Acercándome al acantilado, el viento acaricia mi piel erizada y siento algo de miedo por mi insignificancia ante la inmensidad del océano chocando contra las rocas. Al mismo tiempo, me noto fuerte, poderoso por tener a golpe de un simple impulso, casi imperceptible, la opción de cambiar el enorme micromundo en el que deambulo. Por vez primera, tengo la responsabilidad de decidir algo importante. La primera decisión de verdad en mis trece años estrenados hacía apenas dos semanas. Sin darme cuenta, alguien dentro de mí ya había tomado una decisión antes de poder razonarla. Se acabó. He de tomar el impulso necesario ya, ahora, sin pensarlo ni dilatarlo más. Todo saldrá bien. Primero la invitaré a un helado y después, dando un paseo, intentaré cogerle la mano.

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