«¡Te toca, Estefany!»

Le dijo una voz andrógina y empalagosa. El alcohol ya destilaba por sus poros y los dos gramitos de cocaína le terminaron por dar un aspecto feroz. Al salir a la pasarela, fue abrumada por flashes y aplausos que venían de todas partes. La música trance se le hacía demasiado elevada, incluso para la ocasión. Haciendo un gran esfuerzo siguió paso a paso aquello que antes le fluía de manera inconsciente y natural: mirada al frente, sin sonrisitas, imagina un libro en tu cabeza, exagera el meneo de tus caderas, un pie delante del otro, vuelta y mano a la cintura, mirada de lince a la nada y das la espalda, un pie delante del otro, no le hagas caso a ese gritón insolente, una mirada tres cuartos; derecha, izquierda.

Pero hubo una vuelta de más, un engreimiento de más, un afán figurético de más. La mixtura venenosa que llevaba dentro le negó a su mente el beneficio de la ubicuidad. El equilibrio químico colapsó, junto con su carrera, sobre aquella pasarela que tan pocas veces había recorrido.

Ya en el hospital, después de haberse visto en los diarios y de contemplar incrédula cómo pasaban videos de su niñez en la televisión por cable –editados con los de su carrera en pleno apogeo y su estrepitoso accidente repetido varias veces en cámara lenta–, tuvo la firme certeza de estar en el mismísimo infierno.

Su nana Clotilde no hubiera permitido que le hicieran eso, pero ya era una viejita muy arrugadita y sin ninguna posibilidad de enfrentarse a aquel ogro informativo, que nunca envejece. Recordaba con nostalgia su delicada niñez, cuando todo era suyo, incluso el juego de mecano de su vecinito Pablo, con quien siempre jugaban lo que ella quería jugar.

A mami le podía pedir lo que sea, siempre se lo daba. Recordaba su cuarto rosa abarrotado de peluches, barbies y vestidos nuevos que lucía frente al gran espejo de la puerta.

Papá nunca le hablaba; sólo la cogía. Y la cogió aún más cuando empezó su carrera de modelaje, pero pocas veces le habló. A ella nunca le gustó, pero tampoco dijo nada; sólo terminó lanzando un grito que saturó el tímpano paterno con años de miedo, rabia, asco y desamor. Pero eso fue hace mucho tiempo.

Ahora le interesaban sus amigas y amigos embebidos todos en un mundo nice. Pero era un mundo con reglas: ponerse sólo lo que está in, fashion. Ir a nuestras discotecas, no dar limosna a los mendigos, hablar de moda, sacarle plata a mami, tomar un yogurt light por la mañana y hartarse con licor –mínimo Chivas Regal– por las noches. Ser ecologista, subirse sólo a un BMW, Honda o Mercedes. No ir al mercado, ni al hipermercado, ni al supermercado, sólo a supermarkets. Asistir a desfiles de caridad, pero siempre y cuando tengan buena difusión.

Estefany no entendía por qué le estaba pasando todo esto. Ella siempre había sido una chica buena, linda y famosa. No le parecía muy fashion esa bolsa de suero junto a su cama y era muy poco nice aquel artefacto de limpieza interna que le introdujeron por debajo. Pero mami estaba con ella, junto a su cama. Un fantasma de lo que fue antes de que su hijita entrara al fascinante mundo de la moda.

“¿Por qué me lo diste todo mami? ¿Por qué nunca me dijiste No, mami?”

Mami se sentía culpable, niña. Mami cargó con la culpa por papá, que nunca la sintió. Hasta ahora, que te viene tímidamente a visitar con un clásico ramo de flores y se acurruca en una esquina a esperar un milagro expiatorio. Mami ni lo mira ya, sabiéndolo detrás. Y ambos sólo te miran a ti, su muñequita de porcelana, su preciosa princesa, su tesoro, su adorable fracaso. Ellos ya lo aceptaron niña, pero nunca lo dirán. No es necesario ya, tú lo comprendiste por fin. Al crecer sólo te mudaste de burbuja. Hoy soplaste y reventó.

Estalla entonces el llanto epiléptico, débil y profundo. Tus fluidos colman todas las cavidades, invaden tus pulmones y salen como brillante carmesí de tu puchero púrpura. Alteras el monitor con saltos digitales cada vez más rápidos, hasta que finalmente tu lucecita se apaga, como apagabas todas las noches la de tu casita de muñecas después de hacerlas dormir.

Duerme niña, que el sueño te hará bien. Esta vez no naciste para aprender, sino para enseñar.

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