El paso al mundo adulto

El atardecer pinta de carmesí las praderas. La primavera ha llegado con anticipación este año y ya todas las hierbas están altas. Los arbustos rompen la monocromía del paisaje con sus flores. El viento del este baja de las montañas perfumando el aire. El canto de los pájaros se eleva sobre el murmullo del río. Es una tarde perfecta para que un padre y su retoño paseen por las lindes de sus terrenos.

El joven observa a su protector caminando delante. Admira su elegante andar y su pose regia. Sus dos hermanos mayores también hicieron este mismo paseo con su padre y nunca regresaron. ¿Ocurrirá lo mismo conmigo?

¿Ya soy un adulto? Sin duda ya tengo la estatura de papá, pero aún no tengo su corpulencia. Tampoco la tenían mis hermanos.

El sonido del río va en aumento conforme se acercan a las formaciones rocosas a las que nunca van y que marcan el fin de sus dominios. Este sonido siempre lo ha ayudado a relajarse, pero hoy no lo consigue. Su corazón se acelera a cada paso, tanto que teme que su padre lo oiga. El río pasa del susurro al rugido según se aproximan.

El padre interrumpe el silencio.

—¿No tienes nada que decir? —espeta.

El joven se tensa.

—¿Qué?… Tú tampoco —balbucea.

—Yo nunca hablo. Tú siempre estás diciendo cosas y haciendo bromas. ¿Hoy no vas a hablar?

—No sé qué quieres que te diga. ¿Qué pasó con mis hermanos? ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Dónde vamos? —susurra con voz entrecortada.

Avanza un poco hacia su padre, buscando reducir la separación entre ellos.

La pradera ha dado paso a un terreno cada vez más árido y rocoso, con frecuentes desniveles que obligan a desviar el rumbo y un polvo abundante que dibuja los caprichosos caminos del viento. El ocaso ya ha concluido y la penumbra inunda el paisaje.

El padre se para en seco y se vuelve hacia el chico.

—Yo no voy. Tú te vas de mis tierras. Hazlo ya, corre.

De repente, aquella figura imponente le resulta desconocida. Recuerda aquella vez que se colaron unos intrusos. Su padre los atacó con furia y abatió a dos de ellos. A los otros los persiguió hasta los límites de sus dominios. Más o menos por aquí.

—Madre, mis hermanas, tú… ¿no volveré a veros? ¿Qué te pasa? ¿Quieres que me vaya? ¿Cuándo volveré? ¿Qué pasó con mis hermanos? —acierta a responder entre sollozos.

El padre golpea el suelo levantando una nube de polvo, se yergue en toda su envergadura y ruge a su hijo. El canto de los pájaros cesa. Ya sólo se oyen el rugido del río y los aullidos del viento.

—¡Fuera de mi reino, para siempre! ¿O quieres acabar como tu hermano? El mayor fue listo y lo entendió —dice mientras rodea al joven y se interpone entre él y el camino de regreso.

—¿Qué le hiciste a mi hermano?

No hay respuesta. Su padre mira hacia las montañas.

El joven está aterrado y permanece inmóvil, dejando expuesta la espalda, justo lo que su padre le enseñó a no hacer jamás. Por reflejo recupera la posición y lo encara.

Tiembla, pero se acerca. Sonríe tímidamente mientras mira con esperanza al padre que tantas veces ha besado. No llega el abrazo. El golpe lo derriba. Un hilo de sangre le emborrona la mirada.

—¿Por qué? —llora el muchacho mientras se incorpora—. ¿Por qué, padre?

El padre relaja un poco su fiera pose y su rostro parece enternecerse.

—Así ha de ser —dice, casi en un lamento—. Así fue con mi padre y antes con el suyo. Es el orden natural. Debes aceptarlo, hijo.

—No puedo renunciar a vosotros. Me quedaré.

—¡No te atrevas! ¿Quieres mis posesiones? Lucha por ellas. Mátame y ocupa mi lugar o muere —dice, y una mueca deja ver sus colmillos.

El hijo dedica una última mirada a todo lo que ha conocido y amado. Sin hablar, se aleja. Cabizbajo al principio, pronto erguido.

El joven león cruza el río. Los aullidos de las hienas resuenan sobre el fragor del agua. No aminora el paso.

—Tendré un territorio y también seres queridos. Pero nunca seré como él.

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