Nadie puede ser bueno

Nadie puede ser bueno

Lazareto

11/08/2020

Todos los personajes de Disney son unos desgraciados.

Una niña veía la calle desde el balcón de su casa, había palomas picoteándose, aleteando, y tratando de despellejarse por granos de arroz tirados en medio de la tierra. El viento era fuerte con un cielo gris y nubarrones oscuros. Una morenita pasaba por aquella calle, gritaba fuertemente: -Vamos a vender el televisor. De eso me deshago yo y nos repartimos la plata, mitad y mitad.

A su lado iba un hombre en una bicicleta, habían tenido un hijo hace dos años, se habían separado y quedado en un acuerdo. El hombre se había comprometido a pagar la manutención de su hijo, y la mujer aún conservaba la custodia del morenito enano que acaba de cumplir sus dos años.

-Usted se gastó lo que yo le di arreglándose los dientes, fiestas y cerveza. Y nunca me devolvió ni un solo peso ¡Vamos a vender ese televisor! Yo lo que quiero es la plata.-Decía la mujer

El hombre no le renegaba nada, aunque ella estuviese bastante furiosa

-Yo conozco a alguien que me compra el televisor, vamos ahorita y lo vendemos <<Agarrando una piedra maciza que se encontraba encima de la tierra donde las palomas habían comido>>

Aun con los gritos de la mujer, la pareja caminaba relativamente tranquila sin parecer que uno acabara golpeando al otro.

Ella tenía las manos detrás de la espalda, él ni si quiera volteó la cabeza, solo miraba el final de la calle. La mujer se detuvo, reclinó el brazo hacia atrás y lo dirigió como si estuviera lanzando un hacha para derrumbar el ultimo corte de un árbol que están talando. Voló sangre, por aquel golpe, que se incrustaba en la pared del muro de enfrente, sonaba como un coco impactando contra el suelo y dejando su sonido característico. El calló hacia al andén pero el golpe no fue lo suficientemente certero para dejarlo inconsciente y se pudo sostener de la caída amortiguándose con los brazos, se agarró la cabeza y bajó la mano mirando la sangre . El hombre se levantó rápidamente, la mujer le lanzó otro golpe, él lo esquivó y empezó a correr de aquella mujer salvaje.

Unos minutos después, del otro lado de la calle se acercaba un hombre caminando, era canoso, tenía bigote, una chaqueta azul descolorida en la parte de los hombros y de la espalda que se ponía encima de la piel, un pantalón de paño bastante brillado y andrajoso, unas valetas de cuero azul descolorido, no llevaba medias y en su mano traía un celular por el que hablaba con uno de sus familiares:

-No si hombre, ¿Cómo están por allá en la casa?, ¿Cómo está la pelada?- Decía el hombre mientras se sentaba en el andén del frente-Pasámela, pasámela. Hola mi amor como estás, que haces ¿Estas comiendo? ¡Mi amor! Que ¿Si estas comiendo? A bueno linda, y ¿Cómo te la has llevado con tu tío, los hermanos, la familia mi reina? ¿Bien? -Su celular era de los pequeños de 9 teclas y linterna.-Ah, mi amor tienes que entenderlos, él quiere tener el control en su casa, y tú tienes que portarte bien para que no te haga eso. Como me gustaría estar allá en la casa, hacerte la comida, estar pendiente de ti. Pero estoy aquí tan lejos quizás un día me pase por allá y nos vayamos a la playa… –Se sentó en el andén. –Chao mi amor, te quiero mucho. <<La niña le pasó el teléfono a su tío>> .-Si hombre, no yo venía a llamarte es porque estoy sin trabajo, y pago quince mil pesos al día pero no…-Se fue caminando directo hacia adelante desapareciéndose de la vista de la niña que miraba a todos desde la azotea.

Un joven de unos 16 años con una camisa polo de tres colores, una gorra y un tapabocas, caminaba cansadamente cargando una carreta hecha de tablas de madera, ganchos artesanales, y dos manijas de pedazos de palos diferentes, llena de cobijas, y almohadas descoloridas y sucias por el polvo. Al interior de la carreta se acurrucaba un pequeño de 7 o 8 años jugando con unos juguetes a los que les faltaban un brazos y piernas, o algunos ni siquiera eran juguetes si no botellas aplastadas. Tenía un buzo rojo, y pantalones sucios más que todo en las rodillas.

-¿Cómo se dice pirobo?-Gritaba el muchacho grande.

-¡Piloho!

-¿Qué? Hable bien que no le escucho. ¡Grite! pirobo.

-Piloho, Piloho.

-¿Qué?

