Cada vez que miraba la caja se aceleraba su corazón. A primera vista todo estaba perfecto, pero sabía que este encargo suponía el fin de su carrera como pastelero. Si no lo entregaba a tiempo no le volverían a contratar. Si lo hacía, en cambio, sería muchísimo peor.

Se trataba de un pedido especial para el cumpleaños de la hija de la mujer más influyente de la ciudad. Nada más terminar, llamó a Doña Florencia para que mandara a su asistente a recoger el pastel. En ese preciso instante se dio cuenta de su gravísimo error. Se le había olvidado por completo la celiaquía de la niña. Envolvió minuciosamente su obra de arte y esperó atormentado la llegada de su fin.

Sonó el timbre. La entrega en mano, abrió la puerta y con ella la esperanza de su salvación. Cuando la tarta se estampó contra el suelo, respiró tranquilo.

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