Siete menos cinco. Debería estar del otro lado del puente hacía ocho minutos para estar a tiempo. Le escribí un mensaje a la coordinadora: «Voy tarde, como siempre, pero, ya voy en camino. Por favor, cúbreme. Serían unos pocos minutos». Y apreté el paso, como si con eso pudiera compensar lo que me tomó redactar tan extensa misiva.
Aparentemente, todo el mundo estaba con tardanzas similares, porque se percibía en el ambiente la aceleración: los ruidos de los carros, la gente abordando apresuradamente el transporte público, los carros particulares apretando las bocinas para avanzar unos pocos metros más, la gente encontrándose de frente con otras personas que iban en sentido contrario, los vendedores informales callejeros siendo ignorados por los potenciales clientes, a pesar del delicioso olor a café y a empanadas de carne, de pollo, mixtas, papas rellenas y otros manjares aceitosos.
La escena más recurrente era la de madres, padres, abuelas y lo que sea que llevara a niños con uniformes escolares de las manos. Como arrastrando muñecos de carne, los adultos iban visiblemente más rápido que las criaturas, llevando su preciada carga como viajeros temiendo perder su vuelo. Los niños parecían no enterarse, porque seguían hablando, con sus voces agudas, haciendo preguntas importunas y mirando todo lo que la calle les ponía frente a sus ojos, dando saltos más que pasos para ajustar el ritmo de sus piernas al de la mano de la que los llevaban. En la mano libre llevaban sus loncheras de colores, con héroes de películas o de programas de televisión, con gestos que no se conciliaban con los uniformes de los niños.
A lo lejos estaba el puente peatonal. Todavía no veía sus escaleras, por el gentío y por ese ruido ensordecedor de la civilización que parece que recorta la vista periférica. Y unos pasos más adelante, pasar se hizo más difícil. Extrañamente, la gente estaba apiñada, como si quisiera atravesar la avenida caminando, entre los vehículos, a pocos metros del puente. Yo me preguntaba por qué querrían hacer eso, con niños, con maletas, con loncheras. El puente estaba congestionado, como siempre, pero, se podía cruzar, hasta donde yo podía ver.
Pero, no era eso lo que convocaba la multitud, sino algo menos cotidiano: en medio del gentío, de la congestión, un bello perro se había escapado de las manos de su humana y había corrido hacia la avenida y un vehículo, en medio del matutino ajetreo le había atropellado, lanzándolo hasta la berma.
Era enorme y su espeso pelaje blanco le hacía ver más grande. También hacía más vistosa la sangre de las heridas. Una de sus patas delanteras estaba doblada, pendiendo a penas de la piel. El perrito, aún vivo, respiraba con gran esfuerzo, pero, sin apenas gemir.
—¿Esas son las costillas? —dijo una estudiante de unos once años a una mujer que tenía a un niño en sus manos. Ambos, la niña y el niño tenían el mismo uniforme. Pero no se parecían. Me preguntaba si eran hermanos. Me preguntaba si tendrían el mismo padre, pero, distinta madre, y traté de descifrar, por la cercanía del trato si ese era el caso. O acaso solo se encontraron allí por casualidad, camino a la misma escuela.
—¿Por qué no lo matan? —preguntó preocupado un pequeño, mirando a su padre que no le atendía, atento como estaba, al animal agonizante, — Está sufriendo mucho el pobre.
—Porque hay que llevarlo al veterinario. Deberían llevarlo al veterinario— contestó un pillo de unos dieciséis años, que estaba con otros chicos de la misma edad y uniforme, todos parte del nutrido auditorio. Detrás de ellos había algunos chicos con el uniforme de la escuela en la que yo trabajaba y recordé mi tardanza. El grito de la mujer me regresó al otro presente, al del perro agonizante.
—¡Lucas! ¡LUCAS! ¡No!—mezcla de gritos y llanto de la joven que aún tenía la correa del perrito en sus manos. Acariciaba al perro, impotente, con la mano ensangrentada, como si tratara de limpiarlo, removiendo con el movimiento de la mano, la piel del animal que cubría sus vísceras, ya sucias de tierra sobre el pavimento.
—¡Espera! —le gritó una niña que no llevaba uniforme, pero sí mochila y lonchera a su madre, o su tía, o su madrina, que ya había saciado su curiosidad y no le dio importancia a la de la niña. —¿Por qué está el perrito sangrando?
—Porque lo atropelló un carro. —contestó la mujer, volviendo a insistir en arrastrar a la criaturita, de unos cinco años, con un vestidito rosa, de muchas arandelas.
—Espera— volvió a decir la niña, tirando de la mano de la mujer. —¿Qué es lo que tiene debajo del pelito, allá abajo en la barriga?
—Son las tripas. —Explicó la mujer, ya exasperada—Ya vamos, Gigi, que es tarde.
—¿Qué es tripas? —alcancé a escuchar, en la voz de la niña, mientras se alejaba de la multitud.
Siete y cinco marcaba mi reloj y el pobre perro aún respiraba, la mujer a su lado, de rodillas en el piso, junto al animal, seguía lloriqueando. La gente seguía comentando que era una descuidada, que era su culpa. Otros recriminaban a los primeros por juzgar a priori, sin conocer las circunstancias. Otros más aseguraban haber sido testigos y respaldaban la posición de los primeros o la de los segundos, explicando que el perro se había soltado de la correa, sin que hubiera habido intervención de la mujer.
Escapé con torpeza de todo aquel barullo, y salté los escalones del puente de dos en dos, de tres en tres, preocupado por los posibles tropiezos. Desde el crucero tuve una vista panorámica del espectáculo, la gente iba y venía, se detenían para mirar, para cuestionar, para lamentarse, y luego seguían su camino, siendo reemplazados por nuevos deambulantes, con niños, con uniformes, con mochilas, con loncheras, de afán, en medio del ruido de los carros, de los vendedores ambulantes, de los gritos apagados de la mujer junto al perro.
Me preguntaba si todo aquello no era excusa suficiente para llegar tarde a mis clases, para aplazar el examen que les iba a hacer a los niños de sexto grado. Me preguntaba, cruzando el puente, si les alegraría esa noticia a los niños.
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