Atrapando el presente.

En San Umbral, el tiempo no corría: se desgranaba. Cada pestañazo era un universo distinto, y los habitantes habían aprendido a vivir con esa incertidumbre como quien se acostumbra al vaivén del mar.

La plaza era el corazón del pueblo. Allí estaba el reloj detenido en las doce, y allí se reunían los vecinos para comparar lo que habían visto en su último parpadeo. Doña Eulalia aseguraba que en su pestañazo los árboles habían florecido en un instante y luego se habían marchitado, dejando un suelo cubierto de pétalos secos. Don Ramiro, el panadero, juraba que había vendido pan a los mismos clientes tres veces en un minuto, cada uno con distinta edad y distinto acento.

El campanero, viejo y enjuto, era el único que no se sorprendía. Tocaba las campanas con calma, como si supiera que cada tañido resonaba en todos los universos posibles. Decía:

—El presente es un río que no se deja atrapar. Nosotros somos peces que nadan en su corriente.

Un día, sin previo aviso, el pueblo entero pestañeó al mismo tiempo. Fue como un terremoto silencioso: las casas cambiaron de lugar, los niños aparecieron convertidos en ancianos, y los muertos se sentaron en los bancos de la plaza a conversar con los vivos. Nadie supo si aquello era el inicio de un nuevo orden o el fin de todos los órdenes.

En medio del caos, una niña llamada Clara descubrió algo extraño: si mantenía los ojos abiertos, el mundo permanecía quieto, inmóvil, como una fotografía. Pero apenas los cerraba, todo volvía a transformarse. Los vecinos comenzaron a seguirla, intentando imitar su resistencia al parpadeo, aunque pronto comprendieron que era imposible vivir sin cerrar los ojos.

Clara entonces dijo:

—No se trata de evitar el pestañazo, sino de aprender a bailar con él. Cada vez que el mundo cambia, también cambiamos nosotros.

El pueblo la escuchó, y poco a poco dejaron de temerle al instante. Aprendieron a reír cuando los gallos cantaban en francés, a brindar con los muertos que bajaban por pan, y a aceptar que cada pestañazo era una oportunidad de nacer de nuevo.

San Umbral nunca volvió a tener un tiempo fijo. Pero sus habitantes descubrieron que la eternidad no estaba en detener el reloj, sino en habitar cada presente como si fuera el único.

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