Esto ya había sucedido una vez, lo recuerdo. En aquellos tiempos yo tendría seis o siete años. Mi madre había salido a trabajar, y estaba en casa con mi abuela. La nana era una señora muy anciana, que apenas podía moverse con la ayuda de un bastón. Cualquiera diría que por una cuestión de edad ella me cuidaba a mí, pero la verdad es que yo la cuidaba a ella.

Todo comenzó a las diez de la noche, recuerdo las agujas del reloj de madera que todavía permanece en la sala y el movimiento extraño del péndulo: se movía hacia la derecha, llegaba hasta la mitad y otra vez a la derecha. El primer ruido lo escuché en la cocina, yo estaba en la sala. El sonido inició suave, aunque fue aumentando su intensidad. Era similar a un golpe; tac… tac… tac… El último fue muy fuerte, el reloj casi se cayó de la pared y sacudió el polvo que tenía arriba. La baja de tensión eléctrica provocó una iluminación tenue, duró apenas unos segundos y luego la electricidad se cortó. Cuando todo estuvo a oscuras quedé paralizado. Corrí por el pasillo chocándome las cosas hasta llegar a la habitación de la abuela y con lágrimas en los ojos quise refugiarme junto a ella. Pero ahora el sonido provenía de la propia habitación y mucho más intenso que antes. «¿Qué pasa, abuela?», le dije, pero no respondió. Apenas con la luz que ingresaba de la ventana pude ver que la nana estaba dormida en su sillón de madera, tenía inclinado su cuello hacia el costado izquierdo y pensé que estaba durmiendo. El último golpe fue tan fuerte que provocó un temblor en la casa y varias cosas cayeron al suelo. Me di vuelta al escuchar el estallido del jarrón que se había destrozado detrás de mí y, al voltear de nuevo hacia la nana, pude ver el reflejo. El espíritu de una mujer se había colocado detrás de la abuela, tenía el rostro alargado, las orbitas profundas, la nariz ahuecada y los labios deformados. El pelo le crecía desparejo y cubría parte de su rostro, sus manos parecían agrietadas y las uñas eran largas, vestía un camisón blanco. «Voy a llevármela», susurró von voz grave y arrastrada. La abuela realizó una respiración ahogada y luego todo terminó; se fueron juntas la nana y el espíritu. Cuando la electricidad regresó iluminó el desorden, la mayoría de las cosas estaban tiradas en el suelo. Todavía recuerdo el rostro pálido de la abuela. Corrí hasta mi habitación y me quedé escondido detrás de la cama. Estuve allí quién sabe cuánto tiempo hasta que me quedé dormido. En el sueño volví a ver a la mujer, tenía a la nana y a otras almas encerradas en un espacio lóbrego y vacío. Todo estaba cubierto de una neblina oscura, el lugar era similar a un salón antiguo. Cuando el espíritu se percató de mi presencia realizó un sonido como de disgusto, mezcla entre rugido y ronquido. Apenas en un instante se trasladó y apareció frente a mí, su repentina cercanía me hizo retroceder unos pasos. «Cuando llegue tu momento te mandaré a llamar a través de un sueño, mientras tanto, un lugar privilegiado te estará esperando aquí», dijo señalando a las almas sufrientes. Luego la escena desapareció y no recuerdo nada más.

A la madrugada llegó mi madre y me despertó, extrañamente toda la casa estaba ordenada. Le conté lo que había sucedido con la abuela y también lo que había soñado. Ella me dijo que todo había sido una mala impresión por haber visto a la abuela partir y quizás haya tenido razón. Durante los años siguientes los psicólogos me dijeron lo mismo, que había sido una experiencia de pérdida muy fuerte y que debía tomarlo con mayor tranquilidad, al fin y al cabo, perder seres queridos es algo con lo cual todos debemos convivir. Durante varios años, a muchas personas les he contado esta historia; sin embargo, muy pocos la han creído.

Estamos en la casa de mi madre con mi esposa y los niños. Mi madre había insistido en que la visitemos porque hacía mucho que no la veíamos. Es verdad que vivimos en otra ciudad por cuestiones laborales, pero al menos dos veces al año solemos visitarla. Pero esta vez fue diferente, la semana pasada nos llamó angustiada diciendo que había soñado con nosotros, que nos extrañaba y que deseaba vernos. No entiendo cómo fui tan insensato, cómo no supe darme cuenta desde dónde provenía ese sueño.

Hace unos minutos que escucho el mismo ruido en la casa; tac… tac… tac… Al principio parecían bromas de mi hijo preadolescente, pero he visto el movimiento extraño del péndulo otra vez. Son las diez de la noche.

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