Fede y el Hada de los colores – Ilustrado

Fede y el Hada de los colores – Ilustrado

Lola Lemo Estrada

20/06/2020

Estaba Fede, el loro, en la copa de su árbol de hojas verde, el cual tenía frutos verdes, junto a su familia de loros todo verdes.

Fede siempre se hacía la misma pregunta, ¿por qué todo era tan verde en su árbol si había tantos otros colores?; estaba aburrido de ser otro loro verde, en un lugar todo verde; deseaba ser diferente.

Para Fede los paseos siempre eran demasiado cortos, pues debían ir en grupo, y sus hermanos se cansaban muy rápido y se quejaba todo el tiempo; pensaba que de esa forma sería imposible conocer los secretos de los colores.

Un día se animó, y sin decirle a sus padres, ni a sus hermanos, se alejó de su árbol para conocer otros sitios.

Primero llegó al prado de las flores; ¡qué hermosas eran todas! pensó Fede.

Les preguntó a las flores, cómo habían hecho para elegir sus colores, pero las flores no le respondieron, seguramente ellas no entendían el idioma loro, solo siguieron disfrutando de la brisa y del tibio sol de esa hermosa mañana.

Siguió su vuelo hacia el campo grande, allí estaban las vacas, todas diferentes, algunas blancas y negras, y otras negras y blancas.

Les preguntó a las vacas, cómo habían hecho para elegir ser así, color vaca, pero ninguna le respondió, seguramente ellas tampoco entendían el idioma loro..

Avanzó un poco más y llegó hasta el jardín de las mariposas; ¡Cuántos colores!

Les preguntó a las mariposas, cómo habían logrado ser tan bellas y ser de tantos colores; pero ninguna le respondió, porque ellas no entendían el idioma loro, y siguieron revoloteando.

Cuando estaba pronto para continuar con su viaje, escuchó una vocecita que dijo:

— Tu no eres de por aquí ¿cómo es qué estás solo? los loros rara vez vuelan solos.

Fede dio la vuelta y se encontró con la mariposa más hermosa que jamás había visto, sus alas cambiaban de color a medida que se movían.

— Hola, ¿tu me entiendes?, ¿como has hecho para ser de diferentes colores? — preguntó Fede.

— Hay un sitio llamado el reino de los colores, donde vive el Hada de los colores — respondió la mariposa mientras seguía revoloteando.

— ¿Hada de los colores? ¿Y podré cambiar de color? ¿Dime cómo llegar? — Fede seguía preguntando, totalmente emocionado.

— Sigue hasta la cascada, detrás de esta, hay una cueva escondida, allí lo encontrarás, pero ten mucho cuidado — le respondió la mariposa y desapareció entre las flores.

El corazón de loro estaba por estallar de tanta felicidad, intentando recordar, repitió en voz alta — reino de colores, cueva, detrás de la cascada — no podía perder más tiempo, tomó aire y levantó vuelo.

Miró hacia atrás, debía apurarse, y volver antes del anochecer.

Cruzó el arroyo, y llegó a la pequeña cascada, allí estaba la entrada de la cueva.

Voló por entre las rocas, pero a medida que avanzaba, la cueva se hacía más oscura, hasta que en un momento ya no veía nada, no podía seguir volando, y decidió llamar. — ¡Hola! Hada de los colores ¿estás allí? — y a lo lejos se escuchó su propia voz — ¡Hola! Hada de los colores ¿estás allí?

Esperó un rato más y mientras lo hacía pensaba en las ganas de ser diferente a sus hermanos.

Sentía un poco de frío y soledad, recordó a su familia y a sus hermanitos, estarían todos preocupados por él, pero pensó, cuando vuelva voy a ser diferente y les voy a contar que yo conocí al Hada de los colores.

El tiempo pasaba y Fede estaba nervioso, temía que se hiciera la noche y no poder volver al árbol; decidió salir de la cueva y volver al otro día; pero no veía nada, no sabía donde estaba la salida, había perdido la orientación, hasta que a lo lejos pudo ver unas luces que se movían y las siguió, llegó a la entrada del reino de los colores.

El aroma era delicioso, parecía un lugar lleno de magia, creo que Fede estaba tan asombrado como asustado. De pronto escuchó una voz que le resultaba familiar.

— ¡Bienvenido al reino de los colores!

— ¡Hola! ¡Es que … que yo… soy verde … y todo es verde en mi árbol, y estaba buscado el lugar donde podemos cambiar el color… ! — respondió Fede, medio tartamudeando.

— Me asombra mucho que hayas llegado hasta aquí ¡eres muy valiente! — continuó la voz.

