Nadie previó las cenizas

Nadie previó las cenizas

Ferreyra Pilar

11/07/2019

En el centro de mesa, las flores secas de michay, se perdían detrás de la imagen que Américo había dibujado en la clase de Naturales de primer grado.

Estaba obsesionado con los campos de girasoles. Los había espiado desde la camioneta durante su único viaje a Ranqueles, al sur de Córdoba. La fiebre, que no se había apartado de él por dos semanas, había obligado a sus padres a conducir hasta lo de Eufemia: la curandera que los chubutenses conocían como la maga de todas las curas.

Después de hacerlo transpirar grandes gotas, la temperatura de Américo se estabilizó y el pequeño sobrevivió a la muerte. En Gan Gan dijeron que Eufemia lo había sanado pero que también le había agrandado la mirada de sus ojos grises.

Nadie pudo comprobar si había sido la vieja curandera o los quince días de 40° C. La agitación excesiva de su corazón, o ese primer alejamiento de su comunidad hacia los campos cordobeses. Lo que sus parientes y sus vecinos sí pudieron asegurar fue que Américo había contraído una fijación desmedida por los girasoles.

Los dibujaba una y otra vez como si quisiera decir algo que no estaba preparado para poner en palabras. Los coloreaba con lápices de madera, con palitos que apretaba sobre los eriales áridos de Gan Gan.

-M’ hijo, debes olvidarte de los girasoles. Por más lindos que fueran. Aquí nunca podrás verlos crecer. Mucho menos sembrarlos. Aquí solo crecen matorrales secos -insistía su madre.

Pero ni la aridez de los suelos; ni los fríos de las noches estivales; ni la nieve de los inviernos crudos; ni los doscientos kilómetros por hora a los que por allí, a veces, cruzaban los vientos, habrían convencido a Américo de abandonar el sueño de los girasoles patagónicos.

Tanto atormentó con el tema a la familia, que sus padres le hicieron traer semillas que Américo enseguida dispersó adentro de toallas de papel humedecidas, luego contenidas en una bolsa de plástico. Tal y como le había enseñado su maestra.

Lo que ni Américo ni ninguno de los pobladores de Gan Gan imaginaron fue, que cuando las germinaciones crecieran hasta los tres centímetros, las erupciones de cenizas volcánicas del Puyehue harían del día, la noche. Los más chicos estarían obligados a permanecer dentro de la casa, y los mayores usarían barbijos y antiparras cada vez que salieran a cambiar el agua de las ovejas y de los avestruces. Pero nadie podría salir, ni de día ni de tarde ni de noche. Gan Gan estaba cubierto por una alfombra gruesa de cenizas.

Entre el encierro, la escasez de hierbas de pastoreo y la angustia de la lana echándose a perder, los mayores perdieron de vista al único pequeño de la casa que no bien encontró oportunidad se escapó con las germinaciones, a cumplir su cometido.

Esa tarde fue la más impotente de Gan Gan. Los equipos de búsqueda debieron resignarse a esperar a que el volcán durmiera de nuevo. Casi no habían diferencias entre la claridad que suele dominar al día y la oscuridad que determina a la noche. La atmósfera estaba invadida por miles de partículas volcánicas que flotaban erráticas como lo hacen las pelusas de dientes de león.

Tres días después, los perros de la gendarmería empezaron a aullar en la entrada de una cueva a la que no se animaron a entrar. Desde afuera podían verse haces de luces intensas, naranjas y amarillentas. Encontraron su cuerpo, en el fondo, acurrucado, abrazado a tallos largos, a hojas anchas, y a una decena de girasoles. Al alzarlo, abrió sus ojos grises y de su bolsillo cayó una bolsa de plástico vacía.

Fotografía: @veromur (Verónica Moore).

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