La brisa fresca de la mañana infiltraba su alegría dentro de aquél hogar desaparecido por el pasar de los años. La calma, fugaz compañera en los instantes serenos del despertar al alba parecía ser eterna, pero no, se esfuma como la vida: en un abrir y cerrar de ojos.
Las puertas de madera guarecían en su interior a las dulces blancas criaturas, pequeños ángeles llegados a esta tierra a enseñarnos a ser- uno con la supra-conciencia, a reforzar a través de la coexistencia, el valor de la tolerancia y el amor desprendido hacia la inocencia de la vida. Sus latidos y jadeos eran ese hogar en apariencia indestructible, no obstante, desmembrado por el tiempo. Los dos alevines de nieve yacían al lado de la madre cuyo nombre evoca a la primera mujer de la historia, a esa fémina de dotes místicos que ha despertado en los brazos del espíritu mediante la pérdida de sus seres amados. Además de encarnar el transgresor instinto maternal con valentía a pesar de los tormentos internos causados por su precoz ansiedad existencial.
En frente de mi aposento, una jóven de mirada noble y triste que desde temprana edad mostró tendencias introspectivas. De unos cinco años decía: «Mamá, me quiero ir con los ángeles». Posiblemente esas palabras predecían esa vida dolorosa y fría como la mía, sólo que su semblante, maduro y gentil, no era comprendido por el peso de la tradición familiar, y pronto la cultura durmió a esa niña, despertando, tiempo después con ímpetu y fuerza intelectual, cuestionando hasta a la misma sacralidad del cosmos, así como hicieron los grandes sabios del pasados que, al darse cuenta que la razón daba paso al conocimiento de la totalidad, se fusionaron con la Unidad al disolverse su ego -la separación del otro- al comprender que la maldad no es alevosía, sino instinto irracional puro que, al no ser pensado en aras de la razón objetiva, el discernimiento y la compasión se ausentan de la vida, no por voluntad propia, sino por falta de trascendentalidad en la conciencia.
Ese mismo transitar fue mío hace años, el enfrentamiento era mi manera de reafirmar el yo y vengar las injusticias de mis ancestros, no obstante, todo es una comedia, una absurda comedia, repetitiva, marionetas del demiurgo, pues no somos autónomos de nuestros actos sino programados desde antes del nacimiento para seguir patrones matemáticos sin cuestionar si dichos patrones y repeticiones infinitas benefician la liberación del intelecto, dejando bien atrás los dañinos determinismos culturales que nos separan del prójimo para obligarnos a padecer vidas de insondables amarguras.
Liberarse de la cultura no es abandonarla, sino superarla pues el propósito de esa superación es comprender la razón suficiente detrás de los actos de los seres humanos, por mas crueles y abyectos en apariencia. Porque comprender no es estar de acuerdo, sino ser conscientes de los axiomas eternos de la totalidad.
La divinidad se expresó a temprana edad en está niña de ojos negros, tímida y dotada de la empatía de los seres elevados. Sabía que aquellos espíritus dormitaban en paz en esas habitaciones ubicadas al costado y al final de un pasillo casi siempre impregnado de un aura misteriosa, y que al volver, los encontraría en el mismo espacio dejado por mí horas antes de partir. No faltaba día, generalmente esos hermosísimos atardeceres rojizos- azulados, rondando las cinco y treinta en el cual los mágicos cielos del oeste se iluminaban con la esperanza de una vida, aparentemente perfecta, no obstante, rota desde tiempos remotos.
Mi mirada se posaba en el Oaoraní con la intención de buscar en él las sabidurías de los viejos pueblos originarios de América. La vista al horizonte, a esas montañas místicas guardianas de la ciudad de las palmeras eran, son y seguirán siendo mi alimento espiritual, sin embargo, a su vez, motivo de punzante nostalgia, elegía, agudo dolor existencial. En esos momentos pretéritos de sosiego y certidumbre, sólo el cándido viento rozando las cortinas caqui, ondulándolas como la seda de fino telar, de fondo el cielo azul celeste, a veces grisáceo por las lluvias del trópico, acompañaban a éste espíritu melancólico a buscar en su interior, explicaciones a esos sentimientos persistentes de tristeza, futilidad, miseria, e inutilidad de la existencia humana. ¿En realidad los esfuerzos por vivir valen la pena si la muerte se llevará las alegrias y las penas, ambas sin distinción?
Los vientos de julio invitaban al acongojado espíritu a sentir esperanza por el porvenir. El Sol, el viento y el cielo, junto al hombre pacífico, sereno, padre de dos nubes de algodón, cuya tranquilidad sería envidiada hasta por reyes en palacios de oro, lo esperaba en casa con alimentos recien hechos y una habitación hermosa, llena de libros, mapas y rocas antiguas. Hoy, ese aposento de paz no está. La humedad, el agua estancada y hongos oscuros sobre el techo dan fe de que el tiempo tiende a la destrucción cuando se abandona, incluso, hasta lo más querido.
Los recuerdos laceran mi salud frágil, lejos de mi hogar, a veces, me pierdo en remembranzas hermosas de antaño, sin embargo, al volver al presente, mi cuerpo, cronificado por el intenso dolor físico y asfixias constantes, encarcela mi libertad, cercenando mi amado anhelo por estar, de nuevo, contemplando esos maravillosos atardeceres desde las ventanas de un hogar perdido, mi remanzo de paz entre montañas y ancestrales leyendas, pues no existirán dos en toda la insondable eternidad como mi adorado San Juan de Colón, ciudad de las palmeras.
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