— Quiero tener otros colores, no quiero ser solo verde, hay colores tan hermosos, además, quiero ser diferente a mis hermanos.

— Puedes elegir tu color, pero hay una condición, al cambiar de color, puede que dejes algo que ahora tienes — le respondió la voz.

Fede estaba tan emocionado que solo escuchó “Puedes cambiar de color” y sin pensarlo Fede dijo: «Quiero ser rojo, azul y amarillo».

Un remolino de luces de colores lo envolvió y a los segundos se miró y se sintió el loro más feliz del planeta.

— Las luciérnagas te acompañarán hacia la entrada de la cueva — dijo la voz.

Llegó a la cascada, aún era de día, y pudo mirar sus las alas, se sentía más pesado, pero podía volar, sentía el pico más grande, pero podía hablar, no había perdido ninguna de sus habilidades. Se sentía más veloz que antes cuando era solo verde. 

Al llegar al árbol, todos los loros volaros espantados, gritando como locos, él no entendía qué estaba pasando, les decía, que solo había cambiado de color, y nadie lo escuchó, cuanto más les hablaba, mas se asustaban. Quedó solo en una rama alejada de toda su familia, estaba tan cansado, que durmió hasta el otro día.

Amaneció y estaba solo, nadie le hablaba, y todos lo esquivaban, él solo quería tener otros colores, pero había perdido a su familia.

Decidió entonces volver al Reino de los colores.

Al llegar gritó pidiendo ayuda — ¡Hada de los colores, mi familia de loros no me reconocen, no me quieren, no me escuchan, no saben quien soy! 

—Es que ahora eres un guacamayo, ¿qué quieres que haga? — respondió la voz.

Recordó cuáles eran las palabras que debía decir: «Yo Fede quiero ser verde».

Un remolino de colores lo baño — ¡No soy un loro, mi pico, mis alas, mis patas!

La voz ya no respondió y las luciérnagas lo acompañaron.

Fede había perdido todo, era una langosta en el medio de una cascada, lejos de su árbol, de su familia, de sus hermanos, llorando, y desesperado, decidió pedir ayuda y voló hacia el jardín de las mariposas. Allí estaba ella, revoloteando de flor en flor.

— Mariposa, mariposa, soy yo, Fede el loro verde aunque no lo parezca ¿se acuerda de mi?

Sí — dijo la mariposa — claro que me acuerdo, ahora eres una hermosa langosta.

Fede entre llantos y suspiros le contó lo que había pasado.

— ¡Fui hasta el reino de colores y pedí ser rojo, azul y amarillo y fui guacamayo, pero mi familia no me reconoce, me temen, entonces volví y le pedí volver a ser verde y ahora soy una langosta! Estoy tan triste y cansado, yo solo quiero volver a ser loro.

— Pero para volver a ser loro, debes primero querer ser tu mismo para siempre — dijo la mariposa y sin esperar, se perdió en el aire.

Fede estaba muy cansado de tanto volar; tomó un descanso pensando en las palabras de la mariposa, ya no tenía fuerzas para continuar, y no veía mucho dentro de la cueva; pero oyó una vocecita que le decía: «¡Vamos Fede, tu puedes, tienes que seguir, tu familia te espera, si quieres volver a ser el que eras, debes continuar, falta poco! ¡Fede, mira! ¡las luces! son las luciérnagas, ellas te guiarán» 

Fede pudo verlas; levantó vuelo con las fuerzas que le quedaban, y por fin llegó al Reino de los colores. 

—¡Hada de los colores, quiero volver a ser Fede , quiero volver a ser loro, quiero volver a ser verde, quiero volver a ser el que era! 

La voz no respondió, simplemente una luz blanca y tibia lo envolvió.

Al abrir sus ojos, lo primero que vio fueron sus alas verdes, hermosas alas verdes de loro, se miró las patas, hermosas patas de loro, su pico, duro, pico de loro.

Sentía tanta felicidad, quería volver rápido a su árbol, las luciérnagas se acercaron para acompañarlo a la salida.

Volvió a su árbol con su familia, estaban reunidos y con caras tristes y de preocupación; y sin esperar más, les gritó con su mejor voz de loro: 

— ¡Hola familia! ¡volví!

Al verlo, todos salieron volando, lo rodearon, lo picotearon, lo abrazaron, todos querían saber que había sucedido, en dónde se había metido.

— Si les contara no me creerían — respondió Fede. 

Al otro día, un pequeño San Antonio se acercó y le dijo: 

—¿Quieres ir a recorrer la tierra de las tortugas? ellas también son todas verdes.

¿Adivinen que respondió Fede? 

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