-…

Al lado de un poste, al frente del muro había un hombre andrajoso, con barba corta pero sin arreglar, lo que hacía que el bigote se desparramara por los labios, los dientes eran amarillos y faltaban varios de estos, las caries, la desnutrición y todas las drogas ya le habían deteriorado la dentadura. Su piel era del color moreno que le deja el sol a los que permanecen toda su vida al frente de él, y la piel era delgada y chupada en los pómulos, la barbilla y la frente, pareciéndose más a la piel de una persona que se esta tan desnutrida a tal punto que ha sufrido toda su vida el dolor del hambre y la desesperación. Por la esquina salió otro con características parecidas, solo que cargaba dos pantalones, uno que estaba tremendamente enmugrecido y se dejaba el cinturón a la altura de la mitad de los muslos, y el otro pantalón era más apretado, llevaba un largo buzo, y encima un chaqueta de cuero, con manchas grises, y piedras de cemento todavía pegadas a ella. Su cabello era extremadamente grasoso por lo que tenía montones pegados entre sí. Los dos hablaron juntos, uno le entregó un billete al otro, y este a su vez le dio un bollo de papel blanco envuelto al igual que los tamales. Luego el caminó hasta el siguiente poste, se puso de espaldas hacía la calle y con un artefacto pequeño que era una especie de pipa hecha con papel aluminio y un tubo delgadito, introdujo el bollo en este y prendió fuego, absorbía y expulsaba el humo constantemente. Se alejó riendo y diciendo jergas…

Por el otro lado de la calle una perra se acercaba a la casa de la niña, un perro iba detrás de la perra, olfateándole el ano constantemente y siguiéndola con la cabeza agachada. A unos veinte metros, otro perro dando pasos despacio y con la lengua afuera los miraba y se acercaba después de un tiempo sin llegar a pasar de los veinte. La pareja de perro y perra se detuvo durante un instante, el amarillo, que era el que estaba al lado de la perra, se encaramó encima de ella y bombeó. El negro, el que permanecía a veinte metros se apresuró hacía donde se encontraba la pareja. El amarillo desmontó a la perra, se miraron fijamente los dos machos y cada uno fue arrugando las comisuras de la boca y la nariz, gruñendo suave y fuerte intercaladamente. A los dos les escurría la saliva, mientras la perra lanzaba de vez en cuando unos chillidos. El amarillo se detenía y el negro se posicionaba justo al lado de él, tratando de que su hocico se acercara cada vez más al cuello del otro. Constantemente gruñían pero era un círculo vicioso en el que a cada movimiento la tensión aumentaba y el uno o el otro soltaba un fuerte ladrido. En uno de esos vaivenes, el negro alcanzó a rozar suavemente con los dientes a su compañero y este se giró reactivamente. Los dos se pararon, al igual que los osos lo hacen, cuando están por combatir, y empezó; Un remolino de ladridos, gruñidos, choques bruscos entre unas fauces y otras. El uno arrojaba al suelo al otro y este reaccionaba con el doble de furia, se mordían el cuello y retorcían la cabeza para hacerle daño al otro…Una mujer voluminosa y ancha, se acercó a los dos canes, parecía bastante asustada al principio. Tenía una escoba que apretaba con las dos manos. Palpaba a uno de los perros con los pelos de la escoba y estos ni se inmutaban. Recogió la escoba como si esta fuera un bate y dio un golpe seco en el vientre del amarillo, emitió un chillido, pero no soltó del cuello al otro. La mujer le propinó otro escobazo, en el que sucedió lo mismo. EL último fue doloroso de solo verlo, como el olor que llega de la mierda, desagradable, se vio el dolor del animal, le faltaba el aliento, y se atoraba tosiendo continuamente y pegando pequeños chillidos. El amarillo al verlo en desventaja, abrió sus fauces y le clavó los dientes desde el centro de la frente hasta la mejilla izquierda. Y volvió al juego de retorcer el cuello y la mandíbula para proporcionarle un mayor daño, jalando con todo el peso de su cuerpo. EL negro ya no emitía pequeños chillidos si no que sollozaba mientras colgaba de las muelas de su amigo. La mujer no había intervenido, la ferocidad de aquel animal le daba pavor. Reclinó y volvió a soltar la escoba con velocidad, esta vez el cabo que va adherido a los pelos de la escoba fue el que rebotó en el cráneo del amarillo. La sangre voló por todos lados, colgando de la mandíbula del amarillo descansaba el ojo con venas y arterias que le había desprendido bruscamente al otro gracias al golpe. Por fin los dos se apartaron, o más bien el amarillo se alejó de la mujer por el miedo a volver a ser golpeado de tal manera. El negro yacía estático, tenía la lengua afuera y le caían pequeñas gotas de sangre que le salían de la garganta gracias a los golpes en el estómago, se recostó sobre el suelo, estaba demasiado fatigado. De la cuenca que quedaba salía un caudal de sangre que iba haciendo un charco cada vez más grande en el piso. Sollozaba cada vez que expulsaba aire por su hocico. Tenía hoyos profundos en el cuello, la frente, y las mejillas, estos alimentaban el charco con pequeños chorritos que embadurnaban el pelaje del animal.

