Félix, o como mi mamá y yo le decimos «tío Feliz», es el hermano menor de mi abuelo materno. A pesar de que lo veíamos por mucho dos veces al año, recuerdo que llegaba con una bolsa de pan y al saludar alzaba a sus sobrinas como si aún tuvieran 12 años, se burlaba de nosotras y de él mismo. Siempre que preguntaban si conocía a alguien realmente feliz la respuesta era él.

El miércoles pasado entró una llamada que contestó una de mis tías. Un vecino lo había dejado de ver durante varios días y eso lo alertó, llamó a la policía y lo trasladaron al hospital de La Victoria.

El tío Feliz nunca fumó en sus 83 años, sin embargo los doctores dijeron que sus pulmones tenían unos nódulos.

Su «casa» era un desastre. Dormía en un colchón de espuma, no había almohada o sábanas, ni cobijas decentes. Tenía mercado vencido, platos con hongos, la humedad se filtraba por todas partes y el pulguero era el que daba la bienvenida. En un cajón yacía un pequeño gato, seguramente había quedado atrapado, ya había sido devorado por las larvas que aún reposaban en lo que había sobrado.

Siempre vivió feliz, a su manera pero feliz.

Con su rancho despedazándose al que llamaba hogar y durmiendo con sus gatos pulgosos quienes para él eran sus hijos. En ese cuarto de hospital con paredes descascaradas el tío ya no era feliz, el tío tenía cara de amargura, mal genio y miedo, tenía la cara de la soledad.

El tío Felíz esperó a mi mamá y cuando llegó al hospital falleció.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS