Brevísima historia del ojo

Brevísima historia del ojo

Ernesto Parisi

06/08/2022

Digamos que nunca hubo origen, que lo que siempre hubo es proveniencia.

Que en algún momento, el azar reunió un puñado de partículas elementales estalladas y sin rumbo y luego fueron átomo.

Después molécula, célula, tejido, superficie sensible a la luz. Ojo.

Juntos, el tiempo y el azar han devenido en dioses.

El ojo crea su imagen. El cerebro, antes tejido, célula, molécula, mucho antes átomos estallados y sin rumbo, la interpreta. Le llama pájaro, luna, mujer.

Ojo y cerebro habitan un mismo cuerpo. Allá un delfín, una serpiente; aquí un hombre, un grillo. Ficciones de individuos.

Cuántos ensayos de la naturaleza habrán terminado en errores monstruosos antes de llegar al ojo. No será el ojo otro error. Pudo la evolución haber seguido otro camino más eficiente. Ya se siguió y no lo sabemos. Tendrá fin alguna vez esta deriva. Qué significa normal. Qué significa monstruoso.

Lo que queremos decir es que no entendemos por qué hubo un ojo, un cerebro.

Ni la palabra azar, la palabra tiempo.

A orillas del San Antonio, Juan Iribarren ve correr las aguas a la luz del mediodía. Hilvana palabras (destino, madre, podrirse), luego pensamientos. O al revés.

A Iribarren lo han traicionado. Los motivos no importan: una mujer, un amigo, un mal negocio. El disparo resuena como un trueno en el cañón por donde corre el río entre las montañas. Y seguirá retumbando, con Iribarren ya muerto, recostado del lado contrario al de la sien que recibió el impacto.

Antes de dispararse, el ojo de Iribarren ve un pez asomar la cabeza fuera del agua y al instante desaparecer. De esa escena solo quedan tres anillos en el agua que enseguida se borran.

Cuánto tiempo pasará antes de que Iribarren se olvide del pez y vuelva a su desesperación. ¿Lo que duren unos anillos en el agua? ¿Más? ¿Ni siquiera? Cuánto para que Iribarren se olvide de sí mismo. Para que el mundo se olvide de Iribarren.

Juan Iribarren se ha ido. Nadie lo encontrará. Dejó de ser un cerebro, un ojo. Dejó de ser Iribarren y será carne corrupta, célula muerta. Átomos dispersos, partículas elementales estalladas, sin rumbo.

Mientras tanto, el San Antonio se sigue yendo. Nació yéndose.

Si pudiera pensar, el río creería que es él el que decide adónde ir. Lo que no sabe es que hay una pendiente que lo empuja hacia algún lugar. No puede hacer otra cosa más que ir.

Ir. Es la ley. Para el pez y el San Antonio. Para la tierra. Para Iribarren, para mí.

El San Antonio pasa, ciego, hacia ningún lugar, aunque digan que todas las aguas van al mar.

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