Mientras tanto el amarillo se recostó en la pared a descansar. Luego de unos segundos la perra que había aparecido antes de que empezara la pelea, llegó corriendo al lugar donde estaba acostado el amarillo. Él se levantó, le olió el ano, la montó y volvió a bombear como lo hacía en un principio. Bombeó unas veinte veces y se rindió, no podía hacerlo. Podía destrozar la cara de un animal, sacarle un ojo, hacerlo agonizar y tener sexo al frente del cadáver, pero no podía hacerlo bien con aquella perra. La desmontó y se fue hacia la sombra que hacían las casas tapando el sol del mediodía. Se alejaba caminando y la perra detrás de él sollozaba, arrimándosele y mostrándole el culo, dando vueltas angustiadamente y tratando de montarlo como si ella pudiera penetrarlo. Él le gruñía intentando alejarla pero aquel animal estaba desesperado y seguía en ese juego continuamente…

La niña seguía mirando todo el rodaje que le ofrecía el espectáculo de la acera. El perro negro, tenía las fosas nasales empapadas en sangre y se había comenzado a ahogar hace un rato, duró unos tres minutos disminuyendo la respiración y los sollozos. Las personas pasaban mirándolo y hablando entre sí, y luego cayendo otra vez en sus vidas normales. Los sollozos aumentaron una última vez, respiró una última vez y se detuvo una última vez. Quedó grabado por siempre en el cerebro de aquella niñita.

Una mujer salió de la puerta de atrás de la terraza donde permanecía la niña, la agarró del pelo y la atrajo llevándola hacía la puerta, golpeándola con una tabla:

-¡China hijueputa! Es a hacer lo que se le da la granhijueputa gana. Tome-Golpeándola varias veces en las piernas y el trasero con la tabla.-Yo le dije que no se saliera para la terraza, que se puede caer por estar asomándose. – Ya había disminuido la fuerza con la que golpeaba a la niña

-¡No me pegee!-Gritaba la niña, llorando y gritando, hablando por silabas y con hipo. Tratando de defenderse lanzando pequeñas palmaditas hacia la mujer

-Que tal esta culicagada pegándome, ¡Malparida! ¡Los pájaros no le tiran a las escopetas!

La mujer soltó la tabla y le mandó un puño a la cara de la niña. El golpe en el pómulo, la ceja y el ojo impulsó a la niña a caer al piso. La mujer aun le pegaba palmadas en la espalda, la cabeza, las piernas y el trasero. Durante todo el conflicto, ya se habían desplazado al corredor por el que se bajan las escaleras hacia la sala. La chiquita lloraba fuertemente.

El padre subió en prisa por las escaleras, se escuchaban unas botas zapateando. La mujer temblaba y el hombre apareció. Era ancho, no era ni alto ni bajo, le faltaba pelo desde la frente hasta la nuca, y le salía solamente por encima de las orejas, a los costados. La niña estaba en shock, acurrucada en el suelo frotándose el lugar del golpe y soltando lágrimas.

-¿Mi amor que te pasa?-Agachándose y examinando a la niña

-¿Qué le pasa marica?- Le decía a la mujer que la había golpeado, acercándosele. Empezó a asfixiarla con las dos manos, sus manos eran bastante fuertes y no era posible que ella se librara de eso. Pasaron unos treinta segundos de tortura y la mujer ya estaba débil. Él la agarró del cabello, la arrastró hacia el lavadero le golpeó la cabeza contra la superficie de este y cogió un cepillo de lavar la ropa. Le descargó toda su furia en el primer golpe, un golpe en el tabique de la mujer, que le desfiguró la estructura de esta, otro golpe en la cien, tres golpes en la mejilla. Unos veinte golpes, todos con una fuerza extraordinaria. La mujer ya no estaba consiente, su nariz, y toda su cara estaban llenas de morados y sangre…

La misma figura del perro agonizando, del hombre del televisor cayendo al suelo, del vagabundo que se drogaba, de la perra que sollozaba. Todos nos detestamos, nadie quiere realmente a sus amistades, amores, familiares. Nadie puede ser bueno…

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