Cuento corto: «¿A qué le tienes miedo?»

Cuento corto: «¿A qué le tienes miedo?»

Niño Lobo KC

08/07/2018


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—¿A qué le tienes miedo? —preguntó él, tratando de iniciar una conversación más íntima y esperando dar la imagen de chico profundo.

­—…no sé, nunca lo he pensado —dijo ella, un poco sorprendida al darse cuenta de que no podía responder con rapidez una pregunta tan aparentemente sencilla—. Supongo que le temo a varias cosas pero no me viene nada a la cabeza ahora mismo.

—Yo le temo a las arañas, no sé por qué me dan tanto horror. ­—Rió levemente, sugiriendo con su gesto una forzada timidez —. Esto no se lo digo a todo el mundo, me avergüenza —dijo él, recordando el consejo de su tío, el soltero: “Para que te tengan más confianza, hazles ver que tienes un lado sensible y frágil, como ellas. Les gusta que parezcas tierno, que no rompes ni un plato”.

—Es que si pienso en todo ese tipo de cosas que normalmente asustan a las personas… no, creo que no. No me asustan los insectos, ni los animales que se arrastran como las serpientes. No me asusta la oscuridad, ni los payasos, tampoco los fantasmas; en realidad no creo que existan y si existen, qué daño podrían hacer.

Era absurdo que nada la atemorizara, pero nunca se había puesto a pensar en lo que realmente le causaba pavor. Se le ocurrió que tal vez, recordando su curso de psicología de la preparatoria, tenía tanto miedo de algunas cosas, que prefería enterrarlas en lo más profundo de su consciencia.

Sin embargo, ahora comprendía que aquello que la asustaba de verdad no eran esos clichés, que le parecían banales y estúpidos. —“Muñecas diabólicas, casas embrujadas, ¡arañas!, ¡por favor!…” —Pensó con desdén, aunque no mostró desaprobación ninguna en su rostro.

Este pensamiento fue sólo marginal al que en realidad le preocupaba—: “¿Qué me atemoriza?, ¿qué me asusta?, ¿qué es lo que espero que no pase nunca?, ¿qué es lo que no quisiera sentir, ver, tocar, oír, probar?, ¿qué es lo que me produce un agujero en el estómago sólo de pensar que pudiese ocurrir?, ¿qué es eso que me causa angustia? —Todas estas preguntas acudían a su cabeza pero traducidas al lenguaje del pensamiento, donde se presentan como una especie de corriente que electrocuta continuamente el cerebro con bosquejos de ideas, las cuales, en ocasiones, concretamos en palabras para transmitirlas a los demás o a nosotros mismos.

Todo esto ocurría en unos cuantos segundos que necesita el pensamiento para saltar de una idea a la otra. Suficiente tiempo para que una corriente eléctrica de fugaces fantasmas de éstas, electrocutasen también la cabeza de él. Traducido al lenguaje natural, él se preguntaba—: “¿De verdad no le asusta nada?; ¿sería una idiotez haberle dicho que me dan miedo las arañas?; tal vez ahora piense que soy un marica; mi tío es un imbécil; ¿en qué momento se me ocurrió tomar sus consejos?; más imbécil soy yo por hacerle caso a un don nadie como él, sin perro que le ladre; bueno, creo que también esta chica es rara; ¿que no a todas les dan miedo los insectos?; me fui por lo seguro y no pegó, y no le dije que hasta grito cuando veo un ratón; seguro que los ratones sí la asustan; sólo se hace la valiente; ¿por qué siempre me deben de gustar las raritas y mamonas?; entre más mamonas, más me gustan, con un aire dizque de intelectuales; me encanta su cabello, todo revuelto; quiero tocarlo suavemente, jalarlo un poco, traerla hacia mí y darle un beso; ¡cómo me encanta!; nunca me había planchado una camisa para salir con una chica, ni había considerado de verdad comprar una rosa; hice bien, era muy pronto, la hubiera asustado; poco a poco, con esfuerzo y dedicación; voy por buen camino, si no, por qué aceptó salir conmigo; yo creo que le gusto, se ríe de mis chistes, me coquetea con su cabello, juega mucho con ély me abrazó cuando nos saludamos; sí que le gusto, incluso puede que esté enamorada de mí; las mujeres son más reservadas en estos asuntos, más sutiles.

—El amor —dijo ella, unos pocos pasos después de la pregunta original—, una de las cosas que más temo es a enamorarme. Ahora que lo pienso, evito siempre las situaciones en las que me siento vulnerable al amor. Creo que…, —él no escuchó toda la explicación que siguió a estas palabras, sólo la frase final, cuando ella concluyó —: pero es raro, es algo que no quiero y quiero que pase.

El lapso en el que sus oídos se ensordecieron, fue como si una granada cargada de palabras explosivamente dolorosas, depositada primero por su orificio auditivo, hubiese estallado justo en la boca de su estómago, produciendo ese zumbido agudo y temporal que se sigue después de estar muy cerca de una explosión. En ese instante que duró lo que un parpadeo, ningún choque eléctrico transitó su cerebro. En su lugar, sintió que una ola helada de emociones inundaba su cuerpo, y así como había llegado repentina, se retiraba arrastrándolo con ella. Como después de una catástrofe, experimentó los daños colaterales. Tuvo que tragar saliva, pues la boca se le había secado. Tuvo que respirar hondo, pues se había quedado sin aliento. Tuvo que parpadear varias veces y fruncir el ceño para volver a enfocar el rostro de ella, que había desaparecido de su vista. Y cuando el zumbido cesó, logró capturar la última frase que pronunció, aunque ya sin prestar demasiada atención.

—¿Tú qué piensas?, ¿no temes enamorarte? —le preguntó ella, después de haber tratado de exponerle con lenguaje comprensible la corriente eléctrica que había producido su cerebro sobre el porqué de su miedo. Lo cual había hecho pésimamente, aunque en realidad no importaba, pues él no había reparado en ninguno de sus mediocres intentos de explicación durante su momentáneo periodo de sordera.

Sin pensarlo, de inmediato él contestó contundente—: Sí —. Se sorprendió de su respuesta, como surgida de sus entrañas y desechada por su boca, cual reacción biológica involuntaria a una provocación. Como si después de cosquillearle la nariz con una pluma, hubiese tenido que estornudar un “Sí”. En un ensayo de reflexión sobre su precipitada respuesta, continuó, sin ser aún muy consciente de sus palabras —: Bueno…, como tú lo decías, no lo había pensado…, pero supongo que sí…, no sé.

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