la ciudad, ante la mirada expectante de los demás androides. Solo quedarían en Ciudad Universitaria la computadora principal y uno de los androides bibliotecarios, que se encargaría de recuperar y volver a acomodar todos los libros que habían encontrado en la ciudad durante su limpieza.

El edificio de la biblioteca seguía siendo el más imponente, uno de los pocos que aún conservaba su forma y que servía de resguardo para las ocasionales lluvias. La vegetación ya estaba poblando todas las calles y prometía volver a reclamar aquel lugar como suyo con el correr del tiempo.

El resto de los androides ya estaban listos para partir hacia otro lugar, otra ciudad. Sabían que no podrían ir a Ciudad Central, ya que las tormentas eléctricas que la azotaban harían muy difícil la tarea de limpiarla, por lo que se dividirán en varios grupos y partirían en varias direcciones, buscando nuevas ciudades para poder limpiar y reconstruir.

El androide ubicó el nuevo cartel bien en lo alto y entonces partieron, con esa esperanza enterrada en su programación, con esa esperanza que los humanos habían colocado en ellos. Partieron hacia nuevos horizontes dejando atrás, orgullosos, la primera ciudad rescatada del apocalipsis nuclear.

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