La Ecuación del Viajero Infinito

La Ecuación del Viajero Infinito

Dividir lo dividido es acercarse al infinito.

Todo comenzó cuando a la maestra de matemáticas del pequeño pueblo de Altos de Bruma se le ocurrió un ejercicio extraño, casi insolente:
“Si un viajero recorre cada día la mitad de la distancia que le falta para llegar a casa, ¿alguna vez llegará?”

Los alumnos resolvieron el problema con lápices y bostezos, pero uno de ellos —un niño silencioso llamado Nereo— lo resolvió con su vida entera.
Porque Nereo, que tenía la mala costumbre de tomarse demasiado en serio las metáforas, decidió convertirse en el viajero de la mitad. Cada mañana caminaba hacia su casa, pero antes de llegar se detenía, exactamente en el punto donde la distancia se dividía por dos, como si la realidad fuera una gigantesca fracción que él debía cuidar.

Con el tiempo, el pueblo descubrió que algo raro ocurría.
En la medida en que Nereo avanzaba sin llegar, el mundo empezaba a transformarse a su alrededor: las calles parecían más largas, las casas más pequeñas, y los corazones —como si se hubieran vuelto tímidos— latían más despacio. Parecía que la realidad misma estaba tratando de resolver la ecuación con él.

Un día apareció en Altos de Bruma un anciano de barba curva y ojos que parecían mirar desde varios siglos a la vez. Afirmaba ser “matemático sin lógica”, una forma absurda de contar y dividir.

—El muchacho está estirando el tejido del tiempo —dijo mientras olía la distancia como si fuera pan recién hecho—. Si sigue dividiendo el camino, llegará a un punto en que no podrá regresar… ni avanzar.

Los pobladores, asustados, decidieron ir en busca de Nereo. Lo encontraron en un sendero que no existía la semana anterior, un camino que parecía hecho de la propia duda, como si el suelo hubiese sido dibujado a medias por un dios indeciso.

— ¿Por qué no vuelves a casa? —preguntó el anciano.

Nereo respondió, sin girarse:
—Porque si llego, la ecuación termina. Y cuando una ecuación termina, deja de soñar.

El anciano suspiró, como quien sabe, que la matemática es un idioma poético malinterpretado.

Allí, en esa frontera donde la realidad se volvía pensamiento, Nereo comprendió el secreto:
la meta no era llegar, sino descubrir que algunas distancias existen solo para recordarnos que somos viajeros.

Desde entonces, cuentan que, en noches de bruma, se ve la silueta del niño caminando hacia un punto que nunca alcanza. No está perdido. Está manteniendo en equilibrio la ecuación del mundo.

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